Gané un sorteo para entrar al rodaje más prohibido
Lo grité a pleno pulmón en mitad del salón, con el móvil temblándome en la mano. Después de medio año participando en un concurso para asistir al rodaje de una de esas películas que no se anuncian en ningún sitio, al fin había salido mi nombre. Me llamo Marcos. Soy un tipo del montón, de esos que pasan desapercibidos en la cola del supermercado, salvo por un detalle: tengo una afición al sexo más sucio y extremo que, por suerte, comparto sin reservas con mi mujer.
Carmen es como yo. Ni muy alta ni muy baja, ni delgada ni rellena, una mujer que en la calle nadie miraría dos veces. Pero entre cuatro paredes se convierte en otra cosa. Tiene un vicio que no conoce frenos, y eso es lo que nos unió desde el primer día.
Nuestras sesiones son una cosa difícil de explicarle a alguien de fuera. Mientras se la meto por detrás, ella, que evidentemente lleva días sin lavarse por dentro, deja salir todo lo que guarda. Lo mancha todo de un marrón espeso y desprende un olor cargado que a mí me pone de una manera que no puedo describir con palabras decentes.
Cuando termino de embestirla, la saco despacio y ella se gira como un resorte para empezar a chupármela tal cual sale. Es un placer que no he encontrado en ningún otro lado. Le gusta que le hable cerdo mientras lo hace.
—Cómete tu mierda, guarra —le susurro al oído—. Tienes un agujero por el que cabe un poste de la luz.
Ella saca mi polla de su boca solo para besarme con saña, metiéndome la lengua sucia hasta el fondo. Luego nos colocamos en un sesenta y nueve, y ahí empieza lo mejor. Primero le meo la cara y la boca abierta, y ella traga sin perder una gota. Después me cago encima de su lengua y la veo masticar despacio, sin asco, mientras me orina a mí en la boca al mismo tiempo.
Me giro, me vuelve a besar, y para entonces estoy tan ido que apenas razono. Esto ya es demasiado, joder, esto es el cielo. Nos hacemos una paja el uno al otro y nos corremos a la vez, sucios de pies a cabeza. Eso es una tarde normal de domingo en nuestra casa.
***
El problema vino con la letra pequeña del premio. Colgué el teléfono y fui a buscar a Carmen, que pelaba patatas en la cocina.
—Cariño, hemos ganado el concurso —le dije—. Pero hay una pega. Solo dejan entrar a una persona. O tú o yo.
Ella dejó el cuchillo sobre la encimera y se secó las manos en el delantal sin prisa. Me miró con esa media sonrisa que se le pone cuando ya ha decidido algo.
—Marcos, sé la ilusión que le has puesto a esto desde el principio. Ve tú. —Se acercó y me apoyó un dedo en el pecho—. Pero a la vuelta me lo vas a compensar, y sabes perfectamente lo que quiero decir.
Y para subrayarlo se tiró un pedo largo y cargado, mirándome a los ojos sin pestañear, sabiendo el efecto exacto que eso tenía sobre mí.
—Por supuesto que te lo compenso —le contesté con la voz ronca—. Haré todo lo que me pidas. Lo que sea.
—Eso espero —dijo, y volvió a sus patatas como si nada.
***
Preparé la maleta esa misma noche. A la mañana siguiente besé a Carmen en la puerta, prometí llamarla cada día y me fui al aeropuerto con destino a Holanda. El vuelo se me hizo eterno. No dejaba de imaginar lo que me esperaba, y tuve que cruzar las piernas más de una vez para que la azafata no me pillara con un bulto difícil de justificar.
Al aterrizar había un coche esperándome con mi apellido escrito en un cartel. El conductor no soltó prenda en todo el trayecto. Salimos de la ciudad, dejamos atrás los canales y nos metimos por una carretera secundaria hasta una nave grande y discreta, sin ningún letrero, en medio de la nada. Aquello era el plató.
Dentro, todo estaba mucho más cuidado de lo que esperaba. Había varias habitaciones con cama y ducha propia para los invitados y los actores. Me asignaron una, dejé la maleta y un chico de producción me explicó en un español con acento que tenía una hora para acomodarme, ducharme si lo deseaba y luego salir al set.
Me senté en la cama mirando la pared. Una hora. Solo una hora y voy a ver algo que llevo medio año imaginando. No me duché. No quería llegar limpio.
***
Cuando por fin me llamaron y crucé la puerta del plató, lo primero que vi fueron dos butacas en el centro, frente a la zona de rodaje. No eran sillas normales. Tenían una ergonomía rarísima, como camillas de exploración ginecológica pero mucho más acolchadas y cómodas. Permitían sentarse, tumbarse del todo o quedarte con el culo en pompa, lo que a uno le apeteciera en cada momento.
Bajo las butacas y por todo el suelo de alrededor habían extendido un plástico grueso y traslúcido, de esos de obra, para proteger el cemento de todo lo que pudiera, digamos, «caer» durante la sesión. Solo de ver aquel montaje se me secó la boca.
En una de las dos butacas ya había alguien. Una mujer de mediana edad, atractiva, con el pelo recogido y una bata corta que dejaba poco a la imaginación. Pero lo que de verdad me golpeó fue su mirada: una mezcla de vicio y excitación contenida que, estoy seguro, era idéntica a la que llevaba yo puesta en ese momento.
Un asistente nos presentó. Éramos los dos ganadores del concurso, ella de su país, yo del mío. Al hablar descubrimos que su familia era de un pueblo a apenas treinta kilómetros del mío, una casualidad absurda que nos hizo sonreír con complicidad, como dos cómplices que comparten un secreto sucio en mitad de una boda ajena.
—Hola, soy Marcos —le dije tendiéndole la mano.
—Rebeca, encantada —respondió, y en lugar de la mano me dio un beso directo en la boca, sin avisar—. Imagino que ya podemos acomodarnos en estas maravillas de butacas.
—Creo que sí —contesté devolviéndole el beso con la misma naturalidad—. Aunque me temo que ahora toca lo más difícil, que es esperar. Algo me dice que tú y yo nos lo vamos a pasar muy bien.
—No lo dudes ni un segundo —dijo ella, y se relamió.
***
Nos interrumpió el mismo asistente para explicarnos las normas antes de empezar. Y mientras hablaba, dos mujeres se acercaron desde el fondo del set.
—Estas son Diana y Vera —dijo señalándolas—. Son las actrices de las escenas de hoy. Han querido conoceros en persona antes de empezar, para ver si sois tan salvajes como ellas.
Eran dos mujeres maduras, espectaculares, de esas que el tiempo en vez de gastarlas las había pulido. Diana tenía el cuerpo de quien cuida cada músculo y una sonrisa torcida que prometía guerra. Vera era más serena, de mirada profunda, pero con un brillo en los ojos que dejaba claro que por dentro ardía igual o más. Se notaba a la legua que no tenían límites, exactamente como yo.
—Por mi parte —dije, cruzando los brazos para disimular el temblor— todo lo que estas dos estupendas mujeres quieran hacer ahí delante me va a parecer maravilloso y enormemente excitante. No tengo ni un solo reparo.
Y era la verdad. Solo había una norma, una sola, con la que estaba de acuerdo de principio a fin: nada de violencia física. Ni un golpe, ni una marca que no se hubiera pedido. Por lo demás, el campo estaba abierto de par en par.
El asistente nos confirmó las reglas mirándonos a Rebeca y a mí. Durante el rodaje podíamos desnudarnos, masturbarnos, follar entre nosotros si nos apetecía, mearnos y cagarnos sobre el plástico cuanto quisiéramos. Y había algo más, lo que más me aceleró el pulso: si en algún momento las actrices nos hacían una señal para acercarnos, querría decir que se lo estaban pasando tan bien que querían hacernos partícipes de la fiesta. Perdón, de la filmación.
—¿Lo habéis entendido bien? —preguntó—. La señal la dan ellas, nunca al revés. Vosotros esperáis.
—Entendido —dijimos Rebeca y yo casi a la vez, y nos reímos por lo nerviosos que sonábamos los dos.
***
Diana se acercó a mi butaca antes de retirarse a su sitio. Olía a una mezcla rara de perfume caro y algo más, algo crudo que no supe identificar y que me revolvió por dentro. Me miró de arriba abajo, despacio, como quien tasa una pieza.
—Así que tú eres el español —dijo en un castellano cantarín—. Me han dicho que en tu casa no le hacéis ascos a nada.
—A nada —confirmé sin pestañear—. Mi mujer y yo llevamos años en esto. Hoy he venido solo, pero he venido por los dos.
Vera, desde su rincón, soltó una risa baja.
—Me gusta este —le dijo a Diana sin dejar de mirarme—. Va a aguantar bien.
Rebeca, a mi lado, ya se había abierto la bata y tenía una mano entre las piernas, sin ninguna prisa, calentando motores mientras escuchaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron me guiñó un ojo, y entendí que aquella tarde íbamos a terminar muy juntos, los dos cubiertos de todo lo que nos echaran encima.
—Estoy absolutamente convencida —dijo Rebeca, hablándole al techo, con la voz ya entrecortada— de que esta va a ser una tarde inolvidable.
***
Me senté en mi butaca y la ajusté hasta dejarla casi tumbada. El plástico crujió bajo mi peso. Diana y Vera ocuparon sus posiciones en el centro del set, bajo los focos, ya sin batas, mirándose la una a la otra con una intención que se podía cortar con un cuchillo. Detrás de las cámaras, un técnico levantó la mano.
El director, un hombre mayor con voz de fumador, se aclaró la garganta desde la penumbra.
—Muy bien —dijo—. Empecemos.
Noté cómo todo el aire de la nave se volvía denso. Rebeca me buscó la mano sobre el reposabrazos y me la apretó. Diana se arrodilló frente a Vera. Vera echó la cabeza hacia atrás y separó las piernas. Y yo, con el corazón a mil y medio año de espera a la espalda, supe que estaba a punto de ver de cerca lo que tantas noches había imaginado.
Lo que pasó a partir de ahí, y la señal que cambió mi tarde para siempre, te lo cuento en el siguiente capítulo.