Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tanga usada que le compré a una desconocida

Sé que esto no está escrito como lo haría un profesional, que me faltarán comas y me sobrarán detalles, pero no quiero contarlo bonito, quiero contarlo tal como pasó. Es algo que llevo guardado hace años y que todavía hoy, cuando lo recuerdo, me acelera el pulso.

Siempre me ha gustado el olor de la ropa interior femenina. No el olor a perfume ni a suavizante, sino el otro, el que queda después de un día entero de uso, el que delata a una mujer real. Es un morbo difícil de explicar para quien no lo siente, y casi imposible de confesar en voz alta. Durante mucho tiempo lo viví en silencio, robando una prenda aquí, oliéndola a escondidas allá, convencido de que era el único en el mundo con esa obsesión.

Tenía veinticuatro años cuando descubrí que no lo era. Manejaba una cuenta anónima en una red social donde escribía sobre mis fetiches, sin foto ni nombre real, solo un alias y un montón de confesiones. Ahí me sentía libre. Contaba lo que me gustaba, leía a otros que sentían lo mismo y poco a poco entendí que había todo un mundo escondido detrás de las pantallas.

Un día, entre las cuentas que la aplicación me sugería, apareció la suya.

Se hacía llamar Mora. Vendía lo que ella misma describía sin rodeos: packs de fotos, llamadas, y prendas usadas. Calzones, tangas, hilos que había llevado puestos durante días. Tenía más o menos mi edad y, por algunos detalles que dejaba caer, vivía en mi misma ciudad. Eso lo cambió todo. Una cosa era fantasear con algo lejano y abstracto, y otra muy distinta saber que esa mujer respiraba a unas pocas calles de mi casa.

Estuve días dándole vueltas antes de escribirle. Me frenaba la vergüenza, el miedo a que fuera una estafa, esa sensación de estar cruzando una línea de la que no se vuelve. Al final pudo más la curiosidad.

—Hola —escribí, y borré el mensaje tres veces antes de mandarlo de verdad.

Para mi sorpresa, me respondió enseguida y de buen modo. Le pregunté todo lo que se me ocurrió, con el corazón en la boca. Cómo usaba las prendas. Si se tocaba con ellas puestas. Si había fotos de ella llevándolas. Y lo más importante para mí: si la entrega era en persona y pagaba ahí, o si pedía un depósito por adelantado. Esa última pregunta era pura desconfianza, porque ya sabía que muchas de esas cuentas eran falsas y solo querían el dinero.

Mora me contestó con paciencia, como si estuviera acostumbrada a calmar a hombres nerviosos. Me explicó que tenía varios paquetes. Los había de solo la prenda, otros con hilos, otros que incluían fotos, y los más completos venían con un video de ella usándola y tocándose. La entrega podía ser en persona, en un lugar público, y se pagaba en el momento. Nada de depósitos.

Es real, pensé. Esto va a pasar de verdad.

En su perfil tenía fotos sin censura. Era de estatura baja, ni delgada ni llena, con el pelo teñido de dos colores, rojo de un lado y negro del otro. Tenía unos pechos bonitos y una espalda que terminaba en unas caderas anchas y un trasero generoso. Posaba enseñando las prendas que vendía, mostrando apenas lo justo, dejando siempre algo a la imaginación. Y esa era exactamente la parte que más me encendía.

***

Para mí todo aquello era nuevo. Había olido decenas de prendas en mi vida, pero siempre robadas, siempre con culpa, siempre a escondidas. Que esta vez fuera la propia dueña quien me la entregara en la mano me parecía un nivel de morbo completamente distinto. Y al mismo tiempo me daba una vergüenza extraña. Pensaba en el momento de mirarla a la cara y en lo que ella estaría pensando de mí. Sabe perfectamente para qué la quiero, me repetía. Sabe que me voy a tocar con su tanga puesta y aun así me la va a dar sonriendo.

El morbo le ganó a la vergüenza. Pedí el paquete completo, el de la prenda con fotos y video. Mora me trató con una amabilidad que no me esperaba, sin un solo gesto de juicio. Quedamos para vernos un martes por la mañana, antes de que ella entrara a trabajar.

Esa noche casi no dormí. La ansiedad me tenía despierto, imaginando mil escenarios. No sabía cómo iba a reaccionar al tenerla enfrente, si me iba a trabar, si ella se iba a sentir incómoda. Me tranquilizaba pensar que teníamos casi la misma edad, que ninguno de los dos era un niño y que ella hacía esto con total naturalidad.

El martes llegué al punto acordado con veinte minutos de anticipación. Era una plaza concurrida, con gente yendo y viniendo al trabajo, el lugar perfecto para algo que debía pasar desapercibido. Mora se retrasó otros veinte minutos sobre la hora, y cada uno de esos minutos me pareció eterno.

Cuando por fin apareció, la reconocí enseguida. Se veía como cualquier chica de la ciudad camino a su empleo: limpia, arreglada, con una sonrisa fácil. Nada que delatara a qué se dedicaba. Se acercó directo a mí.

—¿Eres tú? —preguntó.

—Sí —respondí, y me sorprendió lo firme que me salió la voz.

Me saludó con un beso en la mejilla. Fue un gesto tan natural, tan cotidiano, que me desarmó por completo. Conversamos un par de minutos de cualquier cosa, del clima, del tráfico, mientras yo trataba de que no se me notara el temblor en las manos.

—No me quedaban bolsas de color —dijo, un poco apenada—. La tuve que poner en una transparente. Mejor te la doy rápido, hay mucha gente.

Me pasó la bolsa con disimulo, como quien intercambia cualquier cosa. Le pagué lo acordado, nos despedimos con otro beso en la mejilla y se fue caminando hacia su trabajo sin mirar atrás.

Yo me quedé ahí parado unos segundos, con el pulso a mil y la bolsa apretada contra el costado, sin poder creer que de verdad lo había hecho.

***

El camino a casa fue una tortura deliciosa. No podía dejar de pensar en cómo olería, en cómo se vería, en lo que estaría guardado dentro de esa bolsa transparente que no me atrevía a abrir en la calle. Para colmo, mientras iba en el transporte, Mora me empezó a mandar las fotos y el video del paquete: diez imágenes y un clip de tres minutos.

No pude verlos ahí, rodeado de gente, pero saber que los tenía guardados en el teléfono me mantuvo al borde durante todo el trayecto. Apreté el paso desde la parada hasta mi puerta.

Ya encerrado en mi cuarto, saqué la prenda de la bolsa. Era una tanga de rayas de colores, de una tela suave, casi sedosa, esa clase de tela en la que el olor se impregna mejor y dura más. Le quedaba justa, ni floja ni demasiado apretada, y solo de imaginarla puesta sobre el cuerpo que había visto en las fotos se me secó la boca.

Entonces abrí las imágenes. En ellas Mora aparecía con esa misma tanga puesta, de espaldas, de costado, mostrando ese trasero amplio que se desbordaba a los lados de la tela fina. Eran fotos pensadas para enloquecer a alguien como yo, y vaya que cumplían su función.

El video fue lo que terminó conmigo. Empezaba con ella recostada en una cama, todavía con la prenda puesta. Se acariciaba despacio por encima de la tela, sin prisa, dejando que la tensión creciera. Tardaba en quitársela, jugaba, hacía la tanga a un lado y se tocaba con una calma que me tenía hipnotizado. Sus gemidos eran reales, contenidos, nada actuados. Al final se la quitó del todo y la sostuvo frente a la cámara, como diciéndome exactamente lo que tenía entre las manos.

No aguanté más.

Acerqué la prenda a mi cara y respiré hondo, lo más profundo que pude, justo en la zona que había estado en contacto con su cuerpo. El olor me golpeó de inmediato: intenso, real, inconfundiblemente suyo. No era el aroma plástico de algo limpio, era el de una mujer de verdad después de llevarlo puesto, y eso fue precisamente lo que me hizo perder la cabeza.

Me toqué con la prenda contra el rostro, con su voz gimiendo en el teléfono y su imagen grabada en la cabeza. Fue una de las descargas más intensas que recuerdo, de esas que te dejan vacío y temblando al mismo tiempo.

Cuando recuperé el aliento, hice algo que no había hecho nunca: le mandé un mensaje contándole cómo había terminado todo, con prueba incluida. No sé de dónde saqué el valor. Temí que le pareciera asqueroso, que me dejara en visto, que cortara el contacto.

Pasó lo contrario.

—Me encanta saber que te gustó tanto —me escribió—. La verdad es que a mí también me calienta imaginarlo.

Estuvimos un rato más mandándonos mensajes, ella diciéndome cosas que me volvieron a encender casi sin esfuerzo. Por un momento fantaseé con que aquello se convirtiera en algo más, en un encuentro de verdad, sin bolsa de por medio.

***

Nunca llegó a pasar. Unas semanas después, Mora cerró todas sus cuentas de un día para el otro y no volví a saber nada de ella. Desapareció igual que había aparecido, como un fantasma que solo existió detrás de una pantalla. A veces me pregunto qué habrá sido de su vida, si dejó esto por decisión propia o si alguien la descubrió y la obligó a parar.

Todavía conservo esa tanga y esas fotos. Las guardo como quien guarda un recuerdo imposible de explicar a nadie. De todas las experiencias que he tenido con este fetiche, aquella sigue siendo la más intensa, la única en la que el morbo no vino de robar algo a escondidas, sino de que una desconocida me lo entregara en la mano, mirándome a los ojos, sabiendo perfectamente lo que yo iba a hacer con ello.

Y aunque suene extraño, no fue tanto la prenda lo que me marcó, sino la complicidad. Esa certeza de que, por una vez, alguien más entendía exactamente lo que yo deseaba y, en lugar de juzgarme, me lo dio sin pedir nada a cambio más que el morbo compartido.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

NachoRivDos

Hay una tension en el encuentro callejero que no te suelta. Muy bien escrito, se nota que el que lo vivio (o lo imagino) sabe lo que hace.

Carlota_B

jajaja el titulo solo ya me engancho, y el relato no decepciona. Tremendo!!

Diego_lector22

corto pero efectivo, quede con ganas de saber que paso despues

FelipeRosario

Este tipo de relatos me gustan porque el morbo esta en lo que no se describe del todo, en lo que el protagonista se imagina. Seguí así, hay talento.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.