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Relatos Ardientes

La punk que me dominó después de una pelea

Volvía solo hacia el bar donde se había quedado mi grupo después de pasar por otro local a saludar a un compañero. Había bebido lo justo para ir ligero, con esa sensación de calor en el cuerpo que te da la noche cuando las calles viejas están llenas y la música sale por cada puerta abierta.

Para evitar la avenida principal, me metí por una calle estrecha del casco antiguo. Me conocía aquel laberinto de memoria. Dos giros más y saldría a una placita tranquila desde la que podía cortar camino sin rozarme con media ciudad.

Entonces oí los gritos.

Eran dos voces de mujer, afiladas, llenas de odio instantáneo, como si la discusión hubiera saltado de cero a cien en segundos. Reconocí una al momento. Era Mara, una de esas amigas de noche que no ves de día pero que siempre aparecen entre humo, cerveza y risas demasiado altas.

Mara tenía una cara que engañaba. Delgada, ojos claros, boca grande, rizos rojizos hasta los hombros y un cuerpo pequeño que parecía frágil hasta que abría la boca o se metía en problemas. Siempre iba con mallas ajustadas, botas negras y camisetas gastadas de grupos que yo no conocía, y siempre estaba a una chispa de liarse a hostias con alguien.

Apuré el paso y al doblar la esquina la vi en medio de la placita, encarándose con otra mujer bastante más alta y más ancha que ella. Se insultaban pegadas, pecho con pecho, empujándose con rabia. No llegué a abrir la boca.

Mara levantó el botellín que llevaba en la mano y se lo estampó en la cabeza a la otra.

—¡Mara! —grité, echando a correr.

La otra se fue al suelo aturdida y Mara, ciega, empezó a patearla con las botas. Le tiré de la cintura por detrás y la aparté a la fuerza, levantándola casi del suelo mientras ella seguía soltando patadas al aire.

—¡Para ya! —le grité al oído.

—¡Suéltame, joder! —escupió, retorciéndose como un animal rabioso.

La arrastré hasta la pared más cercana y le sujeté las muñecas por encima de la cabeza. Jadeaba con violencia. Tenía los ojos encendidos, las pupilas abiertas, el pecho subiendo y bajando bajo la camiseta sudada. Miré de reojo a la otra mujer, que ya se incorporaba tambaleándose.

—Lárgate de aquí —le solté.

No se lo tuvo que pensar dos veces. Se fue medio corriendo, medio tropezando, con una mano en la cabeza. En cuanto la vi desaparecer por una de las salidas de la plaza, volví a mirar a Mara. Seguía forcejeando contra mí.

—Cálmate de una vez. ¿Qué coño te pasa? —dije, apretándole las muñecas contra la pared.

Su respuesta no fue verbal.

Levantó la rodilla y me la clavó entre las piernas.

El golpe me pilló por encima del vaquero, pero aun así me dejó sin aire. El dolor me subió al vientre como una descarga. Apreté los dientes y no la solté. Lo único que pensé fue que si la dejaba libre saldría otra vez detrás de la mujer.

—Te he dicho que me sueltes, imbécil —bufó.

Y me metió otro rodillazo, más limpio, más alto, directo a los huevos.

Esta vez sí me venció. Aflojé las manos y me doblé hacia delante con una arcada seca. Caí de rodillas frente a ella, con la cara a la altura de su entrepierna, respirando como podía, las manos apretadas sobre el paquete.

Vi sus mallas tensas a pocos centímetros, marcándole el monte del coño. La idea me atravesó la cabeza incluso con el dolor partiéndome por dentro, y me odié por ponerme caliente en ese momento.

No tuve tiempo de ordenar nada. Mara me agarró del pelo con las dos manos y me tiró hacia atrás hasta dejarme de espaldas en el suelo.

—Te lo buscaste.

Levantó la bota y me la dejó caer encima del paquete. No fue una patada rápida, fue peor: me aplastó los huevos con la suela y cargó el peso poco a poco, mirándome la cara mientras yo me encogía con un gemido ahogado. El dolor fue tan brutal que me nubló la vista.

Luego echó a correr.

Me quedé solo en la plaza, doblado sobre mí mismo, notando pulsaciones calientes entre las piernas. No sé cuánto tardé en poder incorporarme. Acabé sentado contra la pared, respirando despacio y palpándome por encima del pantalón con miedo real a encontrar algo mal.

Todo seguía en su sitio. Doliendo como si me hubieran molido a martillazos, pero entero.

Oí pasos acercándose y levanté la cabeza. Era Mara. Venía de vuelta a zancadas, todavía agitada, pero ya sin aquella rabia asesina en los ojos. Se quedó delante de mí y se pasó la lengua por los labios, incómoda por primera vez en toda la noche.

—Tío... lo siento —dijo, con la voz todavía acelerada—. Cuando me pongo así, me ciego. No controlo una mierda.

Me puso una mano en el hombro y yo di un respingo involuntario.

—He estado mejor —mascullé—. ¿Qué coño ha pasado?

Mara se encogió de hombros.

—Le pedí un cigarro y me llamó guarra. Ya sabes cómo acabo cuando me pinchan. —Bajó la mirada a mi entrepierna y frunció un poco la boca—. ¿Te hice mucho daño?

Negué por orgullo, pero la mentira debió de notarse en mi cara.

Ella no pidió permiso. Bajó la mano desde mi hombro hasta mi paquete y me palpó por encima del vaquero, primero con cuidado, luego con una curiosidad demasiado lenta para ser inocente. Sentí un latigazo de dolor... y debajo, una corriente de placer que me tensó entero.

—A ver —murmuró—. Déjame comprobarlo.

Su palma rodeó mis huevos a través de la tela. Apretó apenas un poco. Se me escapó el aire por la boca y noté cómo la polla empezaba a despertarse, dura, traicionera, empujando bajo la cremallera aunque cada milímetro de erección me doliera.

Mara alzó una ceja. Sonrió de lado.

—Vaya. Pues tan roto no estás.

Volvió a apretar, un poco más fuerte. Yo cerré los ojos y solté un gruñido que no supe si era de queja o de gusto. Cuando los abrí, ella me estaba mirando como si hubiera descubierto algo divertidísimo.

—No me digas que esto te pone.

—No sé qué coño me pone ahora mismo —admití, todavía jadeando.

Su risa fue corta y sucia. Dio un paso entre mis piernas abiertas y me agarró la mandíbula con una mano.

—A lo mejor te gusta que te manden.

Antes de que pudiera contestar, me besó. Metió la lengua sin suavidad, invadiéndome la boca al mismo tiempo que su otra mano seguía sobándome el paquete. Su beso sabía a cerveza, tabaco y adrenalina. Yo seguía sentado contra la pared, dolorido, y aun así la polla ya me golpeaba dura contra el pantalón.

—Joder... —murmuró contra mi boca—. Sí que te va la marcha.

Me dio una palmada seca en los huevos. El golpe fue corto, preciso. El dolor me dobló el vientre y, en la misma sacudida, me puso más tieso todavía. Ella lo notó al momento y soltó una carcajada baja.

—Mírate. —Me besó otra vez—. Te machaco las pelotas y te empalmas. Eres una cosa rara, ¿lo sabes?

—Y tú estás como una puta cabra —le dije.

—Puede. —Me mordió el labio—. Pero no te apartas.

Eso era lo peor. Tenía razón.

Le agarré el culo por encima de las mallas y apreté con fuerza. Sus nalgas eran duras, compactas. Mara soltó un jadeo brusco y me tiró del pelo, obligándome a pegar la cara a su pecho. No llevaba sujetador. Sus pezones se marcaban duros bajo la camiseta fina.

—Chupa —ordenó.

Le subí la tela hasta el cuello y saqué una teta pequeña y firme. La atrapé con la boca y le mordí el pezón. Mara arqueó la espalda y me clavó los dedos en el cuero cabelludo. Mientras yo le lamía y le chupaba la otra teta, ella me desabrochó el pantalón con una rapidez rabiosa.

Metió la mano dentro del bóxer y me sacó la polla de golpe. La tenía dura de verdad, gruesa, con el glande brillante de preseminal. Su mano empezó a subir y bajar rápido, sin ternura, casi como si me estuviera castigando con la masturbación.

—Hostia —escapó entre dientes—. Y todavía aguantas así.

Yo seguía mamándole los pezones, alternando succión y mordidas, mientras ella me pajeaba a ritmo corto y duro. El placer me subía por el vientre mezclado con el dolor sordo de los huevos, que todavía latían sensibles por los golpes. Esa mezcla me tenía fuera de eje.

—Mírame —dijo.

Levanté la cabeza. Sonreía con esa cara de problema que siempre había tenido, pero ahora había algo más: hambre. Sin dejar de masturbarme, me metió la rodilla entre las piernas y me golpeó otra vez en los huevos, dos toques secos, controlados, lo justo para arrancarme un gemido y hacerme apretar los dientes.

—Joder... —bufé, medio doblándome.

—Eso. Quiero oírte. —Me agarró del pelo—. Abre la boca.

Entendí tarde. Bajó la pelvis hacia mi cara. Le tiré de las mallas y se las bajé de un tirón hasta medio muslo. No llevaba bragas. Su coño apareció de golpe ante mí, con el vello oscuro húmedo y los labios brillantes. Olía a sudor, calle y excitación. Un olor real, fuerte, animal. Me volvió loco.

Le separé los labios con los dedos y metí la lengua. Ella soltó un jadeo ronco, la espalda pegada a la pared, las piernas abiertas a cada lado de mi cara. Su sabor era salado y espeso. La lamí de abajo arriba, despacio primero, hundiendo la lengua entre sus pliegues mojados, y luego más a fondo, más rápido, chupándole el clítoris hasta oírla maldecir.

—Así, cabrón... no pares.

Sus dedos seguían apretándome el pelo, guiándome. A ratos me restregaba el coño por la boca; a ratos me obligaba a quedarme justo en el punto que le hacía temblar las piernas. Yo la comía con ganas, abriéndola con la lengua, metiendo dos dedos para notar cómo me los apretaba por dentro.

Mara estaba empapada. Cada vez que le metía los dedos hasta el fondo me los recibía con un gemido más roto. Con la otra mano seguía sujetándome la polla y dándome tirones rápidos, descoordinados, como si quisiera tenerme al borde sin dejarme correrme.

—Fóllame ya —me soltó de pronto, tirándome del pelo para que la mirara—. Pero vas a hacer lo que yo te diga.

Se apartó de mí y se giró allí mismo, en mitad de la placita. Se apoyó con las manos contra la pared, arqueó la espalda y me ofreció el culo. Yo le bajé las mallas hasta las rodillas. Sus nalgas eran redondas y duras, marcadas por la tensión de las piernas. Entre ellas, el coño brillante me esperaba abierto y chorreando.

Me puse de pie como pude, todavía con un dolor sordo entre las piernas. Me escupí en la mano, me la pasé por la polla y se la coloqué en la entrada. Mara echó la cabeza hacia atrás para mirarme de lado.

—De una vez. Hasta el fondo.

Le obedecí. Entré de una embestida seca y profunda. El coño de Mara me tragó entero, apretado y caliente, y ella soltó un grito que rebotó en las paredes de la plaza. Yo me quedé un segundo clavado dentro, notando cómo me ordeñaba con las contracciones, y luego empecé a moverme.

Primero despacio, para coger ritmo. Después más fuerte. Mi pelvis chocaba contra su culo con un sonido húmedo y brutal. Ella abría más las piernas para recibirme mejor, empujando hacia atrás para pedirme más, y cada golpe me devolvía una mezcla de placer y punzadas en los huevos golpeados.

—Más duro —ordenó—. No me folles como si te diera pena.

Le agarré las caderas y le di justo como quería, con embestidas largas, profundas, violentas, sintiendo cómo mi polla salía casi entera y volvía a hundirse en su coño caliente. Mara empezó a gemir sin vergüenza, alto, ronco, mezclando órdenes con insultos.

—Así, hijo de puta... así. —Empujó el culo contra mí—. Dame polla, joder.

La plaza ya no me importaba. Podía pasar quien quisiera. Yo solo veía su espalda arqueada, el balanceo de sus tetas bajo la camiseta subida y la forma en que su coño me exprimía cada vez que le entraba hasta el fondo. Bajé una mano y le busqué el clítoris mientras la seguía follando. Estaba hinchado y resbaladizo. Se lo froté en círculos rápidos.

Mara soltó un alarido y se agarró a la pared.

—No pares, no pares, no pares...

Le hundí los dedos en la cadera y seguí castigándola con la polla mientras le trabajaba el clítoris. El coño le latía alrededor de mí, cada vez más descontrolado. De pronto una de sus manos vino hacia atrás y me atrapó los huevos.

Fue un agarre firme, lleno, deliberado.

Yo sabía lo que iba a pasar un instante antes de que ocurriera. Aun así no me aparté.

Mara tiró de mis huevos hacia abajo con fuerza mientras yo la estaba enterrando hasta el fondo. El dolor me atravesó de golpe, tan intenso que se me nubló la vista, y a la vez me lanzó una descarga de placer tan bestia que se me escapó un gemido animal. Mi ritmo se rompió. Me doblé sobre su espalda.

—Eso te gusta, ¿verdad? —susurró, apretando otra vez—. Dilo.

—Sí... joder, sí.

—Más alto.

—Sí, me gusta.

Su risa fue casi tierna, lo cual la volvió más perversa.

—Buena respuesta. Ahora sigue follándome.

Volví a moverme, medio borracho de dolor y excitación. Cada vez que mi pelvis chocaba con ella, sus dedos me apretaban los huevos justo lo suficiente para mantenerme al borde de algo nuevo, retorcido y adictivo. No era un polvo normal. Era una paliza convertida en juego, una forma sucia de obediencia.

Mara se corrió primero. Lo noté en la forma en que se tensó entera y me encerró dentro de ella. Su coño empezó a contraerse a sacudidas mientras gritaba contra la pared, moviendo el culo descontrolada. Seguí clavándosela sin bajar el ritmo, aprovechando ese espasmo húmedo, esa locura apretada que me exprimía la polla como una mano caliente.

Cuando pasó el temblor, se giró con rapidez sorprendente y me empujó hacia atrás hasta dejarme sentado otra vez contra la pared. Bajó entre mis piernas de rodillas. Tenía la boca brillándole de saliva y el coño mojándole los muslos.

—Todavía no te corres hasta que yo quiera —dijo.

Me agarró la polla y me la acarició despacio, casi con cariño, para luego darme una palmada leve en los huevos. Yo solté un siseo.

—Mira cómo tiemblas.

—Me has dejado hecho mierda.

—Y sigues más duro que antes. —Sonrió—. Me encanta.

Escupió sobre el glande y lo extendió con la mano. Luego abrió la boca y me metió la punta. Su lengua recorrió el frenillo con lentitud, torturándome. Después me tragó más, hasta la mitad, chupando con fuerza. La sensación me sacudió entera la columna.

Mara mamaba de maravilla, pero no como una amante dulce. Lo hacía como todo ella: apropiándose. Me sujetaba la base con una mano y con la otra me sobaba los huevos doloridos, alternando caricias con apretones cortos que me arrancaban espasmos de placer sucio.

—Hostia... —gemí, echando la cabeza hacia atrás.

Ella respondió hundiéndosela más. La tomó hasta donde pudo, se la sacó con un ruido húmedo y volvió a meterla, acelerando el vaivén de su boca mientras su mano subía y bajaba por el tramo que no podía tragarse. Su lengua trabajaba el glande en cada salida. La otra mano me amasaba el saco con perversidad experta.

Yo no duré mucho más. Demasiada tensión, demasiado dolor convertido en morbo, demasiado coño y demasiada boca. Le avisé como pude.

—Me corro.

Mara alzó los ojos hacia mí sin soltarme. En respuesta, apretó mis huevos una última vez y me tragó hasta el fondo.

Me corrí con un gemido largo, desordenado, vaciándome dentro de su boca. Noté los espasmos recorrerme el cuerpo entero mientras ella seguía chupando y tragando, sin apartarse, ordeñándome hasta sacarme la última gota. Mi pelvis tembló. Los muslos me cedieron. Si no hubiera estado ya sentado, me habría ido al suelo.

Cuando por fin aflojó, se sacó la polla de la boca despacio. No dejó escapar nada. Se relamió con toda la calma del mundo y luego se incorporó para besarme. Le abrí la boca esperando saborearme, pero no quedaba rastro: se lo había tragado todo.

Nos quedamos unos segundos respirando pegados, compartiendo el mismo aire caliente. Ella se subió las mallas con tranquilidad, como si acabara de fumarse un cigarro en vez de destrozarme la cabeza y el paquete en la misma noche.

—Ahora ya lo sabes —dijo, apoyándose otra vez en la pared, todavía jadeante—. Me ponen las peleas. Y me pone más cuando el tío aguanta.

La miré, todavía con el cuerpo temblando. La plaza seguía ahí, las ventanas, los pasos lejanos, una pareja que pasó al fondo y fingió no mirar aunque miró de sobra. Yo seguía con la polla sensible, los huevos ardiéndome y la cabeza hecha un lío.

—Estás fatal —murmuré.

Mara se encogió de hombros con esa media sonrisa suya.

—Y tú te has corrido como un cabrón.

No pude discutirle nada. Tenía la boca hinchada de besarla, los dedos oliendo a su coño y una verdad nueva golpeándome por dentro con la misma fuerza que sus rodillas: aquella noche, en una plaza sucia del casco viejo, descubrí que me excitaba cederle el control a una mujer capaz de hacerme daño y ponerme más duro al mismo tiempo.

Ella me ofreció la mano para levantarme. Dudé un segundo antes de agarrarla.

—¿Puedes andar? —preguntó, burlona.

—Si no vuelves a acercar la rodilla, sí.

Mara soltó una carcajada y se pegó a mi costado mientras salíamos de la plaza como si nada hubiera pasado. Pero antes de doblar la esquina me apretó el paquete una vez más, por encima del pantalón, lo justo para recordarme quién había mandado allí.

—No prometo nada —susurró.

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Comentarios(6)

TensionMax22

Que relato!!! me lo lei de un tiron sin poder parar. La tension que genera desde el principio es tremenda.

NoctámbulaMex

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo jajaja

Ferchu77

Muy bueno, el giro de la situacion es lo que te engancha. Sigue escribiendo!

LoboNocturno_22

Me recordo a una discusion que tuve hace tiempo que termino de una forma completamente inesperada. Estos relatos a veces te hacen pensar en cosas que casi no recordabas jeje. Muy bien narrado.

SabrinaC_MZA

buenisimo!!! espero el proximo con ansias

HectorMdZ

La forma en que cambia la dinamica entre los personajes es lo mejor del relato. Muy bien contado la verdad.

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