Instalé cámaras para vigilar al novio de mi hija
Me llamo Ricardo y nunca pensé que terminaría espiando dentro de mi propia casa. Llevo más de veinte años casado con Marcela, una mujer de caderas anchas y cintura estrecha que me sigue desarmando con solo cruzar una habitación. Tenemos dos hijas: Daniela, la mayor, que salió idéntica a su madre, y Brenda, la menor, todavía en la universidad. Me fue bien en el trabajo, lo suficiente para darles una vida cómoda, una casa grande con piscina y un gimnasio donde las chicas hacían ejercicio. Creí que ya conocía todos los secretos de esa casa. Estaba equivocado.
Daniela había pasado varios meses en una misión humanitaria muy lejos, y una tarde llamó para avisar que volvía. No venía sola. Traía novio. Marcela y yo fuimos al aeropuerto con el corazón apretado de ganas de abrazarla, y cuando por fin la vimos cruzar la puerta de llegadas, los tres lloramos un rato sin importarnos la gente.
—Mamá, papá, él es Bakari —dijo ella, secándose las mejillas.
Levanté la vista y me quedé mudo. Bakari era enorme. Casi dos metros, hombros como vigas, una calma en la mirada que imponía sin decir una palabra.
—Mucho gusto —dijo, y su voz grave hizo vibrar algo en el pecho.
—Bienvenido a la familia —respondió Marcela, ofreciéndole la mano.
Lo llevamos a casa, le mostré la piscina, el jacuzzi, el gimnasio. Esto último le encantó; me contó que entrenaba todos los días. Esa noche cenamos juntos, hablamos hasta tarde, y aunque me cayó bien, no podía dejar de mirarlo. Al lado de él, mi hija parecía diminuta.
Yo me quedé trabajando hasta la madrugada para ponerme al día. Cuando subí a acostarme, pasé frente al cuarto de Daniela y escuché algo que me clavó al suelo. La puerta estaba entreabierta. No debí asomarme, pero lo hice.
Daniela estaba de espaldas contra el colchón, y Bakari encima de ella, moviéndose con una fuerza pausada y brutal a la vez. Ella lo abrazaba con las piernas y pedía más en susurros entrecortados. Lo que me dejó sin aire no fue el tamaño de él, sino la manera en que la dominaba: le sujetaba las muñecas, le hablaba al oído, decidía cada movimiento. Mi hija obedecía y gemía como si esa entrega fuera lo único que le importara en el mundo. Me fui a mi cama avergonzado, excitado y sin poder dormir.
***
Pasaron unos días. Una mañana, antes de salir al trabajo, bajé por unos papeles y escuché voces en la cocina. Brenda ya se había ido a clase, Daniela todavía dormía. Marcela y Bakari estaban solos.
—Ya veo de dónde sacó Daniela toda su belleza —decía él—. De usted.
—Ay, Bakari, qué cosas dices —rio ella.
—Lo digo en serio. Es una mujer hermosa. Mi suegro tiene mucha suerte.
—Lo dices por decir. Yo ya estoy mayor.
—Nada de eso.
Entré antes de escuchar más y Marcela se apartó de golpe, como una niña descubierta. No dije nada. Agarré mis papeles y me fui. Confío en mi mujer, me repetí en el auto. Pero a él no lo conozco.
Esa misma tarde compré varias cámaras pequeñas, de esas que caben en cualquier rincón. Un día que la casa quedó vacía las instalé por todas partes, menos en los baños y en el cuarto de Brenda. En el de Daniela sí puse una; mentiría si dijera que fue solo por vigilancia. Quería seguir viendo lo que había visto por la rendija de la puerta.
***
Volví muy tarde la noche siguiente. Todos dormían. Me encerré en mi oficina, cerré con llave y abrí las grabaciones del día desde la hora en que me había ido.
Marcela bajó con una bata de seda a preparar el desayuno. Brenda comió rápido y salió. Un rato después apareció Bakari, en pantalón corto y nada más. Mi mujer se puso visiblemente nerviosa.
—¿Mi suegro ya se fue? —preguntó él.
—Sí, le tocó temprano hoy.
—Debe sentirse algo sola entonces. Una mujer tan hermosa.
—Ya me acostumbré —contestó ella, dándole la espalda.
Él la miró de arriba abajo sin disimulo. Marcela lo notó por el reflejo de la ventana, se mordió el labio y siguió cocinando como si nada. No pasó nada más esa mañana, pero entendí que algo se había puesto en marcha y que yo, en lugar de detenerlo, lo estaba grabando.
***
Los días siguientes cayeron en una rutina extraña. Cada mañana, después de que yo salía, Bakari bajaba a la cocina y encontraba la manera de acercarse a Marcela. Un saludo, un abrazo por detrás, su cuerpo pegado al de ella un segundo de más. Mi mujer fingía sorpresa, pero nunca se apartaba del todo.
—Buenos días, suegra —le dijo una mañana, abrazándola por la espalda.
—Oh, buenos días —tartamudeó ella.
—¿Cómo amaneció? Aparte de hermosa.
—Dios, Bakari, qué susto. Bien, ¿y tú?
—Feliz. Me gusta dar abrazos, espero que no le moleste.
—No… solo me sorprendí.
—Pues acostúmbrese. La voy a abrazar mucho.
Y la abrazó de nuevo. Yo veía la escena encerrado en mi oficina, con el pulso acelerado y una mezcla de celos y morbo que no sabía cómo nombrar. Cada noche repetía el ritual: cerraba la puerta, ponía las grabaciones y observaba cómo aquel hombre tejía su trampa con una paciencia de cazador.
***
Una tarde grabé algo que cambió todo. Bakari estaba con Daniela en el cuarto, dominándola como siempre, con ella entregada del todo, repitiendo que sí a cada orden.
—Tus caderas son iguales a las de tu madre —le dijo él, sin dejar de moverse.
—Lo heredé de ella —jadeó Daniela.
—¿Y lo demás también lo sacaste de ella?
—No… no lo sé.
—Voy a tener que averiguarlo.
Daniela se quedó quieta un instante, como si hubiera entendido.
—¿Con… con mi madre? —preguntó.
Él le sujetó las muñecas a la espalda, le habló bajito al oído y esperó. Mi hija tardó en responder, pero respondió.
—Está bien —susurró—. Hazlo. Si es lo que quieres.
Apagué la pantalla un momento, con las manos temblando. Esto ya no es coqueteo, pensé. Esto es otra cosa, y yo lo estoy permitiendo desde mi silla. Volví a encenderla. No podía dejar de mirar.
***
La mañana decisiva la reconozco apenas la veo en la grabación. Marcela apareció en la cocina con su bata de seda más corta. Bakari bajó después, y antes de entrar se detuvo en el pasillo, fuera de su vista, preparándose con una determinación fría. Cuando entró, mi mujer ya lo esperaba con una sonrisa que yo no le veía desde hacía años.
Esta vez él no la abrazó. La tomó de las caderas con las dos manos y la pegó contra la encimera.
—Buenos días, Marcela.
—Oh, Dios, qué susto —dijo ella, sin moverse un milímetro para escapar.
—¿Todavía no se acostumbra?
—No lo decía por eso… sino por esto que siento aquí —murmuró, moviendo apenas las caderas hacia atrás.
—Daniela anoche no aguantó —respondió él—. Se quedó dormida antes de tiempo. Y yo amanecí así.
—¿Tanto la haces… cansarse? —preguntó Marcela, con la voz quebrada.
—Cada vez que quiero. ¿Y a usted? ¿Cuántas veces a la semana le toca?
—Dos —confesó ella, en un hilo de voz—. Cuando hay suerte.
—Eso es un crimen —dijo Bakari, subiéndole la bata por la espalda con dos dedos—. Una mujer así debería ser atendida todos los días.
Marcela cerró los ojos. No se apartó. No dijo que no. En cambio, se inclinó apenas hacia adelante, ofreciéndose, y dejó escapar mi nombre una sola vez, como una despedida.
—Lástima que mi hija ya sea tu mujer —susurró.
—En mi tierra —respondió él, apretándola contra la encimera—, un hombre puede tener a más de una. Solo tiene que pedírmelo.
Hubo un silencio largo. Yo, frente a la pantalla, contuve el aliento como si estuviera dentro de la cocina. Y entonces Marcela lo dijo. Lo pidió con las palabras exactas que él esperaba, una, dos, tres veces, cada vez más firme, hasta que la voz dejó de temblarle.
Lo que vino después lo vi entero, sin pausa, encerrado en mi oficina con el corazón golpeándome las costillas. La manera en que él la dobló sobre la encimera, cómo le sujetó los brazos a la espalda igual que hacía con Daniela, el modo en que mi mujer pasó del pudor a la entrega total en cuestión de minutos. Gemía sin contenerse, llamándolo, rogándole, con una cara que en veinte años de matrimonio jamás me había mostrado a mí.
En algún momento Daniela apareció en el cuadro y se sentó frente a su madre, mirándola. Lejos de detener nada, las dos parecían entenderse en un lenguaje que yo no compartía.
—Veo que también sacaste lo demás de ella —dijo Bakari.
—Perdóname, hija —alcanzó a decir Marcela.
—Tranquila, mamá —respondió Daniela, con una calma escalofriante—. Ahora las dos sabemos lo que es.
***
Esa tarde llegó Brenda de la universidad. Almorzaron los tres como si nada hubiera ocurrido, y yo seguía sin poder mirarlos a la cara en la cena. Más tarde, mientras revisaba las cámaras, los micrófonos captaron lo que pasó después.
Bakari subió al cuarto de Marcela y los gemidos volvieron a llenar el pasillo. Brenda, en la sala, los escuchaba con los ojos muy abiertos.
—No entiendo cómo aguanta Daniela —dijo en voz baja, para sí misma.
Justo entonces Daniela bajó a la cocina por agua, tranquila, despeinada pero sonriente. Brenda se quedó congelada.
—Si Daniela está aquí —murmuró—, ¿con quién está…? No. No puede ser. ¿Con mamá?
La curiosidad pudo más que el espanto. Subió en silencio, abrió apenas la puerta del cuarto de Marcela y vio lo que yo ya había visto en pantalla: a Bakari sobre su madre, dominándola por completo. Cerró la puerta con cuidado y se encerró en su propio cuarto. Esa parte no la tengo grabada; ahí no hay cámara.
Apagué la pantalla y me quedé a oscuras, en mi oficina cerrada con llave, escuchando los latidos de mi propia casa. Sé que tendré que decidir qué hago con todo esto. Sé que debería arrancar las cámaras y hablar con mi mujer de frente. Pero mientras pienso en eso, una idea más cobarde se abre paso: mañana voy a instalar una cámara también en el cuarto de Brenda.