Me arrodillé ante una desconocida en el aeropuerto
El vuelo aterrizó pasada la una de la madrugada. No le había pedido a nadie que viniera a buscarme a esa hora, así que reservé un transporte particular para las cuatro y me resigné a pasar las tres horas muertas en la terminal internacional, casi vacía, con el zumbido de las luces fluorescentes como única compañía.
La sala de espera era un desierto de asientos metálicos y carteles apagados. Solo quedábamos cuatro o cinco pasajeros dispersos, cada uno en su propia burbuja de cansancio. Y ella.
La vi en cuanto me senté. Una mujer guapísima, latina, de rasgos que adiviné colombianos por el acento que después le escucharía. Tenía algo de diosa: el pelo oscuro recogido sin esfuerzo, los labios llenos, una manera de cruzar las piernas que ocupaba el espacio como si la terminal entera fuera suya.
Pero lo que me hizo perder la cabeza fueron las botas.
Llevaba unas botas de invierno de suela gruesa, con un poco de tacón, nada sexis a primera vista, prácticas para el frío de la madrugada. Y sin embargo no podía despegar los ojos de ellas. Imaginar lo que había dentro, los pies guardados en esos calcetines tras horas de viaje, me encendió de una forma que me costó disimular.
Tengo que explicarlo, aunque me dé algo de vergüenza. Uno de mis fetiches más fuertes es dejarme pisar con el calzado puesto, o que una mujer apoye los pies en mi regazo y descanse mientras yo le sirvo. Cuanto más cotidiana es la situación, más me excita. Y aquella sala vacía, a esa hora imposible, era el escenario perfecto para una fantasía que casi nunca me atrevo a confesar.
Me senté justo enfrente de ella, a unos metros, y no fui capaz de mirar a otro lado.
Nuestras miradas se cruzaron una vez. Luego otra. A la tercera, ella frunció el ceño y se removió en el asiento, incómoda. Entendí que la estaba poniendo nerviosa y bajé la vista.
Pero no la bajé a cualquier sitio. La bajé a sus botas.
Sabiendo que tarde o temprano volvería a pillarme, saqué el móvil con disimulo y le hice un par de fotos a las botas, fingiendo que escribía un mensaje. El corazón me latía como si estuviera robando algo.
—¿Por qué me miras tanto los pies? —dijo de pronto, sin rodeos, en ese acento cantarín que me derritió.
Me quedé en blanco. Lo único que se me ocurrió balbucear fue una excusa torpe.
—Hace mucho frío esta noche —dije, como si eso explicara algo.
Ella me observó un segundo y, para mi sorpresa, asintió.
—Tengo los pies y las manos congeladas —contestó, abrazándose a sí misma.
Y ahí, sin querer, me había abierto justo la puerta a la que yo no me atrevía a llamar.
—Si quieres —solté antes de pensarlo— puedo darte un masaje en los pies. Para que entres en calor.
Se quedó mirándome con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿Cómo? ¿Dónde? ¿Aquí? —preguntó, levantando las cejas.
—No hay casi nadie —insistí, señalando con la barbilla un rincón al fondo, junto a unas columnas, lejos de la poca gente que quedaba—. Podemos cambiarnos a aquel lado y quedar más resguardados.
No me respondió enseguida. Sacó el móvil del bolso y se puso a escribir. La impaciencia me carcomió: pensé que mi propuesta la había ofendido, que estaría avisando a seguridad, que había arruinado todo. Pero al cabo de un par de minutos levantó la vista y me clavó una mirada distinta. Más oscura. Más calculadora.
—¿Eres fetichista de pies? —preguntó, directa—. ¿De los que se mueren por besar pies y lamer suelas?
Tragué saliva.
—No es para tanto —mentí a medias—. Me gustaría sentirme útil. Sujetarte los pies con las botas puestas, quitártelas después, masajearlos, besarlos. Aquí mismo.
—¿Y en privado? —preguntó, ladeando la cabeza.
—En privado, lo que pidas —dije con la boca seca—. No rechazo casi nada.
Algo cambió en su cara. Una sonrisa lenta, segura de sí misma.
—Ven —ordenó, dando una palmadita en el asiento contiguo—. Acércate.
***
Me senté a su lado en el rincón que había señalado, casi escondidos detrás de una columna y de una hilera de carritos de equipaje. Sin pedir permiso, ella levantó las piernas y apoyó las botas sobre mis vaqueros, arrastrando las suelas contra la tela de mi pantalón y luego contra mi camiseta, como si las estuviera limpiando en mí.
El gesto me dejó sin aire. No era un masaje lo que ella tenía en mente. Era otra cosa.
—¿Quieres continuar? —preguntó con un tono bajo, ronco, que pareció reservado solo para mí.
—Sí —respondí, y me oí añadir algo que jamás digo en voz alta—. Sí, mi diosa.
La palabra le gustó. Lo vi en cómo se le iluminaron los ojos.
Llevé las manos a la cremallera de la primera bota, dispuesto a quitársela para llegar por fin a esos pies que llevaba media hora imaginando. Pero apenas la rocé, ella retiró la pierna de un golpe seco y me empujó el pecho con la suela.
—¿Quién te ha dado permiso? —dijo, divertida y firme a la vez—. Llevas un buen rato comiéndote mis botas con la mirada. Primero las besas. Después veremos.
Me quedé paralizado. Una cosa era fantasear y otra muy distinta hacerlo, ahí, en una terminal, con la posibilidad de que alguien doblara la esquina en cualquier momento. No sabía si sería capaz.
Pero no me detuve.
Me incliné despacio y besé la punta de la bota. Apenas un roce de labios sobre el cuero frío. Ella suspiró, satisfecha, y yo sentí cómo la vergüenza se convertía, segundo a segundo, en una excitación que no había sentido nunca.
—Otra vez —murmuró—. Despacio.
Volví a besarla. Y otra. La puntera, el empeine, el costado. Cada beso era una pequeña rendición.
Entonces levantó la pierna y giró la bota para enseñarme la suela.
—Si quieres tocar mis pies —dijo—, primero esto.
Dudé. Lamer una suela es otra cosa. Otra cosa completamente distinta. Pensé en una vez, años atrás, en que llegué a besar los tacones de otra mujer, pero aquello había sido un juego de pareja, cómodo, privado. Esto era una desconocida en un aeropuerto dándome órdenes.
Y aun así me incliné y le besé la suela.
—Y la otra —dijo, levantando el segundo pie.
Besé también la segunda. El gusto del cuero y del polvo del suelo de la terminal debería haberme dado asco. No me lo dio. Me tenía a su merced y los dos lo sabíamos.
—Mucho mejor —dijo, relajándose por fin—. Ahora sí.
Me dejó quitarle las botas. Tiré de las cremalleras con cuidado, casi con devoción, y fui sacando un pie y luego el otro, todavía enfundados en unos calcetines de lana gruesa. En cuanto quedó descalza de botas, apoyó la planta sobre mi entrepierna y apretó.
Solté un gemido contenido. Estaba durísimo, y ella lo notó al instante.
—Vaya —dijo con una sonrisa—. Sí que te gusta.
Mantuvo el pie ahí, presionando despacio mientras me observaba disfrutar. Después acercó el otro a mi cara.
—Creo que después de tantas horas de avión mis calcetines deben oler de maravilla —dijo—. Inspira. Profundo. Quiero verte.
Así lo hice. Acerqué la nariz a la lana y respiré hondo. El olor cálido, íntimo, mezclado con un rastro de su perfume, me dejó completamente entumecido, incapaz de hacer otra cosa que obedecer y disfrutar.
—Buen chico —susurró—. Ahora quítamelo.
Le retiré el calcetín del pie que tenía cerca de la cara y, antes de que pudiera decir nada, ella misma me lo acercó para que lo oliera de nuevo, esta vez la piel desnuda. Con la otra mano agarró mi abrigo, que descansaba en el respaldo, y lo echó por encima de nuestras piernas para tapar lo que estábamos haciendo.
Quedamos escondidos bajo la tela. Yo tenía la suela de una bota apoyada contra la mejilla —no recuerdo en qué momento la recuperó— y el otro pie, ya descalzo, frotándome y aplastándome por encima del pantalón con una lentitud que me volvía loco.
—Besa —ordenó, presionando la suela contra mi cara—. Es lo que querías, ¿no? Besa y después lame. Seguro que mientras me mirabas las botas te imaginabas haciendo justo esto.
Y tenía razón a medias. Lo que yo había imaginado era besar sus pies, sujetarlos, lamerlos. Lo de las suelas no estaba en mi cabeza hasta que ella lo puso ahí. Pero ya no importaba lo que yo hubiera imaginado. Importaba lo que ella decidiera.
Lamí.
***
No sé cuánto tiempo pasó. La terminal seguía en silencio, salvo por algún anuncio lejano en un idioma que no entendí y el rumor de una máquina de café al fondo. Bajo mi abrigo, el mundo se había reducido a sus pies, su voz y mi propia respiración entrecortada.
—¿Eres así de obediente en todo? —preguntó al cabo de un rato, después de retirarme la otra bota y atraparme la nariz entre los dedos de su pie descalzo.
—Bastante —admití contra su piel, sin un gramo de orgullo y sin echarlo de menos.
Mi respuesta pareció ser exactamente la que esperaba.
Cogió una de mis manos —yo seguía sin atreverme a moverla sin permiso— y la guió despacio, por debajo del abrigo, hacia el interior de sus muslos. La detuvo justo ahí, en el calor entre sus piernas, y apretó mis dedos contra la tela de sus vaqueros.
—¿Y esto? —preguntó, mirándome a los ojos con una calma que me hizo temblar—. ¿También te apetece? Cuando acabes con el festín de los pies y los calcetines, claro.
No pude contestar. Solo asentí, con la suela todavía en la mejilla y su pie marcándome el ritmo, mientras pensaba que aún faltaban dos horas para mi transporte y que jamás, en toda mi vida, había deseado tanto que un vuelo se retrasara.
Continuará.