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Relatos Ardientes

Me arrodillé ante ella en la cancha vacía

La última luz de la tarde caía oblicua sobre la pista de tierra batida del club Las Lomas, y Mariana se movía dentro de ella como si el polvo le perteneciera. Cada desplazamiento levantaba una nube fina que el sol convertía en oro. Yo la miraba desde el banco lateral, con la raqueta apoyada en las rodillas y la excusa de estar recuperando el aliento. La verdad era que nunca dejaba de mirarla.

Llevábamos meses entrenando juntos los martes y los jueves. Ella era mejor que yo, y lo sabía, y no le importaba demostrarlo. Su saque me dejaba clavado en el sitio, y cada vez que ganaba un punto giraba la cabeza hacia mí con una media sonrisa que no terminaba de ser deportiva.

Esa tarde habíamos jugado más tiempo del habitual. El resto de los socios se había ido marchando, primero los de la pista contigua, después el viejo Ordóñez que regaba los geranios de la entrada, hasta que solo quedamos nosotros y el zumbido de los focos que empezaban a calentar.

Cuando ganó el último juego, Mariana dejó caer la raqueta sobre la red y caminó hacia el banco con esa lentitud de quien ya no tiene prisa por nada. Se desplomó a mi lado con un suspiro hondo, la cabeza echada hacia atrás, el cuello brillante de sudor.

—Me has hecho correr —dijo, sin abrir los ojos—. Hoy casi me ganas.

—Casi —repetí.

Ella sonrió con los párpados todavía cerrados. La falda plisada se le había subido un poco con el movimiento, y la camiseta, empapada, se le pegaba al cuerpo dibujando cada curva, cada respiración. No me atreví a mirar demasiado tiempo. Me concentré en sus pies.

Llevaba meses haciéndolo. Al principio me decía que era casualidad, que cualquiera se fija en el calzado de su rival para anticipar el siguiente golpe. Después dejé de mentirme. Me gustaba la manera en que apoyaba el peso sobre las puntas antes de un saque, la forma en que arrastraba los pies por la tierra entre punto y punto, el modo en que se quitaba las zapatillas al terminar como si se desprendiera de una armadura.

Nunca le había dicho nada. ¿Cómo se dice algo así? Habíamos construido una amistad cómoda a base de partidos, cervezas en la terraza del club y bromas sobre quién era mejor. No quería romperla con una confesión que ella podía encontrar grotesca. Así que me callaba, y miraba, y me iba a casa con la imagen grabada.

Mariana cruzó una pierna sobre la otra y, con los dedos de un pie, empezó a tantear el cordón de la zapatilla contraria. El nudo, hinchado de sudor, se resistía. Tiró con el talón, despacio, hasta que la zapatilla cedió y se deslizó dejando a la vista el calcetín blanco manchado de tierra.

—Odio esta parte —murmuró—. Tengo los pies destrozados.

Se quitó los calcetines de un tirón impaciente y los dejó hechos un ovillo sobre la madera. Sus pies aparecieron al fin: las plantas enrojecidas, los arcos tensos, las marcas de las costuras grabadas en la piel. Flexionó los dedos con un gesto de alivio que le arrancó un gemido bajo, casi inconsciente.

—¿Tan mal están? —pregunté, y noté que mi voz salía más ronca de lo que pretendía.

—Pruébalo tú a correr tres sets con estas zapatillas —respondió, y entonces hizo algo que me dejó sin aire: estiró la pierna y apoyó el talón sobre el borde del banco, justo a la altura de mi muslo—. Anda, ya que estás. Me lo debes por la paliza.

Lo dijo medio en broma. Pero su pie estaba allí, a centímetros de mis manos, y yo llevaba demasiado tiempo imaginando ese momento como para tratarlo como una broma.

Me giré hacia ella y le tomé el pie entre las manos. Estaba caliente, vivo, palpitante por el esfuerzo. La piel todavía húmeda se deslizó bajo mis pulgares cuando empecé a presionar el arco, despacio, buscando los puntos donde la tensión se acumulaba.

—Ahí —susurró Mariana, y dejó caer la cabeza hacia un lado para mirarme—. Justo ahí.

Hundí los pulgares un poco más. Ella entreabrió los labios y su respiración cambió de ritmo. Yo intentaba mantener la cabeza fría, concentrarme en el masaje, en la mecánica del gesto, pero el olor de su piel me lo impedía. Era un olor terrenal, intenso, a sudor y a tierra y a algo más que solo era ella. Cada vez que inhalaba, algo se tensaba en mi vientre.

El club entero parecía haberse apagado a nuestro alrededor. Los focos zumbaban, una brisa tibia movía la red de la pista de al lado, y el resto del mundo se había encogido hasta caber en el espacio que ocupaban sus pies entre mis manos. Trabajé el empeine con los nudillos, despacio, sintiendo cómo cada nudo de tensión cedía bajo la presión, y noté que ella ya no fingía relajación deportiva: se entregaba.

—Se te da bien esto —dijo, observándome con los ojos entornados—. Demasiado bien. Cualquiera diría que has practicado.

—Solo improviso.

—Mentiroso.

Seguí amasando la planta con los pulgares, alternando presión y caricia, mientras ella se deshacía poco a poco contra el respaldo. Le presioné un punto bajo los dedos y soltó un quejido largo que terminó en risa.

—Vas a tener que hacer esto cada martes —dijo—. Te declaro oficialmente mi fisioterapeuta.

—Cuando quieras —respondí, y lo decía en serio de un modo que ella todavía no podía sospechar.

Subí las manos hasta el talón, después hasta el tobillo, dibujando círculos lentos sobre la piel tersa de la pantorrilla. Mariana no me detuvo. Al contrario: bajó la otra pierna del cruce y la apoyó también, de modo que sus dos pies quedaron sobre mi regazo, uno junto al otro, ofrecidos.

***

—¿Te gustan? —preguntó de repente.

Levanté la vista. Me miraba sin sonreír ya, con una seriedad nueva, desafiante, como si esa pregunta fuera una puerta que solo se cruza en una dirección.

—¿Qué?

—Mis pies. Llevas semanas mirándolos cuando crees que no me doy cuenta. —Inclinó la cabeza—. No soy tonta, Sebastián. Lo único que quiero saber es si vas a seguir fingiendo o vas a admitirlo de una vez.

Sentí que la sangre se me agolpaba en la cara. Tenía sus pies en las manos, el corazón golpeándome las costillas, y la certeza de que cualquier cosa que dijera a partir de ese momento ya no tendría vuelta atrás. Bajé la mirada hacia ellos: los dedos ligeramente separados, la curva del empeine, la piel enrojecida que aún guardaba el calor del partido.

—Sí —dije por fin, en voz baja—. Me gustan. Me gustan más de lo que debería admitir.

La sonrisa de Mariana volvió, pero distinta, más lenta, cargada de una satisfacción que no tenía nada de inocente.

—Por fin —murmuró—. ¿Y qué más, Sebastián? Dime qué más.

No respondí con palabras. Bajé la cabeza, despacio, sin apartar los ojos de los suyos hasta el último instante, y rocé con los labios el arco de su pie derecho. La oí contener el aire. La piel sabía a sal y a tierra, áspera y caliente, y aquel sabor me recorrió entero como una descarga.

—Dios —susurró ella, apretando los dedos de las manos contra el borde del banco—. No imaginé que te atreverías.

Tampoco yo. Pero ya no había marcha atrás. Pasé la lengua por el empeine, subí hasta el tobillo, volví a bajar siguiendo la línea del arco mientras mis manos sostenían su pie como si fuera algo que pudiera escapárseme. Mariana se reclinó sobre el banco, la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando bajo la camiseta empapada.

—Más despacio —ordenó, y el tono de mando me erizó la nuca—. Quiero sentirlo todo.

Obedecí. Obedecí porque en ese momento no había nada en el mundo que deseara más que obedecerla. Tracé con la lengua el espacio entre cada uno de sus dedos, despacio, uno por uno, sintiendo cómo se tensaban y se aflojaban bajo mi boca. Cada gemido suyo, cada estremecimiento, me confirmaba que aquello era tan suyo como mío.

***

Fue entonces cuando levanté la vista y recordé dónde estábamos.

El club no estaba del todo vacío. A lo lejos, junto a la verja de la entrada, una pareja recogía sus bolsas sin prestarnos atención. Más allá, una figura cruzaba el sendero que bordeaba las pistas, apenas una silueta contra la luz de los focos. La cancha estaba abierta, expuesta, y cualquiera que mirara hacia nuestro lado vería exactamente lo que estaba pasando.

Me detuve un instante.

—¿Y si alguien nos ve? —pregunté, con la boca todavía pegada a su tobillo.

Mariana abrió los ojos y echó un vistazo perezoso alrededor. Lejos de asustarse, su sonrisa se ensanchó.

—Entonces que miren —dijo, y deslizó el pie un poco más hacia mi boca—. No pares por eso.

Aquella respuesta encendió algo en mí que no sabía nombrar. La idea de que alguien pudiera girarse en cualquier momento, de que aquel acto tan íntimo estuviera a un descuido de volverse público, no me frenó: me empujó. Volví a inclinarme sobre sus pies con más audacia, mientras mis manos subían por sus pantorrillas, firmes, posesivas.

Ella mordió su labio inferior para ahogar un sonido. Sus caderas se movieron contra la madera, apenas un temblor, pero suficiente para que yo lo notara. Mantenía los ojos entreabiertos, vigilando el entorno, y esa vigilancia atenta —medio excitada, medio alerta— la hacía estremecerse cada vez que un ruido lejano rompía el silencio.

—Sebastián —susurró, y mi nombre en su boca sonó a súplica y a orden al mismo tiempo—. Esto es una locura.

—Lo sé —respondí contra su piel, sin detenerme—. Pero no quieres que pare.

—No —admitió, casi sin voz—. No quiero.

El golpe sordo de una pelota en una pista lejana nos recordó el mundo que seguía existiendo fuera de aquel banco. A ella, en lugar de frenarla, pareció arrastrarla más cerca del límite. Sus dedos se aferraron al borde de la madera hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tenía la cabeza echada hacia atrás, el cuello tenso, los muslos apretados uno contra el otro.

—No pares —repitió, y esta vez no quedaba nada de broma en su voz, solo urgencia—. Por favor, Sebastián. No pares ahora.

No tenía la menor intención de hacerlo. Sostuve su pie con las dos manos, bajé la cabeza una vez más y me entregué a ella sin reservas, consciente de los focos sobre nosotros, de las siluetas distantes, del riesgo latente que volvía cada caricia más afilada. En ese instante no existía nada más: ni el club, ni la pista, ni quién pudiera estar mirando. Solo el sabor de su piel, el ritmo agitado de su respiración y la promesa, suspendida en el aire caliente de la tarde, de todo lo que todavía estaba por ocurrir entre nosotros.

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Comentarios (5)

Tito_88

Tremendo!!! me dejo con ganas de saber como termino todo, espero que haya segunda parte

Camila95

La tension que se siente desde el principio es increible, muy bien escrito. Sigue asi!

EstebanF

El escenario de la cancha vacia le da un clima muy especial al relato, un detalle que no es comun ver. Se nota que el autor cuida esos detalles

SergioMdq

corto pero intenso, quede pegado hasta el final

GabilaBA

Me pregunto si es autobiografico porque se siente demasiado real para ser pura fantasia jaja. Muy autentico

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