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Relatos Ardientes

Mi vecina me sorprendió y me puso en mi lugar

Aquella tarde de julio volvía del centro con la cabeza llena de una sola cosa. Había salido temprano a hacer unos trámites y el autobús iba tan lleno como caluroso, pegado de cuerpos y de un sol que entraba por las ventanas sin piedad. No sé si era el calor o que me había levantado demasiado salido, pero todo el viaje me pareció un desfile de mujeres imposibles, y para cuando bajé en mi parada solo pensaba en encerrarme en casa.

Me quedaban tres calles y las hice casi corriendo. Subí los escalones de dos en dos, metí la llave y entré con esa urgencia tonta del que no puede esperar. Tenía un plan, además. No quería simplemente desahogarme de cualquier manera.

Fui directo al armario de Marta. Al fondo, todavía con la etiqueta, estaban esos leggins de cuero negro que le había regalado por su cumpleaños y que ella jamás se había puesto. Quizá el regalo siempre fue más para mí que para ella. Los saqué, los sostuve a contraluz y me imaginé cómo le quedarían. Y entonces, sin pensarlo demasiado, me imaginé otra cosa.

Me desnudé del todo en la habitación y empecé a meter los pies por aquel cuero ajustado. Costaba. Costaba muchísimo. Tuve que tirar, retorcerme y maldecir por lo bajo hasta que conseguí subirlos del todo. Cuando me miré en el espejo del armario, el cuero me apretaba como un guante en sitios donde nunca había apretado nada, y el efecto fue inmediato.

Se me puso dura casi al instante, y la erección hacía que el cuero tirara todavía más. Salí al salón con las piernas un poco rígidas y me dejé caer en el sofá. La postura apretaba aún más la tela contra mí. Estaba tan ceñido, tan caliente, que pensé que iba a terminar antes siquiera de empezar.

Empecé a frotarme por encima del cuero, despacio al principio y luego como un loco. Acomodé el bulto a un lado y, con la otra mano, me di un par de golpes suaves, casi un juego, mientras seguía frotando. No sé explicar por qué, pero el pequeño punto de dolor lo volvía todo más intenso. Aceleré. Me golpeé un poco más fuerte. Se me escapó un quejido y, en lugar de pararme, me encendió aún más.

—Vecino, ¿estás bi…?

La voz me cayó encima como un cubo de agua helada. Levanté la mirada de golpe, con la mano todavía donde no debía. En el umbral del salón estaba mi vecina del piso de arriba.

Apenas la conocía. Sabía que vivía justo encima, que siempre saludaba con una sonrisa y que sujetaba la puerta del portal cuando me veía llegar cargado. Educada, tranquila, de esas personas que parecen incapaces de pensar mal de nadie. Más tarde até cabos: con las prisas no había cerrado la puerta de casa, ella la vio entornada al subir, me llamó un par de veces y, al oír un golpe y un quejido, entró preocupada por si me había pasado algo.

Llevaba un mono de licra negro, corto, ajustado como una segunda piel, y el pelo oscuro pegado a la nuca por el sudor. Venía de correr, era evidente. Sus ojos claros me miraban con una sorpresa enorme, abiertos de par en par, recorriéndome de los leggins de cuero a la mano detenida en mitad del gesto.

—Perdona… yo… —balbuceó, retrocediendo medio paso—. Me voy.

Se giró para marcharse y a mí me entró el pánico. No el pánico sensato de taparme y disculparme, sino el otro, el estúpido. Me levanté de un salto y la alcancé justo cuando ponía la mano en el pomo de la puerta.

—Espera, por favor —dije, cerrando la puerta de un manotazo—. Espera, no… no puedes contar esto.

Se volvió hacia mí, asustada, con el pecho subiendo y bajando deprisa. Yo seguía cachondo, fuera de mí, y cometí el error de mi vida. Le tomé la muñeca y la apreté contra el cuero, sobre mi erección, sin pedir permiso, sin pensar en nada que no fuera mi propia urgencia.

—Me haces daño —dijo ella en voz muy baja.

Tendría que haberla soltado ahí mismo. En vez de eso, moví su mano un par de veces más, jadeando como un animal, y terminé. Me corrí dentro del cuero con una convulsión sucia y vergonzosa, mirándola a los ojos sin atreverme a leer lo que había en ellos.

Cuando se me pasó la nube, el espanto llegó de golpe. Acababa de hacer algo imperdonable.

—Lo siento —tartamudeé, soltándola—. De verdad, lo siento, no sé qué… por favor, no digas nada, esto me arruinaría la vida.

Ella no se movió. Su mano seguía apoyada en mi cadera, quieta. Por un segundo absurdo creí que me acariciaba, y pensé que me lo estaba inventando. Entonces vi cómo su cara cambiaba. La sorpresa, el miedo, todo se borró de un plumazo y dejó paso a algo frío y nuevo.

—¿Sabes una cosa? —dijo, y su voz ya no temblaba—. Llevo toda la semana viéndote hacerte el simpático en el portal. Y resulta que eras esto.

Su mano bajó un poco y se cerró sobre mí con una precisión que no tenía nada de casual. No fue una caricia. Fue un aviso. Apretó, y el aire se me escapó de los pulmones en un quejido agudo que no reconocí como mío.

—Vecina, espera —alcancé a decir.

—Ahora me toca a mí decidir cuándo nos vamos —contestó.

***

El dolor me subió por el estómago como una marea. Llevé las dos manos a su muñeca, pero ya no me quedaban fuerzas para nada. Me tenía cogido de una forma que cualquier movimiento empeoraba. Me miró a los ojos, sonrió despacio y aflojó solo lo justo para empujarme de los hombros hacia el sofá.

Caí de rodillas sobre los cojines, doblado, y antes de que pudiera recuperar el aliento sentí su rodilla subir contra mí con una puntería cruel. El zumbido me llenó la cabeza. Me derrumbé de lado, con una arcada, y me quedé hecho un ovillo, agarrándome con las dos manos, incapaz de pronunciar palabra.

—Quieto ahí —dijo, casi con ternura.

La oí moverse por mi propia casa con una calma escalofriante. Abrió la mochila de deporte que llevaba colgada del hombro y rebuscó dentro. Cuando volví a abrir los ojos, estaba de pie frente a mí, con la luz de la tarde recortándole la silueta, sosteniendo algo en la mano que tardé un instante de más en reconocer.

—Una nunca sabe con quién se va a cruzar en estas escaleras —comentó, encogiéndose de hombros—. Por eso vengo preparada.

Me agarró del pelo sin esfuerzo y me arrastró hasta dejarme con el torso apoyado contra el asiento del sofá y las rodillas en el suelo. Con el pie separó mis piernas desde atrás, sin prisa, marcando el ritmo ella.

—Mírate —dijo, y noté el desprecio divertido en cada sílaba—. El vecino madurito y educado, embutido en el cuero de su mujer. ¿Ella sabe que se lo coges?

No contesté. La punta de su zapatilla volvió a buscarme y me dejó sin voz otra vez. Y, sin embargo, por algún cortocircuito que no entendía, yo seguía duro dentro del cuero, palpitando contra la tela manchada.

Su mano se posó en mi espalda y bajó, abierta, hasta mis nalgas. Las apretó, las recorrió, me dio un azote que sonó seco en el silencio del salón.

—Vaya, vaya —se rió por lo bajo—. Mira que tienes buen culo para ser tan poca cosa por delante. Y todavía estás empalmado. ¿Te gusta esto, vecino? ¿Te gusta que te traten así?

No supe qué responder, porque no sabía la respuesta. Nadie me había hablado nunca de ese modo. Nunca había estado tan abajo, tan a merced de otra persona, y lo peor era que mi cuerpo no parecía compartir mi vergüenza. Ella lo notó. Lo notaba todo.

—No hace falta que digas nada —murmuró—. Tu cuerpo habla solo.

***

Sentí frío y un tirón de tela. Había sacado una pequeña navaja de su mochila y, con un cuidado casi quirúrgico, abrió el cuero por detrás, justo por la costura. Cuando me enseñó la hoja delante de la cara, sonreía.

—Tranquilo —dijo—. Sé exactamente lo que hago. Más de lo que tú sabías hace cinco minutos.

Empecé a sudar. Ella guardó la navaja, volvió a coger aquel objeto de antes y desapareció de mi campo de visión. Noté algo resbaladizo, frío, y antes de que pudiera procesarlo sentí una presión firme, lenta y constante que me hizo abrir la boca sin que saliera ningún sonido.

—Respira —ordenó—. Y deja de apretar, que es peor.

Obedecí porque no me quedaba otra. El dolor del principio se mezcló con algo distinto, un calor confuso que me recorría y que no me atrevía a nombrar. Ella marcaba el ritmo con una paciencia metódica, una mano en mi cadera para sujetarme y la voz pegada a mi nuca.

—Eso es —decía—. Mucho mejor cuando dejas de pelear, ¿verdad, vecino?

Me agarré al sofá. Mordí la tela del cojín. Y, contra toda lógica, contra todo lo que yo creía saber de mí mismo, mi cuerpo respondió de nuevo. Una segunda oleada me subió desde muy abajo, descontrolada, y terminé otra vez dentro del cuero arruinado, temblando, con la cara hundida en el sofá y la respiración rota.

Ella se detuvo. Por un momento solo se oyeron nuestras respiraciones, la suya tranquila, la mía deshecha. Luego me cogió del pelo y me levantó la cabeza para mirarme.

—¿Lo ves? —dijo, y por primera vez su voz sonó casi suave—. No era tan complicado. Solo había que ponerte en tu sitio.

Recogió sus cosas sin prisa, se colgó la mochila al hombro y se acomodó el mono de licra como si volviera de un entrenamiento cualquiera. Se agachó a mi altura, me dio un par de palmaditas en la mejilla y sonrió.

—Tu secreto está a salvo conmigo —susurró—. Siempre que tú te portes bien. Vivo justo encima. Lo sabes, ¿no?

Asentí, incapaz de otra cosa. Se incorporó, caminó hasta la puerta y, antes de salir, se volvió una última vez.

—Nos vemos en el portal, vecino —dijo.

Y se marchó silbando bajito, una melodía que se fue apagando por las escaleras.

***

No sé cuánto tiempo me quedé en el suelo de mi salón, todavía con los leggins destrozados, oliendo a sudor y a cuero y a vergüenza. Me dolía todo. Pensé en Marta, en la hora a la que llegaría, en la excusa imposible que tendría que inventarme para el regalo arruinado. Pensé que aquello debería haberme parecido el peor día de mi vida.

Y, sin embargo, mientras me arrastraba hacia la ducha, lo que no podía quitarme de la cabeza no era el miedo ni el ridículo. Era el sonido de su voz diciéndome que me portara bien. Era saber que vivía justo encima. Era darme cuenta, demasiado tarde, de que una parte de mí ya estaba esperando volver a cruzármela en aquellas escaleras.

Tardé días en reunir el valor para bajar al portal a una hora en la que pudiera coincidir con ella. Cuando por fin lo hice, estaba allí, sujetando la puerta como siempre, con esa sonrisa educada de chica tranquila que no engañaba a nadie. A nadie que la conociera, al menos. Y ahora yo la conocía.

—Buenas tardes, vecino —dijo, igual que cualquier otro día.

—Buenas tardes —respondí, y noté que se me secaba la boca.

Pasé por delante de ella con la cabeza gacha y el corazón disparado. Justo antes de salir a la calle, oí su voz a mi espalda, baja, solo para mí.

—Pórtate bien.

No me giré. No hizo falta. Los dos sabíamos perfectamente quién mandaba ahora en aquel edificio, y los dos sabíamos que esto no había hecho más que empezar.

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Comentarios(7)

Cata_cba

tremendo!!! no pude soltar el telefono hasta terminar de leerlo

Pablo_nocturno

La tension desde el primer parrafo es increible. Muy buen trabajo, de verdad.

Fernando_rdz

Esperando ansioso la segunda parte. Me dejo con muchas ganas de saber que paso despues.

MorbosoFan

jajaja esa calma de ella al principio me mato, tremendo personaje. Sigue asi!

Ana_Cba

Me encanto como lo contaste, se siente real sin ser exagerado. Saludos desde cba!

xavi_lect

Por que los mejores relatos siempre se hacen cortos??? quiero mas

PatricioMDQ

La vecina la rompio jajaja. Muy bien escrito, me sorprendio el giro que tomo la historia.

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