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Relatos Ardientes

El extraño fetiche del cliente que solo quería mirar

En todos los años que llevo trabajando como acompañante he aprendido a reconocer a un cliente difícil apenas escribe el primer mensaje. Adrián no era de esos. Era delgado, de manos finas, con una timidez que se notaba en la forma en que tardaba en mirarme a los ojos. Hablaba bajo, casi pidiendo permiso para cada frase, pero una vez que entraba en confianza no paraba de conversar. Me cayó bien desde el principio, y por eso me sorprendió tanto lo que terminó proponiéndome.

Nos vimos un par de veces sin que nada saliera de lo normal. A la tercera, mientras tomábamos algo en un bar discreto cerca del puerto, dejó la copa sobre la mesa y se quedó mirando el vaso como si ahí adentro estuviera el valor que necesitaba.

—¿Sabes? —dijo por fin—. Me gustaría tener una noche contigo, pero sería un encuentro distinto a los que tú aceptas normalmente.

—¿Y podrías decirme de qué se trata? —respondí, divertida—. ¿Qué tan distinto puede ser?

Tragó saliva. Bajó la voz aún más, aunque no había nadie cerca.

—Me gustaría verte tener sexo con otros hombres. Varios. Y estoy dispuesto a pagarte muy bien por eso.

No era la primera vez que un cliente me pedía un trío o una fiesta privada, así que no me escandalicé. Lo que me intrigó fue la manera en que lo dijo, como si la parte importante de la propuesta todavía no hubiera salido.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Solo vas a mirar?

—No exactamente —contestó, y por primera vez en toda la noche me sostuvo la mirada—. Ya verás. Espero que no te desagrade lo que quiero hacer.

Esa frase me dio vueltas en la cabeza durante días. Acordamos el precio, que era generoso, y quedamos en vernos el sábado siguiente en su casa. Me pidió que llegara vestida muy sexy, y yo elegí un vestido negro ajustado, ropa interior de encaje y unos tacones que sabía que iban a durar poco puestos.

***

Su casa estaba en una zona tranquila, una de esas calles donde a las ocho de la noche ya no se ve a nadie. Me abrió con una sonrisa nerviosa y me hizo pasar a una habitación en la que solo había una cama enorme, de esas que ocupan casi todo el cuarto. Las cortinas estaban cerradas y la luz era cálida, baja, pensada para no incomodar a nadie.

Me ofreció una copa de vino y nos sentamos al borde de la cama a conversar. Ahí, con la copa entre las manos, terminó de explicarme lo que tenía en mente. Me contó que su placer no estaba en participar al principio, sino en observar. En ver cómo otros hombres me disfrutaban antes de tocarme él. Había una parte del plan que todavía no me quedaba clara, pero me dijo que la entendería sola cuando llegara el momento.

—Nunca lo había hecho así —admití—. Pero hay algo que me da curiosidad. ¿De dónde van a salir esos hombres?

—Son amigos de confianza —dijo—. Gente sana, limpia, en la que confío. Por eso puedes estar tranquila.

Justo entonces sonó su teléfono. Era un mensaje breve. Lo leyó, sonrió y se puso de pie.

—Ya llegaron y me están esperando afuera —anunció—. Espérame un momento, querida. Volvemos enseguida.

Me quedé sola en el cuarto, con la copa medio vacía y el corazón latiéndome más rápido de lo que quería admitir. Escuché voces apagadas en el pasillo, risas contenidas, el ruido de una puerta. Y de pronto la incertidumbre se transformó en algo parecido a la excitación.

***

Adrián volvió con tres hombres. Dos eran de contextura normal, atléticos sin exagerar; el tercero era enorme, alto y ancho, con unas manos que parecían capaces de abarcarme la cintura entera. Entraron en bóxer, sin más, dejando claro desde el primer segundo cuál era el plan. La tela ajustada no dejaba mucho a la imaginación.

Me saludaron uno por uno, con un beso suave en los labios, como si fuéramos viejos conocidos y no desconocidos a punto de compartir una cama. Mientras me besaban, unas manos empezaron a recorrerme la espalda, a bajar el cierre del vestido despacio. No hubo prisa. Dejaron que la ropa cayera al suelo poco a poco hasta que me quedé solo con la tanga de encaje y los tacones.

Sentí las primeras manos en mis pechos, apretando con firmeza, mientras otras me amasaban el trasero. Unos dedos buscaron entre mis piernas y comprobaron lo que yo ya sabía: estaba mojada antes de que empezara lo verdaderamente bueno.

Adrián, mientras tanto, acercó una silla al pie de la cama. Se sentó, se bajó el pantalón y empezó a acariciarse sin apuro, con la mirada clavada en mí. No participaba. Solo observaba, y había algo en esa quietud suya que me ponía aún más.

Uno de los hombres me acercó la verga a la boca y la recibí encantada. Empecé a chupársela mientras con la mano izquierda atendía a otro, marcándole el ritmo con la muñeca. El grandote, mientras tanto, se acomodó entre mis piernas y empezó a jugar con su lengua, mordisqueándome el clítoris con una suavidad que no esperaba de alguien de su tamaño. Cada roce me arrancaba un temblor.

—Ponte en cuatro —murmuró él, con la voz ronca.

Obedecí. Su verga era gruesa, demasiado para entrar de golpe, y costó que se abriera paso. Cuando por fin lo logró, empezó a embestir con fuerza, sin tregua, mientras mi boca volvía a ocuparse de las otras dos, alternando de una a otra. El cuarto se llenó de respiraciones agitadas y del sonido húmedo de la piel contra la piel.

En algún momento, sin que me diera cuenta, Adrián abandonó la silla. Se deslizó bajo mi cuerpo, colocándose como en un sesenta y nueve invertido, y empezó a chuparme los pezones mientras el grandote seguía embistiéndome por detrás. Gemía sin control. A ratos se me escapaban gritos que no podía contener, y antes de darme cuenta me sacudió un orgasmo que me dejó temblando de pies a cabeza, sin la más mínima intención de parar.

***

El grandote terminó dentro de mí con un gruñido largo y, apenas se apartó, otro ocupó su lugar de inmediato. Me sujetó las caderas con las dos manos y entró de un solo empujón. Recién entonces entendí cuál era el detalle que Adrián no me había explicado: ninguno se detenía, ninguno se cuidaba, y todo lo que dejaban se quedaba dentro de mí. Esa era la parte de su fantasía que él se reservaba para el final.

Sentía esa verga entrar y salir con energía, mis pechos atrapados y succionados por la boca de Adrián, y una tercera verga ocupándome los labios. Estaba al límite de la calentura. Un nuevo orgasmo me recorrió la espalda al mismo tiempo que sentía cómo el que me penetraba alcanzaba el suyo.

Mi boca quedó libre apenas un segundo. Mi sexo, en cambio, no descansó: solo cambió de dueño. Volvió el vaivén con ganas, y este último me llegaba más adentro que los anteriores. Me agarró del pelo y tiró, no con violencia, sino con una firmeza que me encendía todavía más. Cuanto más bruto se ponía, más se me nublaba la cabeza.

Adrián seguía sin soltarme los pezones. Los mordía, los estiraba, me dejaba pequeñas marcas en los pechos con sus labios. Su verga estaba dura como una piedra. Intenté agacharme para chupársela, pero negó con la cabeza.

—Todavía no —susurró—. Espérame un poco más.

No entendí el porqué, así que me dejé llevar y seguí disfrutando sin hacer preguntas. Cuando el tercero se corrió dentro de mí, gimiendo fuerte, supe que el momento de Adrián por fin había llegado.

***

Se acomodó debajo de mí otra vez, en posición de sesenta y nueve, con todo lo que los otros habían dejado adentro. Recién entonces me pidió lo que tanto había esperado.

—Ahora sí —dijo—. Chúpamela.

Lo hice mientras él hundía la lengua en mí con una maestría que no encajaba con su timidez de antes. Sentí que flotaba. Mi boca lo devoraba con desesperación, intentando no apretarlo demasiado fuerte cada vez que un nuevo temblor me sacudía por dentro. Y los temblores no paraban: su lengua trabajaba en un sexo completamente entregado, sin un solo gramo de resistencia.

Estuvimos así un buen rato, yo perdida entre gemidos, él sin apuro, exprimiendo cada segundo de su fantasía. Tras varios orgasmos míos, se corrió por fin en mi boca con un suspiro largo, casi de alivio, como quien por fin alcanza algo que llevaba mucho tiempo deseando.

Después nos quedamos todos tirados en la cama, recuperando el aliento. Alguien encendió un cigarrillo y lo fuimos pasando en silencio, con esa calma extraña que viene después del exceso. No duró mucho. Antes de que el cigarrillo se apagara, ya estábamos otra vez en marcha.

Pasamos la noche entera cambiando de posiciones, de manos, de bocas, pero siempre con la misma regla invisible: los otros me llenaban, y Adrián recibía al final lo que dejaban. Esa era su forma de disfrutar, y verlo disfrutar me terminaba excitando tanto como el resto.

Aquella primera vez no fue la última. Repetimos el encuentro varias veces más a lo largo de los meses. Y en algún punto del camino dejé de hacerlo por el dinero. Lo seguí viendo, simplemente, porque ese fetiche raro y silencioso de Adrián se había convertido también en uno de mis placeres más oscuros.

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Comentarios (6)

AlvaroR_85

Excelente!!!! Uno de los mejores que leo por aca en mucho tiempo. Felicidades

RominaCba

Por favor una segunda parte!! Me quedé con ganas de saber mas del personaje del cliente, es muy intrigante ese tipo de deseo

NachoPdA

Muy original la premisa, nunca habia visto algo asi por aca. Bien logrado

Carmenza77

Ay se me hizo cortoooo queria que siguiera jaja. Tremendo relato

JorgeSur_rp

Lo lei dos veces. La narradora tiene una voz muy particular que engancha desde el primer parrafo, no podes dejar de leer

MajoLect

Que curioso ese personaje del cliente... me dejo pensando un buen rato. Buenisimo

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