La tanga usada que le compré a una desconocida
Sé que esto no está escrito como lo haría un profesional, que me faltarán comas y me sobrarán detalles, pero no quiero contarlo bonito, quiero contarlo tal como pasó. Es algo que llevo guardado hace años y que todavía hoy, cuando lo recuerdo, se me pone la polla dura al instante.
Siempre me ha gustado el olor de la ropa interior femenina. No el olor a perfume ni a suavizante, sino el otro, el que queda después de un día entero de uso, el que delata a una mujer real. El olor concentrado en la entrepierna de una tanga, ese que mezcla el sudor del coño con el flujo que suelta durante horas, ese que huele a hembra, a hueco húmedo, a lo que ninguna se atreve a admitir en voz alta. Es un morbo difícil de explicar para quien no lo siente, y casi imposible de confesar en voz alta. Durante mucho tiempo lo viví en silencio, robando una prenda aquí, oliéndola a escondidas allá, pajeándome con la nariz metida en el entretela mojada de una desconocida, convencido de que era el único en el mundo con esa obsesión.
Tenía veinticuatro años cuando descubrí que no lo era. Manejaba una cuenta anónima en una red social donde escribía sobre mis fetiches, sin foto ni nombre real, solo un alias y un montón de confesiones. Ahí me sentía libre. Contaba lo que me gustaba, cómo me la meneaba oliendo braguitas ajenas, cómo me corría empapando la tela, leía a otros que sentían lo mismo y poco a poco entendí que había todo un mundo escondido detrás de las pantallas.
Un día, entre las cuentas que la aplicación me sugería, apareció la suya.
Se hacía llamar Mora. Vendía lo que ella misma describía sin rodeos: packs de fotos, llamadas, y prendas usadas. Calzones, tangas, hilos que había llevado puestos durante días. En su perfil aclaraba, con una honestidad que me puso duro, que las usaba mínimo cuarenta y ocho horas, que dormía con ellas, que se corría con ellas puestas para dejarlas bien impregnadas. Tenía más o menos mi edad y, por algunos detalles que dejaba caer, vivía en mi misma ciudad. Eso lo cambió todo. Una cosa era fantasear con algo lejano y abstracto, y otra muy distinta saber que esa mujer respiraba a unas pocas calles de mi casa, que en ese preciso instante podía estar cambiándose una tanga limpia por la que después me iba a vender empapada de ella.
Estuve días dándole vueltas antes de escribirle. Me frenaba la vergüenza, el miedo a que fuera una estafa, esa sensación de estar cruzando una línea de la que no se vuelve. Al final pudo más la curiosidad y la calentura, que ya me estaba haciendo pajearme dos veces por día pensando en ella.
—Hola —escribí, y borré el mensaje tres veces antes de mandarlo de verdad.
Para mi sorpresa, me respondió enseguida y de buen modo. Le pregunté todo lo que se me ocurrió, con el corazón en la boca y la verga apretada contra el pantalón. Cómo usaba las prendas. Cuántas horas las llevaba puestas. Si se tocaba con ellas puestas, si se corría encima, si dejaba que el flujo se le acumulara ahí. Si había fotos de ella llevándolas, abriéndoselas, mostrando el coño a través de la tela. Y lo más importante para mí: si la entrega era en persona y pagaba ahí, o si pedía un depósito por adelantado. Esa última pregunta era pura desconfianza, porque ya sabía que muchas de esas cuentas eran falsas y solo querían el dinero.
Mora me contestó con paciencia, como si estuviera acostumbrada a calmar a hombres nerviosos y calientes. Me explicó que tenía varios paquetes. Los había de solo la prenda, otros con hilos, otros que incluían fotos, y los más completos venían con un video de ella usándola y masturbándose. "En el video me corro con la tanga puesta —me escribió, sin ningún pudor—, así te llega con la mancha fresca de esa misma sesión." La entrega podía ser en persona, en un lugar público, y se pagaba en el momento. Nada de depósitos.
Es real, pensé, con la mano ya adentro del pantalón. Esto va a pasar de verdad.
En su perfil tenía fotos sin censura. Era de estatura baja, ni delgada ni llena, con el pelo teñido de dos colores, rojo de un lado y negro del otro. Tenía unos pechos bonitos, redondos, con unos pezones oscuros y grandes que se le marcaban a través de cualquier tela, y una espalda que terminaba en unas caderas anchas y un trasero generoso, de esos que se abren solos al agacharse. Posaba enseñando las prendas que vendía, mostrando apenas lo justo: la tanga clavada entre las nalgas, la tela hundida contra la raja del coño, dejando ver el bulto de los labios apretándose contra el algodón. Y esa era exactamente la parte que más me encendía.
***
Para mí todo aquello era nuevo. Había olido decenas de prendas en mi vida, pero siempre robadas, siempre con culpa, siempre a escondidas. Me había corrido cientos de veces con la nariz metida en tangas ajenas, lamiendo la parte mojada, chupando el flujo seco de mujeres que ni siquiera sabían mi nombre. Pero que esta vez fuera la propia dueña quien me la entregara en la mano me parecía un nivel de morbo completamente distinto. Y al mismo tiempo me daba una vergüenza extraña. Pensaba en el momento de mirarla a la cara y en lo que ella estaría pensando de mí. Sabe perfectamente para qué la quiero, me repetía. Sabe que en cuanto llegue a casa me voy a bajar los pantalones, que voy a sacar la polla y me voy a pajear apretando su tanga sucia contra la boca, chupándole el coño a través de la tela, y aun así me la va a dar sonriendo.
El morbo le ganó a la vergüenza. Pedí el paquete completo, el de la prenda con fotos y video. Mora me trató con una amabilidad que no me esperaba, sin un solo gesto de juicio. Quedamos para vernos un martes por la mañana, antes de que ella entrara a trabajar.
Esa noche casi no dormí. La ansiedad me tenía despierto, imaginando mil escenarios. No sabía cómo iba a reaccionar al tenerla enfrente, si me iba a trabar, si ella se iba a sentir incómoda. Me tranquilizaba pensar que teníamos casi la misma edad, que ninguno de los dos era un niño y que ella hacía esto con total naturalidad. Terminé pajeándome tres veces esa noche, imaginándomela llevando puesta la tanga que al día siguiente iba a estar en mis manos, imaginando cómo se la sacaba antes de guardarla en la bolsa, cómo pasaba la tela por el coño una última vez para dejarla bien empapada.
El martes llegué al punto acordado con veinte minutos de anticipación. Era una plaza concurrida, con gente yendo y viniendo al trabajo, el lugar perfecto para algo que debía pasar desapercibido. Mora se retrasó otros veinte minutos sobre la hora, y cada uno de esos minutos me pareció eterno. La tenía dura solo de saber que se estaba acercando, que en su cartera venía una tanga que había estado pegada a su coño durante dos días.
Cuando por fin apareció, la reconocí enseguida. Se veía como cualquier chica de la ciudad camino a su empleo: limpia, arreglada, con una sonrisa fácil. Nada que delatara a qué se dedicaba. Se acercó directo a mí.
—¿Eres tú? —preguntó.
—Sí —respondí, y me sorprendió lo firme que me salió la voz.
Me saludó con un beso en la mejilla. Fue un gesto tan natural, tan cotidiano, que me desarmó por completo. Sentí su perfume, y detrás del perfume creí adivinar otro olor, más íntimo, más animal, el mismo que iba a encontrar concentrado en la tela que traía guardada. Se me puso la polla tan dura que tuve que cambiar de posición para que no se notara. Conversamos un par de minutos de cualquier cosa, del clima, del tráfico, mientras yo trataba de que no se me notara el temblor en las manos ni el bulto en el pantalón.
—No me quedaban bolsas de color —dijo, un poco apenada—. La tuve que poner en una transparente. Mejor te la doy rápido, hay mucha gente.
Me pasó la bolsa con disimulo, como quien intercambia cualquier cosa. A través del plástico transparente pude ver, aunque fuera un segundo, la tela de rayas hecha un ovillo, y en el centro una mancha oscura, húmeda, inconfundible. Casi se me escapa la corrida ahí mismo, en plena plaza, solo con haber visto eso. Le pagué lo acordado, nos despedimos con otro beso en la mejilla y se fue caminando hacia su trabajo sin mirar atrás.
Yo me quedé ahí parado unos segundos, con el pulso a mil, la verga latiendo dentro del pantalón y la bolsa apretada contra el costado, sin poder creer que de verdad lo había hecho.
***
El camino a casa fue una tortura deliciosa. No podía dejar de pensar en cómo olería, en cómo se vería, en la mancha que había alcanzado a ver a través del plástico. Para colmo, mientras iba en el transporte, Mora me empezó a mandar las fotos y el video del paquete: diez imágenes y un clip de tres minutos.
No pude verlos ahí, rodeado de gente, pero saber que los tenía guardados en el teléfono me mantuvo al borde durante todo el trayecto, con la polla marcándose contra la tela del pantalón. Apreté el paso desde la parada hasta mi puerta, casi corriendo los últimos metros.
Ya encerrado en mi cuarto, cerré con llave, me bajé los pantalones sin pensarlo y saqué la prenda de la bolsa con las manos temblando. Era una tanga de rayas de colores, de una tela suave, casi sedosa, esa clase de tela en la que el olor se impregna mejor y dura más. Le quedaba justa, ni floja ni demasiado apretada, y en la entrepierna, justo donde le tenía que haber estado apoyado el coño, había una mancha grande, todavía húmeda, con los bordes amarillentos de flujo seco de días anteriores y el centro más fresco, brillante, elástico. Un hilo blanco espeso quedaba pegado a la tela, estirándose cuando la abría con los dedos. Solo de verlo se me escapó un gemido y tuve que agarrarme la polla para no correrme sin querer.
Entonces abrí las imágenes. En ellas Mora aparecía con esa misma tanga puesta, de espaldas, de costado, mostrando ese trasero amplio que se desbordaba a los lados de la tela fina. En una se la abría con los dedos, mostrando los labios del coño gordos, hinchados, apretados contra el algodón. En otra estaba en cuatro, con la tela clavada entre las nalgas, y se le veía el culito arriba del hilo, rosado, y el bulto del coño abajo, mojado, con una manchita ya asomando. En otra se la había hecho a un lado, dejando ver el coño entero, con los labios abiertos y un hilo de flujo colgándole. Eran fotos pensadas para enloquecer a alguien como yo, y vaya que cumplían su función.
El video fue lo que terminó conmigo. Empezaba con ella recostada en una cama, todavía con la prenda puesta. Se acariciaba despacio por encima de la tela, sin prisa, dejando que la tensión creciera. Se pasaba dos dedos arriba y abajo del coño, apretando la tanga contra los labios, y se le empezaba a marcar la humedad en el centro, un círculo cada vez más oscuro. Después se abrió las piernas de par en par y empujó la tela hacia adentro con el dedo, hundiéndola en la raja hasta que casi desaparecía, y la tanga quedó incrustada contra el clítoris, empapándose mientras ella se mordía el labio y gemía. Se metió un dedo por debajo del elástico, después dos, y empezó a follarse a sí misma con la tanga corrida a un lado, dejando que la cámara le viera el coño abierto, brillante, mientras los dedos entraban y salían con un ruido líquido. Sus gemidos eran reales, contenidos, nada actuados. Al final apartó los dedos, se acomodó otra vez la tela contra el coño, y en cámara la vi tensarse, arquearse, apretar los muslos alrededor de su propia mano mientras se corría, empapando la tela desde adentro, dejando que el flujo caliente le saliera y le quedara justo ahí, en la parte que unas horas después iba a estar en mis manos. Después se la quitó despacio, con dos dedos, y la sostuvo frente a la cámara, mostrándome la mancha fresca, brillante, todavía escurriendo. Como diciéndome exactamente lo que tenía entre las manos.
No aguanté más.
Acerqué la prenda a mi cara y respiré hondo, lo más profundo que pude, justo en la mancha, en la zona que había estado en contacto con su coño. El olor me golpeó de inmediato: intenso, real, inconfundiblemente suyo. Un olor ácido, dulzón, con ese fondo salado inconfundible del coño de una mujer que se ha corrido ahí adentro. No era el aroma plástico de algo limpio, era el de una hembra de verdad después de llevarlo puesto dos días, de dormir con eso puesto, de correrse con eso puesto, y eso fue precisamente lo que me hizo perder la cabeza.
Saqué la lengua y lamí la mancha, primero con la punta, después con toda la boca. El sabor me estalló en el paladar, salado y ácido, con esa densidad inconfundible del flujo espeso. Chupé la tela hasta dejarla más empapada de saliva que de ella, mordí el elástico, metí la nariz en el fondo del algodón y respiré con la boca abierta, tragando el aire cargado de su olor. Me la envolví alrededor de la polla, con la mancha justo apoyada contra la punta, y empecé a menearme rápido, apretando la tela contra el glande, sintiendo la textura húmeda deslizarse arriba y abajo. Con la otra mano me llevé la parte seca de la tanga a la cara, la que había estado pegada a su culo, y respiré ahí también, buscando otro rastro, otro pedazo de ella.
Me pajeaba con la prenda contra la polla, con la nariz enterrada en su entrepierna, con su voz gimiendo en el teléfono y su imagen grabada en la cabeza. Duró apenas un minuto. Cuando me corrí, lo hice a chorros, empapando la tanga desde afuera con mi semen mientras ella la había empapado desde adentro con el suyo. Los dos flujos se mezclaron ahí, sobre la misma tela, y esa idea me hizo temblar todavía más. Fue una de las descargas más intensas que recuerdo, de esas que te dejan vacío y temblando al mismo tiempo, con la respiración entrecortada y la boca todavía llena del sabor de una desconocida.
Cuando recuperé el aliento, hice algo que no había hecho nunca: le mandé un mensaje contándole cómo había terminado todo, con foto incluida de la tanga manchada por los dos lados. No sé de dónde saqué el valor. Temí que le pareciera asqueroso, que me dejara en visto, que cortara el contacto.
Pasó lo contrario.
—Uf, qué rico —me escribió—. Me encanta verla así, con tu leche encima de la mía. La verdad es que a mí también me calienta imaginarlo. ¿Te la chupaste antes de correrte? Contame todo.
Le conté todo, sin dejarme nada. Cómo le había lamido la mancha, cómo había mordido el elástico, cómo me había meneado con la tela apretada contra la punta. Ella me respondía con audios cortos, gimiendo bajito, diciéndome que se estaba tocando también, que le estaba haciendo cosas al coño pensando en mí chupando su tanga. Terminé pajeándome otra vez ahí mismo, con la tanga todavía en la mano, escuchando cómo se corría al otro lado del teléfono. Por un momento fantaseé con que aquello se convirtiera en algo más, en un encuentro de verdad, sin bolsa de por medio, con ella sentándose encima de mi cara y dándome el coño en vivo, sin tela, sin distancia.
***
Nunca llegó a pasar. Unas semanas después, Mora cerró todas sus cuentas de un día para el otro y no volví a saber nada de ella. Desapareció igual que había aparecido, como un fantasma que solo existió detrás de una pantalla. A veces me pregunto qué habrá sido de su vida, si dejó esto por decisión propia o si alguien la descubrió y la obligó a parar.
Todavía conservo esa tanga y esas fotos. Las guardo en una bolsa cerrada, y de vez en cuando la abro, meto la nariz y compruebo que, aunque el olor se ha ido apagando con los años, todavía queda algo suyo ahí, en esa mancha reseca del centro. Cuando eso pasa, todavía se me pone dura y todavía me pajeo con ella, como quien vuelve a un lugar sagrado. De todas las experiencias que he tenido con este fetiche, aquella sigue siendo la más intensa, la única en la que el morbo no vino de robar algo a escondidas, sino de que una desconocida me lo entregara en la mano, mirándome a los ojos, sabiendo perfectamente que iba a llegar a casa a chupar su flujo y a correrme encima de su tanga.
Y aunque suene extraño, no fue tanto la prenda lo que me marcó, sino la complicidad. Esa certeza de que, por una vez, alguien más entendía exactamente lo que yo deseaba y, en lugar de juzgarme, me lo dio sin pedir nada a cambio más que el morbo compartido.





