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Relatos Ardientes

La madura del cajero me puso de rodillas

Salí de casa con la cabeza caliente y el cuerpo todavía más. No era una noche cualquiera ni iba a fingir que sí. Llevaba varios días con ese hambre sorda entre las piernas, esa necesidad de que me tocaran, de que me abrieran las piernas contra una pared y me follaran sin demasiadas palabras.

Me llamo Verónica, tenía ya la edad suficiente para saber lo que quería y también para ir a buscarlo sin pedir permiso. Me puse un vestido rojo tan corto que cada paso me obligaba a sentir el roce del borde en la parte alta de los muslos, unos tacones negros y un perfume intenso. Quería miradas. Quería provocar. Y, si encontraba al hombre adecuado, quería terminar la noche con la garganta cansada de gemir.

Había salido de un bar sin suerte. Mucho idiota con sonrisa de catálogo y poca presencia de verdad. Hombres que miraban mucho y se acercaban poco, o que hablaban demasiado y no decían nada. Así que, antes de volver al coche, decidí pasar por un cajero automático a sacar efectivo.

La calle estaba medio vacía. Eran esas horas en que la noche ya no parece promesa, sino resaca adelantada. Empujé la puerta del cajero, entré y el olor me golpeó antes de que pudiera acostumbrar la vista a la luz blanca del cubículo.

Era un hedor agrio, rancio, de sudor seco, alcohol barato y ropa podrida. Fruncí la nariz al instante. Pensé que venía de la calle, de la humedad, de cualquier rincón sucio de la ciudad. Me acerqué a la máquina, metí la tarjeta y dejé el bolso en la repisa.

Entonces lo sentí.

No lo vi primero. Lo sentí. Una presencia a mi espalda, pesada y brusca, como si el aire se hubiera vuelto espeso de golpe. Cuando quise girarme, ya era tarde.

Un cuerpo duro se estampó contra el mío y me aplastó contra la repisa del cajero. El golpe me sacó el aire. Una mano me sujetó la cintura con violencia y la otra me cubrió la boca. Casi vomité ahí mismo. Tenía la palma grasienta, áspera, con un olor a cloaca que se me metió por la nariz y por la lengua.

—Quieta —gruñó junto a mi oído.

La voz era ronca, rota, y su aliento olía a vino pasado. Me agarré a la repisa con las uñas, intentando no perder el equilibrio sobre los tacones. El corazón me retumbaba en el pecho. Vi en la pantalla del cajero que el dinero estaba a punto de salir y comprendí enseguida lo que quería.

Era un robo. Eso pensé al principio. Un robo y tal vez algo peor.

Lo noté moverse detrás de mí, pegándose más. Su pelvis chocó contra mi culo. Llevaba un pantalón de deporte viejo, flojo, y aun así sentí cómo se le endurecía algo entre las piernas. Mi miedo subió un grado. Ya no era solo el dinero.

Su otra mano dejó de buscar los billetes y subió por mi vientre hasta mis pechos. Me los apretó con fuerza, sin delicadeza, amasándolos por encima del vestido. Solté un gemido ahogado de rabia dentro de su mano. La mezcla de asco y pánico me nubló durante un segundo.

—Mírate —murmuró—. Tan arreglada para que te revienten, ¿no?

Ahí cambió algo dentro de mí.

No se fue el miedo, pero se transformó. Yo no iba a dejar que aquel cerdo decidiera cómo terminaba esa noche. Si quería tocarme, si quería jugar a ser fuerte, iba a descubrir enseguida que había escogido mal a su presa.

Moví despacio la mano derecha hacia atrás, fingiendo torpeza, como si buscara separarlo. Alcancé el bulto de su entrepierna. Lo noté grande, duro a medias, encerrado en tela sucia. El muy hijo de puta tembló en cuanto lo agarré.

—Eso es… —jadeó, confundiéndolo todo—. Buena chica…

Buena chica. Casi me reí.

Apreté con toda la mano alrededor de su paquete. Fuerte. Mucho más fuerte de lo que él esperaba. Su respiración se cortó en seco. El gemido que soltó ya no fue de placer, sino de sorpresa.

—¿Te gusta tocar sin permiso? —murmuré contra su palma, apartándomela de un tirón de la boca.

No tuvo tiempo de responder. Cerré los dedos sobre sus huevos y tiré hacia abajo con violencia. Se dobló al instante. El cuerpo que me aplastaba perdió firmeza. Sentí cómo todo su peso vacilaba detrás de mí.

—Mierda… suelta… —balbuceó.

—Ahora no mandas tú.

Giré el cuerpo todo lo que me permitió el espacio y seguí aferrada a sus huevos como una tenaza. Por primera vez lo vi de frente. Era un hombre de edad difícil de calcular, consumido, con la barba crecida en parches, el pelo apelmazado y una mirada turbia. En otro tiempo quizá había tenido presencia; ahora era un animal derrotado envuelto en suciedad.

Lo estampé contra la pared lateral del cajero tirando de su entrepierna. No sé de dónde me salió aquella fuerza, quizá de la rabia, quizá de la humillación. Él quedó encorvado, con la frente casi tocando el cristal.

—Arrodíllate —le ordené.

—No… por favor…

Le retorcí los huevos hasta arrancarle un grito de verdad. Esta vez sí cayó de rodillas. El golpe contra el suelo sonó seco. Lo miré desde arriba, respirando fuerte, con el vestido subido un poco por la lucha y los pechos todavía doloridos por cómo me los había estrujado.

—Ahora vas a escucharme bien —dije—. Me tocaste. Me aplastaste. Me metiste esa mano de cerdo en la boca. Así que vas a pagar por cada segundo.

Intentó incorporarse. Le hundí la punta del tacón entre los muslos, justo debajo del paquete, y se quedó inmóvil. El miedo ya estaba en su cara. Eso sí lo entendía.

Mi coño seguía apretado, caliente, rabioso. Y eso me enfureció más. Incluso en ese momento, incluso con el asco pegado a la piel, el cuerpo me reaccionaba a la violencia, al control, al hecho brutal de dominar por completo a alguien que hacía un minuto me tenía inmovilizada. No era deseo por él. Era otra cosa. Poder puro. Castigo. Una descarga sucia que me latía en el clítoris.

—Bájate el pantalón —ordené.

Negó con la cabeza, lloroso.

—Hazlo o te reviento aquí mismo.

Mis palabras no eran teatro. Lo vio en mis ojos. Con manos temblorosas se aflojó el pantalón y la ropa interior hasta media pierna. Su polla saltó libre, ya medio caída, manchada de una corrida prematura que había empapado la tela. Los huevos le colgaban pesados, enrojecidos por cómo se los había machacado.

El espectáculo me dio asco. También me dio una calma fría.

—Míralo —le dije—. Te corriste encima como un puto animal con solo rozarme. Ni para violar sirves.

Le escupí las palabras a la cara. Él bajó la vista, humillado, jadeando entre hipidos cortos. El olor dentro del cajero seguía siendo insoportable, pero ahora mandaba yo y eso lo cambiaba todo.

—Chúpamela bota.

Me miró sin entender.

Le acerqué la punta del tacón a la boca. Dudó un segundo. Luego, con una vergüenza viscosa, abrió los labios y lamió el cuero negro.

—Más —dije—. Límpiala con la lengua. Como el perro que eres.

Obedeció. La escena era obscena de una forma distinta a la que yo había imaginado al salir de casa, pero el calor entre mis piernas creció. Ver a ese hombre reducido, tragándose su suciedad y su fracaso mientras lamía mi zapato, me estaba poniendo más de lo que quería admitir.

Le levanté la barbilla con la punta del pie.

—Ahora tócala.

—¿Qué?

—Tu polla. Quiero ver si todavía puede levantarse mientras te humillo.

Sus dedos se cerraron alrededor de la verga con miedo. Empezó a pajearse muy despacio. La tenía sorprendentemente gruesa, y en otras circunstancias quizá me habría fijado en eso antes. En aquellas, era solo otra herramienta para quebrarlo.

—Más rápido.

Se movió obediente, sentado a medias sobre los talones, con el pantalón a las rodillas, meneándose la polla delante de mí como un despojo. Cada vez que cogía ritmo, yo adelantaba el pie y le apretaba los huevos con la punta del tacón. Él gemía, se retorcía, y aun así seguía pajeándose.

—Dime qué eres.

—Una mierda…

—No te oigo.

—¡Una mierda! —gritó, con lágrimas en la cara.

—Eso eres. Una mierda caliente que se excita cuando la pisan.

Volví a presionar. Esta vez más fuerte. Se le torcieron los rasgos y casi dejó de tocarse.

—No pares —le espeté—. Si paras, aprieto más.

Obedeció. La polla se le endureció de nuevo entre jadeos y dolor. La visión era grotesca. Y sin embargo, mi respiración se había vuelto más rápida. Sentía la humedad pegándome la braga. El vestido, el olor, el cajero, el miedo transformado en control; todo se había mezclado en una tensión asquerosa y excitante.

Deslicé una mano por debajo del vestido. No llevaba medias, solo la tela mínima de unas bragas de encaje. Metí dos dedos y comprobé lo que ya sabía. Estaba mojada.

Él lo vio. Sus ojos se abrieron con una mezcla de dolor y hambre.

—No te confundas —dije—. No es por ti. Es por esto. Por verte abajo.

Saqué los dedos brillantes y se los planté delante de la boca. Dudó apenas un instante antes de lamerlos. Cerró los labios alrededor de mis dedos y los chupó con ansiedad. El asco me subió por el cuello, pero también un latigazo de placer tan brusco que apreté los muslos.

—Así —murmuré—. Traga.

Se tragó mi sabor como si fuera un premio. Le agarré el pelo sucio y tiré de su cabeza hacia atrás.

—¿Quieres tocarme de verdad? Pues me vas a comer el coño, pero como yo diga. Y si me das asco, te quedas sin huevos aquí mismo.

Me acerqué a la pared, me subí el vestido hasta la cintura y bajé las bragas hasta medio muslo. El aire frío del cajero me golpeó la piel húmeda. Abrí las piernas lo justo y lo atraje por el pelo hasta dejar su cara delante de mi sexo.

—Saca la lengua.

La sacó.

—Ahora lame.

Al primer contacto casi di un respingo. Su barba raspó la parte interna de mis muslos y tuve que concentrarme para no apartarlo. Su lengua subió torpe, insegura, desde la entrada hasta el clítoris. El contraste entre la suciedad del hombre y lo íntimo del acto me apretó el vientre de una forma brutal.

—Más despacio —ordené—. Ahí. No chupes como un imbécil. Lame.

Repitió el movimiento, mejor esta vez. Le guié con la mano en el pelo, marcándole el ritmo. Cuando encontraba el punto, lo mantenía; cuando se desviaba, le daba un tirón o le aplastaba un huevo con la punta del zapato hasta que gimoteaba y volvía a obedecer.

—Eso… así, cerdo… ahí mismo…

Mi voz salió rota. El cuerpo no entiende de orgullo cuando le aciertan. Su lengua trabajaba ya con hambre, pasando una y otra vez por mi clítoris, metiéndose después entre mis labios, lamiendo mi humedad como si quisiera vaciarme. Yo me sostenía con una mano en el borde del cajero y con la otra le sujetaba la cabeza, obligándolo a hundirse más.

El asco no se había ido; se había mezclado con el placer hasta volverse otra cosa. Una descarga sucia, afilada. Su boca me daba placer y al mismo tiempo me recordaba por qué lo tenía ahí abajo. Eso me excitaba más. Que no hubiera ternura, que no hubiera seducción, solo control.

—Méteme la lengua —le ordené.

Lo hizo. La punta entró y salió de mi coño mientras yo me frotaba el clítoris contra su labio superior. Solté un gemido más alto, demasiado alto para el tamaño de aquel cubículo, pero a esa hora ya me daba igual todo. Mis caderas empezaron a moverse solas, usándolo, follándome su boca a mi ritmo.

—No pares, no pares… joder…

Noté el orgasmo acercarse rápido, tenso, comprimido por toda la rabia anterior. Le hundí la cara entre mis piernas y me corrí con un espasmo seco, apretándole la cabeza, temblando sobre sus rodillas. Mi coño palpitó varias veces contra su lengua. Él siguió lamiendo hasta que tuve que apartarlo de un tirón.

Respiré hondo. Lo miré con la boca húmeda, la barba manchada, los ojos bajos. Seguía arrodillado. Seguía empalmado.

—Ponte de pie —dije.

Se incorporó torpemente, sujetándose la pared. Le dejé el pantalón bajado. Su polla estaba dura otra vez, tensa contra el vientre. Lo agarré de la verga con dos dedos y él soltó un jadeo entre miedo y alivio.

—Te voy a usar —le dije al oído—. Y luego te vas a acordar de mí cada vez que te duela entre las piernas.

Lo giré y lo obligué a apoyar las manos en la pared. Bajé la mirada a su culo huesudo, a las piernas flacas, a esa espalda de derrota. No me excitaba su cuerpo. Me excitaba su sumisión. Abrí mi bolso, saqué un preservativo que llevaba desde hacía tiempo y se lo desenrollé en la polla con movimientos rápidos.

—Ni se te ocurra pensar que voy a dejar que me ensucies más.

Me bajé las bragas del todo, las aparté con el pie y me acerqué por detrás. Guié la punta de su polla hasta mi entrada. Estaba mojada de sobra. Aun así, cuando entró el primer tramo, sentí un pinchazo fuerte que me arrancó un bufido. Era grueso, más de lo que esperaba.

—Quieto —le ordené.

Fui yo quien se ensartó despacio, milímetro a milímetro, hasta tragarlo entero. Cuando lo tuve dentro, cerré los ojos un segundo. Me llenaba mucho. Demasiado para aquel hombre que olía a calle y a miseria. Demasiado para lo excitada que estaba.

—Joder…

Él intentó moverse. Le estampé la palma en la espalda.

—No te he dado permiso.

Empecé a follármelo yo, corta al principio, sintiendo cómo me abría por dentro, cómo rozaba en cada embestida la parte sensible que me hacía aflojar las rodillas. Lo sujeté de la cadera con una mano y con la otra le agarré del pelo para mantenerlo inclinado hacia la pared.

El sonido de nuestros cuerpos llenó el cajero. Mi coño húmedo tragándolo y soltándolo. Sus jadeos contenidos. El golpeteo de mis tacones buscando apoyo. Poco a poco fui aumentando el ritmo.

—Así aprendéis —le dije entre dientes mientras lo cabalgaba por detrás—. A golpes. A dolor. A usar la polla solo cuando una mujer te lo ordena.

La verga me entraba profunda, seca de ternura, cruda. Cada vez que él intentaba marcar el paso, le clavaba las uñas en la cadera o le apretaba los huevos desde atrás para recordarle su sitio. Quería usarlo, no compartir nada con él.

—Ahora sí —solté al fin—. Fóllame, pero ni se te ocurra correrte.

Fue como soltar a un perro con correa corta. Empezó a embestir con ganas, torpe pero fuerte, chocando su pelvis contra mi culo. El cajero temblaba con cada golpe. Yo recibía cada arremetida con los muslos abiertos, empujando hacia atrás para que entrara más hondo. La sensación era brutal, animal. Me agarré a la máquina con ambas manos y dejé que me follara mientras yo seguía mandando con la voz.

—Más fuerte. No tan arriba. Ahí. Ahí, joder…

Mi excitación ya era total. El miedo inicial se había convertido en una corriente eléctrica que me subía del coño al pecho. Metí la mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris al ritmo de sus embestidas. Él gemía detrás de mí, cada vez más desesperado.

—Me voy a correr… —balbuceó.

Le eché la mano atrás y le apreté los huevos sin dejar de masturbarme.

—No todavía.

El grito que soltó me atravesó como una descarga. Se detuvo en seco, temblando dentro de mí, a punto de perderse. Lo mantuve así unos segundos, exprimiéndole el dolor justo hasta sentirlo al borde. Luego aflojé.

—Sigue.

Me embistió otra vez con una obediencia frenética. Yo ya no podía sostenerme mucho más. Sentía el orgasmo creciendo otra vez, más grande, empujado por el ritmo violento, por el control, por el hecho de estar usando a un hombre como castigo y como juguete a la vez.

—Voy a correrme —dije—. Y tú no lo haces hasta que yo te diga.

Me arqueé, empujé el culo hacia atrás y lo recibí entero mientras me frotaba más rápido. El clímax me explotó con una fuerza brutal. Me corrí jadeando, con las piernas temblando, el coño contrayéndose alrededor de su polla una y otra vez. Él gimió como si lo estuvieran degollando de placer.

—Ahora —le escupí—. Córrete.

Le bastó una embestida más. Se vació dentro del preservativo con espasmos violentos, clavándome las manos en la cintura. Yo seguí apretándolo con el coño hasta exprimirle la última sacudida, luego me aparté de golpe.

Quedó doblado, respirando como un animal cansado. Yo me subí las bragas, me bajé el vestido y me recolocé el escote con manos que aún temblaban. Lo vi quitarse el preservativo con torpeza. Antes de que pudiera hablar, le di una patada seca entre las piernas. No a reventarlo, no esta vez, pero sí lo bastante fuerte como para hacerlo caer de rodillas otra vez.

—Eso es para que no olvides quién manda cuando pones una mano encima de una mujer.

Se encogió sobre sí mismo, sujetándose los huevos, gimiendo. Recogí el dinero que seguía en la ranura del cajero, lo metí en el bolso y me acerqué hasta tenerlo muy cerca de la cara.

—Si vuelves a tocar a alguien sin permiso, la próxima no te dejo polla que usar. ¿Está claro?

Asintió con los ojos deshechos.

—Habla.

—Sí… está claro…

Lo miré un segundo más. Luego empujé la puerta y salí a la calle. El aire frío de la madrugada me limpió los pulmones. Caminé hasta el coche con las piernas todavía blandas y el corazón golpeándome fuerte, no de miedo ya, sino de la resaca salvaje de lo que acababa de pasar.

No era la noche que había salido a buscar. Yo quería una buena follada con un desconocido atractivo, no un cubículo apestoso ni un hombre roto ni un castigo convertido en orgasmo. Pero mientras arrancaba el coche y sentía el pulso todavía vivo entre las piernas, tuve que admitir una verdad incómoda.

Había empezado siendo su presa.

Y terminé usándolo hasta dejarlo de rodillas.

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Comentarios(6)

pampero_73

increible... me dejo sin palabras

Ceci_BA

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas. Que relato!!!

NachoCba87

Tremendo. Esa tension desde el comienzo me atrapo y no pude parar hasta el final.

ElPasoLento

jajaja el titulo me vendio solo, y no me defraudo para nada

LectorNocturno_BA

Me recordo a una situacion que vivi hace unos años... sin llegar a tanto, pero la tension que describes la entendi perfectamente.

MaribelR

Que narracion tan intensa! Se nota que sabes escribir. ¿Habra mas de estos personajes?

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