Lo que las atletas hacían con sus novios sumisos
Aquel día empezó como cualquier otro. Daniela llevaba casi una hora dando vueltas al circuito del gimnasio del club, el lugar donde entrenaba desde que entró en la universidad a los veintitrés. Tenía el pelo rubio recogido en dos coletas altas que se balanceaban con cada zancada, y los ojos verdes fijos en el cronómetro de la pared. Sabía que medio campus la seguía en redes sociales, y sabía exactamente por qué. No era humildad falsa: el cuerpo que se había construido a base de sentadillas y madrugones levantaba más que aplausos.
—Venga, una más —se dijo en voz baja antes de encarar otras dos vueltas al circuito.
Cuando terminó, frenó en seco y miró el reloj. Buen tiempo. Esbozó una sonrisa, caminó hasta el banco donde había dejado la toalla y empezó a secarse el sudor del cuello y de los brazos. La ropa de entrenamiento se le pegaba a la piel, ajustada, sin nada debajo, marcando cada curva como si fuera una segunda capa húmeda.
—Ey, Daniela —la saludó Roxana, una pelirroja de cuerpo esculpido que jugaba en el equipo de vóley del club.
Tenía los ojos de un violeta extraño, casi imposible, y esa mirada solía dejar a la gente sin saber qué decir. A Daniela ya no la sorprendía. Llevaban demasiado tiempo compartiendo vestuario.
—Hola —devolvió el saludo, dejando la toalla a un lado—. ¿No estás con tu chico hoy?
—No. Estará en casa recuperándose de lo de anoche —dijo Roxana, y soltó una risa baja.
—Pobre. Le vas a dejar inservible.
Las dos rieron a la vez, una carcajada cómplice que rebotó contra las paredes vacías del gimnasio.
—Hablando de eso… —Roxana se sentó en el banco de al lado y se quitó la parte superior con un gesto perezoso, abanicándose con la mano—. ¿Te enteraste de lo de Bruno?
Los pezones rosados de Roxana quedaron al descubierto. Daniela se acercó por detrás, le pasó las manos por la cintura y empezó a acariciarla despacio, subiendo hacia el pecho. Roxana cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo mientras llevaba una mano entre sus propias piernas, por encima del pantalón.
—Algo oí —murmuró Daniela contra su nuca—. Que andaba pidiéndole fotos a Lucía como un idiota. —Le mordió el cuello con suavidad—. Yo a mi novio anoche lo dejé sin ganas justo cuando se creía que iba a terminar.
—Eres terrible —se rio Roxana, girando la cabeza para buscarle la boca.
Se besaron, y el beso pasó de juego a hambre en cuestión de segundos. Las lenguas se buscaron con una urgencia que ninguna de las dos disimuló. A esa hora el gimnasio estaba casi desierto; solo quedaban un par de chicas del equipo al otro lado, demasiado lejos para enterarse, demasiado acostumbradas para que les importara.
***
Cinco minutos después estaban las dos desnudas sobre la colchoneta del rincón, enredadas, con las manos perdidas entre las piernas de la otra. Los gemidos de Roxana resonaban en el techo alto del local. Daniela conocía cada punto de aquel cuerpo, sabía exactamente dónde apretar y dónde aflojar para tenerla suplicando.
Habían formado un grupo pequeño, casi un secreto: cuatro o cinco atletas del club que compartían algo más que rutinas de entrenamiento. Lo que las unía no era solo el sexo. Era el placer de mandar. Hablaban durante horas de las formas en que ponían a sus parejas de rodillas, y esas conversaciones, susurradas en los vestuarios, las encendían tanto como cualquier caricia.
Daniela no aguantó más. Se levantó, hurgó en su bolsa de deporte y sacó un consolador con arnés que llevaba consigo desde hacía meses. Se lo ajustó con la naturalidad de quien se ata las zapatillas.
—Ponte a cuatro —ordenó.
Roxana obedeció al instante, apoyando las rodillas en la colchoneta y arqueando la espalda. Con dos dedos se abrió ella misma, ofreciéndose.
—A mi novio nunca lo dejo metérmela por detrás —dijo, mirándola por encima del hombro.
—Normal. Con lo poco que tiene… —Daniela se rio antes de empujar de golpe, arrancándole un grito ronco.
Empezó a moverse con ritmo, las manos clavadas en las nalgas sudorosas de Roxana, marcando un compás cada vez más firme. Una de esas manos se desprendió y subió hasta su propio pecho, apretándose el pezón mientras embestía. No era una polla de verdad, pero el poder que sentía empuñando aquel arnés valía más que cualquier cosa.
—Dime que te gusta —le exigió, dándole una palmada seca en la nalga.
Roxana gritó. Era la sumisa del grupo, igual que su novio lo era con ella; le gustaba que la trataran así, que le hablaran con dureza, que la usaran. La mente se le iba poniendo en blanco a medida que las embestidas se volvían más fuertes. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con sus jadeos, y lo que empezó como humedad terminó empapado.
—Las dos a la vez —jadeó Daniela, sintiendo que ella también estaba al borde.
Unas embestidas más bastaron. El orgasmo las recorrió casi al mismo tiempo, y se desplomaron sobre la colchoneta, riéndose, cubiertas de sudor. Pero ninguna de las dos había tenido suficiente. Volvieron a besarse, los cuerpos resbalando uno contra otro, hasta que fue Roxana quien tomó el arnés y le devolvió a Daniela cada embestida con la misma intensidad.
***
Cuando salió del club ya había caído la tarde. Daniela caminó hasta su piso con esa sonrisa de oreja a oreja que se le quedaba siempre después de entrenar y de todo lo demás. Vivía con su novio, Teo, en un apartamento que pagaba él. Teo era callado, tímido, un chico de informática que había heredado dinero y que vivía para complacerla. Ella estaba con él en parte por comodidad y en parte por algo que tardó en admitir: le gustaba tenerlo a sus pies.
Lo encontró saliendo de la ducha, con una toalla a la cintura. Hacía calor, así que él se había dado un agua fría y el frío le había encogido todo.
—Hola, cari… —empezó a decir él.
—Uf, qué cansada estoy —lo cortó ella, y de camino a la cocina le dio un golpe seco con la rodilla en la entrepierna, sin avisar, casi sin mirarlo.
Teo se dobló sobre sí mismo y se dejó caer al suelo con un quejido ahogado. Daniela pasó por su lado como si no existiera.
—No es culpa mía que me lo pongas tan a tiro —se rio, abriendo la nevera para buscar algo de comer.
Él se quedó un rato en el suelo, recuperando el aliento, y para su propia vergüenza descubrió que aquello, lejos de enfadarlo, le gustaba. Llevaba meses así. Cada humillación, cada orden, cada desprecio calculado lo hundía un poco más en una sumisión de la que no quería salir. Sabía que ella jugaba con él. Sabía que lo elegía precisamente por eso. Y no podía dejarla.
Esa noche, sin embargo, Daniela decidió ser generosa. Desnuda sobre la cama, con el teléfono en la mano y una pierna estirada sobre la otra, lo llamó con un gesto del dedo.
—Anda, ven. Hoy te dejo —dijo, bostezando por el cansancio acumulado del día.
—¿En serio? —Teo se subió a la cama de un salto, ansioso, casi tropezándose.
Ella separó las piernas con desgana, sin dejar de mirar la pantalla. Él se acercó, rozó la punta contra ella; estaba más resbaladiza que otras veces, por una crema que Daniela se había puesto a propósito, calculando el efecto. Y justo cuando iba a empujar, antes incluso de entrar del todo, Teo dejó escapar un gemido y terminó.
Daniela bajó el teléfono muy despacio. Lo miró con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—¿Ya está? —preguntó.
—Lo siento, lo siento, es que…
No le dio tiempo a terminar. Con la planta del pie le empujó la entrepierna y lo mandó fuera de la cama, al suelo, donde se quedó hecho un ovillo, jadeando.
—Inútil —dijo ella, volviendo a la pantalla del teléfono como si nada hubiera pasado.
Desde el suelo, dolorido y humillado, Teo la miró con una mezcla de vergüenza y devoción que no sabía explicar. Le ardía todo. Y aun así, lo único que pensó, lo único que sintió en realidad, fue que no quería estar en ningún otro lugar del mundo que no fuera exactamente ese: a los pies de ella, esperando la próxima orden.
Ella lo supo. Siempre lo sabía. Apagó la luz sin mirarlo, lo dejó tirado en la oscuridad, y se durmió con la misma sonrisa con la que había salido del gimnasio aquella tarde.