Lo que mi esclavo bebió esa tarde de verano
Los veranos en Córdoba son secos hasta volverte loca. El asfalto devuelve el calor en oleadas y la ciudad entera parece pedir agua a gritos. Vos lo sabías mejor que nadie, Damián, porque llevabas un par de días alimentándote exclusivamente de lo que yo decidía darte, y lo único que había salido de mí en ese tiempo era mi orina.
Esa tarde te cité en un bar del centro que estaba muy por encima de tu presupuesto. No lo elegí por casualidad. Estábamos ensayando formas nuevas de hacerte sentir pequeño, y yo quería que te doliera en dos lugares a la vez: en el cuerpo y en la billetera. Vos pagabas. Yo me ocupaba de verme imposible.
Llevaba un body de látex negro que se ajustaba a cada centímetro, unos pantalones de cuero que crujían cuando cruzaba las piernas y unos lentes de sol que no me saqué ni adentro. Me senté frente a vos como una reina aburrida que tolera la compañía de un sirviente. El mozo se acercó, pediste por los dos sin levantar la vista, y yo sonreí detrás de los cristales oscuros.
—Una copa de vino blanco —dije—. La más cara que tengan.
No pregunté qué querías vos. Vos no estabas ahí para querer nada. Estabas ahí para servir y para pagar, y los dos lo sabíamos, aunque tu cara fingiera la dignidad de un hombre que invita a una mujer a tomar algo.
Bebí despacio. Te miré hacer cuentas con la mirada cada vez que el mozo dejaba otra copa sobre la mesa. Una, dos, tres. Cada una era un golpe silencioso a tu cuenta bancaria, y cada golpe me hacía cruzar las piernas con más placer. Vos sudabas, y no era solo por el calor.
—Estás callado —dije.
—Estoy bien —mentiste.
No estabas bien en absoluto.
Lo supe por cómo te humedecías los labios, por cómo apretabas el vaso de agua vacío que el mozo no te había vuelto a llenar. Hacía un rato que no probabas nada. Yo me encargaba de que así fuera.
—Renata —dijiste al fin, bajando la voz—. Necesito beber algo. De verdad.
Ahí estaba. El tono caprichoso de siempre, ese que confundía la necesidad con el derecho.
—¿No tuviste suficiente esta mañana? —pregunté sin mirarte.
—No, sí… estuvo bien. Pero me siento seco. Moribundo, casi.
Me reí por dentro. Moribundo. Como si una tarde de verano pudiera matar a alguien que apenas empezaba a entender lo poco que valía. Me pasé la lengua por el labio inferior, despacio, dejando que el gesto durara más de lo necesario.
—Hay baños acá, ¿sabés? —dije—. ¿Tan sediento estás?
Vi cómo tu cara enrojecía de golpe. Ese es el tipo de momento que me mantiene en esto. No el sexo, no el cuerpo. El instante exacto en que una persona entiende lo que le estás ofreciendo y descubre, con horror, que lo quiere.
Conectaste las ideas en silencio. Tus ojos viajaron de mi cara a mis caderas, de mis caderas al pasillo del fondo donde un cartel señalaba los servicios. Tragaste saliva. Y tu cuerpo, que es mucho más honesto que tu boca, te delató: no era lo que esperabas, pero era exactamente lo que deseabas.
Tonto. ¿Cuándo vas a entender que conozco tus ganas mejor que vos?
Me levanté sin esperar respuesta. Una orden no se discute. Dejé los lentes sobre la mesa, junto a la última copa vacía, y caminé hacia el pasillo sabiendo que me seguías a dos pasos, con la cabeza gacha, como un perro que ya no recuerda haber sido otra cosa.
***
El baño era estrecho, de azulejos viejos y una sola bombilla que parpadeaba. Olía a lavandina barata y a humedad. Cerré el pasador detrás de nosotros. El espacio se volvió todavía más chico con los dos adentro, y vos te quedaste de pie, dudando, mirándome esperar.
—Al piso —dije.
No fue un grito. Fue casi un susurro, y por eso funcionó. Las órdenes que se gritan delatan inseguridad. Las que se dicen en voz baja no dejan lugar a la negociación.
Te arrodillaste despacio. El pantalón caro que habías elegido para impresionarme tocó el suelo mojado y se manchó al instante con esa humedad sucia que apestaba el lugar. Lo vi en tu cara: el cálculo, el asco, la rendición. Estabas pagando una fortuna por verte miserable, y la ironía no se te escapaba.
Me bajé los pantalones de cuero apenas lo necesario. Corrí la tela de mi ropa interior hacia un lado con dos dedos, sin prisa, mirándote a los ojos todo el tiempo. Quería que vieras cada segundo. Quería que la espera fuera parte del castigo.
Te quedaste quieto, con la boca entreabierta y las manos apoyadas en los muslos, como te había enseñado. Temblabas un poco, y no supe si era por la postura incómoda sobre el suelo frío o por la mezcla de vergüenza y ganas que te recorría. Me tomé mi tiempo a propósito. Dejé que el silencio del baño pesara, que escucharas tu propia respiración acelerarse, que la espera se volviera tan insoportable como la sed.
—Abrí la boca —dije—. Y no derrames nada.
Dejé salir todo lo que me habías comprado esa tarde. Todas las copas, todo el dinero convertido en otra cosa. Vos te acomodaste con torpeza, calculando ángulos, evitando que una sola gota cayera fuera de tu boca. No sé si era por miedo a manchar todavía más tu ropa o porque no querías que ese regalo se desperdiciara en un piso donde tantos desconocidos habían dejado lo suyo. Me gustaba no saberlo. Me gustaban las dos posibilidades.
Tragaste.
Era un sabor distinto al de la mañana. Más amargo, más salado, cargado de vino y de horas de calor. El sabor de las tardes de verano. O por lo menos de este verano, el verano en que decidiste dar un paso al frente y aceptar, de una vez, tu condición de baño personal.
No tolero tu aliento. Nunca lo toleré. Pero eso es justo lo que busco. Con cada trago dejabas de ser un hombre frente a mis ojos y te convertías un poco más en objeto, en utilidad, en algo que existe para recibir y agradecer. Te miré desde arriba, con los pantalones todavía abiertos, y sentí esa calma tibia que solo me da el control absoluto.
***
No siempre fue así, Damián. Y esa es la parte que más me calienta.
Te conocí hace seis años, cuando éramos compañeros de facultad y nuestras interacciones se reducían a saludos cordiales en el pasillo y a discutir fechas de entrega. Eras el estudiante aplicado, el que tomaba apuntes prolijos y se sonrojaba si una profesora lo nombraba en voz alta. Ingenuo. Correcto. Tan lejos de esto que daba ternura.
A veces, mientras estás arrodillado, me permito recordar a ese chico. Lo invoco a propósito. Lo pongo al lado de la imagen que tengo ahora frente a mí —vos en el piso de un baño público, con el mentón húmedo y la mirada agradecida— y en ese contraste está toda mi dicha. No me excita lo que sos. Me excita la distancia entre lo que eras y lo que aceptaste ser.
No fue fácil llegar acá. Hubo meses de tanteos, de límites probados con cuidado, de noches en que vos mismo no sabías si querías quedarte o salir corriendo. Yo te di tiempo. Te di la puerta abierta en cada paso, porque solo me sirve lo que entregás por voluntad propia. Una sumisión arrancada a la fuerza no vale nada. La tuya, en cambio, la fuiste eligiendo vos, palmo a palmo, hasta convertirla en esto.
—Gracias, Renata —dijiste desde el suelo, todavía de rodillas.
—Como corresponde —respondí.
Te ayudé a levantarte tirando apenas de tu camisa, no por amabilidad sino porque me pertenecés y a lo mío lo cuido a mi manera. Te acomodé el cuello arrugado, te miré la mancha del pantalón con una sonrisa y no dije nada. Esa mancha te iba a acompañar todo el camino de vuelta, en el subte, bajo la mirada de gente que no sabría nunca de dónde venía. Otro castigo gratis, regalo del verano.
***
Antes de abrir el pasador, te tomé la cara con una mano y te obligué a mirarme.
—La próxima vez —dije— vas a comer de entre los dedos de mis pies. Despacio, en algún lugar donde haya gente cerca. Y vas a agradecer eso también.
Vi cómo se te dilataban las pupilas. No de miedo. De anticipación. Ya no necesitabas fingir dignidad, al menos no frente a mí, y esa honestidad nueva era lo más cerca que habías estado de gustarme de verdad.
—Sí —dijiste, sin agregar nada más.
Salimos del baño uno detrás del otro. Volví a mi mesa, me puse los lentes y le hice un gesto al mozo para que trajera otra copa. Vos te sentaste frente a mí, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas, esperando la próxima orden como quien por fin encontró su lugar en el mundo.
Afuera, el calor seguía aplastando la ciudad. Adentro, vos tenías sed otra vez. Y yo, que conozco tu sed mejor que vos, ya estaba pensando cuándo y cómo te la iba a calmar.