El marido sumiso de mi amiga me dio más placer
Lucía y yo nos conocíamos desde el instituto. Habíamos compartido casi todo: los primeros novios, los primeros trabajos, las primeras decepciones. A los treinta y ocho seguíamos quedando una vez por semana, casi siempre en su casa, mientras nuestros maridos trabajaban hasta tarde o se mataban a jugar al pádel los sábados por la mañana.
Ella tenía el pelo largo y negro, los ojos claros y una figura de revista que le venía de familia. Yo soy más bajita, rubia, de rizos imposibles y unas curvas que mi marido nunca se ha cansado de mirar. Distintas en todo, pero cómplices en lo que importaba.
Lo que importaba, esos meses, era una serie de gladiadores que se había puesto de moda. La veíamos juntas, copa de vino en mano, y no nos engañábamos sobre el motivo: estaba llena de cuerpos desnudos y escenas que nos dejaban el pulso acelerado.
—No me canso de esto —suspiré una tarde, dejándome caer en el sofá.
—Ni yo —contestó Lucía, subiendo el volumen.
Nuestros maridos jamás habrían entendido lo que pasaba en aquel salón. Para ellos éramos dos amigas aburridas matando la tarde con una serie histórica. No tenían ni idea de que cada capítulo era una excusa, de que llevábamos meses afilando juntas un deseo que ninguna de las dos se atrevía a nombrar del todo. Lo que empezó como un juego inocente, un roce de manos cómplice mientras la pantalla ardía, se había convertido en una rutina que esperábamos toda la semana.
Habíamos perdido la vergüenza la una con la otra hacía años. Mientras avanzaban los capítulos, deslizábamos la mano por debajo del pantalón sin disimulo, riéndonos entre jadeos como dos adolescentes que descubren algo prohibido.
***
El octavo episodio nos cambió la noche. Apareció un gladiador enorme, fornido, con un atributo que la propia serie convertía en chiste recurrente. Paramos la imagen.
—Menudo ejemplar —dijo Lucía, mordiéndose el labio—. ¿Cómo puede caminar con eso?
—Yo lo que quiero saber es si es de verdad o una prótesis de las suyas —respondí, y las dos nos echamos a reír.
Lo que nos dejó en silencio fue el final. El personaje traicionaba a su amo, intentaba matarlo, y el castigo era brutal: lo mutilaban delante del resto de gladiadores y lo colgaban de una cruz como advertencia. La cámara se recreaba en el detalle. Donde antes estaba aquel atributo descomunal, ahora solo quedaba el saco vacío balanceándose.
—Pobre hombre —murmuró Lucía—. Imagínate que lo dejaran vivo así.
—Sentiría el dolor de un golpe en las pelotas, pero ya nunca el placer —dije, y un escalofrío me recorrió la espalda—. Joder, qué castigo. No se lo deseo a nadie.
Y, sin embargo, ninguna de las dos dejó de pensarlo. Lo confesamos entre risas nerviosas: la imagen de un hombre reducido a eso, completamente a merced de quien lo había castigado, nos había puesto. Pensábamos que estábamos locas. Pero la idea de mandar, de tener a un hombre así de indefenso, nos encendía demasiado como para fingir lo contrario.
***
Lo que yo no sabía entonces era que Lucía tenía con quién experimentar.
Bruno, su marido, era un cuadro andante de macho alfa. Alto, ancho de hombros, velludo, con esa voz grave que llenaba una habitación. Nadie habría apostado un euro a que, de puertas adentro, era el hombre más sumiso que yo había conocido. Lucía me lo había contado a cuentagotas a lo largo de los años: la jaula de castidad, las semanas sin permiso para tocarla, los golpes secos que él aceptaba sin rechistar. Yo lo escuchaba como quien oye un cuento ajeno. Hasta que dejó de serlo.
Estuvimos una semana sin poder vernos por temas de trabajo. Cuando por fin pude pasarme, fue Bruno quien me abrió la puerta, educado y enorme como siempre, y algo en su mirada me dijo que esa tarde no íbamos a ver ninguna serie.
—Se me ha ocurrido una idea buenísima —dijo Lucía, agarrándome de la mano y llevándome al dormitorio.
Bruno entró detrás de nosotras y, a una orden de ella, empezó a desnudarse sin decir palabra. Cuando se quitó la ropa interior, me quedé sin aire. Una funda de silicona realista, del mismo tono que su piel, le cubría la entrepierna. No tenía pene. Donde debería estar, solo había una superficie lisa y, más abajo, un orificio por el que asomaban los testículos.
—¿Qué le has hecho? —pregunté, entre el asombro y la risa.
—Le encogí el pene con agua fría, le puse una jaula plana, de esas que parecen un botón —explicó Lucía, orgullosa—, y encima esto. ¡Y voilà! Mi marido castrado.
No era la primera vez que veía a Bruno desnudo. Mi marido y yo habíamos intercambiado pareja con ellos en un par de ocasiones, así que ese terreno ya lo teníamos cruzado. Pero esto era otra cosa.
—Vas a disfrutar más con mi hombre castrado que con el tuyo entero —me dijo Lucía con una sonrisa que no admitía dudas.
Me desnudé sin pensarlo dos veces.
***
Me tumbé en la cama y Bruno se colocó encima de mí. La escena imitaba el sexo de siempre, pero faltaba lo esencial: en lugar de penetrarme, lo que sentía contra mi sexo eran sus testículos, golpeando y rebotando con cada empuje de sus caderas. La sensación era extraña y nueva, un roce constante que me obligaba a concentrarme en cada detalle.
Le clavé las uñas en las nalgas, tensas y duras, y lo atraje hacia mí. Cerré los ojos y volví a ver al gladiador de la serie, mutilado y colgado, y a este hombre enorme intentando hacerme el amor con algo que ya no tenía. La idea me derritió por dentro.
—No pares —jadeé—. Más. Más, joder.
Bruno aceleró. Lucía, a un lado de la cama, se había abierto de piernas y se metía y sacaba los dedos sin dejar de mirarnos, dirigiendo la escena con la mirada más que con las manos. El primer orgasmo me llegó como una ola, absurdo e intenso a la vez, provocado por un hombre que técnicamente no me estaba penetrando.
—Esto no se acaba aquí —dijo Lucía.
Le ordenó a Bruno que se colocara un arnés con un consolador grueso. Me puso a cuatro patas y él empezó a embestirme de verdad, mientras sus testículos seguían golpeándome a cada empuje, recordándome de qué iba todo aquello. Yo babeaba sobre la almohada, mordía la tela, gemía tan fuerte que el sonido rebotaba en las paredes del dormitorio.
Nunca había sentido nada parecido. No era solo el placer físico. Era saber que aquel hombre inmenso, capaz de levantarme con un brazo, estaba ahí únicamente para darme placer sin recibir nada a cambio. Esa certeza me encendía más que cualquier polla.
Lucía, agotada de tocarse, se sirvió otra copa y se sentó a observarnos como quien disfruta de su propia obra. De vez en cuando lanzaba una orden corta —«más fuerte», «no te detengas»— y Bruno obedecía al instante, sin un gesto de protesta. Verla dirigirlo con esa naturalidad, sabiendo lo que ese hombre era fuera de aquella habitación, me ponía tanto como las propias embestidas.
***
Cuando recuperé un poco el aliento, fui yo la que tomó el mando. Empujé a Bruno hasta tumbarlo de espaldas. Le quité el arnés y le lamí despacio aquella funda lisa, jugando con la idea de que de verdad no tenía nada. Después bajé hasta sus testículos y se los chupé con ganas, despacio primero y luego con fuerza, hasta que el hombre apretó los dientes y se le escapó un gemido ronco que delataba que estaba al borde de algo que ya no podía alcanzar.
—Mírale la cara —se rió Lucía—. Está sufriendo de gusto.
Me habría quedado horas, pero el reloj jugaba en mi contra. Tenía que volver a casa con mi marido antes de que se hiciera demasiado tarde.
Me di una ducha rápida, me vestí y besé a los dos en la puerta del dormitorio. Antes de salir, me agaché y le di a Bruno un golpe seco, calculado, justo donde más dolía. Cayó de rodillas unos segundos, sin una queja, mientras Lucía y yo nos partíamos de risa.
—Vuelve cuando quieras follarte a mi marido —me guiñó un ojo.
—Tenías razón —admití, recogiendo el bolso—. Bruno sin polla me ha dado más placer que el mío con la suya.
***
Durante tres días no pude pensar en otra cosa. Me sorprendí sonriendo en el trabajo, distraída en mitad de una conversación, repasando cada detalle de aquella tarde. Mi marido lo notó, claro, pero atribuyó mi buen humor a cualquier otra cosa. No le saqué de su error.
Cuando el mensaje de Lucía llegó por fin —«¿Te apuntas esta tarde?»—, no tardé ni un minuto en contestar que sí.
Llegué con la llave que ella me había dado y entré directamente al dormitorio. No había podido esperarme. Lucía estaba detrás de Bruno, montándolo por detrás con un arnés, y él lo recibía a cuatro patas, los testículos balanceándose como un péndulo bajo aquella jaula plana que lo mantenía a su merced.
—Llegas justo a tiempo —me dijo ella sin detenerse.
Me desnudé en segundos y me coloqué delante de Bruno, sentándome al borde de la cama con las piernas abiertas. No hizo falta darle instrucciones. Bajó la cabeza y empezó a usar la lengua mientras Lucía seguía marcándole el ritmo desde atrás. Quedamos atrapados los tres en una mecánica perfecta, cada uno en su sitio, él en el centro y nosotras dirigiéndolo todo.
Pensé en lo lejos que habíamos llegado desde aquellas tardes de serie y copa de vino. En cómo una escena de ficción había despertado algo que ninguna de las dos sabíamos que llevábamos dentro.
Lucía me cambió la vida sexual sin pedir nada a cambio. Y, de paso, me regaló al hombre más sumiso que jamás tendré entre las piernas.