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Relatos Ardientes

La fiesta BDSM que me montaron cuatro maduras

Todo empezó varios meses después de la última vez que vi a Nadia. Lo nuestro ya se había roto, pero seguíamos hablando de vez en cuando, sin dramas, como dos personas que habían compartido demasiado como para fingir indiferencia. Una tarde de vacaciones, cuando yo estaba solo en casa y aburrido, me llamó Vera.

La reconocí por la voz al instante. Grave, tranquila, con ese tono de mujer que no pregunta nada si ya sabe la respuesta.

—Hola, Darío —dijo—. Les enseñé a unas amigas aquella foto tuya y no se creen que seas real. Quieren conocerte. He organizado una fiesta en casa. Si vienes, prometo que no te vas a aburrir.

No necesitó explicar más. Yo sabía perfectamente a qué se refería y también sabía por qué me estaba temblando la mano mientras sostenía el teléfono.

—Voy —contesté sin pensarlo.

—Eso esperaba. Ven al anochecer. Y ven dispuesto a obedecer.

Colgó después de eso, dejándome con la respiración más rápida y una presión conocida en el estómago. Vera era una de esas mujeres maduras que no necesitaban levantar la voz para dominar una habitación. Tenía la seguridad de quien disfruta mandar y todavía más la de quien disfruta ver hasta dónde puede empujar a alguien. Y conmigo ya había comprobado que podía empujar bastante.

Pasé el resto de la tarde inquieto, imaginando lo que me esperaba. No sabía cuántas amigas serían ni qué les habría contado exactamente, pero sí entendí una cosa desde el principio: yo no iba allí como invitado. Iba como entretenimiento.

Cuando llegué, ya estaba oscureciendo. La casa de Vera estaba al final de una calle tranquila, con un jardín delantero pequeño y una verja negra. Toqué el timbre y la vi aparecer al otro lado, sonriendo apenas.

Llevaba un vestido largo color vino, ajustado en la cintura, el cabello suelto y pendientes discretos. Nada exagerado. No los necesitaba. A su edad, que rondaba los cuarenta, tenía ese tipo de atractivo seguro que aplasta cualquier esfuerzo juvenil.

—Llegaste —dijo, recorriéndome con la mirada—. Bien.

—No iba a faltar.

Ella se acercó a la verja, apoyó una mano en el metal y bajó la voz.

—No vas a entrar vestido. Quítate todo aquí mismo y dámelo.

La frase me golpeó de lleno. Miré la calle por reflejo. No había nadie, pero seguía siendo la puta calle.

—¿Aquí? —pregunté, aunque ya me estaba desabrochando el pantalón.

—Aquí —repitió—. Si te has excitado todo el camino pensando en que te humille, empieza comportándote como el juguete que eres.

Eso bastó. Me desnudé deprisa, con los dedos torpes por los nervios. Le fui pasando mi ropa por encima de la verja hasta quedarme completamente desnudo frente a ella, expuesto, consciente del aire fresco en la piel y de lo ridículo de mi postura. Vera soltó una risa corta al mirar hacia abajo.

—Sí, no recordaba lo pequeña que era —murmuró—. Entra.

Abrió y me hizo pasar. En cuanto crucé la puerta, me sujetó la polla entre dos dedos, apenas pellizcándola, lo suficiente para que doliera un poco y me excitara más.

—No te corras sin permiso —me advirtió—. Hoy no estás solo conmigo.

Me llevó así, desnudo y ya avergonzado, hasta el salón. Allí había tres mujeres más con copas en la mano, sentadas alrededor de una mesa baja llena de botellas, hielo y platos a medio terminar. Las tres giraron al verme y me quedé quieto, sintiendo de golpe todo el peso de sus ojos.

La primera, Inés, era una mujer grande, de cabello corto entrecano, gafas finas y una risa escandalosa que le salió del pecho apenas me vio. La segunda, Silvia, era rubia, delgada, elegante, con un vestido negro ceñido y piernas largas cruzadas con una calma insolente. La tercera, Alba, era más baja, morena, de rizos oscuros y labios llenos. Las tres eran claramente adultas, seguras de sí mismas, y las tres me miraban como si yo fuera una broma privada.

—Aquí lo tenéis —anunció Vera, tirando de mí para ponerme en medio—. ¿Os dije o no os dije que no exageraba?

Inés soltó una carcajada tan fuerte que casi derrama su copa.

—Pobre hombre —dijo entre risas—. Es todavía más pequeña de lo que imaginé.

Silvia inclinó la cabeza, estudiándome sin prisa.

—Acércate —ordenó—. Quiero verla bien.

Obedecí. Notaba la cara ardiéndome, pero también sentía cómo se me endurecía un poco la polla por pura mezcla de humillación y deseo. Alba se dio cuenta y chasqueó la lengua.

—Mira eso. Le gusta de verdad.

—Le encanta —respondió Vera—. Pero cuidado, es tan sensible que puede correrse con nada.

Silvia me hizo una seña con dos dedos. Me acerqué lo suficiente como para quedar entre sus rodillas. Ella sonrió, me atrapó la polla entre el pulgar y el índice y apenas la frotó una vez.

Fue suficiente.

Me corrí al instante, sin control, soltando una descarga corta y vergonzosa que cayó sobre su vestido negro y sobre mi propio vientre. Hubo un segundo de silencio y luego las cuatro estallaron en risas.

—No me jodas —dijo Inés, secándose una lágrima—. ¿Ya?

Silvia me agarró con más fuerza, sacudiéndome lo poco que quedaba de la corrida, y me dio una palmada sonora en el culo.

—Así me gusta, campeón. Ni tocarte hace falta.

Mi polla se encogió enseguida, blanda y casi escondida. Vera me soltó al fin y me lanzó una pajarita de tela negra.

—Póntela. Hasta nuevo aviso, haces de camarero.

***

Pasé más de una hora desnudo salvo por aquella pajarita absurda, sirviéndoles bebida, trayendo hielo, recogiendo vasos y aguantando comentarios. Ellas bebían, charlaban y cada tanto me llamaban solo para reírse otro poco a mi costa. A veces una me daba una palmada en el culo al pasar. A veces me hacían girar sobre mí mismo. A veces me ordenaban abrir más las piernas para inspeccionarme mejor.

—Date la vuelta.

—Más despacio.

—Míralo, parece que tiene frío siempre.

—No, parece que nació pidiendo perdón.

Cada frase me hundía un poco más y, al mismo tiempo, me ponía más caliente. Esa contradicción era precisamente lo que ellas olían en mí. No era solo vergüenza. Era entrega.

Cuando ya estaban más relajadas por el alcohol, Inés dejó la copa sobre la mesa y me hizo una seña.

—Tú, ven conmigo al baño.

La seguí por el pasillo mientras las otras se reían a mis espaldas. En cuanto entramos, cerró la puerta sin prisa y se apoyó contra el lavabo para mirarme de arriba abajo.

—De rodillas.

Me arrodillé sobre las baldosas frías. Inés se levantó el vestido, se bajó las bragas hasta los muslos y se sentó en el inodoro con las piernas abiertas. Su coño estaba delante de mí, húmedo, oscuro, con vello recortado y un olor fuerte que llenó el espacio pequeño del baño.

—Sujeta el papel —dijo—. Y no apartes la vista.

La obedecí en silencio. La escuché mear mientras me miraba desde arriba con una media sonrisa. La situación era degradante, sí, pero precisamente por eso me tenía el corazón desbocado. Mi polla blanda colgaba inútil entre mis piernas mientras ella terminaba y se incorporaba apenas.

—Ahora límpiame.

Tomé el papel y me acerqué. Le limpié despacio, primero entre los muslos, luego más cerca de los labios. Inés separó más las piernas y dejó que mi cara quedara casi debajo de su sexo.

—Ya que estás ahí, usa la boca. Todo, ¿entendido?

No me dio tiempo a responder. Me sujetó del pelo y me empujó contra su coño. Saqué la lengua y empecé a lamer obediente, primero con cuidado, luego más profundo cuando noté que ella quería presión. Tenía el sabor salado y caliente. Inés jadeó, moviendo la cadera contra mi cara, frotándose sobre mi boca sin ningún pudor.

—Más fuerte —ordenó—. Mete la lengua de verdad, no seas inútil.

La obedecí mejor. Le abrí los labios con las manos y me hundí ahí, lamiéndole el clítoris, subiendo y bajando, sintiendo cómo me apretaba la cabeza con los muslos. Ella no era delicada. Me usaba. Cuando gemía, no sonaba tierna; sonaba mandona, hambrienta.

—Así, pichacorta... así. No sirves para follar, pero al menos puedes comer coño.

La frase me golpeó justo donde debía. Apreté más la lengua, chupándole el clítoris y respirando como podía. Inés empezó a jadear de verdad, a mover la pelvis con una urgencia cada vez más clara. Me agarró del pelo con las dos manos y me folló la boca durante varios segundos, restregándose hasta que se corrió con un gemido ronco, temblándole los muslos alrededor de la cara.

Me soltó después, respirando hondo.

—Gracias, enano —dijo, subiéndose las bragas—. Ya puedes bajar.

Me quedé un momento en el baño, lavándome la cara y recuperando el aire. Cuando volví al salón, las otras tres me recibieron con sonrisas de puro entretenimiento.

—Mira quién volvió —dijo Silvia—. Y parece que le han dado trabajo de verdad.

—Tráeme agua —ordenó Vera.

Asentí y fui hacia la cocina.

Silvia me siguió.

***

La noté entrar detrás de mí antes de escuchar sus tacones. Cuando me giré, ya estaba demasiado cerca. Cerró la puerta de la cocina con el pie y me empujó contra la encimera.

—Tú y yo no hemos terminado —susurró.

Me besó sin aviso. No fue un beso suave ni romántico, sino húmedo, firme, de labios y lengua, como si quisiera probar cuánto iba a tardar en volverme dócil. Yo respondí con hambre, rodeándole la cintura. Silvia se separó apenas lo justo para sonreír.

—Con la boca sí pareces más útil.

Bajó una mano a mi entrepierna y buscó mi polla. Al no tener casi nada que agarrar, soltó una risa baja y presionó con la yema del dedo sobre ella, empujándola contra la piel, jugando con esa sensibilidad humillante que me volvía loco. El gesto me hizo jadear.

—Mira cómo reaccionas —murmuró—. Te excita que te toque así, como si fueras una mujercita.

Volvió a presionar, frotando despacio, y sentí cómo se me endurecía cuanto podía. Era una excitación rara, intensa, concentrada en un punto tan pequeño que cada roce parecía agrandarse.

Silvia se apartó un paso, se quitó el vestido por la cabeza y quedó en un conjunto negro de lencería fina que le dibujaba el cuerpo con una elegancia obscena. Me dejó mirarla unos segundos y luego se desabrochó el sujetador. Sus tetas cayeron libres, firmes, pesadas lo justo, con pezones oscuros que enseguida quise chupar.

—Quítame lo demás —ordenó.

Le bajé las bragas lentamente por las piernas. Se sentó sobre la encimera, abrió las rodillas y me mostró el coño depilado, brillante de humedad. Me acerqué entre sus muslos y ella me sostuvo la cara un momento.

—A ver si con esa cosita compensas el esfuerzo con ganas.

Intenté penetrarla por reflejo, colocando mi polla dura en su entrada y empujando. No conseguí casi nada. Silvia soltó una risita cruel.

—No siento una mierda —dijo—. Usa la cabeza.

La usé. Bajé la mirada, recordé lo que mejor me funcionaba y empecé a frotar la punta de mi polla directamente contra su clítoris, despacio al principio, moviendo la cadera en círculos cortos. Su expresión cambió enseguida.

—Así sí... no pares.

Seguí frotando, más rápido, mientras con una mano le separaba los labios y con la otra le sujetaba el muslo. Ella empezó a respirar más fuerte, a mover la pelvis para buscar el contacto. Yo me incliné y le chupé un pezón, luego el otro, alternando mordiscos suaves con lamidas. Silvia me agarró del pelo.

—Más. Quiero que me hagas corr...

No terminó la frase.

La puerta se abrió de golpe y entraron Vera, Inés y Alba con una sonrisa de conspiración. Vera llevaba en la mano un arnés con consolador negro ya colocado en la cintura de Alba. Tardé un segundo en entenderlo, y cuando lo hice, se me secó la garganta.

—Sujétalo —dijo Vera.

Silvia me atrapó por los hombros y me pegó a su pecho, dejándome con la cara hundida entre sus tetas. Sentí su piel cálida, sus pezones duros contra mis labios. Detrás de mí, Alba me acarició el culo con la palma abierta.

—Relájate —me dijo al oído—. Si te gusta obedecer, esto te va a encantar.

Me separó las nalgas y la punta del consolador me rozó el agujero. Solté un jadeo. No me habían preparado y ella lo supo al instante.

—Quieto —ordenó Vera desde un lado—. Ni se te ocurra moverte.

Alba me escupió entre las nalgas, frotó con los dedos y volvió a colocar la punta. Esta vez empujó despacio. Sentí la presión abrirme, el escozor primero y luego una invasión gruesa que me obligó a cerrar los ojos y apretar la encimera. Silvia aprovechó para meterme un pezón en la boca.

—Chupa —dijo—. Si vas a gemir, al menos haz algo útil.

Obedecí. Chupé con ganas mientras Alba seguía metiéndome el consolador centímetro a centímetro. Cuando lo tuve dentro hasta la base del arnés, me quedé inmóvil, respirando a golpes. El culo me latía alrededor de aquella cosa y la mezcla de vergüenza, dolor y excitación me nubló la cabeza.

—Míralo —se rió Inés—. Está hecho una perra.

—Todavía no —respondió Vera—. Dale.

Alba empezó a mover la cadera. La primera embestida me arrancó un gemido ronco. La segunda me hizo abrir la boca sobre el pecho de Silvia. La tercera me aflojó por dentro y me dejó claro que no habría escapatoria. Ella me follaba de verdad, con un ritmo cada vez más firme, entrando y saliendo de mi culo mientras Silvia me mantenía sujeto y yo seguía frotando mi polla diminuta contra su clítoris casi por instinto.

—Eso es —jadeó Silvia—. Sigue, no pares. Quiero correrme mientras te dan por detrás.

Su coño estaba empapado. Cada roce de mi punta contra su clítoris producía un chasquido húmedo. Yo tenía la cara entre sus tetas, un pezón en la boca, el culo siendo penetrado, y las risas y órdenes de las otras dos zumbándome alrededor como un coro de humillación.

—Más fuerte, Alba.

—Sujétale las caderas.

—Mira cómo tiembla. Va a correrse otra vez.

Y sí. Iba a correrme. Lo sentía acercarse como un espasmo inevitable. Alba aumentó la velocidad, clavándome el arnés con embestidas más secas. Cada golpe me empujaba hacia delante, haciendo que mi polla se restregara mejor contra Silvia. Ella arqueó la espalda y abrió más las piernas.

—Fóllame el clítoris con esa cosita —me ordenó entre dientes—. No dejes de rozarme. Así, joder, así.

Lo hice con desesperación, cadera corta y rápida, sintiendo que me ardía todo. Metí una mano entre sus piernas y le abrí más el coño para lamerle el clítoris entre empuje y empuje. Silvia soltó un gemido más alto y me agarró de la nuca.

—Sí... sí... ahí. No pares.

Alba me dio una serie de embestidas más profundas, alcanzando ese punto interior que me hizo ver blanco un segundo. Mi cuerpo se tensó de golpe. Me corrí entonces, con una descarga corta pero intensa, salpicando el pubis y el coño de Silvia mientras seguía siendo penetrado por detrás.

Las cuatro se rieron al verlo, pero Silvia no me dejó apartarme.

—Sigue —dijo con voz rota—. No he terminado.

Seguí aunque estaba sensible, casi dolorido, frotando y lamiendo como podía mientras Alba me follaba sin piedad. Silvia empezó a temblar. Sentí sus muslos cerrarse un poco alrededor de mi cintura, su coño contrayéndose al ritmo de sus jadeos. Después se corrió con un gemido ahogado, restregándose contra mí, mojándome la cara y la mano.

—Joder... —susurró, dejándose caer hacia atrás unos segundos.

Yo apenas había recuperado el aliento cuando Vera me agarró de la mandíbula y me obligó a mirarla.

—Todavía no hemos acabado contigo.

***

Me llevaron de nuevo al salón. Esta vez no como camarero, sino como juguete de verdad. Alba no me quitó el arnés del culo; solo aflojó el ritmo y me hizo caminar hasta el sofá con el consolador todavía dentro. Cada paso era una mezcla de vergüenza y una punzada interna que me recordaba lo abierto que estaba.

Vera se sentó en el sofá y me hizo arrodillarme a sus pies. Silvia se había vuelto a poner el vestido, aunque por dentro seguía sin bragas. Inés encendió un cigarrillo junto a la ventana. El ambiente olía a alcohol, perfume y sexo reciente.

—Escucha bien —dijo Vera—. Quiero verte servir para algo más que para correrte antes de tiempo. Vas a comernos a las cuatro si hace falta. Vas a aguantar el consolador detrás. Y solo te daremos permiso para correrte si te lo ganas.

—Sí —respondí con la voz áspera.

—¿Sí qué?

—Sí, señora.

Eso le gustó. Se notó en la sonrisa.

Empezó ella. Me abrió la boca con dos dedos y se los hizo chupar antes de llevarme entre sus piernas. Se subió el vestido hasta la cintura y me mostró un coño húmedo, de labios carnosos, ya excitado desde hacía rato. Me lanzó una mirada de puro mando.

—Hazlo bien.

Me pegué a ella y le hundí la lengua. Vera sabía exactamente cómo usarme. Me guiaba con la mano en la nuca, marcando presión y ritmo. Cuando yo acertaba con el clítoris, me dejaba seguir. Cuando aflojaba, me daba un pequeño tirón de pelo o una bofetada seca en la mejilla.

—No me lamas como a una noviecita —dijo—. Chúpame como la putita obediente que eres.

La obscenidad de escucharlo me calentó todavía más. Chupé con fuerza, succionando su clítoris, metiendo dos dedos donde ella me dejó, mientras detrás de mí Alba volvía a mover el consolador con golpes lentos. El doble estímulo me dejó casi mareado. Vera gemía cada vez más grave, sin perder esa mirada dominante.

Cuando se corrió, lo hizo sujetándome la cara con firmeza, obligándome a seguir lamiendo durante las contracciones.

—Trágatelo todo —murmuró—. Buena sumisión.

No me dejó descansar. Inés fue la siguiente, sentándose en el borde del sofá y abriéndome la cabeza entre sus muslos. Luego Alba, que ni siquiera se quitó el arnés; se limitó a girarme para seguir penetrándome mientras yo le comía el coño de pie, inclinado, jadeando contra ella. Por último Silvia volvió a sentarse sobre la mesa baja y me hizo alternar lengua y dedos hasta que volvió a correrse temblando.

Para entonces yo estaba exhausto, con el culo sensible, la boca hinchada y la polla dura otra vez solo por la acumulación de órdenes, contacto y humillación. Vera lo notó y me llamó con un chasquido de dedos.

—Ven aquí. Te has ganado el final.

Me colocaron en medio del salón. Alba seguía detrás de mí con el arnés puesto. Vera se puso delante. Silvia e Inés a los lados. Por un instante me sentí cercado como una presa feliz de no escapar.

Vera me agarró la polla entre dos dedos.

—No te muevas. Te vas a correr cuando yo quiera.

Empezó a masturbarme apenas, con roces mínimos, casi crueles por lo poco que necesitaba para volverme loco. Al mismo tiempo, Alba me penetró otra vez por detrás, lenta, profunda. Silvia me besó en la boca, metiéndome la lengua, y Inés me apretó un pezón hasta hacerme jadear.

No pude durar.

—Por favor... —solté, sin saber si pedía permiso o clemencia.

—Pídelo bien —dijo Vera.

—Déjeme correrme, señora.

Ella sonrió.

—Córrete.

La palabra me atravesó. Me corrí en ese mismo instante, temblando entero, con el culo recibiendo la última embestida de Alba y la mano de Vera exprimiéndome hasta la última gota. Me vacié sobre mi vientre y sobre sus dedos, gimiendo sin dignidad, completamente rendido.

Las cuatro me miraron unos segundos en silencio, disfrutando el espectáculo de mi agotamiento. Luego Vera me soltó y me dio una palmada suave en la cara, casi cariñosa.

—Ahora sí —dijo—. Ya puedes caer.

Me dejé de rodillas sobre la alfombra, respirando con dificultad. Las oí reír, comentar entre ellas, servirse otra copa. Yo seguía desnudo, manchado y abierto, con la cabeza vacía y una satisfacción oscura trepándome por el cuerpo.

Vera se inclinó y me susurró al oído antes de apartarse.

—La próxima vez, si te portas igual de bien, invitaremos a más.

Y no voy a mentir: todavía estaba recuperándome, todavía sentía el escozor en el culo y el sabor de ellas en la boca, y aun así, al escuchar eso, volví a excitarme.

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Comentarios(5)

Goloso

Increible!!! uno de los mejores que lei en meses, en serio

DiegoCord

Por favor segunda parte!!! quede con muchas ganas de mas

LectoFan_

Me engancho desde el principio hasta el final, muy bien narrado. Sigue!

Blas

Intenso y bien contado. Que buena historia

MarisolTuc

Muy buen trabajo. Se nota que sabes escribir, no es facil mantener el interes de punta a punta y aca lo lograste. Esperando el proximo!

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