La directora que aprendió a obedecer en su ático
Beatriz cruzó el umbral de su ático con la misma rigidez con la que recorría los pasillos de su consultora. El golpe seco de sus tacones sobre el parqué de roble era un aviso militar: la dueña del cuartel había llegado y nadie debía cometer errores. Se quitó la gabardina sin mirar atrás y la dejó caer sobre el brazo de Dolores, la empleada que la esperaba con la cabeza gacha.
—La cena a las nueve, ni un minuto más tarde —dijo sin mirarla a los ojos—. Y que el pescado no esté tan pasado como el de ayer, si no quieres que este sea tu último mes aquí.
A sus cuarenta y seis años, Beatriz era una mujer esculpida por el resentimiento de un divorcio que la había dejado más poderosa y mucho más amarga. Su cuerpo, mantenido con una disciplina espartana de gimnasio, encajaba en un traje gris humo que subrayaba su autoridad. En su mundo, o mandabas o te pisaban, y ella llevaba años siendo la que pisaba.
Subió hacia el salón principal, desabrochándose los puños de la camisa blanca que la asfixiaba casi tanto como su propio carácter. Al llegar arriba, se detuvo en seco. El aire no olía a la cera de los muebles ni al ambientador caro; olía a tabaco de liar, a cerveza y a una presencia masculina que no debería estar allí.
—¡Nadia! —llamó con voz de mando, esa que hacía temblar a sus becarios—. ¿Qué te he dicho sobre las visitas cuando no estoy?
Pero la respuesta no vino de su hija. En el sofá de terciopelo azul, donde Beatriz prohibía sentarse con ropa de calle, estaba Adrián, el vecino del ático de arriba. Un hombre de unos treinta y cinco años, con barba de tres días y unos ojos oscuros que la recorrieron con una insolencia que le revolvió el estómago. A su lado, Nadia, su hija de diecinueve años, lo observaba con un brillo de rebeldía que Beatriz nunca le había visto.
—Hola, generala —dijo Adrián, sin levantarse. Su voz grave fue una vibración que pareció golpearla en el bajo vientre—. Nadia me ha contado que hoy has tenido un día duro despidiendo gente. Nos hemos tomado la libertad de abrir tu reserva de vino.
A Beatriz le hirvió la sangre. Se acercó con la mandíbula apretada, dispuesta a echar al intruso de su propiedad.
—Sal de mi casa ahora mismo, Adrián. Y tú, Nadia, a tu habitación. Estás castigada hasta que aprendas a respetar las normas de este techo.
Adrián se levantó con una lentitud exasperante. Era mucho más alto de lo que ella recordaba. Caminó hasta quedar a un palmo, tan cerca que el calor de su cuerpo traspasó la seda de la camisa. Beatriz no retrocedió; su orgullo no se lo permitía.
—¿Normas? —preguntó él, con media sonrisa—. Nadia me ha contado muchas cosas sobre tus normas. Sobre cómo humillas a los que tienes debajo para sentirte algo más que una mujer sola y amargada.
Antes de que pudiera reaccionar, Adrián le agarró la muñeca con una fuerza que la dejó sin aliento. No fue un gesto agresivo, sino posesivo. Nadia, en lugar de defenderla, se levantó y se colocó detrás de su madre, deslizando las manos por la cintura del traje.
—Mamá, ya no eres la jefa aquí —le susurró al oído mientras sus dedos buscaban la cremallera de la falda—. Adrián dice que necesitas una lección de disciplina. Una que no se da en una oficina. Una que se da con las piernas abiertas.
Beatriz sintió un escalofrío que no era de miedo, o al menos no solo de miedo. La mano de Adrián bajó de la muñeca a la cadera, apretando la carne con una firmeza que derribó su fachada en un segundo. Notó el bulto duro de su polla contra la cadera, un peso obsceno que le hizo tragar saliva.
—Tu hija tiene razón —dijo él, pegando la boca a la de ella sin llegar a besarla—. En este ático ya no se dan órdenes. Aquí se obedecen. Y vas a empezar por servirnos el resto de la botella… de rodillas. Con esa boca de directora vas a mamármela mientras tu niña te mira.
Su cuartel perfectamente ordenado se desmoronó cuando notó que la mano de su propia hija terminaba de bajar la cremallera. La falda cayó al suelo y la dejó expuesta, en ropa interior de encaje, frente al hombre que acababa de invadir su trono. La piel de sus muslos se erizó por el contraste del aire acondicionado contra el calor que emanaba de Adrián.
—Esto es un asalto. Estás cometiendo un error que te va a costar muy caro —logró decir, intentando recuperar el tono gélido que paralizaba a sus subordinados.
Pero la voz la traicionó: un temblor al final de la frase reveló que su cuerpo estaba respondiendo. Adrián soltó una carcajada seca y, con un movimiento rápido, la obligó a girarse hacia el gran ventanal del salón. Le arrancó las bragas de encaje de un tirón, y el sonido del tejido rasgándose fue lo último que quedó de su dignidad. Beatriz quedó desnuda de cintura para abajo, con las nalgas apretadas contra la bragueta hinchada del vecino.
—El único error aquí es creer que tu traje de ejecutiva te protegía de lo que realmente eres —siseó tras su oreja, mientras dos dedos suyos se colaban entre las piernas de Beatriz y la abrían sin permiso—. Estás empapada, generala. Mira qué chorreando tienes el coño y todavía no te he tocado en serio. Nadia, ayúdame. Tu madre todavía cree que puede darnos órdenes.
Beatriz jadeó al sentir cómo los dedos de Adrián se hundían de golpe en su interior, hasta los nudillos, un asalto brusco que le hizo doblar las rodillas. Él la sostuvo por la cintura, obligándola a mantenerse de pie con el rostro pegado al cristal del ventanal. Sus tetas todavía dentro del sujetador subían y bajaban con violencia mientras la mano del hombre se movía dentro de ella con un ritmo obsceno, chapoteando en su humedad.
—¿Oyes eso, Nadia? —preguntó Adrián con la boca pegada al cuello de Beatriz—. ¿Oyes cómo suena tu madre por dentro? Suena a puta cachonda, no a directora de nada.
***
Nadia se arrodilló frente a ella y, con dedos sorprendentemente firmes, empezó a desabrochar los botones de la camisa blanca.
—Mamá, siempre dices que la disciplina es la base del éxito —murmuró, levantando la vista hasta los ojos asustados de su madre—. Hoy te la vamos a aplicar a ti. Adrián dice que te has vuelto demasiado rígida y que necesitas ablandarte. Que necesitas que te folle bien follada para dejar de ser una amargada.
Beatriz notó cómo la camisa resbalaba por sus hombros y dejaba a la vista un sujetador de media copa que apenas contenía el ascenso agitado de su pecho. Nadia le desabrochó el broche frontal con una destreza que la sorprendió, y los pechos de su madre saltaron libres, los pezones ya duros como puntas de piedra. La joven se los cogió con las dos manos, los apretó con crueldad calculada y le mordió uno hasta arrancarle un gemido.
—Los tienes bonitos, mamá —dijo con una sonrisa perversa, tirándole del pezón con los dientes—. Es una lástima que nadie te los chupe desde que papá se fue.
Adrián la sujetó por las muñecas, cruzándoselas a la espalda con una sola mano, mientras con la otra le obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás. Con un movimiento rápido se bajó los pantalones. Beatriz oyó el chasquido del cuero cayendo al suelo y luego notó el contacto ardiente, resbaladizo, de la polla del vecino golpeándole las nalgas. Era grande, más gruesa de lo que había imaginado, y estaba tan dura que le rebotaba contra la piel.
—¿Ves esto? —preguntó él, señalando el reflejo de las dos mujeres en el cristal—. Esta es tu nueva realidad. Una generala desarmada, sometida por su propia sangre y por el hombre al que siempre mirabas por encima del hombro en el ascensor. De rodillas. Ya.
La empujó al suelo de un tirón del pelo. Beatriz cayó sobre la alfombra persa, sobre sus rodillas desnudas, y se encontró la polla del vecino a un palmo de la cara. Grande, gruesa, con las venas hinchadas y la cabeza morada goteando líquido preseminal. Él se la agarró por la base y le dio dos golpecitos en los labios cerrados.
—Abre la boca, jefa. La misma boca con la que ordenas despidos. Ábrela y trágatela entera.
Beatriz apretó los dientes durante un segundo, un último acto de rebeldía. Adrián le tiró del pelo hasta hacerla gemir y aprovechó para meterle la verga hasta la garganta de una sola embestida. Ella se atragantó, los ojos se le llenaron de lágrimas, la saliva le chorreó por la barbilla y las tetas desnudas. El sabor salado, macho, viscoso de la polla le llenó la boca y algo dentro de ella cedió del todo.
—Así, generala. Así, chupando como una puta. Mueve la lengua, coño, que sé que llevas años sin comerte una polla decente.
Nadia se agachó al lado de su madre y le fue guiando la cabeza, marcándole el ritmo, empujándole la nuca contra la pelvis de Adrián para que se la tragara más adentro.
—Mira qué bonita está mamá mamándotela, Adrián. Se le corre el rímel y todo. Mira cómo se le hinchan las mejillas.
La empujó hasta sentarla en el borde de la mesa de cristal del comedor, aquella donde revisaba balances con mano de hierro. El frío del vidrio contra sus nalgas desnudas le arrancó un jadeo de pura sorpresa física. Le abrió las piernas de par en par y le pasó un dedo por el coño empapado, extendiendo la humedad hasta el clítoris hinchado.
—Quiero que Nadia vea lo que pasa cuando una mujer tan poderosa como tú se encuentra con alguien que no tiene miedo de su cuenta bancaria —ordenó Adrián, colocándose entre sus piernas—. Nadia, cómele el coño a tu madre. Enséñale a esta directora lo que sabe hacer su hija con la lengua.
Nadia obedeció sin dudar. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Beatriz, le agarró los muslos con las dos manos y hundió la cara en el sexo depilado de su madre. Beatriz gritó al sentir la lengua caliente, húmeda, joven, lamiéndole el coño de arriba abajo con hambre. Su hija le chupaba el clítoris con avidez, se lo mordisqueaba con la punta de los dientes, le metía la lengua bien adentro y la sacaba brillante. El contacto de la lengua de su hija, cargado de un afecto retorcido, fue la grieta definitiva en la armadura. Beatriz cerró los ojos, sintiendo cómo el poder de Adrián se manifestaba en la forma en que la reclamaba con la mirada antes incluso de tocarla.
No deberías estar disfrutando de esto, se dijo. Pero sus caderas ya se elevaban buscando el contacto, apretando la cara de su hija contra su sexo.
—Mírame —exigió él, tomándole el mentón con fuerza—. No quiero que te pierdas ni un segundo de tu caída. Mírame mientras tu hija se traga tu corrida.
La humillación de ser desnudada por su hija bajo las órdenes del vecino la estaba llevando a un estado de excitación que su moral de divorciada amargada nunca habría permitido, pero que la mujer escondida bajo el encaje gritaba por consumar. Sintió cómo la boca de Nadia sellaba su clítoris y succionaba con fuerza mientras dos dedos jóvenes se le hundían en el coño hasta el fondo. Su primer orgasmo estalló allí mismo, sobre la mesa donde firmaba despidos, arqueada hacia el techo de su propio salón, con la lengua de su hija bebiéndose los espasmos.
***
—No te oigo pedir que pare con mucha convicción —se mofó Adrián.
Se desabrochó el cinturón con un chasquido metálico que resonó en el salón silencioso —los pantalones ya en los tobillos, terminó de sacárselos y quedó desnudo, la verga a punto de reventar—. Capturó la boca de Beatriz en un beso que sabía a vino caro y a dominio puro, mientras Nadia seguía trabajándole el coño con la lengua. Beatriz sintió el primer roce de la polla de Adrián empujando contra la entrada de su sexo, resbalando en la humedad que Nadia había amplificado hasta lo obsceno.
El contraste era insoportable y adictivo: el sabor rudo de Adrián en su boca y la perversa delicadeza de Nadia entre sus piernas. Cerró los puños y golpeó rítmicamente el cristal mientras su espalda se arqueaba como un arco en tensión. Ser devorada por los dos a la vez, en su propio centro de mando, la empujó a un borde de ansiedad sexual que jamás había alcanzado con su exmarido ni con sus amantes de paso.
—Eso es —jadeó Adrián contra sus labios—. Siente cómo tu hija te abre para mí. Te está preparando el coño para que te folle bien.
Apartó a Nadia con un movimiento firme y se posicionó. Beatriz vio, a través de las pestañas húmedas, cómo su hija se quedaba a un lado, observando con ojos brillantes la escena de la que era cómplice, con la barbilla brillante por los jugos de su madre. Cuando Adrián se hundió en ella, rudo y sin ceremonias, de una sola embestida hasta el fondo, soltó un grito que se estrelló contra los ventanales. No era de dolor: era el sonido de la rendición de una generala que acababa de perder su última batalla y, por fin, disfrutaba de la derrota. La polla del vecino la abría de par en par, le llegaba a un sitio que hacía años ningún hombre le tocaba, un fondo que la hacía ver luces.
—Joder, qué coño más apretado tienes, generala. Y eso que ya te has corrido una vez. Estás hecha una puta.
El ritmo sobre la mesa se volvió frenético. Cada embestida la deslizaba sobre la superficie fría, mientras Nadia volvía a la carga, besándole los muslos y animando al vecino a no tener piedad. Adrián la tenía cogida por las caderas, clavándole los dedos en la carne, y la golpeaba con su pelvis contra el coño con un ruido húmedo que llenaba el salón: plaf, plaf, plaf, la carne mojada de Beatriz recibiendo verga hasta el fondo.
—Mira cómo se funde tu madre —le dijo Adrián a la joven, sin dejar de embestir—. La mujer que te castigaba por llegar diez minutos tarde ahora no puede articular más que un gemido. Mírale las tetas cómo le bailan cada vez que se la meto.
Nadia se subió a la mesa, junto a la cabeza de su madre, y se bajó los pantalones. Sin decir palabra, se sentó a horcajadas sobre la cara de Beatriz, aplastándole la boca contra su propio coño desnudo, mojado y rosado.
—Cómemelo, mamá. Cómemelo como me lo he comido yo a ti. Enséñame que sabes obedecer.
Beatriz, con la polla de Adrián reventándole el coño y el sexo de su hija taponándole la boca, sacó la lengua y empezó a lamer. El sabor ácido, joven, cálido de su hija la volvió loca. Nadia gemía por encima de ella, se retorcía sobre su cara, le tiraba del pelo mientras se follaba la boca de su madre.
—Sí, mamá, así, más adentro, joder qué bien lo haces…
Adrián aceleró al ver la escena. La incorporó, sentándola en el borde de la mesa sin romper la unión, arrancando a Nadia de encima de su boca con un tirón de pelo. Era una postura de vulnerabilidad absoluta: con las piernas abiertas y el pecho agitado, empalada en la polla del vecino, Beatriz quedaba cara a cara con su hija. Nadia le rodeó el cuello con los brazos, no con afecto, sino con la posesión de quien sabe que ha ganado la guerra, y le lamió los restos de sus propios jugos de las mejillas y la barbilla.
—Mamá, tienes la mirada perdida —susurró, rozándole los labios—. ¿Dónde está esa disciplina de la que tanto presumes? Se te ha caído junto con las bragas.
***
Adrián la obligó a ponerse de pie —la polla saliendo de ella con un chasquido húmedo que las hizo gemir a las dos— y, sin permitirle recuperar un ápice de dignidad, la condujo del cabello hacia la suite principal, su santuario de sábanas de hilo y orden impecable. Nadia caminaba a su lado, rozándole el brazo, disfrutando de la respiración entrecortada de la mujer que siempre le había exigido perfección.
—Quiero ver dónde duerme la generala —sentenció él—. Quiero que, a partir de hoy, cada vez que apoyes la cabeza en esa almohada, recuerdes esta noche. Cada vez que te toques a solas, quiero que recuerdes el sabor de mi polla y del coño de tu hija en la boca.
Al entrar, la luz del salón se colaba por las cortinas entreabiertas e iluminaba la cama perfectamente hecha. Adrián la empujó sobre el colchón y ordenó a Nadia que trajera las corbatas de seda del vestidor, restos de un exmarido que Beatriz conservaba por pura inercia de poder.
—Átala —dijo, sentándose en el sillón de lectura frente a la cama, con la polla erecta apuntando al techo, brillante todavía de los jugos de Beatriz—. Usa esas corbatas para que tu madre aprenda lo que es la verdadera quietud. Tú mejor que nadie sabes lo que se siente cuando ella no te deja moverte ni un milímetro de sus reglas.
Nadia obedeció con una entrega febril. Ató las muñecas de su madre a los postes del cabecero, tirando de la seda hasta que Beatriz tuvo los brazos extendidos en cruz. Después le abrió las piernas y le ató los tobillos a los postes inferiores, dejándola completamente expuesta, con el coño abierto e hinchado apuntando hacia el techo, todavía chorreando semilla propia y saliva del vecino. Beatriz forcejeó, pero la seda apretada le devolvió la realidad de su nueva situación.
—Nadia, por favor, recapacita —suplicó, aunque sus ojos traicionaban el miedo con un brillo de expectación.
—Calla, mamá. Ahora yo doy las órdenes —respondió la joven, subiéndose a la cama y colocándose a horcajadas sobre su pecho, restregándole su coño mojado entre las tetas.
La besó profundamente, castigándola, empujándole la lengua hasta el fondo de la garganta, mientras Adrián se acercaba a los pies de la cama. Él no tuvo prisa. Deslizó las manos por las pantorrillas, subió por los muslos hasta encontrar de nuevo la humedad que ella ya no podía negar. Le pasó los dedos por el clítoris, hinchado como una perla, y le arrancó un gemido ahogado.
—Mira cómo late —dijo, hundiendo dos dedos con una firmeza que le arrancó un grito ahogado contra la boca de su hija—. Toda esa fachada de mujer fría se está derritiendo sobre sus propias sábanas caras. Y todavía quiere más, míralo. Se me está apretando el coño alrededor de los dedos, pidiendo verga.
Se posicionó entre sus piernas atadas y buscó una unión más lenta, más profunda, diseñada para que sintiera cada centímetro de su avance. La polla del vecino se hundió milímetro a milímetro, torturándola, obligándola a sentir cada vena, cada arruga, cada centímetro de la verga que la estaba reclamando. Cuando llegó al fondo se detuvo, con la pelvis pegada a su coño, y le sonrió desde arriba.
—¿Notas cómo te llego al útero, jefa? A tu exmarido le quedaba grande esta postura, ¿verdad? Ahora estás aprendiendo lo que es tener una polla de verdad dentro.
Empezó a moverse en un vaivén largo, obsceno, sacándola casi entera y volviendo a hundirse con un golpe seco de pelvis contra pelvis. Nadia, mientras tanto, le mordía los hombros, marcando su propiedad, y bajaba a chuparle los pezones hasta dejárselos rojos e hinchados. El encuentro se convirtió en una marea de extremidades entrelazadas, donde el afecto filial se retorcía hasta volverse irreconocible y el dominio de Adrián era el ancla que las mantenía a ambas en el presente.
—Nadia, siéntate en su cara —ordenó él sin dejar de bombear—. Que se coma tu coño otra vez. Que aprenda que aquí todo el mundo la usa.
Nadia obedeció de inmediato. Se colocó a horcajadas sobre la boca de su madre y se dejó caer, hundiéndole la lengua directamente en el clítoris. Beatriz, atada, sin poder mover ni brazos ni piernas, no podía hacer otra cosa que lamer y ser follada. Cerró los ojos y se entregó a las dos sensaciones: la polla del vecino embistiéndole el coño hasta el fondo, y el sexo joven y mojado de su hija ahogándole la boca. Sentía que sus sentidos estallaban. La poseía el hombre al que despreciaba y la adoraba la hija a la que intentaba controlar, todo en el lugar que consideraba su último refugio. La generala había sido despojada de su rango, de su ropa y de su moral, reducida a un cuerpo que solo sabía responder a una voluntad ajena.
El segundo orgasmo la reventó atada. Gritó contra el coño de su hija, con la garganta llena de jugos ajenos, mientras el coño le exprimía la polla de Adrián con espasmos que él castigó a golpe seco de pelvis.
***
La desató con un tirón brusco, pero antes de que pudiera frotarse las muñecas enrojecidas, la levantó y la condujo al vestidor de espejos enfrentados, donde cada estante guardaba bolsos y zapatos que costaban el sueldo mensual de sus empleados.
—Mírate —ordenó, empujándola contra la isla de mármol, doblada hacia adelante, con las tetas aplastadas contra la piedra fría—. La gran directora que hace temblar a la junta. Mira qué culo más rico tienes en pompa, jefa.
Beatriz se vio obligada a contemplar su reflejo. El cabello, siempre recogido en un moño perfecto, caía ahora en mechones húmedos sobre sus hombros. El rostro, una máscara de frialdad y maquillaje caro, estaba corrido, mostrando una vulnerabilidad salvaje. Multiplicada hasta el infinito en los espejos laterales, vio cómo su hija se colocaba detrás de ella, le abría las nalgas con las dos manos y le escupía sobre el ojete apretado, mientras el vecino la manejaba a ambas como marionetas de lujo.
—Adrián, mira qué culo más apretado tiene mamá —dijo Nadia con una risa perversa, hundiéndole un dedo en el ano hasta el nudillo—. Nunca se lo han metido por aquí, se le nota.
—Pues hoy se lo estrenamos.
Beatriz gimió al sentir el dedo de su hija dilatándole el culo con crueldad, mientras Adrián se colocaba detrás. La cabeza gruesa de su polla, empapada de los jugos del coño donde había estado hasta hacía un segundo, empujó contra su esfínter apretado.
—No, ahí no, por favor…
—Mirad cómo os retorcéis las dos —exclamó Adrián, con la voz cargada de un triunfo oscuro, sin hacerle caso—. La generala y su soldado rebelde, unidas por la misma necesidad de ser castigadas.
Empujó. La polla forzó el paso lentamente, imparable, mientras Beatriz gritaba contra el mármol. El dolor y la humillación se mezclaron con una excitación oscura, animal, cuando sintió cómo el vecino la abría por atrás, ensanchándole el culo virgen hasta el fondo. Entró en Beatriz con una embestida que hizo saltar por los aires un frasco de perfume, que se rompió y llenó el aire de una fragancia floral embriagadora. Ella gritó, con los ojos clavados en su propia imagen. La humillación visual era el golpe de gracia: ver la traición de su hija y la potencia de Adrián repetidas hasta el infinito destruyó la última pizca de su orgullo.
—Toma, jefa, toma polla por el culo, joder qué apretado lo tienes.
Nadia se coló bajo su madre, tumbándose de espaldas sobre el mármol, y le empezó a lamer el clítoris mientras Adrián le rompía el ano a embestidas. Beatriz, doblada, con los pechos rebotando cada golpe, con la lengua de su hija en el coño y la polla del vecino reventándole el culo, se vio en el espejo hecha una guarra completa. Ya no era Beatriz la directora. Era una hembra en pompa, siendo follada por dos huecos a la vez, gimiendo como una perra.
—Dilo frente al espejo —le exigió él, acelerando—. Di quién manda en este ático. Dilo mientras te reviento el culo.
—Tú… tú mandas, Adrián —gritó, perdiendo el control de su propia lengua mientras Nadia le mordía el clítoris desde abajo—. Haz lo que quieras conmigo… hazlo delante de ella… soy tu puta, soy vuestra puta…
El clímax en el vestidor fue una explosión de cristal, sudor y reflejos. Adrián descargó dentro de su culo con un rugido, llenándola de semen caliente hasta el fondo, mientras Beatriz gritaba su tercer orgasmo con la boca abierta contra el espejo. Nadia, debajo, recibió los chorros que se le escapaban por los muslos y los lamió como una gata. Beatriz sintió que se desvanecía mientras su imagen se quebraba en mil pedazos de placer absoluto. Cuando Adrián sacó la polla, un hilo de semen le resbaló por el interior del muslo hasta la boca de su hija, que se lo bebió sonriendo.
***
El amanecer tiñó de gris metálico los ventanales del ático, pero dentro de la suite el aire seguía denso, cargado del rastro de una capitulación total y del olor a sexo pegado a las sábanas. Beatriz yacía atravesada en la cama, con una pierna colgando hacia la alfombra y el cabello desparramado sobre el edredón. Tenía el coño hinchado y todavía chorreando, el ano irritado, marcas rojas en las tetas y en el cuello. A su lado, Nadia dormía con la cabeza apoyada en el vientre de su madre, con los labios manchados aún de restos de la noche.
Adrián, ya vestido pero con la camisa abierta, observaba la ciudad desde el ventanal. Se giró al oír el primer gemido de conciencia de Beatriz y se acercó a la cama.
—Despierta, jefa —dijo, y su voz fue un látigo que cortó la bruma del sueño—. Tienes junta de accionistas a las nueve. No querrás que tu equipo piense que su capitana ha perdido el rumbo.
Beatriz abrió los ojos. El dolor de la luz se mezcló con el recuerdo de cada embestida, de cada beso de su hija, de cada orden de Adrián. Intentó incorporarse, pero sus músculos, castigados por horas de una actividad que su gimnasio jamás le había exigido, protestaron con calambres de placer residual. Notó el coño palpitando, el culo dolorido, y una descarga de semen ajeno resbalándole entre los muslos cuando cambió de postura.
—Adrián… yo… —empezó, pero la voz le sonó rota, despojada del tono de mando que era su escudo.
—Tú nada —la interrumpió él, sentándose en el borde de la cama—. A partir de hoy las reglas han cambiado. Vas a ir a esa oficina, vas a ganar millones como siempre. Pero lo harás sabiendo que, en cuanto cruces esta puerta, vuelves a ser mía. Y de Nadia.
La joven se despertó al oírlo. Se incorporó con una sonrisa felina y le dejó un beso húmedo en el hombro, justo sobre una de las marcas de la noche. Le pasó dos dedos entre los muslos, los recogió mojados de la corrida seca del vecino, y se los metió en la boca a su madre para que se limpiara.
—Mamá, Adrián dice que hoy lleves el traje gris —susurró con una autoridad nueva, casi cruel, mientras Beatriz chupaba obediente los dedos de su hija—. Pero sin ropa interior. Quiere que cada vez que te sientes en tu sillón de piel recuerdes quién te abrió anoche en esta cama. Los dos huecos.
Beatriz sintió una descarga entre las piernas. La idea de ir a trabajar así bajo su traje de poder, con el coño desnudo rozando la piel del sillón, sabiendo que su hija y su vecino compartirían su cama mientras ella daba órdenes, la llevó a un estado de excitación sumisa que nunca creyó posible. La mujer de hierro se había fundido.
—Entendido —alcanzó a decir, bajando la vista frente a su vecino y su propia hija—. Lo haré… como digas, Adrián.
Él sonrió con triunfo absoluto y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—Ah, y deja el interfono abierto. Quiero oírte dar órdenes por teléfono mientras Nadia me sirve el desayuno en tu cocina, con mi polla en la boca. Necesito recordarte quién es el verdadero dueño de este cuartel.
La puerta se cerró. Beatriz se levantó hacia el espejo del vestidor y observó su cuerpo marcado bajo la luz cruda de la mañana. Los chupetones violáceos en el cuello y en las tetas, el vientre plano manchado de rastros de semen ya reseco, el interior de los muslos brillante todavía. Ya no era la divorciada amargada: era una mujer reclamada. Se puso el traje gris sobre la piel desnuda, sintiendo la seda del forro rozándole los pezones sensibles y el coño mojado. Ocultó las marcas de la batalla, lista para mandar fuera… y deseando ya volver para obedecer.





