Trío de maduras: querían quedarse en mi casa
Me desperté antes que ella, pero seguí con los ojos cerrados para sentir un poco más el calor de su cuerpo pegado al mío. Nora dormía a mi lado, boca abajo, con una pierna cruzada sobre la mía y el pelo oscuro desparramado por la almohada. La noche anterior había sido un desorden delicioso: vino, risas, miradas largas y una tensión que terminó en mi cama, con sus dos amigas al otro lado del pasillo y demasiadas posibilidades flotando en la casa.
No tardé en notar que Nora ya no dormía. Se movió con cuidado, metió la mano entre sus muslos y empezó a tocarse muy despacio, creyendo que yo seguía rendido. Escuché su respiración cambiar, más corta, más húmeda. No me moví. Quise dejarla jugar.
Sus dedos se frotaban el clítoris con esa paciencia de mujer que conoce su cuerpo y sabe exactamente cómo calentarlo. Contuvo un gemido mordiéndose el labio, y yo seguí quieto, disfrutando el espectáculo sin abrir los ojos. Cuando aceleró un poco, supe que estaba al borde. Se corrió en silencio, temblando apenas, y después se quedó unos segundos inmóvil, como si acabara de tomar una decisión.
Entonces se levantó de la cama y salió descalza del cuarto.
Ya entendí, pensé. Va por las otras dos.
La casa era mía, una villa alquilada frente al mar donde me había escapado unos días para cerrar negocios y descansar. Ellas habían llegado como vecinas temporales del complejo: tres amigas de vacaciones, adultas, descaradas, con hambre de divertirse. La conexión con Nora fue inmediata, pero desde el primer rato quedó claro que Vera y Lucía también estaban jugando.
Esperé. Oí risas ahogadas en el cuarto de huéspedes, el ruido de una puerta, pasos apurados. Sonreí sin moverme. Mi polla ya estaba dura bajo la sábana, y más dura se puso cuando las escuché acercarse las tres.
Entraron sin pedir permiso. Seguí fingiendo sueño hasta que sentí un beso húmedo en la mejilla y una voz grave, ronca de excitación, pegada a mi oído.
—Despertate —susurró Nora—. Tus chicas te trajeron el desayuno.
Abrí los ojos despacio.
Las tres estaban desnudas. Vera sostenía una bandeja con café, tostadas, mantequilla y mermelada. Lucía, la mayor, me miraba con una calma que no escondía nada; tenía cuerpo de mujer madura, sabrosa, firme, y esa clase de sensualidad que no necesita exhibirse para mandar. Nora sonreía como una gata satisfecha.
—Buenos días —dije, incorporándome sobre el cabecero.
Nora tiró de la sábana sin pudor y me dejó completamente desnudo. Mi verga saltó libre, tiesa, pesada. Las tres la miraron sin disimulo. Vera soltó una risita.
—Eso sí que es un buen desayuno —dijo.
Lucía se acercó primero. Se arrodilló junto a la cama y me besó la punta con los labios entreabiertos, apenas rozándola con la lengua. Fue un gesto simple, pero cargado de una entrega que me puso todavía más duro.
—Decinos qué querés —dijo Nora—. Vinimos para eso.
Las observé un momento. No vi nervios, sino expectativa. Deseo real. Las tres querían jugar, y querían jugar en serio.
—Primero el café —dije.
Nora tomó la taza y me la llevó a la boca. Bebí un sorbo sin apartar los ojos de ellas. Después señalé a Vera.
—Vos, entre mis piernas. Chupámela, pero no me hagas acabar.
Vera dejó la bandeja a un lado y obedeció de inmediato. Se acomodó de rodillas en la cama, me agarró la polla con una mano y la lamió desde la base hasta la punta, lenta, juguetona, como si quisiera conocer cada vena. Luego me tragó la cabeza y empezó a deslizarse arriba y abajo con esa boca caliente, húmeda, experta. No hacía teatro: sabía chupar.
—Mierda... así —murmuré.
Nora se tumbó a mi izquierda y Lucía a mi derecha. Las acerqué con una mano a cada una y empecé a tocarles el sexo. Las dos estaban depiladas, suaves, abiertas de deseo. Metí dos dedos en el coño de Lucía, despacio al principio, y froté el clítoris de Nora con el pulgar mojado. Las dos soltaron aire por la boca a la vez.
—¿Les gusta? —pregunté.
—Sí —susurró Lucía.
—No pares —jadeó Nora.
Vera levantó la vista mientras me mamaba. Tenía saliva bajándole por la barbilla y los ojos brillantes. Sacó la verga de la boca solo para decir:
—Nosotras ya hablamos. Si vos querés, nos quedamos estos días con vos.
—¿Así nomás?
—Así nomás no —respondió Nora—. Queremos ser tus zorras mientras dure esto.
La frase me arrancó una sonrisa. Lucía bajó la mirada, pero no por pudor; le excitaba decirlo y más todavía oírlo.
—Entonces compórtense como tales —dije.
Saqué los dedos del coño de Lucía y le di una nalgada seca. Gemió. Otra más, más fuerte. Esta vez abrió las piernas por reflejo.
—A vos te gusta que te manden, ¿no?
—Sí —dijo, casi en un hilo de voz.
—Decilo bien.
—Sí, me gusta.
Le metí tres dedos de golpe y la sentí apretarse alrededor de mi mano. Nora me agarró la muñeca.
—A mí tocame el clítoris —pidió—. Quiero correrme así.
Eso hice. Vera seguía chupando con constancia, alternando lengua y garganta, mientras mi mano izquierda trabajaba entre las piernas de Nora y la derecha abría a Lucía por dentro. En pocos minutos la cama ya olía a café, mermelada y sexo.
—Basta —ordené de pronto.
Las tres se quedaron quietas.
—Pónganse de espaldas, apoyadas en la cama, con el culo hacia mí.
Se movieron rápido. Tres culos distintos, tres coños brillantes, abiertos, ofrecidos. La imagen sola bastaba para volverme loco. Me puse de rodillas detrás de ellas y agarré primero a Vera por la cadera.
—Vos primero.
Le apoyé la punta en la entrada y empujé de una sola vez. Vera clavó los dedos en la sábana y soltó un grito corto cuando la llené entera. Estaba mojada, caliente, apretada. Empecé a cogerla con un ritmo firme, seco, haciendo sonar el choque de mis huevos contra su coño cada vez que entraba hasta el fondo.
—Así... así... no aflojes —jadeó.
Nora y Lucía, a los lados, se tocaban mientras miraban. Vera empezó a mover el culo hacia atrás, pidiéndome más. Se la di. Apreté su cintura y le metí embestidas más duras, rápidas, hasta que empezó a temblar.
—Me corro... me corro... seguí, seguí...
Se corrió apretándome la polla con una fuerza deliciosa. La saqué antes de acabar y la dejé jadeando sobre la cama.
Nora ya estaba moviendo las caderas, impaciente.
—Ahora yo. No me hagas esperar.
Le di una palmada en el culo y la agarré de las caderas. Entré en ella de golpe. Nora soltó una carcajada ahogada que terminó en gemido. Su coño me recibió blando y resbaloso, pero enseguida empezó a cerrarse sobre mí con hambre. Sabía coger. Sabía apretarse, moverse, buscar el ángulo para volver todo más intenso.
—Dame fuerte —me dijo—. No me trates suave.
Le hice caso. La follé duro, usando su cuerpo como ella me estaba pidiendo. Cada embestida la empujaba unos centímetros hacia delante. Sus tetas rebotaban y su voz se rompía más a cada golpe. Vera se puso a besarle la espalda mientras se masturbaba, y Lucía, de rodillas junto a la cama, se metía dos dedos mirándonos como si por fin estuviera viendo una fantasía vieja hacerse real.
—Mirá cómo te la cojo —le dije a Lucía—. Porque después te toca a vos.
Lucía se mordió el labio y asintió.
Nora acabó con un gemido largo, apretando las piernas y empujando el culo hacia atrás en una sacudida desesperada. La sostuve por la cintura hasta que dejó de temblar, y volví a salir justo a tiempo para no correrme.
—No te animás a dejarla adentro —bromeó ella, sin aire.
—Cuando yo quiera.
Me giré hacia Lucía.
Había algo especial en ella. Menos impulsiva, más contenida, pero ese mismo control hacía que deseara soltarse con más violencia. La agarré del pelo, sin brusquedad pero sin ternura, y la obligué a mirarme.
—¿Querés obedecer de verdad?
—Sí.
—Entonces arrodillate.
Lo hizo. Abrí la mantequilla con el pulgar y sonreí al ver cómo entendía enseguida lo que iba a pasar. Trago saliva, excitada y tensa al mismo tiempo.
—Nunca te hicieron esto bien, ¿verdad?
—Una vez, y mal.
—Entonces hoy lo vas a aprender.
Unté un poco de mantequilla en mis dedos y empecé a masajearle el culo. Lucía cerró los ojos. Primero un dedo, despacio, dejándola relajarse. Luego dos. Su respiración se agitó, y Nora se acercó a besarla en la boca mientras Vera le acariciaba los pechos.
—Relajate —le dije—. Si querés que te la meta ahí, tenés que abrirte para mí.
—Sí... hacelo.
Saqué los dedos, me embadurné la punta y apoyé la verga en su ano. La primera presión la hizo gemir y echarse un poco atrás. Le di una nalgada firme.
—Quieta.
Empujé despacio, sintiendo el anillo de su culo resistirse y luego ceder. Lucía soltó un quejido ronco, mezcla de dolor y placer. Seguí entrando milímetro a milímetro, hasta quedar adentro por completo. Se quedó inmóvil, respirando con la boca abierta.
—Mierda... —susurró—. La siento entera.
—Y todavía no empecé.
Salí apenas y volví a entrar. Otra vez. Otra. Cada vez un poco más fácil, un poco más hondo, hasta que su cuerpo dejó de tensarse y empezó a responder. Cuando por fin encontré un ritmo firme, Lucía dejó de gemir de dolor y empezó a gemir de puro morbo. Nora le sobaba el clítoris con dos dedos y Vera le chupaba un pezón.
—Así, Dom... así —jadeó ella, sin pensar.
Oírlo me calentó todavía más. La follé por el culo con embestidas largas, controladas, dejándola sentir cada centímetro. No me importaba durar. Quería verla romperse. Y se rompió.
Lucía acabó temblando, con las piernas flojas, mojándose sin que yo dejara de tenerla tomada por detrás. Su orgasmo le salió del vientre como un espasmo entero. Yo paré cuando noté que estaba al límite y salí de ella con la polla brillante de mantequilla y deseo.
—A la boca —le ordené.
Lucía se arrodilló de inmediato y me la lamió sin asco, limpiándome despacio, con devoción. Después me tragó hasta donde pudo y empezó a mover la cabeza. Esta vez fui yo quien le sostuvo el pelo y marcó el ritmo. Le follé la boca sin dejarle decidir demasiado: entrar, salir, hundirla, oírla ahogarse apenas, verla recuperar aire y volver a abrir los labios porque eso mismo la estaba excitando.
—Qué buena puta sos —le dije.
Se estremeció al oírlo y me chupó con más ganas.
Estaba a punto de correrme, así que la aparté. Necesitaba bajar un poco o me vaciaba ahí mismo. Nora, que no había perdido detalle, agarró el frasco de mermelada y se lo mostró a Vera con una sonrisa perversa.
—Tengo una idea.
Se embarró un pezón con mermelada y luego el otro. Vera soltó una risa y la empujó hacia mí.
—Te toca limpiar.
No me hice rogar. Chupé esos pezones pegajosos despacio, saboreando el dulce mezclado con su piel salada. Nora arqueó la espalda y me apretó la cabeza contra sus tetas. Vera aprovechó para ponerse detrás de ella, abrirle las piernas y meterle dos dedos mientras la otra mano le frotaba el clítoris.
—Ay, sí... sí... no me suelten —jadeó Nora.
Lucía, todavía de rodillas, se acercó por detrás de Vera y le separó las nalgas para lamerle el coño. En segundos la habitación volvió a convertirse en un desorden perfecto: una me ofrecía las tetas, otra me daba la lengua entre las piernas de su amiga, la tercera gemía con la cara colorada y yo en el medio, tragándome la escena como un animal hambriento.
—A la cama las tres —ordené.
Se acomodaron como pudieron, entrelazadas, mojadas, brillantes. Me bajé entre sus piernas y empecé por Nora, lamiéndole el clítoris con presión mientras metía dos dedos en su coño. Vera vino a besarla en la boca justo cuando empezó a sacudirse. Sin darle respiro, giré hacia Vera y le hundí la lengua hasta sentir su sabor espeso, caliente. Lucía abrió más las piernas por pura necesidad.
—No me dejes para el final —pidió.
—Callate y disfrutá.
Le comí el coño a ella también, primero suave y luego con más hambre, hasta sentir cómo me empapaba la cara. Lucía era de las que tardan en soltarse, pero cuando lo hacen se desarman de verdad. Me agarró del pelo, temblando, y se corrió con un gemido grave mientras su cuerpo entero se arqueaba.
Quedó medio vencida sobre la almohada. Nora le besó el cuello. Vera se metió dos dedos y después se los pasó por la boca a Lucía. Me encantó la imagen.
—Ahora sí —dije, poniéndome de pie junto a la cama—. Quiero que las tres me digan qué quieren.
Nora fue la primera.
—Quiero quedarme acá y que me cojas cuando se te antoje.
Vera sonrió.
—Yo quiero más de esto, más veces, y si traés amigos lindos tampoco me voy a quejar.
Lucía tardó un poco más, pero al final habló con una sinceridad caliente que me gustó el doble.
—Yo quiero seguir obedeciendo. Quiero sentirme tuya mientras dure.
Me corrí la mano por la polla, ya otra vez dura, y asentí.
—Entonces van a hacer las cosas bien. Nora y Vera, vayan al hotel, traigan sus cosas. Lucía se queda conmigo.
Vera levantó una ceja.
—¿La dejás de rehén?
—La dejo para seguir jugando.
Nora se acercó y me besó con lengua, larga, posesiva.
—No la gastes toda —susurró—. Cuando volvamos quiero ver si de verdad sabés administrar esa verga.
Se vistieron rápido y salieron entre risas, todavía oliendo a sexo. La casa quedó en silencio. Lucía siguió desnuda frente a mí, sin cruzarse de brazos, sin intentar cubrirse. Le brillaban las nalgas por los azotes y tenía la expresión de una mujer que ya no quería volver atrás.
—Vení —le dije.
La llevé hasta una silla junto a la ventana. Tomé una corbata del respaldo y le até las muñecas por delante. No demasiado fuerte, pero lo suficiente para que sintiera la pérdida de control. Después le puse un antifaz de dormir que había sobre la mesa de noche.
—Quedate quieta.
La rodeé sin tocarla durante unos segundos. Verla respirar sin ver nada me excitó de una manera distinta, más oscura. Le di una nalgada. Después otra. Luego empecé a amasarle las tetas, a pellizcarle los pezones hasta hacerla jadear.
—Decime la verdad —murmuré junto a su oído—. ¿Te gusta sentirte usada?
—Sí.
—¿Te gusta que te mande?
—Sí.
—¿Te gusta que te haga doler un poco?
—Sí... sí, me gusta.
Le di un azote más fuerte y el sonido seco me disparó una nueva erección. Bajé una mano entre sus piernas: estaba chorreando. Con el antifaz puesto, atada y roja de nalgas, Lucía se había convertido en la fantasía exacta que llevaba años buscando en una mujer madura: alguien que no jugara a ser sumisa, sino que de verdad se abandonara a eso.
La puse a cuatro patas sobre la alfombra. Volví a lubricarle el culo con mantequilla, masajeando alrededor del ano hasta que volvió a abrirse. Esta vez no tuve que convencerla. Ella misma empujó hacia atrás buscando la punta.
—Eso es —dije—. Pedímela.
—Metémela... por favor.
No tuve piedad. Se la metí despacio los primeros centímetros y después más profundo, hasta enterrársela entera de una vez. Lucía gritó, un grito breve que se transformó enseguida en jadeo. La agarré de la cadera y empecé a cogerla por detrás con un ritmo más duro que antes, porque ahora ya sabía cómo tomarla.
—Sos una perra obediente —le dije—. Y mirá cómo te gusta.
—Sí... sí... seguí...
Le froté el clítoris por delante mientras la penetraba por el culo. Esa combinación la volvió loca. Se corrió rápido, apretando el vientre, mojando la alfombra. Yo aguanté apenas unos segundos más antes de sacarla del culo, quitarle el antifaz y hacerla arrodillarse.
—Abrí la boca.
Lo hizo al instante. Se la metí hasta el fondo y me corrí en su garganta y sobre sus labios, caliente, espeso, sin apartar la vista de sus ojos. Lucía tragó lo que pudo y dejó que el resto le resbalara por la barbilla.
Respiró hondo, todavía de rodillas.
—Así te quería ver —dije.
Ella sonrió, rota y satisfecha.
—Y yo quería estar así.
***
Cuando Nora y Vera volvieron del hotel con sus maletas, nos encontraron en el salón. Lucía seguía desnuda, sentada a mi lado, con el pelo revuelto y la marca fresca del antifaz en la cara. Nora lo entendió al segundo. Dejó el bolso en el suelo y soltó una carcajada.
—Mirá esa cara. La hiciste polvo.
—Y feliz —dijo Lucía, sin una pizca de vergüenza.
Vera se acercó a besarla primero a ella y luego a mí. Después me agarró la verga por encima del pantalón corto y me la apretó con hambre.
—Bueno, macho. Ya tenés a tus tres putitas en casa. Más te vale estar a la altura.
Nora se restregó contra mi hombro y me mordió la oreja.
—No te preocupes —susurró—. Si se cansa, entre las tres lo hacemos rendirse.
Las miré a las tres: una descarada, una salvaje, una entregada. Adultas, conscientes, excitadas, decididas a quedarse. Y yo supe que aquello recién empezaba.
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