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Relatos Ardientes

Gané un sorteo para entrar al rodaje más prohibido

Lo grité a pleno pulmón en mitad del salón, con el móvil temblándome en la mano. Después de medio año participando en un concurso para asistir al rodaje de una de esas películas que no se anuncian en ningún sitio, al fin había salido mi nombre. Me llamo Marcos. Soy un tipo del montón, de esos que pasan desapercibidos en la cola del supermercado, salvo por un detalle: tengo una afición al sexo más sucio y extremo que, por suerte, comparto sin reservas con mi mujer.

Carmen es como yo. Ni muy alta ni muy baja, ni delgada ni rellena, una mujer que en la calle nadie miraría dos veces. Pero entre cuatro paredes se convierte en otra cosa. Tiene un vicio que no conoce frenos, y eso es lo que nos unió desde el primer día.

Nuestras sesiones son una cosa difícil de explicarle a alguien de fuera. Mientras se la meto por detrás, con la polla entrando hasta los huevos en ese culo abierto de par en par, ella, que evidentemente lleva días sin lavarse por dentro, deja salir todo lo que guarda. Cada embestida mía es un bombeo de mierda espesa que le sale a chorros alrededor de mi verga, chapoteando contra mis ingles, salpicándome los muslos y los cojones. Lo mancha todo de un marrón espeso y desprende un olor cargado que a mí me pone de una manera que no puedo describir con palabras decentes. Le agarro las caderas con las dos manos, hundo los dedos en su carne y la clavo contra mí una y otra vez, con el ruido pegajoso de la mierda batida entre nuestros cuerpos llenando toda la habitación.

—Cágate en mi polla, guarra, cágate a gusto —le gruño mientras se la meto hasta el fondo—. Que salga todo, no te guardes nada.

Y ella empuja el culo hacia atrás para clavársela más, gimiendo como una perra en celo, con la espalda arqueada y un hilo de baba cayéndole de la boca sobre las sábanas.

Cuando termino de embestirla, la saco despacio, con la polla renegrida y goteando, y ella se gira como un resorte para empezar a chupármela tal cual sale. Se la mete entera en la boca, hasta la garganta, sin arcadas, sin escrúpulos, mamándomela con los ojos entornados como si fuera un caramelo. Le chorrea la mierda por la barbilla, se le mete entre las tetas, y ella la lame de mi polla con la punta de la lengua muy despacio, saboreando cada centímetro. Es un placer que no he encontrado en ningún otro lado. Le gusta que le hable cerdo mientras lo hace.

—Cómete tu mierda, guarra —le susurro al oído—. Chupa bien esa polla, límpiala con la lengua. Tienes un agujero por el que cabe un poste de la luz, y una boca que es un puto váter.

Ella saca mi polla de su boca solo para besarme con saña, metiéndome la lengua sucia hasta el fondo. Me pasa el sabor de su propio culo por el paladar, me lo unta en los dientes, y yo se lo devuelvo mordiéndole los labios, tragándome su saliva mezclada con todo lo demás. Luego nos colocamos en un sesenta y nueve, con ella encima, el coño empapado sobre mi cara y su boca otra vez alrededor de mi verga. Le separo los cachetes con las dos manos, le abro bien el ojete todavía dilatado y goteando, y ahí empieza lo mejor.

Primero le meo la cara y la boca abierta, un chorro largo y caliente que le da en la frente, le baja por la nariz y termina llenándole la lengua. Ella traga sin perder una gota, se lo bebe entero como si fuera agua bendita, y todavía saca la lengua pidiendo más. Después me subo un poco, apunto y me cago encima de su lengua, un mojón grueso y caliente que le cae directo en la boca. La veo masticar despacio, sin asco, con los ojos cerrados de puro gusto, mientras me orina a mí en la boca al mismo tiempo, un chorro amarillo y espeso que me llena el paladar y que trago a sorbos largos, sin escupir una gota. Con la otra mano ella me mete dos dedos por el culo, me los hunde hasta los nudillos, y me sacude la próstata mientras sigue mamándome la polla llena de mierda.

Me giro, me vuelve a besar, y para entonces estoy tan ido que apenas razono. La lengua de Carmen me barre las encías con restos de todo, mi mierda, su meado, su saliva, y yo se lo trago sin pensar. Esto ya es demasiado, joder, esto es el cielo. Nos hacemos una paja el uno al otro, cascándonos rápido y sucio, con las manos embadurnadas resbalando sobre carne caliente, y nos corremos a la vez, entre gritos guarros y espasmos. Le suelto un chorro grueso de semen en las tetas que se mezcla con toda la porquería que ya la cubre, y ella se corre encima de mi mano soltando otro chorro de meado que me empapa el brazo hasta el codo. Sucios de pies a cabeza, jadeando, nos quedamos abrazados sobre las sábanas destrozadas. Eso es una tarde normal de domingo en nuestra casa.

***

El problema vino con la letra pequeña del premio. Colgué el teléfono y fui a buscar a Carmen, que pelaba patatas en la cocina.

—Cariño, hemos ganado el concurso —le dije—. Pero hay una pega. Solo dejan entrar a una persona. O tú o yo.

Ella dejó el cuchillo sobre la encimera y se secó las manos en el delantal sin prisa. Me miró con esa media sonrisa que se le pone cuando ya ha decidido algo.

—Marcos, sé la ilusión que le has puesto a esto desde el principio. Ve tú. —Se acercó y me apoyó un dedo en el pecho—. Pero a la vuelta me lo vas a compensar, y sabes perfectamente lo que quiero decir.

Y para subrayarlo se tiró un pedo largo y cargado, mirándome a los ojos sin pestañear, sabiendo el efecto exacto que eso tenía sobre mí. El olor me golpeó de lleno, denso, y sentí cómo la polla se me endurecía sola dentro del pantalón.

—Por supuesto que te lo compenso —le contesté con la voz ronca—. A la vuelta te follo el culo hasta que no te quede nada dentro, te vacío las tripas a pollazos y me como todo lo que sueltes. Lo que sea.

—Eso espero —dijo, y volvió a sus patatas como si nada.

***

Preparé la maleta esa misma noche. A la mañana siguiente besé a Carmen en la puerta, prometí llamarla cada día y me fui al aeropuerto con destino a Holanda. El vuelo se me hizo eterno. No dejaba de imaginar lo que me esperaba, y tuve que cruzar las piernas más de una vez para que la azafata no me pillara con un bulto difícil de justificar. En el baño del avión me la casqué a lo bruto, corriéndome contra la tapa del inodoro pensando en todo lo que estaba por venir.

Al aterrizar había un coche esperándome con mi apellido escrito en un cartel. El conductor no soltó prenda en todo el trayecto. Salimos de la ciudad, dejamos atrás los canales y nos metimos por una carretera secundaria hasta una nave grande y discreta, sin ningún letrero, en medio de la nada. Aquello era el plató.

Dentro, todo estaba mucho más cuidado de lo que esperaba. Había varias habitaciones con cama y ducha propia para los invitados y los actores. Me asignaron una, dejé la maleta y un chico de producción me explicó en un español con acento que tenía una hora para acomodarme, ducharme si lo deseaba y luego salir al set.

Me senté en la cama mirando la pared. Una hora. Solo una hora y voy a ver algo que llevo medio año imaginando. No me duché. No quería llegar limpio. Al contrario, me bajé los pantalones, me apreté la barriga y solté un buen pedo cargado, dejando que el olor me acompañara los siguientes minutos como si fuera una promesa.

***

Cuando por fin me llamaron y crucé la puerta del plató, lo primero que vi fueron dos butacas en el centro, frente a la zona de rodaje. No eran sillas normales. Tenían una ergonomía rarísima, como camillas de exploración ginecológica pero mucho más acolchadas y cómodas. Permitían sentarse, tumbarse del todo o quedarte con el culo en pompa, lo que a uno le apeteciera en cada momento.

Bajo las butacas y por todo el suelo de alrededor habían extendido un plástico grueso y traslúcido, de esos de obra, para proteger el cemento de todo lo que pudiera, digamos, «caer» durante la sesión. Solo de ver aquel montaje se me secó la boca y la polla me dio un tirón contra la cremallera.

En una de las dos butacas ya había alguien. Una mujer de mediana edad, atractiva, con el pelo recogido y una bata corta que dejaba poco a la imaginación. Tenía un escote generoso, con dos tetas pesadas que se le derramaban por el cuello de la bata, y unos muslos gruesos abiertos con descaro. Pero lo que de verdad me golpeó fue su mirada: una mezcla de vicio y excitación contenida que, estoy seguro, era idéntica a la que llevaba yo puesta en ese momento.

Un asistente nos presentó. Éramos los dos ganadores del concurso, ella de su país, yo del mío. Al hablar descubrimos que su familia era de un pueblo a apenas treinta kilómetros del mío, una casualidad absurda que nos hizo sonreír con complicidad, como dos cómplices que comparten un secreto sucio en mitad de una boda ajena.

—Hola, soy Marcos —le dije tendiéndole la mano.

—Rebeca, encantada —respondió, y en lugar de la mano me dio un beso directo en la boca, sin avisar, metiéndome la lengua entre los dientes con un descaro que me dejó tieso al segundo—. Imagino que ya podemos acomodarnos en estas maravillas de butacas.

—Creo que sí —contesté devolviéndole el beso con la misma naturalidad, chupándole el labio inferior—. Aunque me temo que ahora toca lo más difícil, que es esperar. Algo me dice que tú y yo nos lo vamos a pasar muy bien.

—No lo dudes ni un segundo —dijo ella, y se relamió mirándome el bulto del pantalón sin ningún disimulo—. Traigo el coño mojado desde el aeropuerto, y las tripas bien cargadas. Estoy lista para lo que sea.

—Menuda cerda estás hecha —le dije bajito—. Nos vamos a entender de puta madre.

***

Nos interrumpió el mismo asistente para explicarnos las normas antes de empezar. Y mientras hablaba, dos mujeres se acercaron desde el fondo del set.

—Estas son Diana y Vera —dijo señalándolas—. Son las actrices de las escenas de hoy. Han querido conoceros en persona antes de empezar, para ver si sois tan salvajes como ellas.

Eran dos mujeres maduras, espectaculares, de esas que el tiempo en vez de gastarlas las había pulido. Diana tenía el cuerpo de quien cuida cada músculo, un culo alto y respingón que se le marcaba bajo la bata corta, unas tetas firmes con los pezones ya erectos apuntando contra la tela, y una sonrisa torcida que prometía guerra. Vera era más serena, de mirada profunda, con las caderas anchas y unos labios gruesos hechos para chupar polla, pero con un brillo en los ojos que dejaba claro que por dentro ardía igual o más. Se notaba a la legua que no tenían límites, exactamente como yo.

—Por mi parte —dije, cruzando los brazos para disimular el temblor— todo lo que estas dos estupendas mujeres quieran hacer ahí delante me va a parecer maravilloso y enormemente excitante. No tengo ni un solo reparo.

Y era la verdad. Solo había una norma, una sola, con la que estaba de acuerdo de principio a fin: nada de violencia física. Ni un golpe, ni una marca que no se hubiera pedido. Por lo demás, el campo estaba abierto de par en par.

El asistente nos confirmó las reglas mirándonos a Rebeca y a mí. Durante el rodaje podíamos desnudarnos, masturbarnos, follar entre nosotros si nos apetecía, mearnos y cagarnos sobre el plástico cuanto quisiéramos. Y había algo más, lo que más me aceleró el pulso: si en algún momento las actrices nos hacían una señal para acercarnos, querría decir que se lo estaban pasando tan bien que querían hacernos partícipes de la fiesta. Perdón, de la filmación.

—¿Lo habéis entendido bien? —preguntó—. La señal la dan ellas, nunca al revés. Vosotros esperáis.

—Entendido —dijimos Rebeca y yo casi a la vez, y nos reímos por lo nerviosos que sonábamos los dos.

***

Diana se acercó a mi butaca antes de retirarse a su sitio. Olía a una mezcla rara de perfume caro y algo más, algo crudo, un tufillo a coño sin lavar y a culo caliente que no supe identificar del todo y que me revolvió por dentro. Me miró de arriba abajo, despacio, como quien tasa una pieza, y sin previo aviso me puso la mano encima del bulto del pantalón, apretándome la polla con la palma.

—Así que tú eres el español —dijo en un castellano cantarín, sin dejar de amasarme la verga por encima de la tela—. Me han dicho que en tu casa no le hacéis ascos a nada. Y aquí abajo se nota que no mientes.

—A nada —confirmé sin pestañear, aguantándole la mirada mientras ella me la seguía apretando—. Mi mujer y yo llevamos años en esto. Hoy he venido solo, pero he venido por los dos.

Vera, desde su rincón, soltó una risa baja. Se había abierto la bata de un tirón y se estaba pellizcando un pezón entre dos dedos, tirándolo hacia fuera hasta dejarlo largo y duro.

—Me gusta este —le dijo a Diana sin dejar de mirarme, con los ojos entornados—. Se le pone dura enseguida. Va a aguantar bien, y le vamos a llenar la boca de todo.

Diana me soltó la polla con una sonrisa torcida, se llevó los dedos a la nariz y los olió, como si ya se hubiera guardado mi calor en la mano.

Rebeca, a mi lado, ya se había abierto la bata del todo y tenía una mano entre las piernas, con dos dedos hundidos hasta los nudillos en su propio coño, moviéndolos con un ruido húmedo que se escuchaba en toda la nave. Con la otra mano se pellizcaba un pezón enorme, tirándolo hacia arriba, sin ninguna prisa, calentando motores mientras escuchaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron me guiñó un ojo, se sacó los dedos del coño chorreando y me los pasó por los labios. Los chupé sin pensarlo, saboreando ese jugo agrio y caliente, y entendí que aquella tarde íbamos a terminar muy juntos, los dos cubiertos de todo lo que nos echaran encima.

—Estoy absolutamente convencida —dijo Rebeca, hablándole al techo, con la voz ya entrecortada y los dedos otra vez metidos hasta el fondo— de que esta va a ser una tarde inolvidable. Voy a acabar con el coño reventado y las tripas vacías, os lo juro.

***

Me senté en mi butaca y la ajusté hasta dejarla casi tumbada. El plástico crujió bajo mi peso. Me abrí el pantalón y me saqué la polla, ya durísima, palpitando contra el ombligo, y empecé a acariciármela despacio de arriba abajo, con la mirada clavada en el centro del set. Diana y Vera ocuparon sus posiciones bajo los focos, ya sin batas, completamente desnudas, mirándose la una a la otra con una intención que se podía cortar con un cuchillo. Detrás de las cámaras, un técnico levantó la mano.

El director, un hombre mayor con voz de fumador, se aclaró la garganta desde la penumbra.

—Muy bien —dijo—. Empecemos.

Noté cómo todo el aire de la nave se volvía denso. Rebeca me buscó la mano libre sobre el reposabrazos y me la apretó, respirando fuerte, sin dejar de tocarse. Diana se arrodilló frente a Vera, le separó los muslos y le pegó la boca al coño de un lametazo largo, chupando desde el ojete hasta el clítoris con un ruido húmedo que llenó todo el plató. Vera echó la cabeza hacia atrás y separó las piernas, agarrándola del pelo para restregarle la cara contra el chocho. Y yo, con el corazón a mil, la polla goteando en la mano y medio año de espera a la espalda, supe que estaba a punto de ver de cerca lo que tantas noches había imaginado.

Lo que pasó a partir de ahí, y la señal que cambió mi tarde para siempre, te lo cuento en el siguiente capítulo.

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Comentarios(9)

CaminanteLibre

Increible relato!! me quede sin palabras, que arranque

Sofito_82

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi! quede totalmente enganchada

DiegoC88

La premisa es genial. Gana un sorteo y termina siendo protagonista sin haberlo pedido. Muy bien logrado.

Torino_lector

jajaja la del sorteo me mato, tremendo comienzo. Sigan subiendo asi

RamirezLector

Me gustan los relatos que arrancan con algo inesperado y van subiendo la tension de a poco. Este lo logra muy bien, se siente que podría pasarle a cualquiera. Seguí así.

LunaRosada_03

excelente!!! de lo mejor que lei ultimamente en esta categoria

Marcos_LP

Muy bueno! Una pregunta, hay segunda parte planeada? Porque esto claramente puede seguir y seria una lastima que quede ahi...

AlbaScarlata

Me encanto la tension desde el primer parrafo. Esa incertidumbre de no saber qué viene es lo que engancha. Se nota que sabes escribir.

PatriMdp

Leí dos veces porque la primera no me creía lo que estaba leyendo jajaja. Muy entretenido, gracias por compartir

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