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Relatos Ardientes

La noche bdsm que me hizo soltar el control

El aire frío de la galería me cortaba la piel por encima del vestido, pero no era solo eso. Había otra clase de temblor dentro de mí, uno más hondo, más sucio, como si llevara toda la noche esperando que algo me partiera la rutina por la mitad. Sonreía, asentía, sostenía una copa de champán y fingía interés en conversaciones vacías, igual que hacía siempre. Nadie veía el cansancio real. Nadie veía el hambre.

Yo era la mujer que resolvía todo. La que dirigía reuniones, cerraba acuerdos y nunca perdía la compostura. También era la mujer que volvía sola a un departamento impecable, se quitaba los tacones en silencio y se quedaba mirando el techo con la sensación de que su vida estaba llena de cosas importantes y completamente vacía al mismo tiempo.

Lo sentí antes de verlo.

Cuando levanté la mirada, él ya me estaba observando desde el otro lado de la sala. No era el más llamativo ni el más ruidoso. Tenía algo peor: seguridad absoluta. Un traje oscuro, la mandíbula tensa, los ojos clavados en mí con una calma que no pedía permiso. Parecía un hombre acostumbrado a entrar en una habitación y decidir, sin hablar, quién iba a doblarse primero.

Intenté volver a la charla con un empresario que me hablaba de inversiones. No pude. La mirada de ese desconocido me recorría el cuello, los hombros, la forma en que apretaba la copa demasiado fuerte. Me estaba leyendo. Y lo más perturbador fue sentir que acertaba.

Se acercó despacio.

—Disculpa un momento —murmuré al hombre que tenía enfrente.

Di medio paso, pensando en ir al baño o a la terraza, a cualquier parte. No me moví. Él llegó hasta mí y se detuvo lo bastante cerca para invadirme sin tocarme. Olía a madera, lluvia y algo más, algo limpio y peligroso.

—Estás tensa —dijo.

Su voz era baja, firme, sin una sola duda. No me preguntó mi nombre, no se presentó primero, no hizo el teatro social que se espera en esos lugares. Simplemente me habló como si ya supiera quién era y qué me faltaba.

—Nos conocemos, ¿señor...? —empecé.

—Damián —respondió—. Y no necesitas fingir conmigo.

Sentí el golpe de esas palabras en el pecho. Mi reacción lógica fue irritarme. Mi cuerpo reaccionó de otra manera. Se me aflojaron las rodillas y una humedad tibia se acumuló entre mis muslos con una rapidez humillante.

Bajé la mirada al colgante que llevaba en el escote, dispuesta a aferrarme a ese tic nervioso de siempre. Su mano atrapó la mía antes de que pudiera hacerlo. Dedos largos, firmes, cálidos.

—No hagas eso —ordenó.

No fue brusco. Fue peor. Fue natural, como si tuviera derecho.

Me quedé quieta. Yo, que estaba acostumbrada a dar instrucciones y cortar conversaciones con una frase, me quedé muda porque un desconocido me había dicho qué hacer y una parte de mí, una parte avergonzante y hambrienta, acababa de relajarse con esa orden mínima.

—Mírame —dijo.

Levanté los ojos a regañadientes. Él no sonreía. Me observaba con una dureza serena que me desnudaba más que cualquier mano.

—Suelta la copa.

—¿Por qué? —susurré.

—Porque te lo digo yo. Y porque ya estás cansada de sostenerlo todo sola.

El ruido de la galería se volvió un zumbido lejano. Mis dedos temblaron alrededor del cristal. Abrí la mano. La copa resbaló, pero él la atrapó antes de que cayera y la dejó a un lado sin apartar la vista de mí.

—Buena chica —murmuró.

Sentí ese elogio entre las piernas como una descarga obscena. Quise odiarlo. Quise darle una respuesta seca, irme, ofenderme. En cambio, me quedé ahí, respirando más rápido, con el coño húmedo y el orgullo empezando a resquebrajarse.

Él acercó la boca a mi oído.

—Vamos a salir de aquí.

No dijo «¿quieres?». No preguntó nada.

***

El aire de la calle me golpeó la cara, pero no logró enfriarme. Caminé a su lado guiada por la mano que mantenía en la parte baja de mi espalda. No me empujaba. No hacía falta. Cada vez que mi cabeza intentaba recordar lo absurdo de la situación, esa palma se afirmaba apenas y yo seguía avanzando.

Su coche estaba esperando junto a la acera, oscuro y limpio como todo en él. Abrió la puerta del copiloto.

—Entra.

Vacilé un segundo. Él se inclinó un poco, lo justo para dejarme su voz encima.

—No pienses. Si sigues pensando, vas a salir de aquí igual de vacía.

Me senté.

Dentro olía a cuero nuevo y a su perfume. Cuando él ocupó el asiento del conductor y arrancó, el silencio fue denso, íntimo. Miré por la ventana unos minutos antes de admitir en voz baja:

—No sé qué estoy haciendo.

—Sí lo sabes. Solo te asusta admitirlo.

No discutí. No pude.

En un semáforo, apoyó la mano sobre mi muslo, alto, cerca del borde del vestido. El contacto atravesó la tela y me dejó sin aliento.

—Abre las piernas.

—Estamos en la calle.

—No te hice una observación. Separa las piernas.

Lo hice despacio, con la cara ardiendo. Mis rodillas se abrieron apenas. Su mano no fue hacia el centro. Se quedó dominando ese espacio, recordándome que estaba accesible para él sin siquiera tocarme donde más me dolía.

—Eso —dijo—. Mira cómo obedeces. Mira cómo te mojas con algo tan simple.

Me mordí el labio. Él inhaló con calma.

—Sí. Ya puedo olerlo.

Gemí muy bajo, de pura vergüenza. El semáforo cambió. Él siguió conduciendo con la mano fija en mi muslo y yo apoyé la cabeza en el asiento, cerrando los ojos. Ya no estaba luchando de verdad.

***

Su departamento estaba en una torre silenciosa de concreto y cristal. Subimos en un ascensor privado sin hablar. Mi reflejo en las paredes de acero me devolvía una imagen extraña: el maquillaje intacto, el cabello en su sitio, la respiración descompuesta. Yo seguía pareciendo la misma mujer. No lo era.

El apartamento era amplio, oscuro, exacto. Nada fuera de lugar. Dejó su chaqueta sobre un sillón.

—Bolso en la entrada.

Lo obedecí. Soltarlo me hizo sentir más desnuda que quitarme el vestido.

Él se aflojó la corbata sin quitársela y me miró de arriba abajo.

—Si hubieras venido como invitada, te ofrecería una copa. Te preguntaría si tienes frío. Haría conversación. Pero no estás aquí para eso.

Se acercó un paso más. Yo levanté la barbilla por costumbre, intentando recuperar algo de control. Él me sostuvo la mirada.

—Estás aquí porque quieres dejar de mandar por una noche. Porque estás harta de sostener tu vida con los dientes. Porque quieres que alguien te vea, te ordene y te haga callar esa cabeza. ¿Me equivoco?

La verdad me salió sola.

—No.

Su mano se cerró en torno a mi cuello, sin apretar, solo marcando el sitio de mi pulso.

—Todavía puedes irte. Pero si te quedas, se hace a mi manera. Yo mando. Tú obedeces. Si algo te sobrepasa, lo dices claro. Si no, haces lo que te ordene. ¿Entendido?

Asentí.

—Con palabras.

—Sí.

Su pulgar rozó mi garganta.

—Bien.

Me incliné hacia él esperando un beso. Se apartó de golpe.

—No te he dado permiso para eso.

La frustración me atravesó como una cuchillada caliente. Él tomó una fusta corta de una mesa lateral y la dejó descansar en la palma como quien agarra una herramienta conocida.

—Quítate el vestido.

Mis dedos fueron a la cremallera de la espalda. Temblaban. El cierre bajó despacio. La tela se deslizó por mi cuerpo hasta caer a mis pies. Me quedé en lencería oscura y medias, con los brazos cruzados sobre el pecho por puro reflejo.

Zas.

La fusta golpeó su propia mano y di un salto.

—Baja los brazos. No te escondas.

Los dejé caer. Sentí los pezones endurecerse detrás del encaje y supe que él lo había notado.

Caminó alrededor de mí sin tocarme, trazando con la punta de la fusta mi espalda, mi hombro, el valle entre mis pechos. El contacto ligero me hizo estremecer más que un golpe.

—Todo fuera.

Me quité el sostén, las bragas, las medias. Quedé desnuda bajo su mirada, con el cuerpo tenso y el coño latiendo de necesidad. Él no se apresuró. Me examinó como si estuviera comprobando una pieza antes de usarla.

—Separa los pies.

Obedecí.

—Manos detrás de la espalda.

Lo hice. Mis pechos quedaron más expuestos. El calor me subió por el cuello.

—De rodillas.

Miré el suelo un segundo. Esa postura era el punto exacto donde mi orgullo quería resistirse y mi cuerpo quería rendirse. Terminé apoyando primero una rodilla y luego la otra sobre la madera.

Él me acarició el cabello.

—Así está mejor.

***

Desde abajo se veía enorme. Se agachó frente a mí con un collar de cuero negro en las manos. La hebilla brilló un instante.

—Levanta la barbilla.

Lo hizo él mismo cuando tardé. El cuero rodeó mi cuello y el sonido del ajuste me corrió por la espalda. No estaba tan apretado como para doler, pero sí lo suficiente para que notara su presencia cada vez que tragaba saliva.

—Ahora sí te ves como lo que eres esta noche.

Gemí sin querer. Él sonrió apenas.

—Rodillas más abiertas. Manos detrás de la nuca.

Obedecí. Quedé ofrecida de una forma casi obscena, con el culo expuesto y las nalgas tensas por la anticipación.

El primer azote de su mano abierta me partió el aire de los pulmones.

—¡Ah!

—Quieta.

El segundo golpe cayó en la otra nalga. Ardió de inmediato. Luego vinieron dos más, secos, medidos, bastante fuertes para encenderme la piel y para ponerme más húmeda todavía. Me picaron los ojos. No era sufrimiento real, era intensidad. Humillación. Un lugar en mi cabeza donde no cabía nada más.

Él masajeó después la zona enrojecida con la palma caliente, transformando el escozor en un calor espeso y palpitante. Su otra mano se deslizó por mi vientre hasta encontrarme entre las piernas. Rozó mis labios hinchados con dos dedos y soltó una exhalación baja.

—Empapada. Te pego y te mojas más. Qué puta maravilla.

Metió un dedo apenas, solo la punta, lo suficiente para recoger mi humedad y sacarlo.

—Por favor... —se me escapó.

—Todavía no.

Se puso de pie y me dejó vacía, ardiendo, abierta.

—Al dormitorio.

***

La cama era enorme, vestida con sábanas negras. Subí cuando me lo ordenó. Él abrió un cajón y sacó esposas acolchadas de cuero y una venda de seda.

—Boca arriba.

Me tendí con el corazón martillándome en el pecho. Levanté los brazos. Las esposas cerraron en mis muñecas con dos clics nítidos y me dejaron sujeta al cabecero. Tiré por instinto. No cedían.

—La inmovilidad te va a hacer bien —dijo—. Ya no tienes que decidir nada con esas manos.

Pasó la palma por mi brazo, el costado, la cintura. Yo me arqueé buscando más. Él se detuvo.

—Y tampoco quiero tus ojos vigilando.

La venda cubrió mi vista. Todo desapareció. El cuarto, la ciudad, su cara. Solo quedó mi respiración y el ruido de la tela cuando él se movía.

La primera sensación fue un cubo de hielo deslizándose entre mis pechos. Jadeé. El contraste me hizo retorcerme contra las ataduras. El agua fría bajó por mi vientre, rodeó un pezón sin tocarlo del todo, siguió más abajo. Mi cuerpo entero estaba pendiente de ese recorrido miserable y delicioso.

—Sensible —murmuró él.

El hielo llegó a la cadera, se detuvo, se apartó. Yo abrí más los muslos, desesperada, esperando que bajara al centro. No lo hizo.

—Aprende a esperar.

Sus dedos separaron mis piernas. Sentí el aire contra el coño empapado y casi me corrí solo con esa exposición. Entonces su pulgar encontró mi clítoris.

El contacto me arrancó un gemido ronco. Empezó a frotar despacio, en círculos precisos, sin regalarme nada, llevándome justo hasta donde el cuerpo empieza a suplicar y luego frenando. Subía un poco el ritmo cuando yo jadeaba. Lo bajaba cuando empezaba a seguirlo. Me estaba afinando. Me estaba volviendo loca.

—¿Lo quieres? —preguntó junto a mi oído.

—Sí.

—¿Qué quieres?

—Correrme.

Aceleró. Mi vientre se tensó, la descarga empezó a crecer, el orgasmo se armó en un segundo detrás del ombligo.

Y me soltó.

Me quedé jadeando, a un paso del abismo, con los nervios gritando de frustración.

—No —dijo con frialdad—. Todavía no te lo ganaste.

Lloriqueé de pura necesidad. Escuché un cajón abrirse, el sonido de una hebilla, el zumbido grave de un juguete.

—Date la vuelta.

Me costó horrores hacerlo atada de las muñecas. Cuando por fin quedé boca abajo, él me abrió las piernas y me sujetó los tobillos a la base de la cama. Estirada así, en una X torpe y humillante, sentí que ya no me pertenecía ni un músculo.

El primer golpe de la fusta en la parte alta de los muslos me hizo gritar contra la almohada.

Zas.

El segundo cruzó el primero y me dejó ardiendo. Mi coño chorreó aún más entre las piernas abiertas. Él acarició las marcas con la mano, luego encendió el vibrador y lo pasó por mi espalda, bajando vértebra a vértebra hasta las zonas enrojecidas. Donde esperaba dolor, apareció un placer agudo y confuso que me hizo temblar.

—Eso es. Deja que todo se mezcle.

Presionó el vibrador en la parte interna de mis muslos, muy cerca, sin tocar el clítoris. Las ondas me hacían palpitar por dentro. Cuando empecé a mover las caderas desesperada, me agarró del pelo y me obligó a quedarme quieta.

—Quieta. No persigues el placer. Esperas a que yo te lo dé.

Entonces apoyó el juguete justo en la entrada de mi coño, contra los labios húmedos, vibrando ahí, sin entrar, sin ir al punto exacto. Yo estaba fuera de mí.

—Por favor, Damián...

—Todavía no.

La palmada cayó sobre una nalga justo cuando mantenía la vibración pegada a mi entrada. El golpe, el zumbido, la tensión acumulada y mi cuerpo ya pasado de vueltas detonaron juntos.

Me corrí de golpe, violento, sin elegancia, con un grito roto contra la almohada y las piernas sacudiéndose inútilmente en las ataduras. Mis músculos se cerraron en espasmos, el coño apretando el vacío, la piel entera encendida. Él mantuvo el vibrador unos segundos más, exprimiendo cada contracción hasta volverme casi insoportable la sensibilidad.

Cuando lo apagó, yo estaba temblando y respirando como si hubiera corrido kilómetros.

—Bien —dijo junto a mi espalda—. Ahora ya no piensas tanto.

***

No me soltó. Noté el clic de un envase, el lubricante frío entre mis piernas y después sus dedos, primero uno, luego dos, entrando despacio en mi coño todavía tembloroso. Me abrió con movimientos firmes, metódicos. Yo empujé las caderas hacia atrás buscando más.

—Relájate. Tómalo bien.

Sus dedos salieron. Un objeto más grueso, de silicona lisa, presionó mi entrada.

—Esto también.

Empujó despacio, centímetro a centímetro. Era ancho. Mi coño lo tragó con resistencia al principio y luego con una necesidad obscena. Cuando quedó completamente dentro, soltó un jadeo satisfecho y yo me sentí llena, abierta, ocupada de una forma que anuló por completo el vacío después del orgasmo.

—No lo saques.

Apreté alrededor del juguete por puro reflejo, aterrada de perderlo.

—Eso. Sostenlo para mí.

Me liberó los tobillos y luego volvió a colocarme boca arriba sin desatarme las manos. El cambio de postura hundió más el juguete dentro de mí y gemí. Tenía las piernas abiertas, las muñecas sujetas arriba, el coño lleno y el pecho subiendo y bajando como si todavía no hubiera vuelto del todo al mundo.

Escuché su cinturón. La cremallera. El roce de la tela al bajar.

Se arrodilló entre mis piernas.

—La boca también te la quiero ocupada.

Su polla rozó mis labios y abrí la boca sola. Estaba dura, caliente, viva. Él me agarró del pelo por detrás para fijarme la cabeza.

—Despacio. Me vas a chupar como se debe.

Empujó la punta y yo la recibí con la lengua, probando el sabor salado del preseminal. Fui metiéndola más, relajando la garganta a medida que él avanzaba. No me embestía con violencia. Me usaba con calma, entrando y saliendo a un ritmo que me obligaba a respirar por la nariz y a concentrarme solo en no perderlo, en lamer, en succionar, en ser útil.

Abajo el juguete me mantenía abierta. Arriba su polla me llenaba la boca. Era demasiado y exactamente lo que yo quería.

—Buena chica —gruñó—. Mira cómo te gusta servir. Con la boca llena y el coño apretando para mí.

Mis paredes se contrajeron alrededor de la silicona. Él lo notó porque tensó la mano en mi cabello y empujó un poco más hondo. Las lágrimas me humedecieron los ojos. No de tristeza. De intensidad pura. De sentirme usada y valorada al mismo tiempo.

Se retiró antes de correrse. Yo quedé jadeando, con saliva en los labios y hambre de más.

—No voy a terminar ahí. Te quiero más abierta todavía.

Sacó el juguete de mi coño con un tirón firme. El vacío me hizo gemir de inmediato.

Los dedos deshicieron la venda y la luz tenue volvió a mis ojos. Parpadeé hasta enfocar su cara encima de mí. Verlo de verdad en ese momento me golpeó más que la oscuridad: la mandíbula apretada, los ojos negros, la respiración controlada a duras penas, la polla dura entre sus piernas.

—Mírame —ordenó—. Quiero que sepas quién te folla.

Se colocó entre mis muslos y pasó la punta por mis labios húmedos, recogiéndome. Yo levanté las caderas sin pensar.

—Por favor.

Entró despacio. La cabeza abrió paso, gruesa y ardiente, y yo sentí cada centímetro mientras me forzaba a ceder. Apreté los dientes. Mis manos tiraron de las esposas. Él no se apuró. Me fue llenando poco a poco hasta quedarse enterrado por completo dentro de mí.

Solté un gemido largo, quebrado. Estaba tan dentro que sentí el golpe en lo más hondo.

—Así —murmuró—. Tómala toda.

Se inclinó y me besó por primera vez. No fue tierno. Fue hambriento, sucio, con dientes en mi labio y su lengua metiéndose en mi boca mientras empezaba a moverse. Se retiraba casi hasta el borde y volvía a entrar de una estocada larga y fuerte que me sacaba el aire. Otra. Otra. El sonido húmedo de nuestras caderas llenó el cuarto.

—Dime de quién eres.

No contesté. No porque no quisiera, sino porque estaba perdida en las embestidas, en el golpe repetido contra ese punto que me hacía ver blanco. Él me sostuvo del cuello con una mano, controlando la respiración sin cortar el aire.

—Dilo.

Me clavó una embestida más dura. Grité.

—¡Tuya!

—Más claro.

—¡Soy tuya!

Algo en él cambió. Perdió la calma fría y empezó a follarme con una urgencia brutal, siempre medida, pero ya sin esconder el hambre. Las esposas tintineaban con cada golpe. Yo enredé las piernas en su cintura, queriendo sentirlo más hondo, más fuerte. Mi coño lo apretaba como si no quisiera soltarlo nunca.

Su mano bajó entre nuestros cuerpos y encontró mi clítoris inflamado. Lo frotó con el pulgar justo al mismo ritmo con que me embestía. El placer fue tan intenso que casi dolía.

—Te vas a correr conmigo.

Negué con la cabeza, llorando un poco, sobrepasada.

—No aguanto...

—Sí aguantas. Y si te rompes, te rompes para mí.

Aumentó la presión sobre mi clítoris y siguió follándome sin darme tregua. El orgasmo empezó a crecer otra vez, más grande, más salvaje, subiendo desde el vientre hacia el pecho. Perdí la noción de todo lo demás. La cama, el cuarto, mi nombre.

—Ahora —ordenó.

Me corrí con un grito que no pude contener. El coño se me cerró en contracciones violentas alrededor de su polla, ordeñándolo. Él soltó un gruñido ronco y dio varias embestidas más, profundas, secas, hasta enterrarse del todo y correrse dentro de mí. Lo sentí claro: los pulsos de su verga, la descarga caliente llenándome, el temblor de su cuerpo encima del mío.

Se quedó ahí unos segundos, pesado, respirando contra mi cuello mientras yo seguía temblando y apretándolo por reflejo.

—Mía —dijo, no como una amenaza, sino como una verdad tranquila.

***

El descenso fue lento. Me soltó las muñecas, masajeó las marcas rojas que había dejado el cuero y me cubrió con una manta. Yo empecé a llorar de golpe, no por dolor, sino por el desborde completo de lo que acababa de pasar.

Él no se apartó. Me alzó en brazos y me llevó al baño. El vapor del agua caliente llenó el mármol oscuro. Me sentó en el borde de la bañera, mojó una toalla y empezó a limpiarme con una delicadeza que casi me dolió más que la crudeza anterior.

Me limpió el cuello, el pecho, el vientre, la cara. Después abrió mis rodillas con suavidad y pasó la tela tibia entre mis muslos, retirando el semen, el lubricante, el sudor, todo con movimientos lentos y atentos. Yo lo miraba sin hablar.

—¿Por qué ahora eres así? —pregunté al fin.

Levantó la vista.

—Porque el juego sin cuidado no vale nada. Porque te llevé abajo y también me toca traerte de vuelta.

No dijo más. No hacía falta.

Me envolvió en un albornoz grueso, me dio agua y un trozo de chocolate en el sofá del salón. Me apoyé contra su pecho mientras recuperaba el pulso normal. Nunca me había sentido tan usada. Nunca me había sentido tan a salvo.

Al amanecer desperté en su cama con el cuerpo dolorido y satisfecho. Tenía la sensación fantasma del collar en el cuello y la presión dulce entre las piernas que deja una buena follada cuando ha sido demasiado intensa para olvidarla en una sola noche.

Él estaba en la terraza con una taza de café. Cuando entró, me ofreció otra.

—Tienes una hora antes de volver a tu vida.

Me incorporé con la sábana sobre el pecho, aunque ya no tenía sentido esconder nada.

—No quiero irme.

Se sentó en el borde de la cama y me sostuvo la barbilla.

—Te irás. Y vas a seguir siendo quien eres ahí fuera. Pero cada vez que te sientes en tu oficina y des una orden, vas a recordar cómo sonó mi voz dándotelas a ti. Cada vez que cruces las piernas en una reunión, vas a sentir un tirón entre los muslos y te vas a acordar de quién te hizo abrirlas. Eso no se te va a ir.

Me besó una vez, seco y preciso.

—Cuando el ruido vuelva a ser demasiado fuerte, sabes dónde encontrarme.

Me vestí con la ropa de la noche anterior. Parecía un disfraz. Antes de irme, miré una última vez el dormitorio, el cabecero, las sábanas oscuras, el hombre que me observaba como si supiera exactamente cuánto tardaría en volver.

En el ascensor sonreí al ver el móvil lleno de llamadas, correos y urgencias. El mundo seguía igual. Yo no.

Por fuera, era la misma mujer impecable saliendo de una torre de lujo a primera hora. Por dentro, seguía sintiendo su corrida secándose entre mis piernas, el escozor de los azotes y el peso invisible de aquel collar. Y lo más indecente de todo era que ya estaba deseando arrodillarme otra vez.

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Comentarios(7)

Nocturnox33

Que relato tan bueno... me dejo sin palabras

LuciaM_23

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber que paso despues

Santi_Arg

Me encanto como arranca, en ese ambiente de galeria se siente muy real. Se nota que saben escribir, sigan asi!

CapitanLector

La tension del principio es lo mejor. uno siente que algo va a pasar y no puede dejar de leer

Fernanda_Cba

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años, diferente pero con esa misma sensacion de perder el control. Me hizo revivir todo jaja

PaolaRN

Una pregunta, esto es autobiografico o ficcion? porque se siente demasiado vivido

ToroRosario22

La escena de la galeria esta muy bien planteada, el contraste entre el entorno elegante y lo que viene despues es lo que engancha

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