El vestido que mi vecino eligió para usarme
Ese jueves yo tenía otros planes. Un amigo de Guadalajara venía por negocios y habíamos quedado en vernos, porque siempre llegaba con regalos: perfumes, lencería, esas tonterías que me hacían sentir deseada de una manera que en casa hacía tiempo había dejado de sentir. Pero a media tarde me llamó mi marido. Que pasara yo por los niños a casa de su madre, que él no podía, que a su madre le tocaba consulta y la iban a llevar.
Salí del trabajo y manejé hacia casa de mi suegra con el celular vibrando en el regazo. Era un mensaje de Mateo, mi vecino. Tenían una reunión con unos amigos esa noche y me esperaban. No le contesté. Recogí a los niños, pasé volando al supermercado por leche y cereal, y volví al edificio.
Desde la escalera ya se escuchaba la música saliendo del departamento de enfrente. Subiendo oí que gritaban mi nombre entre risas, que me apurara, que la fiesta era mejor conmigo. Sentí calor en la cara y aceleré el paso sin contestar.
Les di de cenar a mis hijos y, mientras tanto, mi marido me llamó. Le dije que estaban comiendo. Le pregunté a qué hora volvía.
—Entre doce y doce y media —dijo—. No me esperes despierta. Duérmete.
Colgué pensando que la noche se me había vaciado de golpe. Ni el amigo de Guadalajara, ni nada. Solo yo, los platos sucios y esa música terca del otro lado del pasillo.
***
Estaba acostando a los niños cuando tocaron. Era Mateo, estudiante de la universidad que quedaba a unas cuadras, con cara de quien ya tiene un plan armado. En una mano traía una cerveza y en la otra un vestido rosa, diminuto, colgando de dos dedos como una provocación.
—Hoy no voy —le dije antes de que abriera la boca.
—Mira lo que te compré.
Lo tomé. Era pequeñísimo, casi transparente.
—¿Esto qué es? Está demasiado corto.
—Esa es la idea —respondió tranquilo—. Es de los que usan las chicas en los bares para caballeros. De los que dejan ver el coño si te agachas.
Debí cerrarle la puerta. En cambio me reí, y esa risa fue mi primer error. Me pasó la cerveza, una de esas mezclas nuevas con tequila, y al primer trago algo se me soltó por dentro. Antes, de joven, tomaba submarinos hasta perder la cuenta. El sabor me devolvió a una versión mía que creía enterrada.
—Anda, pruébatelo —dijo, apoyado en el marco como si la decisión ya fuera suya—. Y ven a enseñarme cómo te queda.
—Espérame un momento.
Fui a ver a los niños. Les dije que se durmieran, que iba a estar con la vecina de al lado por si me necesitaban. Me encerré en el baño con el vestido en las manos y lo miré largo rato. Solo un rato, me prometí. Un rato y vuelvo.
Saqué de mi recámara las plataformas que no usaba desde hacía años. El vestido iba sin nada debajo; cualquier prenda interior se habría marcado bajo la tela. Me lo puse y me transparentaba entero. Los pezones se marcaban duros contra la gasa, y abajo se adivinaba el triángulo oscuro del pubis. Salí a la sala.
A Mateo se le fueron los ojos. Lo vi endurecerse bajo el pantalón solo de mirarme. Se ajustó la verga con la mano, sin disimulo, y me la señaló con la barbilla.
—Te ves bien de puta —dijo, y la palabra, en lugar de ofenderme, me prendió de una forma que no esperaba. Sentí un latido pesado entre las piernas, el coño hinchándose solo con oírlo.
Me tomó de la mano.
—Vente.
—Solo un rato. Mi marido llega en dos horas.
—Sí, mamita. En dos horas te devuelvo, bien cogida y bien llena.
***
Entré primero a su departamento. Adentro había tres chicos más, todos universitarios, todos jóvenes, todos mirándome como si me hubieran estado esperando desde antes de que yo decidiera nada. Casi de inmediato empezaron a bailar a mi alrededor y me ofrecieron de su bebida, una mezcla turbia en un vaso de plástico.
—¿Esto qué es? —pregunté después de un par de tragos, sintiendo la cabeza pesada.
—Es una bebida especial para ti —dijo uno, sonriendo—. Para que te sueltes y nos dejes hacerte de todo.
Apagaron las luces y prendieron unas de colores, de esas de antro, que barrían la sala en azul y violeta y dejaban todo a medias entre la sombra y el brillo. La música cambió a algo más lento, más sucio. Yo seguía tomando, seguía bailando, y ellos se me pegaban por delante y por detrás. Sentía manos que me apretaban las nalgas, que me subían por los muslos, que me rodeaban los pechos por encima de la tela. No las aparté. Les correspondí, buscándolos por encima del pantalón, mareada y caliente a partes iguales.
Uno de ellos, el más alto, me metió la mano por debajo del vestido y me acarició directo el coño. Estaba empapada. Se lamió los dedos delante de mí, mirándome fijo.
—Mira cómo chorrea la señora —dijo, y los otros se rieron.
Otro se me pegó por detrás y me apretó las tetas por encima de la gasa, retorciéndome los pezones entre los dedos hasta que se me escapó un gemido. Sentí su polla dura contra el culo, restregándose despacio, marcándome el ritmo. El tercero se puso enfrente, me agarró la mano y se la puso encima del bulto del pantalón para que yo lo apretara. Lo apreté. Empecé a masajearlo por fuera de la tela, sintiendo el largo entero, y él me abrió el vestido de un tirón hasta dejarme las tetas al aire.
—Chúpasela por encima —me pidió.
Me arrodillé ahí mismo, en medio de la sala, y le mordí la verga por encima del pantalón. Le bajé el cierre con los dientes. La sacó él mismo, gorda y roja en la punta, y me la puso contra los labios. Abrí la boca y me la tragué hasta la mitad de una. Los otros dos se sacaron las suyas y se me pusieron uno a cada lado. Empecé a pasar de una boca a otra, chupando, escupiendo, agarrándolas con las dos manos, sacudiéndolas contra mi cara. Me pegaban las pollas en los cachetes, en los labios, en la lengua, y yo abría más la boca cada vez, pidiendo más sin decirlo.
Una parte de mí, la que todavía contaba la hora, repetía que solo era un rato, que en cualquier momento me iba a despedir y a cruzar el pasillo de vuelta a mi vida. La otra parte, la que llevaba meses dormida, no quería escuchar nada. Esa noche ganó la segunda, y lo supe en el instante en que dejé de mirar el reloj del horno y me dejé llevar hacia donde ellos quisieran.
Mateo cortó el juego. Me tomó del brazo y me llevó casi a empujones a su recámara. Me lanzó sobre la cama y se bajó el pantalón. Tenía la polla parada, gruesa, con una vena marcada de arriba a abajo, y un hilo de líquido brillándole en la punta.
—Haz tu trabajo —dijo, con una voz que no le conocía—. Chúpamela como la puta que eres. Que tu marido no tarda.
Me puse en cuatro sin pensarlo. Él se quedó de pie a un costado y yo me lo metí en la boca mientras me sostenía la nuca con una mano. No fue suave. Me empujó hasta el fondo, una y otra vez, sin permitirme respirar a mi ritmo. La punta me chocaba contra la garganta y yo hacía arcadas, llenándole la verga de saliva espesa que se me caía por la barbilla y me goteaba entre las tetas. Me jalaba del pelo, me hacía tragarlo entero, y cuando creí que iba a ahogarme, lo hizo de nuevo.
—Más fuerte —ordenaba—. Así. Sacando la lengua, con esa boquita bien abierta. Ábrela más.
Yo obedecía. Sacaba la lengua y él me apoyaba la polla encima, me la restregaba por la cara, me abofeteaba con ella los cachetes antes de volver a metérmela hasta el fondo. Me escurrían los ojos, se me corría el maquillaje, y aun así abría más la boca cada vez que él lo pedía. No sé en qué momento dejé de querer otra cosa que no fuera obedecer. Le agarré los huevos con una mano y se los amasé mientras lo chupaba, y él soltó un gemido ronco que me hizo apretar los muslos de puro gusto.
***
Sentí que me abrían las piernas por detrás y que alguien entraba en mí de un solo golpe. No lo había oído subirse a la cama. Jadeé, mitad placer, mitad sorpresa, y Mateo aprovechó para tomarme otra vez de la cabeza y hundirse hasta el fondo de mi garganta. El de atrás me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a cogerme fuerte, sacándomela casi entera antes de volver a clavármela, haciendo sonar sus muslos contra mis nalgas.
—Está apretadísima la señora —dijo el de atrás, jadeando—. Se lo está tragando todo.
—Rómpele el coño —contestó Mateo, y siguió cogiéndome la boca al mismo compás.
Los dos ritmos se sincronizaron. Cada vez que uno se hundía por atrás, el otro me empujaba la verga hasta la garganta. Yo era un tubo, un agujero abierto en los dos extremos, y me dejaba usar. Sentía la corrida subir sin poder frenarla, con las tetas balanceándose, los pezones rozando la sábana, las manos ajenas apretándome los muslos, la cintura, el culo.
Se apartó Mateo. Cuando levanté la vista, ya tenía otro frente a mí, otro de los chicos, esperando su turno en mi boca. Se la tragué de un tirón, sin dudar, mientras el de atrás seguía embistiéndome. Y ahí, sin previo aviso, sentí que el primero salía de mi sexo solo para empujar contra el otro lado, contra un lugar que mi marido nunca había tocado. Se me abrió paso apoyando la punta contra el culo y empujando despacio pero sin detenerse, hasta hundirse entero. Grité con la boca llena. Dolor y placer mezclados en el mismo grito, sin saber distinguirlos.
—Aguanta, mamita —le oí decir a alguien—. Ahorita se te pasa y vas a pedir más.
Y me vine. Me vine de una manera que no recordaba ser capaz, con todo el cuerpo, con la sangre hirviéndome, sintiendo cada mano y cada empuje amplificado por lo que fuera que me habían dado de beber. Me convulsioné entera con la polla clavada en el culo y otra atragantándome, y ellos se rieron y me cogieron más fuerte, aprovechando los espasmos.
—Ahora vas tú —oí decir a Mateo—. Dale fuerte. Llénale ese coño abandonado.
Me cambiaron de posición. Me acostaron encima de uno, boca arriba pegada a su pecho, con su verga clavada en el culo, y otro se me trepó por delante y me clavó la suya en el coño de un solo empujón. Los dos empezaron a moverse a la vez, uno hacia arriba, el otro hacia adelante, y yo sentí la pared fina entre los dos agujeros como si me la fueran a romper. El tercero se paró junto a mi cabeza y me metió la polla en la boca, agarrándome del pelo, mientras el cuarto me chupaba y me mordía las tetas, apretándomelas como si quisiera sacarles leche.
Dos dentro, uno en la boca, uno prendido de los pezones, las manos de todos por todas partes. Me estaban usando entera. Me metían y sacaban, me giraban la cabeza para pasarme de una polla a otra, me apretaban las nalgas, me daban nalgadas que sonaban por encima de la música. Sentí la primera corrida de alguien inundándome el coño, caliente y espesa, escurriéndoseme por dentro. No pararon. Se cambiaron el orden, otro entró donde el primero había acabado, resbalando fácil por lo mojado, y siguieron.
Me vine otra vez, a chorros, mojándole los muslos al que estaba abajo, y sentí que la habitación se inclinaba. El de la boca me acabó encima de la cara, hilos gruesos de semen cayéndome en los labios, en la nariz, en las pestañas. Alguien me lo restregó con la punta de la polla para que me lo tragara entero.
Las voces se volvieron lejanas, como si hablaran del otro lado de una pared. Me recostaron boca abajo, con el culo levantado por una almohada, y sentí uno entrar, salir, dejarme el lugar al siguiente. Lo último que sentí con claridad fueron sus manos abriéndome para entrar de nuevo, la polla resbalando entre corrida ajena, y después nada.
***
Desperté boca abajo sobre esa misma cama, con la cara pegada a la sábana y el cuerpo entero dolorido. Estaba cubierta de semen: en el pelo, en las manos, escurriéndome por dentro de los muslos, secándoseme en las tetas y en la espalda. Entre las piernas todo me palpitaba, hinchado, en carne viva. No sabía qué hora era. Busqué mis zapatillas a tientas y no las encontré. Quise acomodarme el vestido y descubrí que estaba rasgado de un costado, empapado, inservible.
Salí a la sala. Los cuatro dormían desnudos, desparramados por los sillones y el suelo, con las pollas todavía a medio hinchar apoyadas contra los muslos. Me miré en el espejo del recibidor y casi no me reconocí. Tenía marcas de dedos en las tetas, en las caderas, y un hilo de semen bajándome por el interior del muslo hasta la rodilla. Me limpié como pude con una toalla, busqué mi celular y vi la hora: dos y media de la mañana. Desde las doce y cuarto mi marido me había escrito. Llamadas perdidas, mensajes sin respuesta.
El estómago se me cerró. Me envolví en la toalla, agarré la bolsa con el vestido roto y salí descalza, tambaleándome, rezando para no cruzarme con nadie en el pasillo.
***
Entré a mi departamento en silencio. Mi marido roncaba en la recámara. No prendí ninguna luz. Fui directo al baño y vomité hasta que solo quedó el sabor de la cerveza y el tequila revuelto con todo lo demás. Me metí a bañar con el agua casi hirviendo, fregándome la piel como si pudiera quitarme la noche entera. Del coño y del culo me seguía saliendo semen ajeno cada vez que me agachaba; me lavé por dentro con la regadera hasta que salió agua limpia. Metí el vestido rosa en una bolsa, la cerré con doble nudo y la escondí al fondo del cesto.
Me acosté desnuda, despacio, cuidando de no rozarlo. Caí en un sueño profundo, sin sueños, de los que se parecen a un desmayo.
Por la mañana ya no estaba. Se había levantado temprano y salió sin despertarme. Más tarde me contó que había llegado a las doce y cuarto, que me escribió y me marcó, y que al no obtener respuesta le preguntó a nuestro hijo. El niño le dijo que yo estaba con la vecina. Por eso no insistió.
—Solo te pido que no tomes tanto entre semana —me dijo después, sin sospechar nada—. Esa mujer es mala influencia para ti.
—Tienes razón —le contesté, bajando la mirada—. Voy a dejar de frecuentarla.
Días después subí a ver a la vecina y le conté que ahora ella era, oficialmente, mi mala influencia. Se rió hasta quedarse sin aire.
—Mira nada más —dijo limpiándose una lágrima—. La señora tranquila del cuatro.
Yo me reí con ella. Pero por dentro, cada vez que la música volvía a sonar al otro lado del pasillo, sentía algo apretarse y abrirse a la vez, como una pregunta que prefería no responder en voz alta.





