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Relatos Ardientes

Mi jefe me llevó del bdsm al sexo grupal

Cuando miro hacia atrás, sé exactamente en qué momento dejé de ser solo la asistente de mi jefe para convertirme en su sumisa. No fue de golpe, ni con una escena dramática, sino con pequeñas órdenes que fui obedeciendo sin discutir, cada vez más íntimas, más humillantes y más excitantes. Él se llamará Darío en este relato, porque el nombre real no importa; lo que importa es lo que me hizo descubrir sobre mi cuerpo, mi obediencia y mi hambre de sexo.

Yo trabajaba para él en una oficina elegante, atendiendo clientes, organizando reuniones y llevando la agenda. Puertas adentro, nuestra dinámica era otra. Él decidía cómo me vestía, cómo me sentaba, cuándo podía ir al baño y hasta qué clase de ropa interior podía usar, aunque la mayoría de las veces su orden era simple: ninguna.

Un día mandó a cambiar mi escritorio. Yo imaginé algo sobrio, discreto, de madera oscura como el suyo. En cambio, mandó traer uno de vidrio, completamente transparente, con una silla dura y clara que me obligaba a sentarme recta, con las piernas apenas cruzadas, para que cualquiera que esperara enfrente pudiera verme entera.

—Quiero que te miren —me dijo, sin bajar la voz—. Quiero que sepan que esta oficina tiene una recepción imposible de olvidar.

Lo dijo mientras me entregaba un vestido corto, demasiado corto, y me ordenaba ponérmelo sin bragas. También cambió la ubicación de los archivadores, colocándolos detrás de mí, de modo que cada vez que un cliente pidiera un documento yo tuviera que levantarme, girar y agacharme. Los sillones de la recepción eran bajos a propósito; con cualquier movimiento mío, el escote se abría y mis tetas quedaban a un paso de asomarse.

La cafetera fue otra de sus ocurrencias. La puso sobre una mesa mínima, entre dos butacas, y me ordenó servir café inclinándome sin doblar las rodillas. Tenía que hacerlo despacio, con la espalda arqueada, el culo tenso bajo la tela, sintiendo las miradas de los hombres pegadas a mis piernas, a mis muslos, a la sombra húmeda entre ellos.

Al principio me daba vergüenza. Después empecé a notar cómo se me endurecían los pezones con cada par de ojos encima, cómo se me humedecía el coño cuando fingía acomodarme el vestido y sabía que todos estaban esperando que mostrara un poco más. Darío lo veía todo desde su despacho. A veces salía, miraba la sala y sonreía como un hombre satisfecho con su obra.

—Así me gustas —susurraba al pasar detrás de mí—. Dispuesta, dócil y caliente.

Una mañana me llamó a su oficina y dejó sobre la mesa un dildo grande, grueso, con base de ventosa. Lo tomó como si fuera una herramienta más de trabajo y me lo puso en la mano.

—Te lo vas a meter ahora mismo —ordenó—. Y vas a seguir trabajando con eso dentro hasta que yo diga.

Lo obedecí en el baño de su despacho. Me levanté el vestido, aparté las piernas y me lo fui empujando despacio en el coño ya mojado. Entró con resistencia primero y luego con un golpe húmedo que me hizo soltar aire por la boca. Era más grande de lo que yo solía usar sola, pero en ese momento ya estaba acostumbrada a complacerlo antes de pensar en mí.

Regresé a mi puesto con el juguete enterrado y las piernas tensas. Al cabo de unos minutos dejé de pensar en él; mi cuerpo terminó aceptándolo, sosteniéndolo dentro, y seguí contestando llamadas, recibiendo papeles y sonriendo como si nada. Entonces llegaron dos clientes.

Le avisé por el intercomunicador.

—Hazlos pasar en cinco minutos. Antes ven a mi despacho —me dijo.

Cuando me puse de pie, sentí un vacío inmediato en el coño y volví a caer de golpe sobre la silla. El dildo no salió conmigo. La ventosa se había pegado al asiento transparente, y al moverme hizo un ruido húmedo, obsceno, imposible de disimular. Los dos hombres levantaron la vista y me miraron directamente entre las piernas.

Darío volvió a insistir por teléfono.

—Ahora.

Intenté levantarme apretando los muslos, pero el maldito juguete seguía ahí, medio prendido a la silla, medio adentro de mí. Tuve que meter la mano bajo el vestido, despegarlo con un tirón y salir casi corriendo al despacho, con el coño palpitando y la cara ardiéndome.

Él se estaba riendo cuando entré.

—¿Ya los atendiste? —pregunté, más avergonzada que ofendida.

—Sí —respondió, mirándome la mano cerrada sobre el dildo—. Y muy bien, además.

Volví a mi escritorio sintiendo que me atravesaban con la mirada. Lo peor era que, debajo de la humillación, yo estaba excitadísima. Me senté con las piernas temblando, notando el vacío que había dejado el juguete, deseando al mismo tiempo que Darío me castigara y que me volviera a llenar.

***

Fuera de la oficina también sabía cómo exponerme. Una tarde me dio ropa para salir y me sorprendió que fuera menos provocativa de lo normal: un pantalón de mezclilla de tiro bajísimo y una blusa sin tirantes, apenas sostenida sobre el pecho. Tardé pocos pasos en entender la trampa.

La blusa se iba resbalando con cada movimiento. Cada treinta pasos tenía que subírmela con el hombro o con el brazo, porque si levantaba las manos se me escapaban las tetas. El pantalón, por su parte, dejaba asomar el hilo dental a la menor inclinación.

Fuimos a un supermercado. Él aparcó lejos, aunque había lugares libres más cerca. Compró varias cosas y, cuando llegó el momento de salir, rechazó el carrito. Puso las bolsas más pesadas en mis manos y se inclinó sobre mi oído.

—No sueltes nada hasta llegar al coche. Si se te cae la ropa, te aguantas.

No habían pasado ni veinte metros cuando ya se me había salido un pezón. Después el otro. Como llevaba las manos ocupadas, no pude acomodarme nada. Seguí caminando con las tetas al aire, el hilo marcándome entre las nalgas, oyendo los pasos de la gente, las respiraciones cortadas, algunos murmullos de escándalo y otros de puro morbo.

Las mujeres me miraban como si yo fuera una descarada. Los hombres me recorrían con los ojos sin ninguna vergüenza. Darío caminaba delante de mí, sin voltear, dejándome sola en esa exhibición. Yo iba ardiendo de bochorno y de deseo, sintiendo el peso de las bolsas, el roce de mis pezones con el aire frío y el coño empapado.

Cuando por fin llegamos al coche, dejé las bolsas en el suelo y me cubrí tarde, inútilmente. Él me sujetó de la nuca antes de que pudiera abrir la puerta.

—Mírate cómo estás —dijo—. Muerta de vergüenza y chorreando.

Metió dos dedos por el borde del pantalón y me rozó el clítoris. Yo pegué un salto.

—Si sigues así, esta noche te premio.

***

El siguiente paso fue compartirme. No me lo planteó como una pregunta, sino como una fantasía ya decidida.

—Me gusta oírte gritar cuando te cojo —me dijo una noche en el apartamento—. Quiero saber cómo suenas con dos pollas a la vez.

Yo ya estaba tan metida en esa dinámica que mi respuesta salió sola.

—Si eso te excita, lo hago. Dime con quién y cuándo.

Citó a un conocido suyo en la oficina un par de días después. Lo llamaré Bruno. Desde que llegó, lo dejaron esperando frente a mi escritorio casi una hora. Yo llevaba un vestido amarillo abierto hasta muy abajo, atado al cuello, con las tetas apenas cubiertas por dos triángulos de tela. Debajo no llevaba nada. En el culo, por orden de Darío, tenía un plug de joya que me mantenía abierta y consciente de mi agujero con cada paso.

Bruno me observó ir y venir, agacharme, estirarme, dejar ver media nalga y un borde de coño cada vez que fingía arreglar papeles. Yo me hacía la distraída, pero sabía exactamente qué estaba enseñando. A esas alturas, la vergüenza ya convivía con mi exhibicionismo.

Cuando por fin Darío cerró la puerta del despacho, lo saludó como a un amigo y habló de mí como si yo no estuviera presente.

—¿Qué te parece la perra que me voy a follar hoy? —dijo.

Bruno se tensó, quizá esperando que yo me ofendiera. Yo solo sonreí y bajé la mirada. Eso bastó para que entendiera el juego.

Fuimos a cenar algo rápido antes de llevarlo al apartamento. Durante la cena, Darío hablaba de mí con descaro: que me encantaba la polla, que me abrían el culo a diario, que esa noche por fin iban a intentarlo los dos. Yo seguía callada, con el vestido subiéndome sobre los muslos y la sensación del plug clavado atrás, sabiendo que varias personas en el local habían notado que no llevaba ropa interior.

Al llegar, Darío me ordenó servirles un trago. Luego se sentó en el sofá, se abrió el pantalón, se sacó la polla y me llamó con un gesto.

—A trabajar.

Me puse frente a él y empecé a mamársela como le gustaba, inclinada sin doblar las rodillas, sacando el culo hacia atrás. Su verga era gruesa, familiar, dominante. La fui tomando con saliva, hundiéndomela hasta donde pude mientras él me agarraba del pelo y marcaba el ritmo en mi boca.

Detrás de mí, Bruno respiraba cada vez más cerca. Sentí primero sus manos en mis nalgas, abiertas, separándome las carnes para mirar el plug brillante clavado en mi culo. Después sus dedos me apartaron los labios del coño y me encontró empapada.

—Joder —murmuró—. Está chorreando.

Darío soltó una risa corta.

—Te dije que estaba lista.

Bruno se arrodilló detrás de mí y me lamió de golpe, desde la entrada del coño hasta el clítoris. Me hizo gemir con la polla de Darío todavía en la boca. Su lengua era torpe pero ansiosa; metía la punta, chupaba, volvía a subir, mientras sus dedos me abrían más. Yo intentaba seguir mamando bien, pero cada lamida me cortaba el aire.

—No pares —me advirtió Darío, dándome una bofetada ligera en la cara—. Si te la está comiendo, aprovecha y mama mejor.

Entonces sentí la cabeza de otra verga empujando entre mis labios mojados. Bruno me la fue metiendo despacio, con cuidado al principio, hasta que el coño lo tragó entero. Entró más fácil de lo que esperaba. Yo estaba tan caliente que lo recibí con un gemido largo, ahogado contra la polla que tenía en la boca.

Empezó a follarme con embestidas cortas primero, tanteando, y luego más profundas. Su pubis me golpeaba el culo cada vez que entraba, y ese golpeteo me empujaba hacia delante, haciéndome perder el ritmo de la mamada. Darío me sujetó del pelo con más fuerza.

—Trágatela bien, joder. Que una polla en el coño no te vuelva inútil.

Yo obedecí. La saliva me chorreaba por la barbilla mientras Bruno me follaba por detrás. Cada metida me arrancaba un gemido. Cada vez que se la tragaba mi coño, sentía el plug vibrar contra el otro agujero, recordándome lo que venía.

Darío lo anunció sin rodeos.

—Sácale esa joya del culo y métela ahí. No tengas compasión.

Bruno tiró del plug con un chasquido húmedo. Mi ano se contrajo, vacío y sensible. Lo sentí escupirse la mano, frotarse la punta de la polla y apretarla contra mi entrada. Me tensé al instante.

La primera presión fue ardiente. La segunda, más fuerte. A la tercera, la cabeza me abrió de golpe y se me escapó un grito contra el abdomen de Darío. Bruno se quedó quieto un segundo, respirando agitado, con media verga dentro de mi culo. Después empujó más.

El dolor me nubló y me calentó al mismo tiempo. Lo tenía entrando despacio, grueso, estirándome las paredes del culo hasta llenarme por completo. Cuando estuvo metido entero, Darío me obligó a levantar la cara y me escupió un poco de saliva en la boca.

—Eso. Así suena mi sumisa cuando le parten el culo.

Bruno empezó a salir y entrar, primero con cautela y luego con hambre. Cada embestida me hacía sacudirme. Yo seguía arrodillada ante Darío, agarrada a sus muslos, mamándosela entre gemidos. El otro me taladraba el culo y cambiaba de ritmo, encontrando poco a poco la fuerza exacta para arrancarme chillidos.

—Ahora cámbiale el agujero —ordenó Darío.

Bruno obedeció. Me sacó del culo, me dejó el ano latiendo, y volvió a meterme la polla en el coño, duro, rápido, aprovechando que yo estaba abierta y descontrolada. Después regresó al culo. Luego al coño otra vez. Ese ir y venir entre mis dos agujeros me dejó ardiendo, húmeda, temblando sobre mis piernas.

Darío se levantó, me hizo sentarme de frente a él y me clavó su polla en el coño de una sola embestida. Sentí cómo me llenaba por delante mientras Bruno se colocaba detrás. Intentaron varias veces entrar los dos a la vez, acomodándose, saliéndose uno cuando entraba el otro, volviendo a probar. Era torpe, intenso, desesperado.

Cuando por fin Bruno logró meterme la polla por el culo al mismo tiempo que Darío me penetraba el coño, me faltó el aire. Quedé literalmente ensartada entre los dos, abierta de punta a punta, con los muslos temblando y la espalda arqueada.

—Mírala —dijo Darío, jadeando—. Toda llena.

Entonces empezaron a moverse de verdad. Bruno me embestía el culo con golpes secos, cada uno empujando la polla de Darío contra las paredes de mi coño. Darío entraba y salía al ritmo contrario, haciendo que yo sintiera las dos vergas rozándose a través de mi propio cuerpo. Era una mezcla de dolor, presión, calor y pura locura.

Yo gritaba sin poder evitarlo. No eran gemidos bonitos, eran chillidos rotos, desesperados, de perra tomada por dos machos al mismo tiempo. Darío me agarraba las tetas, me retorcía los pezones, me besaba la boca para callarme un segundo y volvía a dejarme gritar. Bruno me aferraba a las caderas y me rompía el culo sin suavidad.

El primer orgasmo me agarró así, completamente llena. Me sacudió el vientre, me cerró el coño sobre la polla de Darío y me hizo contraer el culo alrededor de la de Bruno. Los dos soltaron un gruñido al sentirme apretarlos. No me dejaron descansar. Siguieron dándome, uno por cada agujero, hasta que me corrí otra vez.

Después me cambiaron de posición. Darío me puso de espaldas contra su pecho y me la metió por el culo, aprovechando lo abierta que ya estaba. Bruno se colocó delante y me folló el coño con embestidas rápidas, casi brutales, mientras yo me agarraba de sus hombros y le clavaba las uñas. Así fue incluso más intenso, porque Bruno tenía más libertad para golpearme el pubis y Darío usaba su fuerza desde atrás para hundirse hasta el fondo.

Terminé llorando de puro exceso, con saliva en el mentón, el maquillaje corrido y las piernas sin fuerza. Ellos seguían. Darío me llamó puta, perra, sumisa. Bruno ya había perdido cualquier timidez y me daba órdenes también: que abriera más, que respirara, que aguantara, que tragara cuando me la acercaban a la boca entre cambio y cambio.

Cuando por fin corrieron, lo hicieron sobre mí y dentro de mí. Darío me llenó el coño, sujetándome quieta para que no se derramara nada al instante. Bruno se vació en mi culo con espasmos largos, dejándome el ano ardiendo y caliente. Yo me derrumbé entre los dos, agotada y feliz, con la sensación obscena de estar rellena por completo.

***

Después de aquella noche, compartirme dejó de ser una excepción. Darío empezó a usarme con sus conocidos, con algunos clientes elegidos, con hombres que entendían rápido que yo estaba allí para obedecer. Hubo semanas en las que me follaban dos o tres distintos. A veces uno me dejaba todavía chorreando semen y al rato otro ya me estaba abriendo las piernas.

Yo aprendí a mamar pollas casi sin mirar a quién pertenecían. Aprendí a recibirlas en la boca, en el coño, en el culo, y a sostener la mirada de Darío mientras él disfrutaba viéndome usada. Cuanto más me humillaba, más parecía crecer mi deseo de complacerlo. Y cuanto más me exhibía, más fácil me resultaba aceptar que mi calentura era real.

Una de las noches más difíciles para mí fue con un hombre que me provocaba rechazo. Era mayor, desagradable, de esos que babean al mirar. Darío lo hizo pasar al despacho, me llamó y me ordenó desnudarme delante de él. Lo hice despacio, quedando solo en tacones y con el plug anal puesto. El hombre me recorrió con una expresión tan hambrienta que me dieron ganas de apartarme.

Se lo dije a Darío después, ya a solas.

—Me da asco.

Él me miró con esa calma fría que usaba cuando quería dejar claro quién mandaba.

—Precisamente por eso vas a obedecer mejor.

Salimos a cenar con aquel tipo y, en medio del restaurante oscuro, Darío me hizo levantar la falda y enseñarle el plug para confirmar que lo llevaba puesto. Ya en la habitación, el hombre se desnudó y confirmó mis peores sospechas: no me gustaba nada. Aun así, Darío me ordenó chuparle la polla y obedecí.

La mamé, soportando su olor, sus manos en mi cara, sus dedos torpes sobándome las tetas. Él intentó follarme y apenas me estimuló; yo no conseguí correrme ni una vez. Pero Darío estaba excitado viéndome sometida a algo que me repelía. Al final, ese hombre se corrió en mi cara, y Darío todavía lo animó a orinarme encima.

Sentí la meada caliente cayéndome por la frente, los ojos cerrados, la nariz, la boca, el pelo. Fue de las humillaciones más profundas que viví con él. Regresé a casa sucia, oliendo a semen y a orina, y Darío no me dejó ducharme hasta mucho después. En el coche, yo iba callada, tragándome el asco. Él sonreía apenas, satisfecho.

***

También me llevó a intercambios y fiestas privadas. En una de esas reuniones conocimos a una pareja elegante. Ella era preciosa, más reservada que yo; él, un fanfarrón encantado de compararnos. En cuestión de minutos ya estaban apostando cuál de las dos mamaba mejor.

Darío me mandó de rodillas ante el otro hombre y yo no dudé. Le saqué la polla, la escupí bien y me la metí hasta donde pude, trabajando con la garganta, la lengua y la mano. A mi lado, la mujer hacía lo mismo con Darío, pero se notaba que la verga de mi amo la sobrepasaba. Yo me aparté un momento, la miré y le mostré con la boca cuánto podía tragar.

Eso encendió a todos. Acabé cabalgando de espaldas sobre la polla de Darío mientras la otra mujer me lamía el coño y su marido me ofrecía la suya para seguir mamando. Después cambiamos. Yo le abrí las piernas a ella y le chupé el clítoris, los labios, la entrada, mientras Darío la penetraba y el otro hombre me abría por detrás.

Terminé otra vez en doble penetración, con una polla en el coño y otra en el culo, mientras le comía el coño a la mujer y ella gemía bajo mis labios. Era un caos delicioso de jadeos, saliva y órdenes. Darío se crecía siempre que me veía compartida; yo, en cambio, me crecía cuando sentía que mi cuerpo servía para satisfacer a todos a la vez.

Las fiestas fueron el último escalón. Al principio eran encuentros pequeños, de gente con dinero y apetitos discretos. Luego ya no tan discretos. A veces me dejaban desnuda por una apuesta. A veces ni siquiera alcanzaba a entrar bien en una casa cuando ya tenía una mano en la nuca y una polla empujándome contra la pared.

En una de aquellas fiestas me hicieron perder la única prenda que llevaba en una partida arreglada. Me quité el vestido delante de todos y quedé completamente desnuda, en tacones, sintiendo de inmediato cómo cambiaba el aire a mi alrededor. En menos de cinco minutos ya tenía a un hombre detrás, metiéndomela por el coño sobre el brazo de un sofá mientras otros miraban y esperaban turno.

Me follaron varios esa noche. Después fueron más. Hubo ocasiones en las que literalmente terminé usada por una fila de hombres, unos tras otros, sin más pausa que la necesaria para cambiar de polla. Me abrían la boca, me apartaban las piernas, me ponían a cuatro patas o me sentaban encima como si yo fuera un mueble diseñado para follar.

Darío me observaba, a veces participando, a veces solo dirigiendo. Si alguien dudaba, él lo tranquilizaba.

—A esta le gusta. Úsala.

Y me usaban. Yo no voy a fingir otra cosa: muchas veces lo disfruté de verdad. Me gustaba sentirme deseada hasta el exceso, saturada de manos, de bocas, de vergas distintas. Me gustaba acabar con el coño hinchado, el culo caliente y la mandíbula cansada de tanto mamar. También me gustaba saber que para Darío aquello era la prueba absoluta de mi entrega.

Pero hubo una diferencia importante entre ser su sumisa y convertirme en mercancía. La entendí tarde.

El final llegó en la misma oficina donde había empezado todo. Un día Darío estaba reunido con un hombre y me llamó al despacho. Yo entré, como siempre. Me pidió unos documentos guardados a propósito en cajones bajos, para que tuviera que agacharme y exhibirme. Mientras lo hacía, oí que le preguntaba al cliente:

—¿Con eso basta para cerrar?

El tipo respondió que sí.

Entonces Darío dijo, sin siquiera mirarme a la cara:

—Acuéstate con ella y firmamos ahora mismo.

Me quedé quieta. No era la primera vez que me mandaba follar con otro, ni la primera vez delante de un cliente. Pero aquella frase me atravesó distinto. No era un juego de poder entre nosotros, no era una fantasía compartida, no era humillación erótica. Era una transacción seca. Un pago. Un trato comercial con mi cuerpo sobre la mesa.

Sentí algo romperse por dentro. No discutí. No lloré. No monté una escena. Simplemente enderecé la espalda, dejé los papeles donde estaban y salí de ese despacho sin mirar atrás.

Fui al apartamento, recogí lo indispensable y me fui. Siete años de obediencia, de sexo brutal, de sumisión, de exhibicionismo, de tríos, de fiestas y de humillaciones quedaron atrás en una tarde absurda. Hice cosas con él que todavía hoy me encienden cuando las recuerdo. Otras me revuelven el estómago. Casi todas me marcaron.

No me arrepiento de haber descubierto mi deseo ni de haber gozado como gocé. Me arrepiento, quizá, de haber tardado tanto en ver dónde acababa mi entrega y dónde empezaba su abuso más frío. Fui su sumisa durante años, sí. Fui su puta para medio mundo muchas veces, también. Pero el día que quiso cobrar por mí sin siquiera sostenerme la mirada, entendí que ya no le pertenecía ni un segundo más.

Y me fui con el cuerpo lleno de recuerdos que todavía arden.

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Comentarios(7)

Dario_BsAs

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

CuentoFan99

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar asi. Quede con ganas de mas.

RubiaPicara

Me encanto el ritmo, como va escalando todo sin apurarse. Se nota que hay mucha imaginacion detras.

MarisolCba

jaja esto me recordo a una situacion rara que vivi en mi primer trabajo, nada que ver pero me hizo acordar jajaja

LuciaMar_22

Lo que mas me gusto es que la historia avanza sola, no se siente para nada forzada. Muy buena.

SebasXL

buenisimo!!! sigue escribiendo

GabrielNight

¿Va a tener continuacion? porque quede con muchas ganas de saber como sigue todo esto

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