Lo que la señora Renata aceptó esa mañana
Me levanté de la cama con el cuerpo todavía pesado por la noche larga y caminé descalzo hasta el baño. La casa estaba en silencio, esa quietud espesa de las primeras horas, cuando el sol apenas empieza a filtrarse por las persianas y el resto del mundo todavía duerme. Yo no. Yo nunca dormía bien en esa casa, no con todo lo que pasaba entre esas paredes.
La puerta del baño estaba entreabierta, y esa rendija fue suficiente para detenerme. Me asomé despacio y la vi: la señora Renata, de espaldas, completamente desnuda, con una mano apoyada en la pared mientras regulaba la temperatura del agua con la otra. El vapor empezaba a empañar el espejo y a dibujarle un brillo en la piel de la espalda.
Renata tenía esa clase de cuerpo que solo dan los años bien llevados: caderas amplias, muslos firmes, una espalda ancha que terminaba en una cintura todavía marcada. No era una mujer que se escondiera. Al contrario, había aprendido a usar cada centímetro de sí misma como un arma, y los dos hombres de esa casa lo sabíamos de sobra.
Habíamos pasado casi toda la madrugada enredados, y aun así, ver sus caderas expuestas de esa forma me provocó una corriente que no esperaba a esa hora. Mi cuerpo reaccionó solo, como si la noche no hubiera bastado. Entré sin hacer ruido, sintiendo el suelo tibio bajo los pies, y la sujeté por la cintura.
—Buenos días, señora Renata —le murmuré contra la nuca.
Ella se sobresaltó al sentir mis manos en sus caderas. Se giró por instinto, cubriéndose un instante con los brazos, y terminó sentándose en el borde de la taza, mirándome con esa mezcla de reproche y diversión que ya le conocía.
—¡Ay, Damián! Me asustaste —dijo, llevándose una mano al pecho.
Su cara había quedado justo a la altura de mi cintura, y no hacía falta decir mucho más. Bajé la vista hacia ella y sonreí. Ella entornó los ojos, todavía con el pelo revuelto de la cama y una marca tenue en el cuello que yo mismo le había dejado horas antes.
—Mire nada más cómo la vengo a encontrar.
Ella siguió la dirección de mi mirada y entendió de inmediato. Soltó una risa baja, negó con la cabeza y bajó la tela de mi ropa interior con dos dedos, casi con pereza.
—Damiancito, déjame que me dé un baño y seguimos lo de anoche. Estoy hecha un desastre.
Todo esto había empezado meses atrás, casi por accidente, una madrugada en que los tres terminamos una botella de más y las conversaciones se fueron por sitios que ninguno se había atrevido a nombrar antes. Lo que aquella noche pareció un desliz se convirtió en costumbre, y la costumbre, con el tiempo, en algo parecido a un pacto. Renata ponía las reglas, nosotros las seguíamos, y nadie hacía preguntas a la luz del día.
Pero verla así, sentada, mojada por el vapor que empezaba a llenar el baño, me trajo otra idea a la cabeza. Una de las que ella ya sabía leerme en la cara antes de que yo dijera una palabra.
—Solo una probada rápida —le pedí.
—No, Damián, déjame bañar primero —respondió, aunque su tono no cerraba la puerta del todo.
—Va a ser rápido, señora Renata.
—Que no, te digo.
Era el juego de siempre. Ella ponía resistencia porque sabía que a los dos nos gustaba más así, y yo empujaba porque conocía hasta dónde podía. Era un libreto que habíamos repetido tantas veces que ya casi no necesitábamos palabras: ella fingía negarse, yo fingía no escucharla, y los dos sabíamos exactamente dónde estaba la línea que ninguno cruzaría. Esa era la gracia. La tomé del cabello, despacio pero firme, y guie su rostro hacia mí.
—Damián... espérate... —murmuró, sin apartarse de verdad.
Manoteó un poco, más por costumbre que por otra cosa. Yo sabía la palabra que ella usaba cuando algo no le gustaba en serio, y esa palabra no apareció. Así que seguí, con una mano en su pelo y la otra terminando de bajarme la ropa.
—Mmm, no... —repitió, pero su voz tenía ese filo que yo ya reconocía.
—Si no la quiere así —le dije, inclinándome—, entonces hacemos otra cosa.
Le eché la cabeza un poco hacia atrás y le pedí que bajara las manos. Ella dudó un segundo, ese segundo que era parte del ritual, y obedeció. Cerró los ojos, anticipando.
—Quédese quieta —le dije en voz baja.
Lo que vino después era de los juegos que ella misma había propuesto semanas atrás, una noche en que el vino la puso confesional y me contó lo que de verdad la encendía. Apunté y dejé que el calor cayera sobre ella. Renata apretó los párpados y la boca, y movió apenas la cabeza, y ese movimiento solo hizo que la sujetara con más decisión.
—Quieta —repetí.
Obedeció enseguida. Era ella la que mandaba, en el fondo: bastaba con que dijera la palabra y todo se detendría. Pero no la dijo. El líquido tibio le corría por la frente, por las mejillas, por el cuello, y hubo un instante en que tuvo que abrir la boca para tomar aire.
—Trágate eso —le dije, riéndome bajo—. Que para eso lo pediste.
Ella sostuvo mi mirada un momento, desafiante incluso ahí abajo, y después hizo lo que le pedía. Aproveché para mojarle los pechos, que se mecían pesados con cada respiración suya, y vi cómo el líquido le escurría por el cuerpo, brillante bajo la luz del baño.
Cuando por fin terminó de pasárselo, tomó aire de golpe, con los ojos vidriosos y una sonrisa torcida.
—Ay, Damián... eres un cerdo —dijo, pero lo dijo como un elogio.
—Y a usted le encanta —respondí, sacudiéndome sobre su cara antes de soltarle el cabello.
Me eché hacia atrás, apoyándome en el lavabo, todavía recuperando el aliento. Ella intentaba levantarse, con el pelo pegado a la frente, cuando la puerta terminó de abrirse.
—Vaya baño le diste, mamá —dijo Bruno desde el umbral, riéndose.
Bruno era hijo de Renata, y desde hacía meses los tres compartíamos esta clase de mañanas. Había sido idea de ella, al principio entre risas nerviosas, después como una costumbre que ninguno de los tres pensaba romper. En esta casa las reglas las ponía Renata, y ella nos había dado vía libre hacía rato.
—No empieces tú también —le advirtió ella, aún sentada en la taza, secándose la cara con el dorso de la mano.
Pero Bruno ya estaba entrando. Antes de que su madre pudiera incorporarse, la tomó del cabello con la misma confianza que yo, le inclinó la cabeza hacia atrás y, sin decir nada más, se bajó la ropa interior y la sumó a la mañana. Renata volvió a manotear, medio en protesta, medio en risa.
—No, no... ya, los dos están imposibles —se quejó, aunque no hizo el menor gesto de la palabra que la habría detenido.
—Tenía la vejiga a punto de reventar —dijo Bruno, divertido—. Tú tuviste la culpa por andar tan dispuesta.
Renata ya no se movió. Por segunda vez en pocos minutos su cuerpo quedó empapado, y lo aguantó con esa entrega que solo aparecía cuando confiaba del todo. Cuando Bruno terminó, ella resopló y nos miró a los dos con falsa indignación.
—Ahora sí, vamos a ducharnos los tres —propuso él.
—Siempre con tus ideas, Bruno —contestó ella, escurriendo agua y todo lo demás por la cara, aunque ya estaba sonriendo.
—Vamos, mamita, que hoy fue especial. Mientras los miraba se me ocurrieron un par de cosas para el fin de semana —dijo él, guiñándome un ojo por encima del hombro de su madre.
Renata por fin se puso de pie, alta y desnuda en medio del baño lleno de vapor, y antes de meterse bajo la regadera nos clavó una mirada a cada uno.
—Está bien —dijo—. Pero se acabó lo de orinarme por hoy. La próxima la decido yo.
—Como usted ordene, señora —contesté, y los tres sabíamos que esa frase era la verdadera regla de la casa.
Nos metimos los tres bajo el agua caliente. La ducha era amplia, de las que ella había mandado a reformar justo pensando en mañanas como esta, y los tres cabíamos sin estorbarnos. Empezamos a recorrerla con las manos, turnándonos, mientras ella se dejaba hacer apoyada contra los azulejos. El chorro arrastraba el resto de la noche y de la mañana, y bajo el vapor su piel volvía a quedar limpia, lista para lo que viniera.
El agua le caía por el pelo y se lo pegaba a la cara, y ella echaba la cabeza hacia atrás para dejarla bajo el chorro. Bruno le pasaba las manos por el vientre; yo le recorría la espalda con la esponja, despacio, sintiendo cómo se le erizaba la piel a pesar del calor del agua. De vez en cuando ella soltaba un suspiro largo, de los que no tenían nada que ver con el cansancio.
Yo le enjabonaba la espalda mientras Bruno se ocupaba de lo demás, y de vez en cuando ella giraba la cabeza para besarnos, primero a uno, después al otro, sin prisa. Era distinto al juego de antes: ahí, bajo el agua, mandaba ella, y los dos lo sabíamos.
—Para el fin de semana —murmuró Bruno contra su oído— se me ocurre que invitemos a alguien más.
Renata abrió los ojos, interesada, y me buscó la mirada a través del agua que le caía por la cara.
—Eso lo decido yo —dijo, con una sonrisa que prometía más de lo que decía—. Pero no suena mal.
Yo sabía que Bruno ya tenía algo en mente para cuando saliéramos de la ducha. Y yo también empezaba a tenerlo. Pero esa, como siempre, era una decisión que le correspondía a la señora Renata.
Continuará...