Ella ponía las reglas y nosotros solo obedecíamos
Llevábamos casi cuatro meses en la estación de la cordillera, los cuatro, sin bajar al pueblo más que para cargar el combustible del generador. Reparábamos las antenas de repetición que daban señal a media provincia, y entre tormenta y tormenta el tiempo se estiraba como un chicle. Cuatro hombres, una cabaña de chapa, un horizonte de piedra y nada más. Cuatro meses sin una mujer cerca. Cuatro meses haciéndonos los duros para no admitir lo que nos faltaba, meses pajeándonos en la litera cada uno con la almohada tapándose la cara para no escuchar al de al lado haciendo lo mismo.
Esa mañana, cuando la niebla empezaba a levantarse del valle, la vimos subir por el sendero con un canasto al brazo.
—Buenos días, jóvenes —dijo, y la voz nos llegó antes que la cara—. ¿Le hacen un lugar al pan casero?
Se llamaba Soledad. Lo supimos después, porque al principio ninguno fue capaz de decir nada coherente. Traía una falda larga hasta los tobillos, un pañuelo al cuello y el pelo recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda. Era de cuerpo firme, de esos que no se esconden por más capas de ropa que una se ponga. Y nos miraba como quien ya sabe el efecto que provoca.
—¿A cuánto el pan? —preguntó Tobías, el más joven de los cuatro, fingiendo interés por el canasto.
—El pan, barato —respondió ella, y dejó la pregunta colgando un segundo de más—. Lo demás depende.
Nos miramos entre nosotros. Damián soltó una risa nerviosa. Yo sentí el calor subiéndome por el cuello, y también más abajo, la polla empujando contra el pantalón antes de que hubiera dicho nada concreto.
—¿Depende de qué? —me animé a preguntar.
Soledad apoyó el canasto en el suelo, sin prisa, y caminó hasta quedar frente a mí. Olía a leña y a algo dulce. Se puso de puntillas, acercó la boca a mi oído y bajó la voz.
—De cuánto quieran jugar —susurró—. Y de si saben perder.
El aire de la mañana se volvió denso. Nadie dijo una palabra. Ella se separó, miró la cabaña a nuestras espaldas y volvió a hablar, esta vez en voz alta, como quien anuncia una decisión ya tomada.
—Entremos. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Damián.
—Yo pongo las reglas. Ustedes las siguen. El que haga algo que yo no haya pedido, se acabó el juego y me voy con lo que traje y con lo que me hayan pagado. ¿Trato?
—Trato —respondimos casi a coro, y al hacerlo entendí que ya habíamos perdido la primera mano sin darnos cuenta.
—Una más —agregó ella, deteniéndose en el umbral—. Nadie se corre sin mi permiso. El primero que se adelante, que se cague adentro de la mano antes de que yo lo diga, se queda sentado en la silla mirando cómo los otros tres se la siguen cogiendo. ¿Entendido?
Asentimos, con la boca seca. Entramos los cuatro detrás de ella. Soledad cerró la puerta de chapa y el ruido del pestillo sonó más fuerte de lo que debía.
***
—Quítense la ropa —dijo, sin más preámbulo—. Toda. Y despacio, que tenemos tiempo.
Obedecimos. No hubo bromas, no hubo codazos. Cada uno fue dejando la ropa sobre las literas mientras ella nos observaba con los brazos cruzados, recargada contra la mesa de mapas. En menos de un minuto estábamos los cuatro de pie, en fila, desnudos y expuestos bajo la única lámpara que colgaba del techo. Las cuatro pollas paradas, tirantes, apuntando al frente como si respondieran una revista militar. Cuatro meses sin tocar mujer las tenían así, hinchadas de venas, la punta ya mojada.
Soledad nos recorrió con la mirada, de uno en uno, tomándose su tiempo en cada cuerpo. Se mordió el labio. Estiró un dedo y le tocó apenas la cabeza de la verga a Tobías, y el chico pegó un respingo como si la hubiera quemado.
—Uy, este está a punto ya —se rió—. Vamos a tener que enseñarle a aguantar.
Nos pasó revista con el dorso de los dedos, apenas rozando cada polla como si estuviera tanteando fruta en la feria. La mía la sopesó en la palma, la levantó un segundo, la dejó caer contra mi vientre.
—No está mal —concluyó—. Vamos a ver si saben usar lo que tienen.
Entonces empezó ella. Se desató el pañuelo y lo dejó caer. Se soltó la trenza y el pelo se le derramó sobre los hombros. Se desabrochó la blusa botón por botón, sin apuro, disfrutando de cómo seguíamos cada movimiento de sus dedos. Cuando se abrió la tela apareció un corpiño blanco, sencillo, y bajo la tela dos tetas grandes que se agitaban cada vez que respiraba. Se bajó la falda con un movimiento de caderas y quedó en bombacha y corpiño, la piel blanca contra la penumbra de la cabaña.
—Tú —le dijo a Tobías, señalándolo con la barbilla—. Lo que falta me lo quitas con la boca. Sin manos. Las manos las apoyás en la espalda y no las movés.
El muchacho se arrodilló frente a ella, torpe, y fue tirando de la tela del corpiño con los dientes hasta que uno de los breteles cayó y una teta se le derramó en la cara. Tobías se quedó unos segundos con el pezón rozándole los labios, sin saber si podía chupar, y ella le agarró el pelo y lo apretó contra la piel.
—Chupá. No te di permiso para pensar.
El chico obedeció y ella cerró los ojos un momento. Después le pasó la mano por la cara para apartarlo y le indicó la bombacha. Tobías mordió el elástico y fue bajándola de a poco, resbalándola por los muslos hasta que la última prenda cayó al piso de cemento. Soledad quedó completamente desnuda, de pie en medio de aquella cabaña helada, y sin embargo era ella la que tenía calor encima, la que mandaba, la que decidía. Tenía un cuerpo de los que se recuerdan: la cintura marcada, las tetas grandes y firmes con los pezones oscuros y erectos, y entre las piernas el coño depilado, hinchado, brillante, ya mojado hasta el nacimiento del muslo.
—¿Les gusta lo que ven? —preguntó, abriendo apenas las piernas y bajando dos dedos hasta abrir los labios de su concha frente a nosotros.
—Sí —contestamos.
—Sí, ¿qué?
Tardamos un segundo en entender.
—Sí, señora —corrigió Damián, y ella sonrió como una maestra satisfecha.
Se sentó en el borde de la mesa de mapas, apoyó los talones en el filo y abrió las piernas del todo. El coño quedó a la altura de nuestras caras, abierto, empapado, la piel rosa por dentro y un hilo brillante que le bajaba hasta el ojete.
—El que quiera empezar, que se acerque —dijo—. Con la lengua. Nada de dedos todavía. Y despacio, que el que apure pierde el turno.
***
Tobías volvió a ser el primero. Se arrodilló de nuevo y ella lo agarró del pelo con una mano, guiándolo, marcándole el ritmo que quería.
—Lento —ordenó—. Recorreme entera primero. De abajo hacia arriba. Pasá por el orto, subí por los labios, terminá en el clítoris y te quedás ahí cuando te lo diga. No antes.
El chico obedeció con una entrega que daba ternura y envidia al mismo tiempo. Le pasó la lengua entera, plana, por toda la raja, desde el culo hasta arriba, una vez, dos, tres. Soledad echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro largo, más de control que de descontrol, como si midiera cada reacción de su propio cuerpo. Al cuarto pasaje le clavó los dedos en la nuca y le apretó la boca contra el clítoris.
—Ahí. Chupámelo. Como si fuera un caramelo, pero suave.
Tobías cerró los labios alrededor del botón y empezó a chuparlo mientras ella jadeaba y le movía la cabeza en pequeños círculos.
—¿Está rico? —le preguntó.
—Sí, señora —respondió él contra su piel, sin dejar de lamer.
—Eso quería oír. Tragate lo que me chorrea. Todo.
Lo apartó cuando quiso, no cuando él hubiera querido, y le hizo un gesto a Damián para que ocupara su lugar. Damián tenía más oficio, y ella lo notó enseguida. Le hundió la lengua adentro, la sacó, la volvió a hundir, se la clavó como si estuviera cogiéndosela con la boca, y después subió al clítoris y empezó a mover la punta rapidito, en flick, mientras le metía dos dedos y le curvaba las yemas contra el punto de adentro. Soledad apretó los muslos contra su cara, le clavó los talones en la espalda y por primera vez su voz se quebró un poco.
—Ese —jadeó— sí sabe lo que hace. Ese hijo de puta sabe. Quedate ahí. No pares, no pares, no pa…
Se mordió el puño y Damián siguió, terco, mamando y metiendo los dedos hasta que ella arqueó la espalda sobre la mesa de mapas y se corrió con un gemido largo, apretándole la cabeza contra el coño hasta casi ahogarlo. Le tembló todo el cuerpo, las tetas botando de arriba abajo, y le chorreó en la boca. Damián se la bebió sin soltarla. Cuando por fin ella aflojó las piernas él se separó con la cara empapada, brillándole el mentón, y sonrió como quien acaba de aprobar un examen.
Mientras tanto, al tercero, a Ezequiel, le ordenó que se pusiera detrás de ella, que le besara la nuca y los hombros y que no se le ocurriera bajar las manos sin permiso. Y a mí me dejó para el final, como quien guarda algo a propósito.
—Tú —me dijo, señalándome con un dedo—. Vení. Acá arriba.
Me acerqué. Me tomó de la nuca y me llevó hacia sus pechos.
—Con la boca —indicó—. Las dos tetas. Sin prisa. Y me mirás mientras lo hacés.
Hundí la cara entre sus tetas, calientes y firmes, y empecé a chupárselas como me lo había pedido, sin dejar de sostenerle la mirada. Le lamí el pezón derecho, se lo mordí con cuidado, se lo dejé apretado entre los dientes tirándolo hacia mí hasta que ella dio un respingo, y después pasé al otro. Cada vez que cerraba los labios sobre un pezón, ella apretaba las piernas alrededor de la cabeza de Damián, que seguía abajo lamiéndola despacio, y soltaba un sonido grave. Con la mano libre me buscó la polla, me la agarró, me la apretó en el puño y empezó a moverme la piel arriba y abajo, sin apuro, midiéndome el aguante.
—Vos venís con ganas, ¿eh? —me susurró—. Estás durísimo. Bancátela.
Éramos cuatro hombres adultos, curtidos por meses de aislamiento y trabajo duro, y los cuatro estábamos puestos al servicio de una sola mujer que ni siquiera había levantado la voz.
Soledad nos fue rotando con una paciencia de relojera. A uno lo mandaba arriba a chuparle las tetas, a otro abajo a comerle el coño, a otro lo dejaba parado con la verga en la mano, simplemente mirando, castigado por algún apuro que ella había detectado antes que nosotros. El que respiraba demasiado rápido recibía una orden de detenerse y de sacar la mano de la polla. El que se quedaba quieto recibía una de seguir. A Tobías, en un momento, lo agarró de la mandíbula, le abrió la boca con los dedos y le escupió adentro, y le dijo que tragara, y el chico tragó. La cabaña entera olía a sudor, a semen anticipado y a coño mojado.
—Suficiente —dijo al fin, incorporándose—. Ya me tienen como quería. Ahora les toca a ustedes demostrar.
***
Se bajó de la mesa y nos hizo formar de nuevo, en fila, frente a ella. Caminó despacio, revisándonos como un oficial pasa revista a su tropa. Nos fue agarrando la polla uno por uno, sopesándola en la mano, apretándola en el puño, deslizándonos el prepucio.
—Miren cómo están —dijo con una media sonrisa—. Todos firmes, todos chorreando por la punta, todos esperando. Cuatro pijas duras y ninguno se atreve a moverse. Me encanta.
Se arrodilló frente a nosotros y empezó a atendernos uno por uno, no por mucho rato, solo lo justo para dejarnos al borde y después soltarnos, abandonarnos en ese punto exacto donde uno haría cualquier cosa con tal de que no parara. Se metió a Tobías entero, hasta la garganta, y le dio dos, tres bombas rápidas hasta que el chico gimió que no aguantaba más. Ella lo sacó de la boca con un chasquido y le dio dos cachetazos suaves con la verga mojada en la cara.
—Aguantá, soldadito. Todavía no.
Pasó a Damián. A él le agarró la base con una mano y le fue chupando la cabeza con los labios, apretándola, girándola, mientras con la otra mano le acariciaba los huevos. A Ezequiel se la mamó despacio, mirándolo desde abajo con los ojos brillosos, la lengua asomando por el frenillo. Cuando llegó a mí me abrió la boca, me apoyó la lengua debajo y me dejó caer la polla sobre ella para que yo mismo viera cómo se me hundía en su boca. Después cerró los labios y empezó a subir y bajar la cabeza, chupando fuerte, ahuecando los cachetes, hasta que sentí que se me venía todo. Se separó justo en ese momento, la muy hija de puta, y me sopló aire helado en la punta mojada. Casi me caigo de rodillas.
Era una tortura medida al milímetro. Cuando notaba que alguno estaba demasiado cerca, lo dejaba y pasaba al siguiente, y el desgraciado se quedaba temblando, mordiéndose los labios para no romper la regla, con la polla latiendo en el aire y una gota gruesa colgando de la punta.
—Acuérdense —nos advirtió desde abajo, con la boca llena de saliva y presemen—. Nadie se corre sin que yo lo diga. El que se adelante, a la silla. Y lo dejo mirando cómo los otros me llenan.
Después se levantó, se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y volvió a la mesa. Se dio vuelta, apoyó las palmas sobre los mapas, arqueó la espalda y sacó el culo hacia atrás. El coño le quedó abierto, chorreando, y encima el ojete apretado, marrón, brillándole a la luz de la lámpara.
—Ahora sí. De a uno. Y rápido el que yo diga, lento el que yo diga. Empezás vos —me ordenó.
Fui el primero. Me acerqué por atrás, le agarré una cadera con una mano y con la otra me guié la punta hasta el coño. La froté un poco entre los labios mojados, empapándomela, y después empujé. Se me hundió entera de una sola embestida y ella dejó escapar un gemido ronco. Estaba apretadísima, caliente, chorreando; me envolvía como un puño mojado. Le agarré las dos caderas y empecé a moverme, primero despacio, pero ella me marcó un ritmo más duro con su propio cuerpo, empujándome contra sí.
—Así —murmuró—. Fuerte, pero sin correr. Metémela hasta el fondo. Golpeame el culo con las bolas. Eso, así. Vos no decidís cuándo. Decido yo.
La cogí como me lo pidió, palmeándole una nalga y viendo cómo el culo le rebotaba con cada embestida, cómo se le formaba una raya blanca de espuma en la base de mi polla, cómo el coño se le abría y se le cerraba alrededor de mí. Le agarré la trenza a medio armar y tiré. Ella arqueó más el cuello y gimió más fuerte. Cuando sintió que ya no aguantaba, me apartó con la palma abierta en el pecho, sacándome de un tirón, y me quedé temblando con la verga al aire, brillante de sus jugos.
—Salí. Ahora. Bien hecho —dijo, y esas dos palabras me dieron un orgullo absurdo, ridículo, que no me esperaba.
El segundo fue Tobías, y duró poquísimo. Se le metió atrás, la agarró mal de la cintura, dio cinco, seis embestidas descoordinadas y ella ya vio venir el desastre. Le clavó las uñas en el antebrazo, se lo sacó de golpe y le apretó la base con el pulgar y el índice, cortándole el orgasmo en seco. El chico soltó un quejido de puro dolor y frustración. A ella se le escapó una risa baja, sin maldad.
—La próxima aguantás más, soldadito. Andá al rincón. Mirá.
Tobías obedeció, se sentó en la silla de madera del rincón y se quedó ahí, con la polla parada y roja, mirando cómo seguíamos.
A Ezequiel lo puso de espaldas a ella, quiero decir, la puso a ella de espaldas contra su pecho: lo hizo sentarse en el banco largo, se le montó encima mirando hacia adelante y se dejó caer sobre su verga en cuclillas. Empezó a moverse ella misma, subiendo y bajando, apoyándose en las rodillas de él, y le agarró las manos y se las llevó a las tetas.
—Apretame. Fuerte. Como si me quisieras dejar la marca.
Ezequiel apretó, le agarró los pezones entre los dedos y se los retorció apenas, y ella soltó un gemido gutural mientras seguía cogiéndoselo desde arriba. Después le pasó una mano hacia atrás, le agarró la muñeca y se la guió hasta el ojete.
—El dedo. Adentro. Despacio.
Ezequiel se mojó el dedo en la saliva y se lo fue hundiendo mientras ella seguía subiendo y bajando en su polla. Doble estímulo. Los ojos se le pusieron en blanco. Le agarró la mano libre y se la mordió para no gritar.
—¿Sentís quién manda acá? —le preguntó por encima del hombro, casi sin aire.
—Vos, Soledad.
—Usted —corrigió, apretándose contra él—. Y sí. Son míos esta mañana. Cada uno de ustedes. ¿Quedó claro?
—Sí, señora —contestó él, y le obedeció hasta que ella se lo sacó de encima con un movimiento seco justo antes de que el pobre reventara.
El último fue Damián, el de buen oficio, y a él le permitió un poco más, casi como un premio por lo de antes. Lo hizo acostarse boca arriba sobre las tablas del piso y se le sentó encima mirándolo a la cara. Lo cabalgó despacio, ondulando la cadera, dejándole las tetas colgando sobre la boca para que él sacara la lengua y se las alcanzara sin manos. Después se agachó, le apoyó las palmas en el pecho y aceleró, con los muslos temblando, hasta que estuvo a punto de correrse otra vez. Cuando lo vio a él perdido, con la cara roja, apretando los dientes, se levantó sin previo aviso y él quedó abajo, con la verga marcada de su humedad, latiendo al aire. Incluso a él lo frenó con una sola palabra justo cuando creía que tenía permiso. Ninguno de los cuatro rompió la regla. Ninguno se atrevió.
—Bien —dijo al fin, jadeando, con la voz ronca—. Se ganaron el permiso. Vengan.
Se sentó en el borde de la mesa, se recostó hacia atrás apoyada en los codos, abrió las piernas y se agarró las tetas con las dos manos, apretándoselas juntas, ofreciendo el escote y el coño al mismo tiempo.
—Los tres —ordenó a Damián, a Ezequiel y a mí—. Acá, alrededor. Cáguensela a pajazos en la cara y en las tetas. Todo afuera, que quiero verlo. Y vos, soldadito —le dijo a Tobías desde la silla—, vos te la seguís haciendo pero no te venís hasta que yo te avise. Todavía estás castigado.
Nos acercamos los tres, la rodeamos, cada uno con la polla en el puño, moviéndonos rapidísimo, apuntándole. Ella nos miraba de abajo hacia arriba, mordiéndose el labio, sacando la lengua, y a veces se metía una punta un segundo en la boca, la chupaba, la soltaba y pasaba a la siguiente. Yo fui el primero en reventar. Se me disparó un chorro grueso y blanco que le cayó en la mejilla y le colgó del mentón, y ella soltó una carcajada de placer y sacó la lengua para recibir el resto. Damián se le corrió sobre las tetas, largos hilos que le resbalaron entre los pechos. Ezequiel apuntó a la boca y ella la abrió, la mantuvo abierta, y cuando terminó se pasó la lengua por los labios y tragó lo que había caído adentro.
Después miró a Tobías, que se estaba matando en la silla, con los cachetes rojos y los ojos aguados.
—Ahora vos, soldadito. Vení. Corrételes encima de las tetas a estos, así te limpio yo.
Tobías corrió, en dos pasos ya estaba frente a ella, y con tres tirones más se le vino con un gemido roto, chorreándole sobre los pezones y el semen mezclado de los otros tres. Ella se pasó los dedos por la piel, los recogió, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno.
***
Cuando terminó con todos, Soledad se quedó sentada en el borde de la mesa, sonrojada, con la respiración agitada, la cara y el pecho brillantes, y una sonrisa de satisfacción que no era por lo que su cuerpo había recibido, sino por lo que había logrado. Nos había tenido a los cuatro en la palma de la mano y lo sabía.
—¿Eso fue todo? —preguntó, arqueando una ceja—. Cuatro hombres encerrados meses y se quedan sin aire tan rápido. Me decepcionan un poquito.
Ninguno supo qué responder. Estábamos los cuatro repartidos por el piso de la cabaña, agotados, mudos, con las pollas ablandándose y los muslos manchados, mirándola como cachorros.
—La próxima vez —dijo mientras se limpiaba el semen del pecho con el pañuelo y se vestía con la misma calma con la que se había desvestido— traen más aguante. Y más plata.
Se ató la trenza, se acomodó el pañuelo y nos miró uno por uno, cobrando con los ojos antes que con las manos.
—El servicio se los dejo en lo que tengan en la billetera —anunció—. Todo.
Vaciamos los bolsillos sin chistar. Ella contó los billetes con dedos rápidos, los guardó en el canasto debajo del pan y se colgó el brazo del asa.
—Un gusto hacer negocios —dijo.
Antes de abrir la puerta se acercó a mí, me tomó la cara con una mano y me dio un beso lento, distinto a todo lo demás, casi cariñoso. Todavía tenía el gusto de mi propia leche en la lengua y me la pasó por la boca sin pudor.
—Vos sos mi favorito —me susurró—. La próxima te guardo el pan recién salido. Y algo más recién salido también.
Salió de la cabaña sin mirar atrás, bajando el sendero con un andar tranquilo, la trenza balanceándose y el canasto lleno. Nos quedamos los cuatro sentados en el cemento, viendo nuestras billeteras vacías sobre la mesa de mapas.
—¿Ustedes volverían a pagar? —preguntó Tobías al rato, con la voz tomada.
Nos miramos. No hizo falta votarlo.
—Sin pensarlo —dije yo.
Y los otros tres asintieron, sonriendo, mientras afuera la niebla terminaba de levantarse sobre la montaña.