La chupada en el coche que casi me marcó
Acepté que me llevara a casa después de la fiesta, pero cuando estacionó en la oscuridad entendí que esa noche iba a ponerme a prueba.
Acepté que me llevara a casa después de la fiesta, pero cuando estacionó en la oscuridad entendí que esa noche iba a ponerme a prueba.
Me imaginé tus manos en el volante y tu polla en mi boca antes de llegar al mar; cuando la playa quedó vacía, ya no hubo freno posible.
Cuando ella dijo que quería jugar con cuatro hombres en la calle, ninguno imaginó hasta dónde iba a llegar aquella noche.
Me chupé su polla bajo la mesa sin imaginar que esa era apenas la entrada de una noche donde me iba a exhibir delante de todos.
Me vio empalmarme por sus pies, sonrió como si ya mandara sobre mí y me hizo seguirla hasta el aparcamiento sin dejarme pensar.
Acepté su cena por necesidad, pero cuando aparcó en la oscuridad supe que no quería tocarme: quería verme perder la vergüenza.
Desde la sombra del patio los vi besarse en el coche, y cuando él se abrió el pantalón ya no pude dejar de tocarme.
Me hice la borracha en el asiento trasero, pero cuando ese desconocido me metió la mano bajo la falda, dejé de actuar.
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
Fui a ese club pensando en unas copas y un encuentro pendiente, pero salí en un coche con dos hombres que ya habían decidido cómo me querían usar.
Decía que quería llegar intacta al amor, pero cuando cerré el coche y la besé, abrió las piernas como si llevara días esperando ese momento.
Cuando vi su mensaje antes de entrar al parking, supe que no iba a volver a casa con las piernas temblando solo por conducir.
Me puse esos tacones para impresionar a mi jefe, pero acabé de rodillas ante un desconocido que supo leer mi deseo mejor que yo misma.
Dejó claro desde que se sentó a mi lado que no pensaba pagar con dinero, y cuando me pidió que parara en el parque entendí por qué.
Bajé la ventanilla para escuchar mejor los gemidos y, cuando quise apartar la vista, ya tenía las bragas empapadas y el miedo metido en la garganta.
Abrí su celular para confirmar una duda y terminé viendo algo que me dejó helado: mi esposa con dos hombres de mi propia familia.
Cuando su cuerpo se pegó al mío en la kizomba, entendí que esa noche no iba a quedarme a medias con aquella mujer madura.
Oculta dentro de un coche de lujo, vi cómo empezaban a tocarse y supe que, si no me iba en ese instante, terminaría empapada.
Estaba indispuesta, pero cuando me dijo que solo quería mi boca, supe que iba a terminar de rodillas tragándome todo.
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.