El trío con mi socio empezó en nuestra cocina
No creo en el destino, pero sí en esa clase de decisiones que uno toma sabiendo que van a complicarlo todo. La noche en que mi socio iba a cenar en casa para acostarse con mi mujer, yo ya llevaba horas excitado, inquieto y con esa mezcla de orgullo y vergüenza que me provocaba verla deseada por otro hombre. No era la primera vez que ella follaba con alguien más, pero sí la primera en que yo iba a dejarlo entrar en nuestra cocina, sentarlo a mi mesa y escucharlo respirar mientras fantaseaba con arrancarle la ropa a mi esposa.
Se llamaba Darío, aunque ese no era el nombre con que lo conocía medio mundo en la oficina. Para todos era el tipo serio, educado, correcto, el que medía sus palabras y parecía incapaz de decir «coño» sin pedir permiso. Para mí, desde hacía meses, era también el hombre que no podía mirar a mi mujer sin tragarse la saliva. Y para ella, desde hacía menos tiempo del que ambos querían admitir, era un cliente, un amigo y un hombre al que le temblaban las manos de ganas cada vez que la tenía cerca.
—¿De verdad quieres que venga? —me preguntó Nora desde el dormitorio, mientras elegía qué ponerse.
—Si no quisiera, no lo habría invitado.
—No me refiero a invitarlo a cenar.
La miré a través del espejo. Estaba desnuda de cintura para arriba, todavía con la falda puesta, probándose un sujetador negro que le levantaba el pecho de una forma casi ofensiva. Tenía la piel morena después de las vacaciones, el pelo aún húmedo y esa seguridad en el cuerpo que hacía que cualquier tela pareciera un pretexto para desnudarla.
—Sabes a qué me refiero —dije.
Nora sonrió. Le gustaba que hablara claro.
—Entonces sí —respondió—. Quiero que venga. Y tú también.
Ese «y tú también» se me quedó clavado en la cabeza. Porque hasta entonces el acuerdo era sencillo: yo saldría un rato, los dejaría solos y regresaría tarde. Limpio, ordenado, civilizado. Pero mi mujer me conocía demasiado bien para fingir que aquello era todo lo que yo quería. Yo no quería solo imaginarlo. Quería verla abrirle las piernas. Quería escuchar cómo le pedía polla. Quería saber si mi socio seguía siendo tan correcto con la cara hundida entre los muslos de mi esposa.
—No empieces —murmuré.
—No he empezado nada.
Se giró, vino hasta mí solo con la falda y el sujetador, y me agarró la polla por encima del pantalón. Ya estaba dura. Apretó despacio, disfrutando de mi respiración cortada.
—Mientes fatal —susurró—. Llevas todo el día pensando en cómo me va a comer el coño aquí mismo.
—Y tú llevas todo el día mojándote por eso.
—Claro que sí.
Me besó con hambre, metiéndome la lengua hasta que tuve que agarrarla de la cintura. Noté el borde del sujetador bajo los dedos, la curva tensa de su espalda, el culo firme bajo la tela de la falda. Bajé la mano y se la metí entre las piernas por encima de la ropa interior. Estaba caliente, húmeda ya.
—Todavía no ha llegado y ya estás empapada.
—Porque me vas contando el plan y se me pone el coño como una herida.
La frase me golpeó en el estómago. Así hablaba ella cuando estaba caliente de verdad: sin adornos, sin vergüenza, casi con crueldad. La empujé sobre la cama y me arrodillé para besarle el vientre. Le subí la falda, aparté la tela del tanga y le di una lamida larga, desde abajo hasta el clítoris. Se retorció soltando un gemido seco.
—No me jodas así antes de que llegue —dijo, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Por qué no?
—Porque quiero recibirlo con la cara de buena y el coño ardiendo.
Le metí dos dedos. Su cuerpo respondió al instante, cerrándose y abriéndose sobre mi mano. Chupé su clítoris con calma, disfrutando cómo se humedecía más, cómo me apretaba la muñeca con los muslos. Pero no la dejé correr. Saqué los dedos, me levanté y la dejé jadeando, furiosa y brillante de excitación.
—Cabrón.
—Es para que lo disfrutes más.
—No. Es para que tú lo disfrutes más.
Tenía razón.
***
Darío llegó puntual, con una botella de vino, una mirada nerviosa y la educación de un hombre que no sabía si dar dos besos o pedir permiso para respirar. Nora no le dejó elegir. Le abrió la puerta con el vestido puesto, el mismo sujetador debajo marcándole el pecho, y en vez de ofrecerle la mejilla le sujetó la cara y le besó la boca. No fue un saludo. Fue una advertencia.
Yo estaba a pocos pasos, viendo cómo mi socio tardaba medio segundo en reaccionar y otro medio en rendirse. La botella quedó torpemente atrapada entre su mano y el marco de la puerta mientras él intentaba besarla con prudencia. Nora le mordió el labio.
—Entra de una vez.
Él pasó, me miró y casi se disculpó con los ojos. Tuve que contener la risa.
—Relájate —le dije—. No estás robando nada.
—No pensaba…
—Ya sé lo que pensabas —cortó Nora—. Ven a la cocina.
Cenamos poco y bebimos más. Hablamos del trabajo, del viaje que yo tenía previsto la semana siguiente, de una reunión absurda con unos clientes insoportables. Todo era normal por fuera y completamente irreal por dentro. Darío no podía dejar de mirarle las piernas a mi mujer cada vez que cruzaba y descruzaba los muslos. Yo lo veía. Ella también. A veces lo hacía adrede, abriendo apenas lo suficiente como para enseñar la sombra del encaje.
—¿Vas a seguir fingiendo toda la noche? —le preguntó ella, apoyada en la encimera.
—No estoy fingiendo.
—Entonces deja de mirar como si te fuera a echar de casa por decir que me quieres follar.
Darío tragó saliva. Yo apuré el vino.
—Te quiero follar —soltó al fin, con la voz más ronca de lo habitual.
Nora sonrió despacio. Después me miró a mí.
—¿Ves? No era tan difícil.
Me puse de pie y recogí las copas, más por ocupar las manos que por otra cosa. La verga me latía dentro del pantalón desde que él había cruzado la puerta.
—Voy a salir un rato —dije, aunque ni yo me lo creí del todo.
—No —respondió ella.
Silencio.
Darío nos miró a los dos, tenso.
—Si prefieres que me vaya, me voy ahora mismo.
—Nadie ha dicho eso —respondí.
—Entonces quédate —dijo Nora—. Los dos.
Se bajó de la encimera, caminó hasta Darío y le aflojó la corbata. Despacio. Con una calma obscena. Él la observaba como si no supiera si tocarla o arrodillarse. Ella le abrió el primer botón de la camisa, luego el segundo. Le metió la mano por dentro y se la pasó por el pecho.
—Quiero que dejes de pensar tanto.
—Lo intento.
—No. Quiero que me toques.
Le agarró la muñeca y se la puso en una teta. Darío apretó con cuidado al principio, demasiado pendiente de hacerlo bien. Nora negó con la cabeza.
—Así no. Tócame como me has imaginado.
Eso lo rompió. Vi cómo algo se le soltaba dentro. La mano dejó de temblar y le llenó el pecho con hambre, apretando el sujetador, rozándole el pezón a través de la tela. Nora cerró los ojos un segundo. Después él la besó, ya sin educación, metiéndole la lengua, sujetándole la nuca. Mi mujer le abrió la camisa del todo y se pegó a su cuerpo.
Yo seguía allí. Ellos lo sabían. Y esa conciencia lo volvía todo más brutal.
—Bésame tú también —dijo ella, girando la cabeza hacia mí sin apartarse de él.
Fui hasta ellos y le agarré la cintura. La besé mientras Darío le besaba el cuello. Mis manos subieron por sus costados hasta las tetas y, por un instante, los dos la estábamos tocando al mismo tiempo. Nora gimió contra mi boca. Sentí el temblor de Darío al notar mis manos sobre las suyas, compartiendo el cuerpo de mi mujer.
—Joder —murmuró.
—Eso es —dijo Nora—. Quiero oírte.
Le bajé la cremallera del vestido y cayó al suelo. Debajo llevaba solo el sujetador negro y el tanga a juego. Darío dio un paso atrás para mirarla entera y se quedó clavado. Mi esposa era de esas mujeres que no piden atención: la arrastran. Alta, fuerte, con el coño escondido tras una tela mínima y las tetas tensas dentro del encaje, parecía hecha para desesperar a cualquiera.
—Quítaselo —me dijo ella a mí, señalando a Darío.
Le desabroché la camisa mientras ella le abría el cinturón. El aire de la cocina se volvió espeso. En segundos estábamos los tres medio desnudos y respirando más fuerte de lo normal. Nora se arrodilló delante de él sin apartar los ojos de los míos. Le bajó la cremallera y metió la mano dentro del calzoncillo. La polla de Darío saltó dura, gruesa, más grande de lo que yo esperaba. Ella sonrió.
—Con razón no podías pensar.
Le escupió en la punta y empezó a pajearlo lento. Darío soltó un gemido avergonzado que se convirtió en otro mucho más sucio cuando ella abrió la boca y se la tragó hasta donde pudo. La cabeza le desapareció entre los labios rojos, húmedos. Nora sabía chupar como pocas mujeres: sin prisa, sin teatro, usando la lengua donde hacía falta y la garganta cuando quería volver loco al otro.
Yo me apoyé en la encimera, hipnotizado. Mi polla ya dolía. Darío me miró una vez, como pidiendo perdón otra vez por existir. Le sostuve la mirada.
—Disfrútalo —le dije.
Eso fue suficiente. Nora subía y bajaba la cabeza mientras lo ordeñaba con la mano. Él le agarró el pelo, primero con timidez y luego con necesidad. Mi mujer dejó que la guiara, dejándose follar la boca con una docilidad que a mí siempre me volvía loco. Tenía el rímel apenas corrido, las mejillas encendidas y el sonido húmedo de la garganta tragándolo entero.
Me acerqué por detrás y le bajé el tanga. Su coño estaba abierto, brillante, pegajoso. Le separé los labios con dos dedos y vi cómo temblaba de ganas. Empecé a acariciarle el clítoris mientras ella seguía mamando. Gemía con la boca llena, vibrando sobre la polla de mi socio.
—Mírala —le dije a Darío—. Mira cómo está.
Él bajó la vista y casi se corrió al instante. Nora tuvo que apartarse un segundo para darle aire. Hilos de saliva le caían por la barbilla.
—No te corras todavía —ordenó.
La levanté del suelo y la senté en la encimera. Le abrí las piernas. Darío se quedó de pie entre ellas, sin tocarla aún. Nora se llevó dos dedos al coño y le mostró cómo salían mojados.
—Esto me lo estás haciendo tú —dijo—. Ahora ven y cómetelo.
Darío obedeció tan rápido que casi me hizo sonreír. Se arrodilló y hundió la cara entre sus muslos. Al primer lengüetazo Nora se agarró a mis hombros y soltó un gemido largo. Él lamía con hambre, más desordenado que técnico, pero mi mujer estaba tan caliente que cualquier contacto la encendía. Yo le solté el sujetador por detrás y le saqué las tetas. Le chupé un pezón mientras veía a mi socio devorarle el coño.
—Así —jadeó ella—. Joder, así.
Darío la abría con los dedos y le metía la lengua todo lo que podía. La barba le raspaba la piel interna de los muslos y eso parecía volverla todavía más loca. Yo le pellizcaba los pezones, se los lamía, se los mordía lo justo. Nora alternaba mi nombre con el suyo, sin pudor, sin elegir.
—Méteme dedos —le dijo a él.
Darío le hundió dos. Nora arqueó la espalda.
—Más.
Le metió tres, torpes pero fuertes. Ella empezó a follárselos moviendo las caderas sobre su mano. El sonido de la saliva y los dedos entrando en su coño era obsceno en la cocina silenciosa.
—Me voy a correr —dijo ella—. No pares.
Yo sabía que era verdad por la forma en que se le tensaba el abdomen. Darío también lo notó y redobló la lengua en el clítoris. Nora se corrió con un espasmo violento, cerrando las piernas sobre su cabeza y apretándome el brazo con uñas de verdad. Gritó bajo, ronco, como si la corrida le saliera desde el vientre. Darío siguió lamiendo hasta dejarla temblando.
Cuando levantó la cara, la tenía empapada.
—Ahora sí me gustas despeinado —dijo Nora, todavía jadeando.
Lo agarró de la nuca y lo besó, probándose a sí misma en su boca. Luego me miró.
—Quítate el pantalón.
Lo hice sin discutir. Ella bajó de la encimera y nos llevó al salón. Había algo ceremonial en cómo nos movía, en cómo ordenaba la escena según su deseo. Se tumbó en el sofá, abierta de piernas, una teta fuera del sujetador y la otra a medio escapar. Se tocó el clítoris mirándonos.
—Uno a cada lado. Quiero las dos bocas.
Nos arrodillamos casi al mismo tiempo. Yo fui a su cuello y a sus tetas. Darío volvió al coño. Nora se deshacía entre nosotros, repartiéndonos caricias, guiándonos. Me cogió la polla y la pajeara mientras él la comía. Yo me corrí casi de solo ver eso, pero aguanté a pura voluntad.
—No te corras, cabrón —murmuró ella en mi oído—. Quiero verte dentro cuando él mire.
Aquello terminó de romperme la cabeza.
La puse a cuatro patas sobre el sofá. El culo se le abrió perfecto frente a nosotros. Darío se quedó mirándolo como un hombre hambriento frente a un plato que no se atreve a tocar. Yo le agarré las caderas y le escupí en el coño antes de frotarme la punta por sus labios hinchados.
—Mírame —le dije a mi socio.
Entré despacio, pero ella estaba tan mojada que la mitad de la polla se hundió de golpe. Nora soltó un gemido sucio, con la cara enterrada en el respaldo.
—Joder… sí…
Seguí hasta el fondo y me quedé ahí un segundo, disfrutando cómo me apretaba. Después empecé a follármela de verdad. No suave. No romántico. Embestidas secas, cada vez más fuertes, abriéndole las nalgas con las manos. El sonido de los huevos golpeándole el coño llenó el salón.
Darío seguía mirando, hipnotizado, con la polla tiesa y el pecho subiendo y bajando.
—Tócate —ordenó Nora sin dejar de gemir.
Él obedeció. Se la agarró y empezó a masturbarse mirando cómo yo se la clavaba a mi mujer. El espectáculo me volvió más bruto. Le tiré del pelo a Nora, le arqueé la espalda y la follé todavía más fuerte.
—¿Así querías verla? —le dije a Darío—. ¿Así?
—Sí —respondió casi sin voz.
—Dilo bien.
—Sí, joder. Así. Quería verla así.
Nora giró la cara, con la boca abierta y los ojos húmedos.
—Ven aquí —le dijo a él.
Darío se acercó y ella le chupó la lengua mientras yo seguía entrando y saliendo de su coño. Él le sujetó una teta, luego la garganta, apenas con la mano apoyada. El gesto bastó para que mi mujer se estremeciera.
—Más fuerte —le pidió.
Darío apretó un poco. Yo noté cómo el coño se me cerraba con más fuerza.
—Te gusta que te agarren —murmuró él, sorprendido por su propia voz.
—Me gusta que no seas tan cobarde.
Eso hizo que él se creciera. Le agarró el cuello con firmeza y la besó mientras yo la follaba. Nora se dejó hacer, jadeando, excitada por esa mezcla de sumisión y control que tanto la ponía. La mano de Darío bajó por su vientre y encontró el clítoris.
—Así, carajo —gimió ella—. No paren, no paren.
Yo ya estaba al límite, pero aguanté al sentir que ella volvía a tensarse. Darío le frotaba el clítoris con precisión ahora, aprendiendo rápido, mientras yo mantenía el ritmo hasta hacerle crujir el sofá debajo. Nora se corrió otra vez con un temblor salvaje, apretando tanto que casi me sacó la corrida. Gritó nuestros nombres mezclados.
Salí de ella justo a tiempo y me corrí sobre la curva de su culo y la espalda baja, soltando un jadeo bronco. El semen le chorreó por la piel. Darío miró esa imagen y perdió el control. Se la sacudió dos veces más y se corrió sobre la alfombra y su propia mano, maldiciendo en voz baja.
Durante unos segundos solo se oyó nuestra respiración.
***
Podría haber terminado ahí. De hecho, cualquier persona sensata habría dejado las cosas en ese punto: dos hombres exhaustos, una mujer satisfecha y una frontera todavía reconocible entre el morbo y el desastre. Pero Nora nunca ha sido una mujer sensata cuando está caliente, y yo soy todavía menos lúcido viéndola así.
Se incorporó despacio, con el semen resbalándole por la espalda, y fue directa al baño. Volvió con una toalla, se limpió a medias y se sentó otra vez en el sofá, desnuda, relajada, con esa mirada de hambre tranquila que solo le queda después de una buena corrida.
Darío estaba rojo, avergonzado y fascinado al mismo tiempo.
—Lo siento —dijo, porque parecía no saber decir otra cosa.
Nora soltó una carcajada.
—¿Ves? Otra vez pidiendo perdón. Te has corrido viendo cómo me follaba mi marido. No has matado a nadie.
Yo fui a servirme un whisky. Me lo llevé a la boca de un trago y sentí que todavía seguía duro a medias. Mi mujer lo notó.
—No te has vaciado del todo.
—Puede ser.
—Y él tampoco.
Darío alzó la cabeza de golpe.
—Nora…
—¿Qué?
—No sé si…
—Claro que sabes. Lo que no sabes es si puedes decirlo.
Lo dejó en silencio. Ella se abrió de piernas, despacio, mostrándole el coño aún hinchado, brillante.
—Ven.
Darío se acercó como si caminara hacia algo sagrado y peligroso a la vez. Nora le cogió la mano y se la llevó entre las piernas. Él volvió a tocarla, esta vez más seguro. Yo me quedé de pie, observando, notando cómo el morbo me trepaba por la espalda otra vez.
—Ahora quiero verte dentro —le dijo ella.
—No sé si debería.
—Si vuelves a decir «debería», te echo.
Yo intervine entonces.
—Fóllatela.
Darío me miró. Necesitaba oírlo de mí, como si la autorización le quitara de encima el último peso. Asentí.
—Fóllatela y deja de pensar.
Nora se tumbó boca arriba y levantó las piernas. Darío se colocó entre sus muslos, se frotó la polla por el coño de mi mujer y soltó un gemido al sentirla mojada otra vez. Entró poco a poco, temblando. Ella cerró los ojos y dejó salir el aire despacio.
—Eso es… más…
Cuando se la clavó entera, Darío soltó un juramento. Yo veía su espalda tensa, sus manos agarradas a los muslos de mi esposa, el gesto casi incrédulo de estar dentro de ella al fin. Empezó a moverse primero torpe, luego con hambre real. Nora lo recibía con el cuerpo abierto, guiándolo con las caderas.
Me acerqué a su cabeza. Ella me agarró la polla y empezó a chupármela mientras Darío se la follaba. Esa imagen bastó para que volviera a endurecerme del todo: mi mujer mamándome con la boca ansiosa mientras otro hombre le golpeaba el coño. Se oía el choque húmedo de la penetración y el sonido de mi polla entrando y saliendo de sus labios.
—Joder, Nora… —balbuceó él.
Ella soltó mi verga lo justo para hablar.
—No me hables como si fueras a desmayarte. Fóllame.
Eso hizo. Aumentó el ritmo, hundiéndose con más violencia, sacándole gemidos cortos. Yo le sujeté la barbilla y se la volví a meter en la boca. Me chupaba sin perder detalle de la cara de Darío. A veces el control le brillaba más que el deseo.
La situación terminó de desbordarse cuando ella me agarró la mano y se la llevó al culo. No hizo falta que dijera nada. Le escupí en la entrada y empecé a frotarle un dedo alrededor. Nora se tensó, gimió sobre mi polla. Darío la miró, comprendiendo al instante lo que estaba pasando, y esa visión casi lo hizo correrse.
—No te corras todavía —le dije yo esta vez.
Le metí un dedo en el culo a mi mujer mientras él seguía follándola. El cuerpo de Nora se convulsionó. Le encantaba esa mezcla, el coño lleno y el culo invadido apenas lo justo para volverla loca. Metí un segundo dedo. Ella se apartó de mi polla para jadear.
—Sí… sí… así…
Darío ya estaba perdido. Se le notaba en la mandíbula, en el temblor de los muslos. Nora lo notó también y le ordenó:
—Córrete dentro.
Él se quedó quieto una fracción de segundo.
—¿Segura?
—Sí, joder. Dentro.
Con eso bastó. Darío empujó hasta el fondo y se corrió con un gemido ronco, derramándose dentro de ella mientras seguía moviendo las caderas por pura inercia. Nora apretó los ojos, disfrutando el calor de la corrida. Yo saqué los dedos de su culo y ella, aún jadeando, me llevó la mano a la boca para chuparlos.
La escena fue tan obscena y tan íntima a la vez que me dejó sin habla.
***
Después nos quedamos un rato sin movernos demasiado. Darío se dejó caer en el suelo junto al sofá. Nora apoyó la cabeza en mi muslo. Yo le acaricié el pelo y miré al hombre que acababa de follarse a mi mujer en mi salón. Ya no parecía un socio. Tampoco un extraño. Parecía un hombre al que acababan de abrir una puerta de la que no iba a salir ileso.
—Esto complica las cosas —dijo al fin.
—Claro —respondí.
—Mucho.
Nora sonrió sin abrir los ojos.
—Solo si mañana vuelves a fingir que no me deseas.
Darío respiró hondo.
—Eso ya no va a ser posible.
Yo seguí acariciándole el pelo a mi mujer mientras notaba el olor del sexo todavía en el aire: saliva, sudor, coño abierto, corridas secándose en la piel y en la tela del sofá. Afuera, la ciudad seguía con su ruido indiferente. Adentro, en cambio, algo se había movido de sitio para siempre.
No era amor. No era solo vicio. Era peor y mejor a la vez.
Era saber que, a partir de esa noche, los tres íbamos a mirarnos distinto.
Y que ninguno iba a querer volver atrás.
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