Aquel hola que me entregó a su dominio
Tengo veinte años, soy morena, alta, de tetas grandes y una sonrisa que, según me dicen, abre más puertas de las que debería. Hoy vengo a contar uno de mis secretos mejor guardados: cómo un simple saludo me convirtió en lo que jamás imaginé que querría ser.
Lo conocí por culpa de una amiga. Mateo era su novio por aquel entonces, un tipo de unos veinticinco años, alto, amable con todo el mundo y con un cuerpo que parecía tallado a propósito para volverme loca. Nunca pensé que un «hola» suelto, dicho casi sin mirarme, sería el principio de todo.
Fue una noche fría. Salí a comprar algo para cenar y entré en el kiosco de la esquina. Él estaba solo, apoyado en el mostrador. Me dijo «hola» y, acto seguido, me ignoró por completo. Yo no podía dejar de mirarlo: sus ojos, su boca. Me la chuparía entera si pudiera, pensé, y la idea me incendió las mejillas y me humedeció la bombacha.
Compró lo suyo y se fue. Cuando salí, diez minutos después, lo encontré esperándome en la esquina, sentado sobre su moto.
—Eh —me dijo cuando pasé a su lado—. ¿Me pasás tu número?
No supe ni en qué momento se lo di. Solo recuerdo haberle advertido, con una firmeza que no sentía:
—No quiero problemas, ¿eh? Solo amistad.
Esa misma noche me escribió: «Soy yo, agendame. Mañana te hablo, si querés y no te da miedo conocer gente nueva». Esperé ese mensaje como se espera una sentencia. Ansiosa, asustada, despierta.
***
Al día siguiente entré tarde a la facultad y, entre clase y clase, llegó su primer mensaje.
—Hola.
—Hola, ¿cómo estás? —contesté, intentando que los dedos no me temblaran.
—Bien, ¿vos? Qué tarde arrancás el día, ¿no?
—Es que tenía cosas que hacer antes —mentí—. Si no, no iba a poder prestarte toda mi atención.
—No me digas eso que me lo creo —respondió—. Ojalá tuviera toda tu atención todo el tiempo.
—Anoche pensé en vos —escribió después—. Y la verdad, esa pollera no me dejó opción. Se me paró la verga en el kiosco pensando en cogerte contra el mostrador. Necesito ser tu amigo.
—¿Amigos? —tecleé, riéndome sola en mitad del pasillo—. Tengo muchos amigos. Así que seremos muy buenos amigos.
En mi cabeza, en cambio, solo daba vueltas una idea: que todas esas sensaciones que me recorrían el cuerpo no eran imaginación mía. Eran reales y crecían.
Dejó de escribir. Recién a las cuatro de la tarde me llegó un mensaje distinto, más seco, más calculado.
—De ahora en más, si te pongo «hola» en mayúsculas, soy yo el que manda. Si no estás de acuerdo, no contestes. No pasa nada, bonita.
No contesté. Me tiré en la cama a fantasear con él, con los ojos cerrados y las manos buscándome despacio. Me metí dos dedos en el coño imaginando esa boca, esas órdenes, esa verga que todavía no había visto pero que ya sentía tocándome la garganta. Me toqué el clítoris en círculos hasta que las sábanas me quedaron mojadas, mordiéndome el labio para que mi vieja no me escuchara desde la cocina. Me corrí pensando en obedecerlo y, apenas terminé, quise más.
Nunca antes una palabra me había puesto así. No era lo que decía, sino cómo lo decía: como quien ya ha decidido y solo espera que yo me dé cuenta. Pasé horas mirando el techo, repitiendo esas mayúsculas en mi cabeza, preguntándome hasta dónde estaba dispuesta a llegar con un desconocido que era, además, el novio de una amiga. La culpa y el deseo se trenzaban hasta que ya no podía distinguir uno del otro.
Esa noche salí a la vereda con un vestido negro corto, sin nada debajo, porque me encantaba sentir el aire en la concha. Lo vi pasar de lejos. Sin pensarlo, eché a caminar, a ver si lo cruzaba. Y entonces vibró el teléfono.
—HOLA.
Las mayúsculas. El código. Se me cortó la respiración y se me apretaron los pezones bajo la tela.
—Hola, hermoso —escribí.
—¿Querés ir a tomar un café?
—¿Ahora?
—Sí. ¿Te dejan?
—Pregunto y te aviso.
—Dale.
—Listo, sí. ¿Dónde nos vemos?
El corazón me iba a mil, la cabeza al doble. Nos cruzamos a media cuadra. Él tenía esa calma de quien ya sabe cómo va a terminar la noche.
—El café va a ser en un lugar tranquilo —dijo—. Para que estemos solos y podamos hablar bien.
***
Caminamos un par de cuadras y nos detuvimos frente a la puerta discreta de un hotel por horas. Yo nunca había entrado a un lugar así. Me quedé clavada en la vereda.
—¿Te animás a entrar conmigo? —preguntó, y no era del todo una pregunta.
—Sí —dije, temblando, sin entender que ahí adentro no había ningún café esperándome. Solo una cama de dos plazas y un televisor que ni siquiera funcionaba.
Nos tocó la habitación 102, en el primer piso. El pasillo olía a desinfectante y a perfume barato, y cada escalón que subía me parecía un punto sin retorno. Mientras subíamos me pasó un brazo por la cintura y me tomó de la mano, despacio, como quien domestica a un animal asustado.
—Tranquila, bonita. No va a pasar nada que vos no quieras —murmuró, abriendo la puerta—. Solo nos vamos a conocer un poco mejor.
Entramos. Cerró con llave. Se acostó en la cama, relajado, con las manos detrás de la nuca.
—Vení, acostate conmigo. Hablamos de lo que vos quieras.
Hacía calor. Me saqué la campera y me senté en el borde del colchón. Él me miró de arriba abajo, despacio, sin pudor, deteniéndose en mis tetas y después en la V del vestido que se me subía a los muslos.
—Sé que soy más grande que vos —dijo en voz baja, casi un susurro—. Pero me gusta cómo me mirás. Me gusta que ya estés temblando sin que te toque. Me gusta pensar que debajo de ese vestido ya estás toda mojada esperándome.
Yo no sabía qué hacer ni qué responder. Todas mis fantasías peleaban por salir y ninguna encontraba la puerta. Estaba ahogada en mis propios pensamientos cuando él me besó.
Me llenó la boca con su lengua, empujándola contra la mía, obligándome a chupársela como si ya me estuviera enseñando lo que venía después. Una mano me bajó el vestido de un tirón hasta descubrirme las tetas, y se las quedó mirando un segundo antes de agarrármelas enteras, apretando la carne, pellizcándome los pezones hasta ponerlos duros como piedras. Me miró fijo, con una seguridad que me dobló por dentro.
—Vos sos mía —dijo—. Y vas a hacer todo lo que yo te diga.
—Sí —fue lo único que me salió—. Eso es lo que quiero.
Volvió a besarme mientras me torcía los pezones entre los dedos, tan fuerte que me arrancaba un gemido sordo. Gritar no podía, porque cada vez que abría la boca él me mordía el labio inferior y se tragaba el ruido. Me apretaba contra su cuerpo, contra el bulto duro que tenía en el pantalón, y yo, sin darme cuenta, empecé a restregarme contra su muslo como una gata en celo, empapándole el jean con la humedad que me chorreaba entre las piernas.
Me metió la mano debajo del vestido y encontró que no tenía bombacha. Se rio bajito, en mi oído.
—Puta —murmuró, encantado—. Saliste a buscarme así, sin nada. Sabías que ibas a terminar acá.
Me pasó dos dedos por la raja del coño, de abajo hacia arriba, recogiendo todo lo mojada que estaba, y me los mostró brillantes. Después me los metió en la boca.
—Chupátelos. Aprendete tu propio gusto, porque más tarde te lo vas a probar de mi verga.
Obedecí sin pensar, cerrando los labios alrededor de sus dedos, chupándolos como si ya estuviera practicando.
—No aguanto las ganas de probarte entera —jadeó contra mi cuello—. Pero primero quiero que vos hagas algo por mí.
Mi falta de experiencia me dejó muda. No sabía qué se esperaba de mí. Entonces él lo dijo, con una calma que era una orden:
—Arrodillate.
Lo pensé apenas un segundo. Al siguiente ya estaba de rodillas frente a él, en el suelo, sin saber del todo qué venía. Estaba tan excitada que el miedo se me había vuelto otra cosa. Se paró de la cama, se abrió el cinto sin apuro, se bajó el jean y el bóxer de una y me la puso a la altura de la cara. Era gruesa, larga, con la cabeza roja e hinchada, una gota de líquido brillándole en la punta. Se me hizo agua la boca.
—Tomala en la boca —dijo, sosteniéndosela con la mano y golpeándome despacio la mejilla con la punta.
—No… no quiero —murmuré, más por reflejo que por convicción, mientras el olor de su verga me llenaba la nariz y me humedecía todavía más.
Me tomó del pelo, me dio un beso lento en la frente y me clavó la mirada.
—Acá el que manda soy yo. Abrí la boca. Sacá la lengua.
Y lo hice. Saqué la lengua como una nena, y él me la apoyó ahí, tibia y pesada, y me la restregó por los labios antes de dejarme cerrar la boca. Empecé despacio, chupando primero la punta, pasando la lengua alrededor de la corona, saboreando la sal del líquido que le salía. Después bajé por el costado, la recorrí entera con la lengua, se la lamí como se lame un helado, y le besé los huevos mientras le sostenía la verga contra mi cara.
—Así, puta, así —jadeó, apretándome el pelo—. Metétela toda ahora.
Abrí la boca y me la tragué de a poco. Sentí cómo se me llenaba, cómo me chocaba el paladar, cómo me apretaba la lengua contra el piso de la boca. Cuando llegó a la garganta me arqueé un poco, me lloraron los ojos, pero no me la saqué. Él me sostenía la nuca y me marcaba el ritmo, entrando y saliendo de mi boca, sin prisa al principio, disfrutando del control. Cada vez que yo intentaba imponer mi propio ritmo, él tiraba apenas del pelo para recordarme quién decidía.
—Así —murmuraba—. Despacio. Mirándome. Quiero que aprendas a mamármela con los ojos abiertos.
Levanté la vista sin dejar de chupar y él sonrió como un dios chiquito. Empezó a coger más rápido, empujándome la cabeza contra su pelvis, haciéndome ahogar de a ratos, obligándome a tragar la saliva que se me caía por la comisura hasta el mentón. Me babeé entera, se me corrió la saliva por el cuello, me llegó hasta las tetas. Y ni así paró.
—Sacá la lengua otra vez, dejámela abajo, quieta, quiero cogerte la boca como si fuera un coño.
Obedecí, sostenida solo por su voz y por sus manos, hasta que su respiración se quebró del todo. Sentí cómo se le hinchaba adentro de mi boca, cómo se ponía todavía más dura, y él me apretó la cabeza con las dos manos y descargó un chorro caliente contra mi paladar, después otro, y otro más, hasta llenarme.
—Por ser la primera vez —dijo entre jadeos, sacándomela apenas para que le viera bien la cara y las tetas manchadas de semen que se me escapaba por las comisuras—, te dejo que escupas. Pero de ahora en más, lo mío te lo tragás siempre.
Esa fue su única concesión. Y a la vez, su forma de marcarme. Escupí en el piso, con un hilo de leche colgándome del labio, y él me lo recogió con el pulgar y me lo volvió a meter en la boca.
—Limpia. Buena chica.
***
Quise levantarme para acomodarme el vestido, como si todavía pudiera fingir que controlaba algo. No me dejó. Me tomó de la cintura y me tiró sobre la cama.
—Ahora me toca a mí —dijo, arrancándome lo poco que me quedaba puesto—. Te voy a mostrar las estrellas.
Me abrió las piernas de un golpe seco, me las puso sobre sus hombros y bajó entre mis muslos sin dejar de mirarme. Me sopló primero, despacio, sobre el coño mojado, y yo pegué un respingo. Después me dio un lametón largo, de abajo hacia arriba, entero, hasta terminar chupándome el clítoris con los labios.
—Qué rica que estás, puta —murmuró contra mi carne—. Toda hinchada, toda abierta para mí.
Su boca trabajaba despacio, la lengua entrando y saliendo de mi concha, subiendo al clítoris, dibujándome círculos, chupando, mordiendo apenas. Sus manos no dejaban de apretarme las tetas, de morderme la cara interna de los muslos, de marcarme la piel con los dientes. Me metió dos dedos mientras me la seguía chupando, y me los curvó adentro buscándome un punto que yo ni sabía que tenía. Cuando lo encontró, arqueé la espalda del colchón.
—Ahí, por favor, ahí —jadeé, agarrándole el pelo.
—Pedime que te haga acabar.
—Hacéme acabar, por favor, hacéme acabar en la boca.
Me clavó los dedos más rápido, me chupó el clítoris más fuerte, y yo me retorcía, me aferraba a las sábanas, intentaba no gritar y fracasaba a medias. Sentí un calor que me subía desde la panza, me apretaba el pecho, me llenaba las piernas. Y ahí, con su lengua y sus órdenes susurradas, tuve mi primer orgasmo de verdad. Le exploté en la boca, empapándole la cara, apretándole los dedos con las paredes del coño, gritando contra la almohada. Quedé empapada, mordida, temblando, sin aire.
Me subió por el cuerpo, lamiéndome la panza, mordiéndome un pezón al pasar, y me plantó la boca en la mía. Me hizo probar mi propio gusto mezclado con el suyo.
No me dio tregua. Me agarró de la cintura, otra vez duro, y se me metió de una sola estocada hasta el fondo. Grité contra su cuello. Me abrió entera, y por un segundo me quedé quieta, sintiendo cómo se me acomodaba adentro, cómo me tocaba lugares donde nadie me había tocado nunca.
—Qué apretada, mi amor, qué apretada estás —jadeó en mi oído—. Te voy a coger hasta que me pidas que pare.
Empezó a moverse despacio, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter con fuerza, haciéndome rebotar sobre el colchón. Me agarró las tetas, me las estrujó, me pellizcó los pezones mientras me la clavaba una y otra vez. Después me levantó, me sentó a horcajadas encima de él, y me sostuvo por las caderas marcándome el movimiento con las manos, decidiendo por mí cuándo subir y cuándo bajar. Yo cabalgaba con la boca abierta, gimiendo, con las tetas saltando en su cara. Él se prendió de un pezón y lo mordió mientras me empujaba de las caderas hacia abajo, ensartándome cada vez más adentro.
—¿Dónde la querés? —me preguntó al oído, agarrándome del pelo y tirándome la cabeza hacia atrás—. Pedímelo.
—Donde quieras —jadeé—. Donde quieras vos.
Me dio vuelta, me puso en cuatro contra el colchón, me clavó la cara contra la almohada y me levantó el culo. Me abrió los cachetes con las dos manos, me miró bien y se hundió de una otra vez, esta vez todavía más profundo. Me la puso hasta los huevos, y desde ahí empezó a cogerme como un animal, agarrándome del pelo, dándome cachetadas en el culo que me dejaban la mano marcada, insultándome bajito.
—Así te gusta, ¿no? Puta. Decilo. Decí que sos mi puta.
—Soy tu puta —lloriqueé contra la almohada—. Soy tu puta, no pares.
Me pasó el pulgar por el ojete, apretando apenas, marcando territorio, avisándome sin palabras que eso también iba a ser suyo algún día. Me metió el pulgar hasta el nudillo mientras me seguía cogiendo con la verga, y esa doble presión me hizo acabar de nuevo, contra mi voluntad, gritando su nombre contra la tela.
Me dejó caer de espaldas sobre el colchón y se hundió en mí una última vez hasta el final, observándome la cara como quien estudia su obra. Me miró a los ojos y se corrió adentro mío, llenándome, con la mandíbula apretada y un gruñido largo. Sentí cada latido de su verga descargándome semen adentro, y me quedé quieta, con las piernas abiertas, dejándome llenar.
No me preguntó nada más. Esa noche no hizo falta.
Después, todavía adentro, se apoyó en los codos y me pasó la lengua por los labios.
—La próxima —murmuró—, te lo trago yo. Y te cojo el culo. Y me lo vas a agradecer.
Asentí. No podía hablar. Me chorreaba la leche por los muslos, tenía las tetas rojas de mordidas, el pelo revuelto, la garganta ronca. Y ya estaba pensando en cuándo iba a ser la próxima vez.
Así, con un hotel por horas, una habitación con un televisor roto y un «hola» en mayúsculas, empezó toda una historia de dominación. La suya sobre mí. Y, para mi propia sorpresa, no quise que terminara.





