El vestido que la convirtió en mi ama
Todo empezó con la ropa. Me ponía cachondo, más de lo que me atrevía a confesar, regalarle a Marisol prendas que dejaban poco a la imaginación. Tangas mínimos, sujetadores que apenas le sujetaban nada, faldas tan cortas que se le marcaba todo al caminar. Ella, al principio, era de las que se ruborizaban con solo mirarse al espejo.
—No pienso salir así —decía, tapándose con los brazos—. Parezco otra.
—Esa es la idea —le respondía yo, besándole el cuello—. Estás increíble.
Tardé meses en convencerla de que se lo pusiera por casa. Andaba de aquí para allá con un camisón transparente mientras yo la seguía con la mirada, duro como una piedra, imaginando lo que pensaría un desconocido si la viera así. No sabía entonces que esa pregunta iba a costarme mucho más de lo que estaba dispuesto a pagar.
El siguiente paso fue la calle. Le rogaba, le prometía cosas, le susurraba al oído hasta que cedía con un resoplido y una mirada de fastidio.
—Un rato corto —me advertía—. Y no te quejes después de cómo me miran.
Pero yo no me quejaba. Al contrario. La primera vez que salimos con ella enfundada en una minifalda y el borde rojo del tanga asomando, vi cómo los hombres giraban la cabeza, cómo la repasaban de arriba abajo sin disimulo. Marisol caminaba tensa, incómoda, pero cuando volvíamos a casa me daba cuenta de que estaba más excitada que nunca. Yo le había enseñado a mojarse con las miradas ajenas. Lo que no había calculado era que ese juego tenía dos jugadores, y que el otro aprendía rápido.
***
La noche que lo cambió todo habíamos cenado fuera y bebido un par de copas de más. Ella llevaba un vestido negro ajustado que parecía pintado sobre la piel, y se notaba que esa noche no traía nada debajo. La euforia del alcohol le había borrado la vergüenza. Me cogió de la mano en mitad de la calle y tiró de mí hacia una bocacalle estrecha que yo no conocía.
—Confía en mí —me dijo, con una sonrisa que no le había visto nunca.
Bajamos unas escaleras hasta una puerta sin cartel. Dentro, la música era grave y el aire olía a perfume caro, a sudor y a algo más que tardé en reconocer. Era un club de intercambio. Lo entendí en cuanto crucé el umbral y vi las miradas que se posaron en ella, primero discretas, después abiertamente hambrientas.
Esto se me ha ido de las manos, pensé. Pero no me moví.
Un hombre le rozó la cadera al pasar. Otro se inclinó para decirle algo al oído, y ella se rió, y luego me miró a mí con una expresión que lo decía todo: «¿Ves lo que pasa cuando me vistes así?». Yo estaba clavado en el sitio, con el pulso en la garganta y la boca seca.
—Quédate ahí —me ordenó, y me empujó con suavidad hacia un sofá apartado, contra la pared—. Quiero que mires. Para eso me trajiste, ¿no?
No era una pregunta. Me senté.
***
Empezó despacio. Una mano de un desconocido subiendo por su muslo. Dedos que apartaban la tela del vestido. Marisol no me quitaba los ojos de encima, sostenía mi mirada mientras un hombre al que no conocía le acariciaba entre las piernas y ella separaba un poco los pies para dejarlo hacer. Yo apretaba los puños sobre las rodillas, dividido entre las ganas de levantarme y la incapacidad absoluta de moverme.
Se acercaron tres más. Jóvenes, seguros de sí mismos, de esos que entrenan y lo saben. La rodearon como si fuera lo más natural del mundo, y ella se dejó. La besaron en el cuello, le bajaron los tirantes del vestido, le descubrieron los pechos delante de todos. Marisol echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, y mientras tanto seguía buscándome con los ojos.
—Mira bien, amor —me dijo, con una voz ronca que no le reconocía—. No esperarías vestirme de esta manera y que no pasara nada, ¿verdad? Esto es lo que querías. Solo que no lo sabías.
Se arrodilló frente a uno de ellos. Le bajó la cremallera y se lo metió en la boca sin apartar la vista de mí ni un segundo. Otro la cogió por las caderas desde atrás y la penetró de una sola embestida, y ella gimió contra la carne del primero. El tercero se inclinó a su oído y dijo, lo bastante alto para que yo lo oyera:
—Tu marido ni siquiera se atreve a acercarse.
Y tenía razón. Yo seguía en el sofá, humillado hasta la médula y más excitado de lo que había estado en toda mi vida, con una mancha húmeda extendiéndose en la tela del pantalón sin que me hubiera tocado nadie.
***
No sé cuánto duró. El tiempo se volvió espeso, líquido. Marisol pasaba de unas manos a otras, llevaba el ritmo, decidía. Cada vez que cruzaba la mirada conmigo, su sonrisa se afilaba un poco más. Ya no era la mujer que se tapaba con los brazos delante del espejo. Era otra persona, una que había estado esperando dentro de ella todo este tiempo, esperando a que yo, con mi insistencia idiota, le abriera la puerta.
En algún momento dejé de contar las caras y las manos. Lo único que tenía sentido en aquel sótano era ella, el centro de todo, y yo desde mi rincón, incapaz de apartar la vista. Pensé en levantarme una docena de veces. Pensé en gritar, en llevármela de allí, en recuperar de golpe el control que creía tener. Pero cada vez que la veía buscarme con los ojos por encima del hombro de un extraño, comprobando que seguía mirando, algo en mí se rendía un poco más. No me había llevado allí por error. Me había llevado para enseñarme exactamente esto.
Cuando los hombres terminaron, ella se levantó tambaleándose, con el vestido arrugado, el pelo revuelto y el cuerpo marcado por horas que se habían sentido como minutos. Se acercó a mí caminando despacio, consciente de cada paso, y se sentó a horcajadas sobre mis piernas. Me agarró la cara con las dos manos y me obligó a mirarla.
—Gracias por convencerme —susurró—. De verdad. Llevabas años pidiéndomelo y al final tenías razón. Esto me gusta. Me gusta tanto que vamos a hacerlo otra vez. Muchas veces.
—Marisol… —empecé, sin saber qué quería decir.
—Calla —me cortó, poniéndome un dedo en los labios—. A partir de hoy, las reglas las pongo yo. Tú me vestías como querías. Ahora yo decido cuándo, dónde y con quién. Y tú vas a mirar, porque eso es lo que de verdad te pone, aunque te hayas pasado la vida fingiendo que no.
No dije nada. No hacía falta. Los dos sabíamos que era verdad.
***
Me llevó a casa con la mano apoyada en mi pierna, apretando de vez en cuando, recordándome quién mandaba ahora. Yo conducía en silencio, con la cabeza dándome vueltas, intentando entender en qué momento exacto había dejado de ser yo el que dirigía el juego.
Cuando entramos, no encendió la luz. Me cogió de la camisa y me llevó hasta el dormitorio, y allí, en la penumbra, me hizo arrodillarme delante de ella mientras se quitaba el vestido despacio.
—Has esperado toda la noche para esto —dijo—. No me decepciones.
Y yo obedecí. Obedecí porque era lo único que sabía hacer ya, porque cada orden suya encajaba en un hueco que llevaba dentro desde mucho antes de aquella primera falda corta. Mientras lo hacía, ella me acariciaba el pelo y me hablaba con una ternura extraña, una mezcla de cariño y desprecio que me desarmaba por completo.
—Eres mío —murmuraba—. Mi marido, mi juguete, mi cosa. Y yo soy tuya, pero no como antes. Ahora me tienes que merecer.
Terminé con la cara enterrada contra ella, temblando, vacío y lleno a la vez. No hubo orgasmo limpio, ni momento de claridad. Solo la certeza de que algo se había roto y se había recompuesto de otra forma, una forma que ya no incluía la versión de mí que había entrado en aquel club unas horas antes.
***
De eso hace ya meses. Marisol cumplió su palabra. Volvimos al club, y a otros, y un día dejó de pedirme permiso incluso para eso. Cada mañana abre el armario y elige lo que se va a poner, y yo ya no le regalo ropa: ahora me limito a abrochársela, a subirle la cremallera, a mirarla salir por la puerta hacia donde sea que decida ir.
A veces me pregunto si me arrepiento. Si pudiera volver atrás, a aquella primera tarde en que le tendí el tanga rojo y le supliqué que se lo pusiera, ¿lo haría otra vez?
La respuesta me da más vergüenza que cualquier cosa de las que pasaron aquella noche. Porque la verdad es que lo haría sin dudarlo. Quería despertar algo en ella, y lo conseguí. Lo que no entendí hasta que fue demasiado tarde es que, al hacerlo, también desperté lo que dormía en mí.
Ahora ella es quien manda, y yo soy quien mira. Y, que Dios me perdone, no quiero que sea de otra manera.