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Relatos Ardientes

Lo que Yasmín puso en mi copa esa noche

Yasmín era de esas mujeres que te desordenan la noche con solo cruzar la puerta. Tenía la piel de un color tostado precioso, y ella misma me explicó que se debía a que su madre era blanca y su padre negro. Aunque había nacido en Belo Horizonte, su familia venía de Recife, y de ahí le quedaban aquellos rasgos brasileños tan marcados y una sonrisa blanca, perfecta, capaz de desarmar a cualquiera.

Tenía un cuerpo que pedía atención sin disimulo, pero lo que más destacaba era su culo, apretado dentro de unos pantalones negros de cuero que parecían pintados sobre su piel. Llevaba tacones blancos de plataforma y las uñas de los pies pintadas de un amarillo flúor que brillaba cada vez que la luz del local le pasaba por encima.

Había sido ella la que me propuso vernos esa noche en el Cielo, un rooftop en pleno centro de la ciudad. La música retumbaba, las copas se sucedían una tras otra y, a medida que bebíamos, la conversación iba subiendo de tono. Yasmín se abría cada vez más, soltando sus gustos y sus fetiches como quien deja caer prendas al suelo.

Con la excusa del volumen de la música, le hablaba constantemente al oído. Era la parte de su cuerpo que más la encendía, y yo lo sabía, así que me aprovechaba sin pudor. Me aseguraba de respirarle despacio en el cuello, de que mis labios le rozaran la oreja en cada acercamiento.

Ella respondía sonriendo, mordiéndose el labio inferior, apretándome la mano con fuerza cada vez que sentía mi aliento bajarle por la nuca. Cada vez que lo hacía, yo notaba cómo se le erizaba la piel del brazo.

Después de un rato tentándonos el uno al otro, decidimos bajar a la pista. Allí, con las luces más tenues, todo explotó. Empezamos a besarnos y a manosearnos sin importarnos quién pudiera estar mirando. Yasmín me agarraba la nuca con una fuerza casi violenta y me metía la lengua hasta el fondo, mientras con la otra mano guiaba la mía hacia su entrepierna, que ardía a través del cuero.

—Esto es lo que pasa cuando se encuentran dos escorpio —bromeaba ella entre beso y beso—. Que la temperatura sube demasiado rápido. Somos signos muy sexuales.

—Y muy morbosos —le respondí—. A mí me encanta hacer cosas que estén mal, cosas prohibidas. Me pone saber que en cualquier momento nos pueden pillar.

Yasmín sonrió y se quedó pensativa un segundo. Estaba claramente borracha, pero mantenía la compostura, esa elegancia que algunas mujeres conservan incluso cuando ya han perdido todos los filtros.

—¿Sabes cuál es mi fetiche más grande? —dijo mirando al suelo—. El xixi.

Acto seguido se tapó la boca con la mano y se echó a reír a carcajadas. Yo hablaba algo de portugués, pero aquella palabra no me sonaba de nada.

—¿Qué es xixi? —le pregunté.

Ella dejó la copa sobre la mesa alta que teníamos al lado, levantó una pierna e hizo un gesto con la mano, como si algo saliera de su entrepierna.

—Xixi —repitió, alargando la palabra—. Pssssss. Pipí.

No me lo podía creer. ¿Aquella mujer espectacular me estaba diciendo que su fetiche era la lluvia dorada? Abrí los ojos como platos y por un instante pensé que la música me había jugado una mala pasada.

—¿Me estás tomando el pelo? —le pregunté sin terminar de creérmelo—. Yasmín, creo que me quiero casar contigo ahora mismo. Es uno de mis fetiches favoritos.

Ella se rió, pero no pareció sorprendida en absoluto. Intuí que no era el primer hombre que le respondía algo parecido, y eso, lejos de molestarme, me puso todavía más.

—Pero yo soy muy meona de verdad, ¿eh? Me gusta mojar mucho —dijo, y mientras lo decía me pasó la palma de la mano por toda la cara, de arriba abajo, lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.

Estuve a punto de reventar la cremallera del pantalón. Tragué saliva y forcé una sonrisa que intentaba aparentar más control del que tenía.

—Pues aquí tienes un voluntario para la próxima vez —le dije—. Prometo abrir bien la boca para que no se desperdicie ni una gota.

A ella le encantó la respuesta. Vi cómo se le iluminaban los ojos, cómo se le escapaba esa media sonrisa de quien acaba de encontrar a su cómplice perfecto.

—Qué pena que estemos en una discoteca, ¿né? —susurró mientras seguía acariciándome la cara—. Porque ahora mismo me están entrando muchas ganas de hacer pis.

Por un momento valoré la situación. Era inviable meternos al baño y salir con la ropa empapada, sobre todo sabiendo que esa misma noche había quedado después con unos amigos y no tenía tiempo de pasar por casa a cambiarme.

—Tranquilo —dijo ella, sacándome de mis cálculos—. Es solo para provocarte. Aquí no lo haría. Mejor un día me llevas a tu casa y me enseñas la bañera.

Acto seguido se incorporó, cogió su copa casi vacía y se ajustó el ceñido top blanco que se le había descolocado entre tanto roce.

—Voy al baño —anunció—. Vuelvo enseguida. ¿Quieres que te pida otra copa de paso?

—Claro, un gin-tonic si no te importa —respondí.

Yasmín se agachó, se acercó a mi oreja y volvió a meterme la lengua hasta el fondo, moviéndola en círculos lentos que me recorrieron la espalda entera.

—Claro, lindo. Lo que tú mandes —me guiñó un ojo, sonrió y se marchó con la copa balanceando las caderas.

Mientras tanto, yo intentaba calmar el desastre que tenía dentro del pantalón y digerir lo que acababa de pasar. Aquella mujer me había puesto a mil por hora con un par de frases y una palabra en portugués. Los minutos pasaban y yo no podía dejar de darle vueltas a todo lo que había dicho.

De repente, el móvil me vibró en el bolsillo. Era un mensaje de Yasmín por WhatsApp, con un vídeo adjunto. Debajo de la imagen, una sola frase: «eu preciso a sua boca aqui».

Abrí el vídeo y casi me da un infarto allí mismo. Yasmín estaba en el baño, grabándose con el móvil mientras se bajaba las bragas negras con la mano derecha hasta la altura de las pantorrillas. Enfocaba solo sus labios, sin dejar ver el resto de la cara, y se chupaba el dedo corazón antes de empezar a acariciarse el sexo, húmedo y completamente depilado.

Después dejó de acariciarse, se separó los labios con los dedos índice y corazón, y dejó escapar un chorro corto pero potente sobre la taza del inodoro. Volvió a enfocar la boca, se chupó los dedos mojados y sonrió a cámara. Ahí terminaba el vídeo.

Otra vez la cremallera al borde del colapso. Un sudor frío me recorrió el cuerpo entero y una especie de vértigo me subió desde el estómago. No sabía si estaba excitado, mareado o las dos cosas a la vez.

De pronto, una mano se posó en mi hombro y me acarició desde atrás.

—Hola, lindo —dijo Yasmín, sonriendo mientras daba un sorbo a la pajita de su copa—. ¿Estabas viendo guarradas en el móvil? Qué safadinho.

Por un segundo me asusté de verdad, pensando que alguien pudiera haber visto el vídeo por encima de mi hombro. Pero al girarme y encontrarla ahí, con esa sonrisa, me puse durísimo de nuevo.

—Solo una chica que quiere ponerme los dientes largos —le dije, guardando el móvil con un desinterés tan fingido que ni yo me lo creí.

—Creo que esa chica quiere hacer muchas más cosas que ponerte los dientes largos —respondió ella, mordiendo la punta de la pajita.

—¿Y si nos vamos a un sitio más tranquilo? —propuse.

—Claro. Terminamos las copas y nos vamos —dijo, ofreciéndome su copa en señal de brindis.

Cogí el gin-tonic que Yasmín había pedido para mí. Y entonces pasó algo que jamás olvidaré, algo que se ha convertido en uno de los recuerdos más morbosos de toda mi vida.

Al rozar la copa con los dedos, noté que no estaba fría. Estaba tibia, casi caliente. Fue entonces cuando me fijé bien en el contenido y vi que el líquido no era transparente, sino de un amarillo dorado muy pálido. La copa de balón estaba salpicada por los bordes, y los dos cubitos de hielo que flotaban dentro reflejaban una luz amarillenta que ya no dejaba lugar a dudas.

—No quería que te quemaras —dijo ella, metiendo un dedo en mi copa y removiendo los hielos. Sacó el dedo y se lo chupó despacio, sin apartar la mirada—. ¿Y bien?

Yasmín levantó su copa y con la otra mano me hizo un gesto para que me apresurara a brindar. Miré a un lado y al otro. Nadie a nuestro alrededor parecía darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder.

Esto está mal. Esto está tan mal que es perfecto.

—Por nosotros —dije.

—Por las almas gemelas —respondió ella, mirando primero el contenido de mi copa y luego a mí.

Rozamos los cristales y empecé a beber lentamente. El sabor era fuerte, intenso, pero nada desagradable. La copa entera olía a su pis, y sin embargo yo solo podía concentrarme en el placer de tragar aquello que ella había preparado especialmente para mí. Su orina tibia me bajaba por la garganta y me calentaba el estómago, mientras Yasmín me observaba sin parpadear, sentada en el reposabrazos de una silla con una pierna cruzada sobre la otra.

Me lo terminé todo. Me aseguré de que no quedara ni una sola gota en el fondo, de raspar los hielos con la lengua para que ella viera hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Yasmín examinó la copa vacía, como quien comprueba que su juguete ha cumplido la orden al pie de la letra.

—Creo que tú y yo nos vamos a divertir muchísimo —me dijo al oído, mientras me hacía un chupetón lento en el cuello que me marcó la piel y la noche entera.

Y aquello, como ella misma había prometido, no era más que el principio.

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Comentarios (5)

MartinaRosario

Que bueno!!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

Luciana_Bcn

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo jaja

SilvinaW

Me recordo a algo parecido que me paso con una amiga hace años, nunca se lo conte a nadie 😅. Muy bien escrito.

Noctambula_27

Esos meses de bromas en el vestuario... tipico que una situacion asi se vaya acumulando sin que ninguna se anime. muy realista

Camileta22

Increible, muy bien narrado. Sigue subiendo relatos asi!

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