La cita a ciegas que acepté a mis años
Carolina había llegado a una edad en la que creía conocerse de memoria. Sabía qué vino le gustaba, a qué hora se le cerraban los ojos en el sofá y cuántas veces había dejado pasar las cosas por miedo. Lo que no sabía era qué hacía esa tarde caminando hacia un edificio que no conocía, con el corazón golpeándole el pecho como si tuviera veinte años menos.
Lo había conocido por internet. Un hombre mayor que ella, una voz tranquila en mensajes que se fueron alargando hasta bien entrada la madrugada. Se habían visto un par de veces por videollamada, nada más. No sabía dónde trabajaba, ni su apellido, ni si lo que contaba de sí mismo era verdad. Esa misma mañana la había llamado para decirle que estaba en su ciudad, que había alquilado un apartamento a pocas calles de su casa y que quería verla.
—¿Hoy? —había preguntado ella, con la taza de café a medio camino de los labios.
—Hoy. Salvo que prefieras seguir imaginándolo —respondió él.
Y ahí estaba la trampa. Llevaba meses imaginándolo.
Mientras subía la cuesta hacia el portal, su cabeza no paraba de hablar. ¿Y si es un degenerado? ¿Y si me arrepiento? ¿Y si no me arrepiento en absoluto? Tenía la ropa interior húmeda y un nudo en el estómago, esa mezcla incómoda de deseo y de pánico que hacía años no sentía. Llegó al portal y se quedó un buen rato delante de los botones antes de pulsar el del cuarto piso.
Le abrieron sin decir una palabra.
***
Subió despacio. En el rellano, colgando del pomo, había un antifaz negro y una nota doblada. La abrió con dedos torpes.
Póntelo y llama. Confía en mí.
Carolina se quedó mirando el antifaz como si fuera una pregunta entera. Iba a entrar sin ver nada, sin saber del todo quién había al otro lado. Una mujer sensata habría bajado las escaleras y se habría reído de sí misma en el coche. Estuvo a punto. De verdad estuvo a punto. Pero entonces sintió otra oleada de calor entre las piernas, tan repentina que tuvo que apoyarse en la pared, y supo que no se iba a ninguna parte.
Se ató el antifaz. El mundo se volvió negro y, de golpe, todo lo demás se hizo más grande: el frío del rellano, su propia respiración, el roce de la blusa contra la piel. Buscó el timbre a tientas y llamó una sola vez.
La puerta se abrió casi enseguida.
Una mano le acarició la mejilla, tibia y firme, y luego buscó la suya para guiarla dentro. Oyó la puerta cerrarse a su espalda. Caminó siguiendo unos pasos que la llevaban hacia lo que parecía una habitación amplia; el aire olía a madera y a algo cítrico.
Él la besó en los labios sin hablar. Le puso las manos en los hombros y se inclinó hacia su oído.
—¿Nerviosa? ¿Excitada? ¿Asustada? —su voz era grave, divertida.
—Las tres cosas a la vez —admitió ella, y se le escapó una risa temblorosa—. ¿Puedo quitarme esto?
—Todavía no. Vas a darme las gracias por la espera.
Empezó por los botones de la blusa, uno a uno, sin prisa, acariciándole la piel a medida que la tela se abría. Le deslizó la prenda por los brazos y la dejó caer. Las manos descendieron por sus costados hasta la espalda, encontraron el cierre de la falda y la soltaron. Carolina la sintió resbalar hasta sus tobillos.
Llevaba un conjunto de encaje blanco que se había puesto esa mañana sin atreverse a pensar para qué. Él la rodeó y la recorrió desde atrás, pasando las yemas de los dedos por sus caderas, subiendo por el vientre hasta dibujarle los pechos muy despacio, por encima de la tela.
Ella se estremeció. Sin la vista, cada caricia llegaba multiplicada, como si la piel tuviera memoria propia.
Los dedos siguieron el camino de la tira del sujetador hasta la espalda. Un chasquido y la prenda cedió. Él le acarició los pechos, le rozó los pezones con una lentitud que era casi una crueldad. Se le endurecieron enseguida y un suspiro se le escapó de la boca, que quedó entreabierta.
—Siéntate —murmuró él.
La condujo a una silla. Se apartó un momento, abrió un cajón en algún sitio, volvió. Le llevó las manos a la espalda y le cerró las muñecas con unas esposas. El metal estaba frío.
—¿Estás bien? Si quieres parar, lo dices y paramos. Sin más.
—No. No quiero parar.
Y era verdad. Aquello todavía no había empezado de verdad y ya temblaba.
***
Él empezó a besarle el cuello. Bajó por la garganta, por el escote, hasta el canal entre los pechos. Rodeó uno con la lengua, le succionó el pezón, lo mordió apenas y pasó al otro mientras con los dedos seguía jugando con el primero. A Carolina se le escapó un gemido que no reconoció como suyo.
Una mano descendió, lenta, en busca del calor entre sus piernas. Cuando le rozó la última prenda que le quedaba puesta, ella se arqueó contra las esposas y la piel se le erizó entera. Él no tenía ninguna prisa. Jugó con el elástico, apretó un poco más fuerte el pezón con los dientes —ese dolor pequeño que se volvía placer— y solo entonces le deslizó la última tela por las piernas hasta sacarla del todo.
Subió la mano por el interior de los muslos. Acariciaba sin entrar, sin tocar donde ella más lo pedía, mientras le buscaba la boca en un beso húmedo y largo.
—Por favor —murmuró Carolina contra sus labios.
—Por favor, ¿qué?
No supo contestar. Se retorcía en la silla, las caderas buscando una mano que se apartaba cada vez. La venda lo amplificaba todo. Llevaba años sin sentirse así, sin sentir tanto, sin desear con esa urgencia tan poco propia de la mujer ordenada y prudente que creía ser.
Lo oyó levantarse. Sintió el roce de su cuerpo, su calor muy cerca, y luego la presión, lenta, cuidadosa, abriéndose paso dentro de ella.
—Sí —dijo, con la voz rota—. Por fin, por fin…
Entró despacio y salió despacio. A la tercera embestida, Carolina le enroscó las piernas a la espalda y se corrió con una fuerza que la dejó sin aire, moviendo las caderas para buscar más, para llevárselo más adentro. Él esperó, quieto, mientras las contracciones lo apretaban. Cuando cedieron, empezó un vaivén firme y profundo que les arrancó a los dos un gemido ronco.
—¿Así te gusta? —jadeó él contra su nuca.
—Así, sí. Más fuerte.
***
La soltó de la silla, la giró, la llevó hasta una cama y la colocó a cuatro patas, con las muñecas de nuevo sujetas. La agarró por las caderas y la embistió hasta el fondo, y los dos llegaron casi a la vez, en un mismo temblor.
—Me has destrozado —susurró ella, riéndose y sin aliento.
Él se acercó a su oído.
—Tranquila. Esto no ha hecho más que empezar.
La sentó en otra silla y le ató las muñecas a los tobillos. La postura era incómoda, pero ella la aguantó con una calma que no se sabía. Notó la punta de su sexo en los labios y lo recibió, despacio, recorriendo con la lengua cada centímetro que la postura le permitía alcanzar.
Entonces oyó un zumbido cerca. Algo que vibraba descendió por su cuerpo y encontró su entrada, encharcada, fácil. Luego algo frío se posó contra sus labios.
—Chupa —ordenó él.
Lo hizo. Era metálico, pequeño. Lo lamió hasta dejarlo húmedo y enseguida sintió cómo lo presionaba con cuidado contra su otra entrada, abriéndose paso despacio. Las vibraciones se volvieron más intensas, más cercanas, y Carolina creyó que iba a perder la cabeza.
Él se alejó unos pasos. Hubo un ruido, una búsqueda. Después algo de cuero le rozó la piel a la altura de los pechos, subió y bajó por su cuerpo, paseándose por el vientre, por los muslos, sin llegar a golpear. Esa caricia anticipada la excitó tanto que volvió a temblar.
El primer golpe fue seco, breve, justo donde no se lo esperaba. Un grito le subió por la garganta. La fusta volvió a recorrerla, despacio, y descargó otra vez. Eran golpes medidos, el dolor exacto que mezclado con el placer se convertía en algo que no tenía nombre.
Siguió así hasta que ella empezó a temblar de verdad encima de la silla. Habían sido demasiados orgasmos, demasiado intensos; perdió la noción del tiempo, casi la conciencia. Entonces él la desató, la levantó en brazos y la recostó en la cama. Le quitó por fin el antifaz, aunque ella tardó en abrir los ojos, y la abrazó hasta que dejó de temblar. Carolina se durmió pegada a su pecho sin haber visto todavía su cara con claridad, y le dio exactamente igual.
***
El sol entraba alto cuando despertó. Él estaba a su lado, mirándola, despierto desde hacía rato. Por primera vez se vieron sin máscaras de por medio, a plena luz, y ninguno de los dos apartó la mirada.
—Buenos días —dijo él.
Ella no contestó con palabras. Se inclinó y lo besó, despacio al principio, y luego con una determinación nueva, la de quien ya no tiene nada que temer. Esta vez fue ella quien marcó el ritmo: lo montó, se dejó caer de golpe y los dos gimieron al sentirse unidos otra vez. Subió y bajó cada vez más rápido, mientras él le acariciaba los pechos y le apretaba los pezones, y por fin Carolina no le apartó la mano.
Levantó los brazos al techo y se meció hacia delante y hacia atrás, persiguiendo su propio placer, hasta que un orgasmo largo la dobló sobre el pecho de él con la boca buscando la suya.
—Joder —murmuró contra sus labios, riéndose—. A mi edad. Quién me lo iba a decir.
Rodaron por la cama y terminaron abrazados, ella respirando fuerte, él acariciándole la espalda con una ternura que no encajaba con todo lo anterior y que, sin embargo, encajaba perfectamente.
—Valió la pena arriesgarse —dijo ella, con los ojos cerrados.
—Tú tampoco lo has hecho nada mal —respondió él.
Carolina sonrió contra su hombro. Había llegado creyendo que se conocía de memoria. Se marchó esa tarde sabiendo que se había equivocado, y que pensaba seguir equivocándose mucho más a menudo.





