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Relatos Ardientes

Lo que la señora Renata aceptó esa mañana

Me levanté de la cama con el cuerpo todavía pesado por la noche larga y caminé descalzo hasta el baño. La casa estaba en silencio, esa quietud espesa de las primeras horas, cuando el sol apenas empieza a filtrarse por las persianas y el resto del mundo todavía duerme. Yo no. Yo nunca dormía bien en esa casa, no con todo lo que pasaba entre esas paredes.

La puerta del baño estaba entreabierta, y esa rendija fue suficiente para detenerme. Me asomé despacio y la vi: la señora Renata, de espaldas, completamente desnuda, con una mano apoyada en la pared mientras regulaba la temperatura del agua con la otra. El vapor empezaba a empañar el espejo y a dibujarle un brillo en la piel de la espalda. Le vi el culo grande, redondo, esa carne pesada que se le movía apenas con cada gesto, y el surco entre las nalgas que se abría cuando cambiaba el peso de una pierna a la otra. Debajo, colgando entre los muslos, alcancé a distinguir los labios hinchados de su coño, todavía enrojecidos de la noche.

Renata tenía esa clase de cuerpo que solo dan los años bien llevados: caderas amplias, muslos firmes, una espalda ancha que terminaba en una cintura todavía marcada. No era una mujer que se escondiera. Al contrario, había aprendido a usar cada centímetro de sí misma como un arma, y los dos hombres de esa casa lo sabíamos de sobra.

Habíamos pasado casi toda la madrugada enredados, y aun así, ver sus caderas expuestas de esa forma me provocó una corriente que no esperaba a esa hora. Mi polla se levantó sola bajo la ropa interior, dura, palpitando contra la tela como si la noche entera no hubiera bastado. Entré sin hacer ruido, sintiendo el suelo tibio bajo los pies, y la sujeté por la cintura, apretándome contra su culo para que sintiera lo que le traía.

—Buenos días, señora Renata —le murmuré contra la nuca, y le pasé la lengua por el hueco detrás de la oreja.

Ella se sobresaltó al sentir mis manos en sus caderas y mi verga hincándose entre sus nalgas. Se giró por instinto, cubriéndose un instante con los brazos, y terminó sentándose en el borde de la taza, mirándome con esa mezcla de reproche y diversión que ya le conocía. Las tetas le rebotaron pesadas contra el pecho al sentarse, con los pezones oscuros y todavía duros, marcados por los mordiscos que le había dejado horas antes.

—¡Ay, Damián! Me asustaste —dijo, llevándose una mano al pecho.

Su cara había quedado justo a la altura de mi cintura, y no hacía falta decir mucho más. Bajé la vista hacia ella y sonreí. Ella entornó los ojos, todavía con el pelo revuelto de la cama y una marca tenue en el cuello que yo mismo le había dejado horas antes.

—Mire nada más cómo la vengo a encontrar.

Ella siguió la dirección de mi mirada y entendió de inmediato. Soltó una risa baja, negó con la cabeza y bajó la tela de mi ropa interior con dos dedos, casi con pereza. La polla saltó afuera, pesada, con el glande brillando de gotas y las venas marcadas de lo dura que estaba. Renata la miró de cerca, se relamió los labios sin darse cuenta y me acarició los huevos con la punta de los dedos.

—Damiancito, déjame que me dé un baño y seguimos lo de anoche. Estoy hecha un desastre.

Todo esto había empezado meses atrás, casi por accidente, una madrugada en que los tres terminamos una botella de más y las conversaciones se fueron por sitios que ninguno se había atrevido a nombrar antes. Lo que aquella noche pareció un desliz se convirtió en costumbre, y la costumbre, con el tiempo, en algo parecido a un pacto. Renata ponía las reglas, nosotros las seguíamos, y nadie hacía preguntas a la luz del día.

Pero verla así, sentada, mojada por el vapor que empezaba a llenar el baño, me trajo otra idea a la cabeza. Una de las que ella ya sabía leerme en la cara antes de que yo dijera una palabra.

—Solo una probada rápida —le pedí, y le pasé la punta de la polla por los labios.

—No, Damián, déjame bañar primero —respondió, aunque su tono no cerraba la puerta del todo, y ya había sacado la lengua para lamerme el glande casi sin querer.

—Va a ser rápido, señora Renata.

—Que no, te digo.

Era el juego de siempre. Ella ponía resistencia porque sabía que a los dos nos gustaba más así, y yo empujaba porque conocía hasta dónde podía. Era un libreto que habíamos repetido tantas veces que ya casi no necesitábamos palabras: ella fingía negarse, yo fingía no escucharla, y los dos sabíamos exactamente dónde estaba la línea que ninguno cruzaría. Esa era la gracia. La tomé del cabello, despacio pero firme, y guie su rostro hacia mí. Le froté la polla por la mejilla, por los labios, por la barbilla, dejándole un rastro húmedo en la cara.

—Damián... espérate... —murmuró, sin apartarse de verdad, con los labios entreabiertos y la respiración caliente pegándome en el glande.

Manoteó un poco, más por costumbre que por otra cosa. Yo sabía la palabra que ella usaba cuando algo no le gustaba en serio, y esa palabra no apareció. Así que seguí, con una mano en su pelo y la otra terminando de bajarme la ropa. Le apoyé la punta contra los labios y empujé despacio; ella cedió, abrió la boca y me dejó entrar. Sentí el calor de su lengua, el borde de los dientes rozándome apenas, y la manera en que ahuecaba las mejillas para chuparme mientras me la iba metiendo hasta el fondo.

—Mmm, no... —repitió, pero su voz tenía ese filo que yo ya reconocía, ahogada por la verga que le llenaba la boca.

Empecé a moverle la cabeza, a follarle la boca despacio al principio, viendo cómo los labios se le estiraban alrededor de mi polla y se le caía la saliva por las comisuras. Le agarré del pelo con las dos manos y le hundí la cara contra mi pubis, hasta que la sentí atragantarse y tuvo que empujarme del muslo para tomar aire. Cuando la solté, un hilo de baba le colgaba de la boca al glande, y ella jadeaba con los ojos llorosos y una sonrisa torcida.

—Si no la quiere así —le dije, inclinándome—, entonces hacemos otra cosa.

Le eché la cabeza un poco hacia atrás y le pedí que bajara las manos. Ella dudó un segundo, ese segundo que era parte del ritual, y obedeció. Cerró los ojos, anticipando.

—Quédese quieta —le dije en voz baja.

Lo que vino después era de los juegos que ella misma había propuesto semanas atrás, una noche en que el vino la puso confesional y me contó lo que de verdad la encendía. Apunté y dejé que el calor cayera sobre ella. Renata apretó los párpados y la boca, y movió apenas la cabeza, y ese movimiento solo hizo que la sujetara con más decisión.

—Quieta —repetí.

Obedeció enseguida. Era ella la que mandaba, en el fondo: bastaba con que dijera la palabra y todo se detendría. Pero no la dijo. El líquido tibio le corría por la frente, por las mejillas, por el cuello, y hubo un instante en que tuvo que abrir la boca para tomar aire.

—Trágate eso —le dije, riéndome bajo—. Que para eso lo pediste.

Ella sostuvo mi mirada un momento, desafiante incluso ahí abajo, y después hizo lo que le pedía. Aproveché para mojarle las tetas, que se mecían pesadas con cada respiración suya, y vi cómo el líquido le escurría por el cuerpo, brillante bajo la luz del baño, resbalándole por el vientre y perdiéndose entre los muslos abiertos. Ella se llevó una mano al coño casi sin darse cuenta y empezó a frotarse los labios mojados con dos dedos, jadeando bajo.

Cuando por fin terminó de pasárselo, tomó aire de golpe, con los ojos vidriosos y una sonrisa torcida. Se inclinó otra vez y me metió la polla en la boca, mamándomela con hambre, chupando desde la base hasta la punta, lamiéndome los huevos uno por uno mientras me miraba desde abajo.

—Ay, Damián... eres un cerdo —dijo, apartándose un segundo, con el mentón brillante y los labios hinchados—, pero cómo me gusta tu verga en la boca.

—Y a usted le encanta —respondí, sacudiéndome sobre su cara antes de soltarle el cabello, y le pasé el glande por los pómulos, marcándola con las últimas gotas.

Me eché hacia atrás, apoyándome en el lavabo, todavía recuperando el aliento, con la polla todavía dura y goteando. Ella intentaba levantarse, con el pelo pegado a la frente y una mano metida entre las piernas, cuando la puerta terminó de abrirse.

—Vaya baño le diste, mamá —dijo Bruno desde el umbral, riéndose, y ya se estaba tocando la verga por encima del pantalón del pijama.

Bruno era hijo de Renata, y desde hacía meses los tres compartíamos esta clase de mañanas. Había sido idea de ella, al principio entre risas nerviosas, después como una costumbre que ninguno de los tres pensaba romper. En esta casa las reglas las ponía Renata, y ella nos había dado vía libre hacía rato.

—No empieces tú también —le advirtió ella, aún sentada en la taza, secándose la cara con el dorso de la mano.

Pero Bruno ya estaba entrando, y ya tenía la polla afuera, gruesa, un poco más corta que la mía pero más ancha, con el glande morado y palpitando. Antes de que su madre pudiera incorporarse, la tomó del cabello con la misma confianza que yo, le inclinó la cabeza hacia atrás y le metió la verga en la boca de una sola vez. Renata gimió con la boca llena y las mejillas se le abombaron cuando él le empujó hasta el fondo de la garganta. Sostuvo así unos segundos, mirándola, antes de sacársela y descargar el chorro caliente sobre su cara y su pecho. Renata volvió a manotear, medio en protesta, medio en risa.

—No, no... ya, los dos están imposibles —se quejó, aunque no hizo el menor gesto de la palabra que la habría detenido, y abrió la boca para que le cayera adentro lo que Bruno todavía tenía guardado.

—Tenía la vejiga a punto de reventar —dijo Bruno, divertido, sacudiéndose las últimas gotas sobre sus pezones—. Tú tuviste la culpa por andar tan dispuesta.

Renata ya no se movió. Por segunda vez en pocos minutos su cuerpo quedó empapado, y lo aguantó con esa entrega que solo aparecía cuando confiaba del todo. Se pasó dos dedos por las tetas, se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándonos a los dos. Cuando Bruno terminó, ella resopló y nos miró con falsa indignación.

—Ahora sí, vamos a ducharnos los tres —propuso él.

—Siempre con tus ideas, Bruno —contestó ella, escurriendo agua y todo lo demás por la cara, aunque ya estaba sonriendo y con una mano apretándose el coño.

—Vamos, mamita, que hoy fue especial. Mientras los miraba se me ocurrieron un par de cosas para el fin de semana —dijo él, guiñándome un ojo por encima del hombro de su madre.

Renata por fin se puso de pie, alta y desnuda en medio del baño lleno de vapor, con las tetas todavía brillando y los muslos mojados hasta las rodillas, y antes de meterse bajo la regadera nos clavó una mirada a cada uno.

—Está bien —dijo—. Pero se acabó lo de orinarme por hoy. La próxima la decido yo.

—Como usted ordene, señora —contesté, y los tres sabíamos que esa frase era la verdadera regla de la casa.

Nos metimos los tres bajo el agua caliente. La ducha era amplia, de las que ella había mandado a reformar justo pensando en mañanas como esta, y los tres cabíamos sin estorbarnos. Empezamos a recorrerla con las manos, turnándonos, mientras ella se dejaba hacer apoyada contra los azulejos. Yo le agarré las tetas por detrás, se las apreté, le pellizqué los pezones hasta que se le pusieron duros como piedras, mientras Bruno se agachaba frente a ella y le abría los muslos con los hombros. Le vi hundir la cara entre las piernas de su madre y empezar a chuparle el coño con hambre, comiéndoselo como si llevara semanas sin probarlo. Renata soltó un grito ahogado, echó la cabeza hacia atrás contra mi hombro y se agarró del pelo de su hijo para pegárselo más al sexo.

—Ay, sí, mi amor... así, chúpaselo bien a mamá... —jadeaba, moviendo la cadera contra su cara.

El chorro arrastraba el resto de la noche y de la mañana, y bajo el vapor su piel volvía a quedar limpia, lista para lo que viniera. Yo le froté la polla entre las nalgas mojadas, deslizándome despacio por el surco de su culo, sintiendo cómo se le contraía el agujero cada vez que la lengua de Bruno le daba un latigazo al clítoris.

El agua le caía por el pelo y se lo pegaba a la cara, y ella echaba la cabeza hacia atrás para dejarla bajo el chorro. Bruno se puso de pie, la levantó por un muslo y se la metió de una sola embestida. Renata gimió largo, con la boca abierta contra la mía, mientras yo le seguía apretando los pezones desde atrás y le mordía el cuello. La verga de Bruno le entraba y le salía del coño con un ruido húmedo que se mezclaba con el del agua, y yo aproveché para escupirme en la mano, mojarme bien la polla y empujarle el glande contra el ojete apretado.

—Métemela, Damián, métemela ya, no me hagas rogar —jadeó ella, girando la cara para buscarme la boca.

Empujé despacio y el anillo cedió con un jadeo largo de ella. Sentí cómo se abría, cómo me apretaba, y cuando estuve dentro los dos empezamos a movernos a compás, uno adentro del culo, el otro adentro del coño, con Renata colgada entre nosotros, aguantada por las piernas de Bruno y por mis manos en sus tetas. Ella gemía sin control, decía nombres, decía cosas peores, y de vez en cuando ella giraba la cabeza para besarnos, primero a uno, después al otro, sin prisa, con la lengua caliente y la boca sabiendo a lo que le habíamos hecho antes. Era distinto al juego de antes: ahí, bajo el agua, mandaba ella, y los dos lo sabíamos.

—Para el fin de semana —murmuró Bruno contra su oído, sin dejar de embestirla— se me ocurre que invitemos a alguien más.

Renata abrió los ojos, interesada, y me buscó la mirada a través del agua que le caía por la cara. Se apretó contra mí, sintiendo mi verga hasta el fondo del culo, y sonrió.

—Eso lo decido yo —dijo, con una sonrisa que prometía más de lo que decía—. Pero no suena mal.

Bruno aceleró y descargó adentro con un gruñido, y sentí las contracciones de su coño transmitirse a través de la carne fina que nos separaba, y eso me bastó para vaciarme yo también en su culo, con la frente pegada a su hombro y los dedos clavados en sus tetas. Renata se estremeció entre los dos, gimiendo largo, con la cara vuelta hacia el chorro de la ducha para que le tapara la voz.

Yo sabía que Bruno ya tenía algo en mente para cuando saliéramos de la ducha. Y yo también empezaba a tenerlo. Pero esa, como siempre, era una decisión que le correspondía a la señora Renata.

Continuará...

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Comentarios(8)

BdsmFan_Arg

Excelente relato!!! de los mejores que lei en esta categoria, espero que sigan subiendo contenido asi

ValentinaK21

Por favor continua la historia, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues. Muy bien escrito!

CarlosMdq

Me encanto como construiste la tension desde el principio. No es facil lograr eso y aca se nota el oficio. Bravo

LuciaBaires

Me recordo vagamente a algo que viví hace tiempo, obvio que no tan intenso jaja pero algo de esa dinamica reconoci. Buenisimo

Cris_conf

La señora Renata es un personajazo. Espero que vuelva en algun otro relato

Marcos_BA

Hay segunda parte?? no me puedo quedar con esta intriga jaja

RobertoQ

El arranque me engancho de inmediato, tremendo

NachoCBA_ok

Sencillo pero efectivo. Se disfruta mucho, gracias por compartir

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