Mi primera sesión como esclavo de una desconocida
Apreté el botón del quinto piso y las puertas del ascensor se cerraron frente a mí. Mientras subía, no podía pensar en otra cosa que en el mensaje que Renata me había mandado esa misma mañana.
—No sabes las ganas que tengo de que llegue la tarde. Te voy a convertir en mi esclavo. Voy a apoyar mis pies sucios sobre tu cara y vas a suplicarme de rodillas mientras me tratas como la reina que soy, jajaja.
Solo de leerlo otra vez me recorría un escalofrío por toda la espalda.
Renata había sido un descubrimiento. La conocí en una app de citas a las pocas semanas de mudarme a Curitiba. Tenía veintinueve años, el pelo rubio y una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera. Sus ojos verdes y su piel clara delataban el origen alemán tan común en el sur de Brasil. En su perfil se describía como «modelo curvy», y la verdad es que lo era: todo en ella era abundante, los pechos, las caderas, ese trasero que parecía no caber en ninguna foto. Y lo lucía con una seguridad que daba envidia.
Toda esa dulzura de cara casi infantil se evaporaba en cuanto la conversación se ponía íntima. Ahí era donde Renata brillaba de verdad, sacando un lado dominante y retorcido que me volvía loco. Le encantaba que le contara mis experiencias como sumiso con otras mujeres. Me hacía mil preguntas, escuchaba con la boca entreabierta, entre la incredulidad y la excitación. Siempre quería saber exactamente qué sentía yo en esos momentos, y más de una vez había dicho que algún día le encantaría probar, porque «debe sentirse increíble que te adoren como a una diosa».
La puerta del apartamento se abrió y allí estaba ella, con un mono verde estampado de flores blancas y unas sandalias de lona ya gastadas. Quien conozca ese tipo de calzado sabe que se usan sin medias y que, después de unos cuantos meses de uso, no huelen precisamente a rosas. A eso había que sumarle un detalle: eran sus zapatos de trabajo. Renata era encargada de una tienda de sandalias en un centro comercial, y ese era su uniforme diario.
—Ya estás aquí —dijo con una sonrisa enorme, y me dio un abrazo—. Y llegas temprano. Así me gusta, que no hagas esperar a tu reina.
Si quedaba alguna duda de hacia dónde iba aquel encuentro, acababa de despejarse. Le di la botella de vino que había comprado y ella la examinó con cara divertida.
—Gracias, aunque yo prefiero una bien helada. ¿Quieres una?
Sacó dos cervezas heladas de la nevera y se dejó caer en el pequeño sofá de dos plazas del salón. Yo fui a sentarme a su lado. Apenas había rozado el cojín cuando Renata chasqueó los dedos y señaló el suelo.
—¿Qué haces? Tú te sientas en el suelo —dijo, y el tono ya no tenía nada de dulce.
Obedecí sin rechistar. Ella estiró una de sus piernas largas hasta dejar el pie a la altura de mi cara.
—Descálzame —ordenó, mientras le daba un trago a su cerveza.
Volví a obedecer y empecé tirando del talón de la sandalia. Costaba: aquellos pies, ya de por sí grandes, estaban hinchados por la jornada de trabajo y por el calor húmedo del verano brasileño. Con un último empujón algo brusco, el pie quedó al descubierto. Una bocanada de aire rancio me golpeó en plena cara, como una bofetada. Apestaban desde medio metro de distancia. La plantilla estaba totalmente desgastada, con la silueta del pie marcada a fuego de tanto uso.
Y eran enormes. La herencia alemana no le había dado solo el pelo rubio, sino unos pies anchos que calculé en un cuarenta y uno largo. Curiosamente, tenía el puente bien definido y los dedos largos y finos, nada que ver con lo que yo habría imaginado. Llevaba las uñas pintadas de rosa chicle y los talones algo resecos.
Mientras yo escaneaba aquel pie como para grabármelo en la memoria, Renata lo movía en círculos, abriendo y cerrando los dedos, exhibiendo los restos oscuros de la plantilla que el sudor le había ido pegando a la planta. Sonreía impasible. Disfrutaba viéndome sufrir frente a sus pies.
—¿Creías que por ser tu primera vez iba a tener piedad? —dijo, levantando una ceja con malicia—. Me dijiste que querías a alguien que convirtiera esto en una tortura de verdad, que te llevara al límite. Pues atente a las consecuencias. Estos son mis zapatos de trabajo, y te aseguro que no se los desearía ni a mi peor enemigo. Y esta semana no me hice la pedicura, así que ese trabajito te toca a ti, jajaja.
Mientras lo decía, me restregó el pie sudado por la cara, de arriba abajo, muy despacio.
—Huele —ordenó, recostándose y cerrando los ojos—. Quiero oírte oler mis pies.
No me lo pensé. Hundí la nariz entre aquellos dedos largos y sucios e inhalé con todas mis fuerzas. El olor me llegó hasta el cerebro y se me puso la piel de gallina. Era fétido, avinagrado, como una habitación cerrada llena de queso viejo. Me bloqueaba los sentidos.
Renata abrió los ojos de golpe y soltó un gemido de pura lujuria.
—Ven aquí —dijo, empujándome la cabeza con el pie.
En un movimiento relámpago se quitó la otra sandalia y empezó a frotarme ambos pies por toda la cara, mientras bebía y se mordía el labio. El pie izquierdo detrás de mi nuca me impedía huir; el derecho me recorría el rostro, asegurándose de que mi nariz acabara una y otra vez entre sus dedos. En cuestión de segundos toda mi cara apestaba igual que aquellos pies calientes y pegajosos.
—Túmbate boca arriba —ordenó, dejando la cerveza en la mesita.
Me tumbé en la alfombra, a los pies del sofá. Renata se puso de pie y se deshizo del mono casi con furia, dejando ver un conjunto de lencería rosa pálido. Se quitó también el sujetador y dejó solo el tanga de encaje hundido entre aquellas nalgas inmensas.
—Quiero que me lo lamas hasta dejarlo limpio —dijo, apoyando el pie izquierdo sobre mi cara—. Y hazlo bien, o te asfixio.
Empecé a lamer como si me fuera la vida en ello. El sabor era agrio y salado, francamente desagradable, y la saliva solo acentuaba el olor a vinagre. Su parte favorita era que le pasara la lengua entre los dedos, que movía alrededor de mi boca con total soltura. Pero tampoco me perdonaba los talones resecos ni la zona del callo. Cuanto más la humillaba a ella misma haciéndome aquello, más se excitaba: se apretaba los pechos con violencia, pellizcándose los pezones, dejándolos caer y volviéndolos a levantar.
Al rato cambió de pie y me hizo lamer cada recoveco del otro. Yo estaba completamente sometido. Olía a pies rancios de la cabeza a los pies, y no había escapatoria de aquella mujer que, ya descontrolada, gemía y empezaba a frotarse por encima del tanga, mostrando una enorme mancha de humedad.
De pronto se agarró a la estantería y, con cuidado pero firme, se subió por completo encima de mi pecho. Aquello no lo habíamos hablado nunca. Pero a esas alturas yo ya no tenía voz ni voto. De pie sobre mí, con los pies todavía húmedos, me miraba desde arriba, y todo lo que yo alcanzaba a ver era su barriga, sus pechos cayendo y aquella tela mojada.
—¿Te das cuenta de que podría aplastarte si quisiera? No eres más que un esclavo, y tu deber es darme placer a mí, que soy tu reina —dijo, mientras me acariciaba la mejilla con la planta del pie y luego la apoyaba entera sobre mi cara, sin todo el peso, como meditando su próxima jugada.
Cogió un cojín del sofá y me lo puso debajo de la cabeza. Me temí lo peor.
—Dime que eres mi esclavo y que vas a hacer todo lo que yo ordene. —Lo repetí palabra por palabra.
—Muy bien. Tengo algo para ti.
Empezó a bajarse el tanga empapado hasta que cayó deslizándose por sus tobillos. Lo recogió con el pie, se puso las manos en jarras y comenzó a pasearme la prenda mojada por la cara, asegurándose de que la parte húmeda me rozara la nariz.
—¿Te gusta? Me lo puse especialmente para ti. Mira cómo lo dejaste —decía con una sonrisa dulce que contrastaba con todo lo demás—. Abre la boca. Ábrela y chúpalo. Es el de ayer, pero como sabía que venías hoy, decidí ponérmelo un día más para ti.
Yo no recordaba esa conversación, pero abrí la boca igual. No quería hacerla enfadar. Renata me metió el tanga sudado y, con los dedos del pie, me empujó la barbilla hacia arriba para que cerrara. Era literalmente como beber un té de sudor. Cada vez que movía la lengua, la tela escurría y un sabor intenso y salado se mezclaba con mi saliva. Debí poner cara de asco sin querer, porque me dio una bofetada en el moflete con la planta del pie.
—Nada de caritas. Los esclavos no hacen caritas. Si te vuelvo a ver ese gesto, te ato la cabeza al inodoro y te dejo ahí un buen rato. Tú verás.
Reconozco que la amenaza me la puso dura, pero a la vez me dio miedo que la cumpliera. Viendo el tamaño de Renata y cómo olía su cuerpo, no quería ni imaginarlo.
Volvió a agarrarse a la estantería y, esta vez sí, plantó un pie sobre mi cara, y luego el otro. Quedó de pie encima de mí, descargando todo su peso. Calculé unos setenta kilos directamente sobre el rostro. Solo había dejado un pequeño hueco entre ambos pies por el que asomaba mi nariz. Los talones resecos me tapaban la boca; los dedos quedaban a la altura de mis ojos. No podía ver nada, no podía decir nada. Lo único que podía hacer era aguantar y respirar aquel olor avinagrado, concentrado en no mover la cabeza ni un milímetro.
Noté que se movía y me pareció oír que apoyaba el móvil en la estantería. ¿Me estaba grabando? Yo no veía nada. Al cabo de lo que pareció una eternidad, se bajó de mi cara con mucha menos delicadeza de la que había usado para subir. La sentía ardiendo, aplastada, con la sangre volviendo de golpe. Renata se rió a carcajadas.
—Estás rojísimo. ¿Necesitas oxígeno? —Y dicho esto volvió a posar el pie sobre mi rostro, ahora sin apretar, de modo que mi nariz quedó atrapada entre dos de sus dedos. Por mucho que llevara media hora descalza y por mucho que se los hubiera lamido, aquellos pies seguían apestando, como si el olor estuviera impregnado en la piel.
—Bueno, ya te divertiste bastante —dijo—. Ahora le toca a tu reina. Y como eres un esclavo, tú no tienes derecho a disfrutar. Solo yo.
Se colocó de pie, una pierna a cada lado de mi cabeza. Directamente sobre mi cara tenía su sexo, completamente mojado y brillante.
—Esto te lo vas a comer —dijo, acariciándose con una mano—. Pero primero, esto otro.
De repente se dio la vuelta, quedando de espaldas, con aquel trasero enorme suspendido sobre mi cara. Se agarró las nalgas y las separó y las juntó varias veces.
—¿Te acuerdas de que te pregunté si lo de los pies sudados también valía para otras partes del cuerpo? —dijo sin dejar de pellizcarse—. Pues por esto te lo preguntaba. Desde la primera vez que hablamos solo he podido imaginarte lamiéndome aquí. Siempre fantaseé con obligar a un desconocido a hacerme las guarradas que nadie imagina. Hoy te tocó a ti, y no te vas hasta cumplir mi fantasía. Casi me das pena, porque no quiero ni pensar en cómo huele eso hoy, con este calor.
Se pasó los dedos por allí, los olió e hizo una mueca de arcada fingida.
—Lo dicho, me das un poco de pena —dijo, sonriendo con falsa compasión.
Acto seguido se abrió todo lo que pudo y empezó a bajar despacio hacia mi cara. A treinta centímetros el olor ya era brutal; cuando hizo contacto, pensé que iba a vomitar. Olía a sudor concentrado, mezclado con sus fluidos, húmedo y caliente. Y ver aquellas nalgas blancas abiertas sobre mí multiplicaba la sensación de humillación. ¿En qué momento había dejado que esta mujer me sometiera de tal manera? ¿Cómo era tan perversa en secreto? ¿Por qué lo estaba disfrutando tanto si ni siquiera me atraía físicamente?
La respuesta estaba en su actitud. Desde el primer minuto no me había dado otra opción que aceptar todas sus órdenes, y yo me había entregado por completo a sus juegos. Había ido a aquella cita a divertirme, pero la diversión iba a ser solo suya. Así que ahí estaba, lamiendo a una desconocida que apenas conocía de una app y un puñado de conversaciones, obligado a oler y chupar cada pliegue de su piel sudada mientras ella gemía sin control.
—No pares —decía, masturbándose—. Mete la lengua hasta el fondo.
Yo obedecía y hundía la lengua todo lo que podía, intentando mantener lejos cualquier pensamiento para no acabar vomitando. Ella me tiraba del pelo con fuerza. Apenas podía respirar, y cuando lo hacía era una bocanada mínima de aire atrapado entre sus nalgas.
—Me voy a correr. Me voy a correr en ti. Quiero que te lo tragues todo, esclavo. —Y aceleraba el ritmo, apartando el trasero para frotarse el sexo a pocos centímetros de mi boca.
De pronto su cintura empezó a contraerse con violencia y los gemidos se dispararon.
—Abre la boca. Ábrela más. Saca la lengua… ¡aaaah!
Su cuerpo se sacudió, las piernas le temblaron y gimió de una forma que seguramente escucharon en varios pisos. Mientras se frotaba con furia, me empapó entera la cara, el cuello y el pelo. Yo abría la boca para capturar aquel líquido salado, más por miedo que por ganas, y tragaba para que no se me acumulara. Renata alternaba la mano con frotarse directamente contra mi cara, arrancándose gemidos cada vez.
Poco a poco las contracciones fueron bajando hasta que se calmó del todo, y dejó caer su peso sobre mí, manteniéndome la cara debajo unos minutos mientras recuperaba el aliento.
Al fin se levantó y fue temblando hasta el baño. Volvió con un rollo de papel que me lanzó al suelo casi sin mirarme. Me sequé como pude, me incorporé y apoyé la espalda en el sofá, esperando que ahora viniera mi recompensa.
Pero Renata no entendió el mensaje. De espaldas, empezó a vestirse. Antes de ponerse el tanga lo olió, hizo una mueca de asco y lo tiró de nuevo al suelo, poniéndose el mono sin nada debajo.
—Tengo que salir —dijo, todavía sin girarse.
Me levanté y me puse la camiseta, algo confundido. No me había terminado ni la cerveza.
—¿Te importa si paso al baño a lavarme la cara? —pregunté, comprobando que tenía el móvil y las llaves en el bolsillo.
Entonces se giró y clavó la mirada en mí. Se agachó, recogió el tanga del suelo, me agarró la mandíbula con una mano y con la otra me restregó la prenda mojada por toda la cara.
—De eso nada. Te vas a ir oliendo a mí. Quiero que cuando vuelvas a casa la gente te huela y sepa que eres un cerdo que vino a complacer a su reina. Quiero que se aparten de ti, que noten el olor de mis pies y de mi cuerpo. Eso me encanta.
Casi sin reaccionar me acompañó hasta la puerta. Antes de abrir, me dio un beso largo, metiéndome la lengua hasta el fondo y dejándome la cara mojada otra vez.
—A partir de ahora quiero que este sea tu sabor. El mío, después de un día de trabajo. Ahora vete, jajaja.
Y cerró la puerta. Me fui a casa humillado, sin orgasmo, oliendo a una desconocida dominante y sin siquiera haberme podido lavar.
En el transporte de vuelta, efectivamente, nadie se sentó a mi lado. No sé si fue por el olor o por mi cara, pero bastó para hacerme sentir miserable. Y por si la humillación fuera poca, recibí un mensaje suyo de camino. Era un vídeo. Bajé el volumen al mínimo y lo abrí: se la veía de pie sobre mi cara, con sus pies enormes y sus uñas rosas, alternando esa imagen con la cámara frontal, donde me mandaba guiños y besos al aire.
Una humillación completa.