Me até a la cama y no fui yo quien me soltó
Todavía no entiendo del todo cómo terminé metida en el lío que voy a contar, pero en el fondo lo veía venir. Mis pequeños vicios, esos que guardaba para mí sola, tarde o temprano iban a pasarme factura. ¿Factura mala? Bueno, esa tarde acabé con uno de los mejores polvos de mi vida. El mejor, sin discusión, hasta aquel día. Después llegaron otros.
Me llamo Marina. Tengo treinta y dos años, mido poco más de metro y medio y peso lo justo para que la ropa me caiga floja. Soy delgada, sin un solo músculo marcado, pero tengo buenas caderas y un pecho pequeño, firme, coronado por dos pezones que viven erguidos y atravesados por sendos piercings. Llevo el pelo teñido y por debajo del hombro, y el sexo completamente depilado, como le gusta a mi marido. Él se llama Bruno, ronda el metro noventa y está moldeado por el gimnasio y la bici de montaña.
El problema era justamente la bici. Bruno desaparecía los fines de semana enteros en alguna ruta, y volvía agotado, con las piernas destrozadas y cero ganas de tocarme. Me dejaba con la calentura encendida más veces de las que puedo contar. Y yo, que aparte de muy caliente soy de una fidelidad a prueba de bombas, fui buscando consuelo por mi cuenta.
Poco a poco me hice con un arsenal. Pinzas para los pezones, dildos de varios tamaños, bombas de succión, vibradores, un electroestimulador, esposas, correas. Lo guardaba todo en una maleta rígida que escondía en el fondo del armario. Y, casi sin darme cuenta, descubrí que me ponían cosas que jamás habría confesado en voz alta: la sumisión, perder el control, el dolor justo en su dosis exacta. Una pinza apretando, una descarga recorriéndome. Eso me encendía como nada.
Nunca se lo contaré a Bruno. Pensaría que soy un bicho raro.
Ese miedo me mantenía jugando a solas. Y aquella tarde de sábado era una más. Bruno por ahí, perdido en alguna ladera con su bici. La casa entera para mí.
***
Puse una película en la tablet, algo de bondage suave, y dejé que las imágenes me fueran calentando. Saqué la maleta de los sueños y la abrí sobre la cama. Me quité el tanga minúsculo, la única prenda que llevaba puesta, y empecé despacio. Me toqueteé los pezones, los apreté hasta sentir ese pinchazo que me gusta. Unté mis labios con un lubricante de efecto calor y seguí bajando hasta el otro agujero.
Ya muy excitada, me introduje un dildo grueso por detrás, uno de esos que llevan cables para electrificarlo. Cogí el succionador de clítoris y me lo apliqué. El primer orgasmo llegó rápido, casi de golpe, y apenas me dio tregua para respirar.
Calmada la primera urgencia, fui a por el resto de la parafernalia. Me coloqué una mordaza con un aro metálico que mantiene la boca abierta de par en par. Cómo fantaseo con que Bruno me folle la garganta con esto puesto. De la mordaza colgaban unas cadenas terminadas en pinzas que enganché a mis pezones, y sobre los piercings sumé otras más pequeñas, conectadas al electroestimulador. Lo encendí en frecuencia media y en modo automático, para que decidiera él las secuencias.
Un cosquilleo eléctrico me atravesó los pezones y el culo a la vez. Tomé un consolador con vibrador, generoso, que mi sexo se tragó sin esfuerzo de lo empapada que estaba. Lo puse a intensidad media. Tenía además una lengüeta que vibraba directamente sobre el clítoris, una sensación imposible de describir.
En la pantalla, una morena atada de espaldas a una cruz de madera recibía latigazos en la espalda y las nalgas. Me sujeté los tobillos con una barra extensible, abierta al máximo que mis piernas aguantaban, y me hice unas fotos en esa postura. Verme así, expuesta y a su merced imaginaria, me puso todavía más.
Quedaba lo último. Un antifaz y dos correas para las muñecas que ajusté como pude al cabecero. Las cerré lo más estrechas que me permitían meter las manos. Pasé la derecha, me coloqué el antifaz a ciegas y, por fin, metí la izquierda. Me dejé caer sobre las sábanas a deleitarme con todo lo que mi cuerpo estaba sintiendo.
Aclaro una cosa: era la primera vez que usaba esas correas. Y, como siempre, ni me molesté en leer las instrucciones.
***
El consolador hacía maravillas, con su ritmo constante y la lengüeta zumbando en mi clítoris. Sumado a las descargas que me recorrían los pezones y el interior del culo, empezó a crecer en lo más hondo de mí un orgasmo nuevo. Tensé el cuerpo, arqueé la espalda, me retorcí inmovilizada. Notaba las piernas separadas, el sexo desbordado, los fluidos resbalándome hacia las sábanas.
Y cada vez que tensaba el cuerpo, la presión en las muñecas aumentaba.
La saliva se me escapaba por el aro de la mordaza, empapándome la cara y el pelo. Llegué gimiendo, retorciéndome, atada a mi propia cama, sin nadie que me viera. Un orgasmo largo, sucio, perfecto.
Cuando recobré algo de compostura y fui a soltarme, descubrí el tamaño del problema.
Las correas tenían un mecanismo: al tirar de ellas, se cerraban más, hasta el máximo que hubieras ajustado. Y yo las había ajustado tanto, y había tirado tanto con cada espasmo, que ahora era imposible sacar las manos sin liberar los cierres de velcro. Cierres que estaban del lado de fuera. Fuera de mi alcance.
Empecé a marearme. La cabeza me daba vueltas. Estaba clavada a la cama, con los dos agujeros llenos, recibiendo pequeñas descargas en bucle, y no podía soltarme.
Solo me quedaba esperar a que volviera Bruno. Esperar a que me encontrara así. ¿Cómo se lo explico? ¿Cómo va a reaccionar? Y, para colmo, el dildo seguía dándome placer, ajeno por completo a mi drama, empujándome de nuevo hacia el borde. Quería llorar y solo me salía gemir. Tan entregada estaba al tercer orgasmo que no oí la puerta de la calle. Apenas alcancé a oír la voz:
—Pero ¿qué cojones es todo esto?
—Joder, ¿siempre te recibe así? No me extraña que tengas tanta prisa por volver a casa —dijo una segunda voz, una que no reconocí.
—Deja de mirarla y de tocarte.
—¿Por qué? ¿No ves lo que está pidiendo a gritos?
—La verdad es que estoy durísimo.
***
Lo siguiente fue silencio. Y, de repente, mi boca se llenó con una polla que empujó hasta tocarme la garganta. Yo seguía encendida, así que no me resistí. Sentí unas manos quitarme las pinzas de los pezones y luego las de los piercings, porque las descargas cesaron de golpe, reemplazadas por una boca que me los lamía, los mordía y volvía a la carga. Las manos del dueño de la polla me sujetaron la nuca para hundirse todavía más adentro.
Retiraron el consolador de mi sexo empapado y noté escapar una buena cantidad de flujo. Aflojaron las correas lo justo para darme la vuelta sobre la cama y volver a inmovilizarme, esta vez encima de un cuerpo tendido boca arriba que me ensartó por delante sin la menor dificultad. Después notaron el dildo y lo sacaron, y al instante otra polla me llenó por detrás.
Uno de mis sueños más sucios se estaba cumpliendo sin que yo hubiera movido un dedo. Inmovilizada, ciega bajo el antifaz, usada como un juguete, recibía la primera doble penetración de mi vida. Por Bruno y por un desconocido. Jamás habría apostado a que mi marido fuera capaz de compartirme con alguien, y sin embargo ahí estaba, partiéndome entre los dos.
El de detrás se aferró a mis caderas para entrar y salir entero, sin tregua, marcando un compás que yo sentía retumbar en todo el cuerpo. El de abajo se dejaba llevar por ese ritmo, apretándome los pechos, atrapando un piercing entre los dientes y estirándome el pezón hasta el límite del dolor. Yo no podía ver nada, solo sentir, y eso lo volvía todo mil veces más intenso. Cada empujón me arrancaba un gemido ahogado contra el aro de la mordaza.
Otro orgasmo me subía. Empecé a gritar todo lo que la mordaza me dejaba, la saliva cayendo a chorro sobre mi amante furtivo. Las embestidas en el culo se volvieron brutales hasta que, entre jadeos y gruñidos, sentí cómo me llenaban de semen caliente por detrás y los dedos clavándose en mis caderas casi hasta hacerme daño. Me dejé ir con él, ensartada por completo, notando esa polla palpitar mientras soltaba sus últimos chorros dentro de mí.
El de abajo se deslizó como pudo desde debajo, me tomó la cabeza entre las manos y se hundió en mi boca, provocándome una arcada que un potente chorro de semen ahogó al fondo de la garganta. Mantuvo la presión unos segundos eternos, descargando tres o cuatro veces más. Las lágrimas me corrían por las arcadas contenidas.
***
Cuando por fin me liberaron la boca, pude tomar aire y toser. Poco a poco me fueron soltando las ataduras hasta dejarme tendida en la cama, con el culo liberado del que escapaba un hilo de semen abundante resbalando hacia mi sexo hinchado y palpitante. Solo el antifaz seguía cubriéndome los ojos.
—Nunca imaginé que te fuera este rollo —me susurró Bruno con esa voz suya que reconocería en cualquier parte—. Descansa. Hoy te ha cambiado la vida para siempre. No vas a tener que volver a jugar sola.
Me dio un beso en la mejilla y me retiró el antifaz. Entre la penumbra, con los ojos acostumbrándose a la luz tenue, vi a Bruno completamente desnudo. Y a su lado, también desnudo y con la polla aún a media asta, a Iván. Su hermano menor.
Los dos lucían magníficos. Y con esa imagen grabada en la retina, agotada y desbordada, me quedé dormida.