La noche en que Rodrigo vendió a su mujer
Valentina entró en la casa con el frío de la tarde pegado a la ropa y algo del otro hombre todavía en la piel. Cruzó el umbral esperando silencio. No lo encontró.
El salón estaba irreconocible. Los focos de estudio que Rodrigo usaba para sus presentaciones habían sido instalados apuntando al centro de la habitación, y los muebles habían sido desplazados contra las paredes para despejar un pasillo central. La distribución no era casual. Tenía la geometría deliberada de algo que se ha preparado con tiempo y sin consultarle a nadie.
Rodrigo esperaba al pie de la escalera. Llevaba el traje gris de las reuniones importantes y los ojos de quien no ha dormido bien en semanas.
—Llegas en el momento exacto —dijo, tomándola del brazo antes de que pudiera reaccionar—. Hay tres hombres en el comedor. Los conoces a todos. Esta noche necesito que hagas lo que sé que puedes hacer.
Valentina no dijo nada. Lo miró, y en esa mirada calculó todo lo que había calculado desde hacía meses.
***
Eran tres, sentados en torno a la mesa como si formaran un tribunal. Valentina los reconoció en el acto: el director regional de la firma con la que Rodrigo llevaba un año negociando, y dos inversores extranjeros que habían cenado en esa misma casa en otras ocasiones. Hombres de mediana edad, trajes caros, la mirada fría de quienes están acostumbrados a poner precio a todo.
—Caballeros —dijo Rodrigo, con una voz que intentaba sonar firme—, les presento el activo más sólido de mi propuesta.
El director, un hombre corpulento de manos grandes y ojos pequeños, se levantó sin apresurarse. Se acercó a Valentina y le pasó los dedos por el cuello, bajando despacio hasta apartarle el escote y sopesarle una teta con la palma abierta, como quien tantea una fruta antes de pagarla.
—¿Sabe ella lo que se espera? —preguntó, dirigiéndose a Rodrigo.
—Pregúnteme a mí —dijo Valentina.
El hombre la miró con algo que podría haber sido respeto, o simplemente sorpresa. Sonrió.
—Entonces ya estamos de acuerdo.
***
Lo que ocurrió a continuación ocurrió sobre la misma mesa donde hacía tres semanas habían cenado los padres de Rodrigo. Valentina lo pensó en algún momento entre el primero y el segundo hombre: en el mantel de hilo que seguía doblado en el cajón del aparador, en todo lo que define un hogar y que en ese momento parecía pertenecer a otro universo.
El director fue el primero. Lo hizo con la eficiencia de quien firma documentos, sin preliminares. Le arrancó las bragas de un tirón seco, le abrió los muslos con las dos manos y se bajó los pantalones dejando caer la polla ya dura contra el interior de su cadera. Valentina sintió el frío de la madera pulida contra la espalda y luego el calor del hombre encima, y no cerró los ojos. Miró el techo mientras el director la empujaba con dos dedos gruesos, comprobando que estaba lo bastante mojada para no perder tiempo, y después la penetró de una sola embestida que le sacó el aire.
—Está apretada la mujercita —murmuró el hombre por encima de su hombro, y empezó a follársela con un ritmo metódico, de caderas anchas y ganas viejas.
La mesa crujía bajo cada empellón. Valentina notaba la polla entrando entera hasta el fondo, chocando contra el hueso, retirándose con un ruido húmedo, volviendo a hundirse. El director le agarró las dos tetas con las manazas y las apretó como si fueran las asas de un mueble, usándolas de agarre para clavársela más fuerte. Ella dejó escapar un gemido que no fue actuado del todo, y eso pareció excitarlo aún más: le escupió en la boca, le pellizcó los pezones hasta ponérselos morados y siguió embistiendo hasta que se corrió con un gruñido gutural, vaciándose dentro de ella en tres sacudidas espesas que Valentina sintió calientes contra las paredes del coño.
Rodrigo grababa desde la esquina. Ella lo escuchaba moverse, ajustar el encuadre, emitir algún sonido involuntario que no era del todo rechazo.
El segundo hombre era más joven y más brusco. No esperó a que el semen del primero terminara de escurrirle por los muslos. La agarró del pelo, la levantó del tablero y la puso de rodillas en el suelo con la cara contra su bragueta.
—Ábrela —ordenó.
Valentina le bajó la cremallera con los dientes y le sacó una polla larga, curva, ya goteando. Se la metió entera en la boca de una vez, hasta el fondo de la garganta, y notó que al hombre le temblaban las piernas. Empezó a mamársela con la técnica de quien lo ha hecho muchas veces y sabe que la única manera de terminar rápido es no dejar respirar a la otra parte. Le chupaba los huevos entre embestida y embestida, le lamía el frenillo con la punta de la lengua, se la volvía a tragar entera sintiendo cómo se le humedecían los ojos. El hombre la agarró de la nuca con las dos manos y empezó a follarle la boca sin miramientos, embistiendo hasta el tope, haciéndola atragantarse y babear largos hilos de saliva que le caían por la barbilla hasta las tetas.
—Puta buena —jadeaba—, qué bien la chupas, joder.
Luego la levantó y la dobló sobre la mesa, boca abajo, con las tetas aplastadas contra la madera y el culo en pompa. Le separó las nalgas con los pulgares y se la metió de golpe por el coño, resbaloso de la corrida del director. La follaba con embestidas cortas y rápidas, palmeándole el culo con la mano abierta hasta dejárselo colorado, mordiéndole la nuca. Valentina se aferró al borde de la mesa y dejó que el cuerpo se le sacudiera con cada empellón, sintiendo las tetas rebotar contra la madera. Cuando el hombre estuvo a punto, se salió, la giró de un tirón y se corrió en su cara, un chorro largo y espeso que le atravesó la mejilla, la frente y le colgó del pelo.
El tercero llegó cuando los otros dos ya se habían recompuesto y vuelto a sus sillas, y lo hizo por detrás, con Valentina apoyada en el borde de la mesa, todavía con la corrida del segundo secándosele en la cara. Le lamió la espalda de abajo arriba, le mordió el cuello, le hundió dos dedos en el coño y otros dos en el culo al mismo tiempo, comprobando qué agujero estaba más dispuesto. Eligió el culo. Escupió sobre el ojete, frotó la punta de su verga contra la entrada y empujó despacio, ganándose centímetro a centímetro, hasta que Valentina lo tuvo entero metido por detrás.
—Aguanta —murmuró él, sujetándole las caderas—, aguanta que ahora empieza.
Y empezó a bombeársela por el culo con embestidas largas, profundas, sacándosela casi entera para volver a hundírsela de un golpe. Valentina apretó los dientes y dejó que su cuerpo respondiera porque era suyo y siempre lo sería. Sintió cómo el hombre se aceleraba, cómo le clavaba las uñas en la cadera, cómo se corría dentro del culo con un jadeo largo, llenándola por dentro con una segunda descarga caliente que se sumó a la del director.
—Si cerramos el trato —dijo el director cuando todo terminó, ajustándose la corbata—, la necesitaremos disponible esta semana.
Rodrigo asintió como si eso no fuera lo que acababa de pasar.
Valentina recogió su ropa del suelo con calma, con el semen de dos hombres escurriéndole por los muslos y el de un tercero secándosele en la cara. Los tres hombres la miraban todavía.
Esta semana, pensó. Eso me da tiempo suficiente.
***
La habitación del piso dieciséis del hotel olía a madera lacada y tabaco de importación. Valentina llegó puntual, con un vestido que no pedía permiso, y el funcionario que la esperaba la recibió sin levantarse del sillón. Era un hombre de unos sesenta años, con el tipo de autoridad que no necesita demostrarse porque está cosida en cada gesto. Sus dos asistentes permanecían de pie cerca de la ventana, con la quietud entrenada de quien está acostumbrado a no preguntar.
—Siéntate —dijo el funcionario.
Valentina se sentó enfrente de él, no al lado. Lo miró directamente.
—Me han explicado la situación de tu marido —dijo él—. Entiendo que está pasando por un momento complicado.
—Efectivamente —dijo Valentina—. Yo no.
El silencio que siguió fue breve pero denso.
Lo que ocurrió después en la habitación fue diferente a lo de la mesa del comedor. El funcionario era un hombre que entendía que el control se ejerce de maneras distintas. Empezó él, despacio, ordenándole que se desnudara de pie en el centro de la alfombra mientras los asistentes miraban sin acercarse. Valentina se quitó el vestido con calma, dejándolo caer al suelo, y después el sostén, y después las bragas. Se quedó desnuda bajo la luz cenital, con las tetas altas y el pubis depilado a la vista de los tres.
—Ven —dijo el funcionario.
Ella cruzó la habitación descalza y se arrodilló entre sus piernas. Le abrió el pantalón y le sacó una polla más pequeña que las de la noche anterior pero notablemente más dura. Se la metió en la boca sin prisas, chupándosela con una lentitud casi ceremoniosa, lamiéndole los huevos, jugando con el prepucio, escuchando cómo la respiración del hombre iba subiendo mientras seguía impasible por fuera. Los asistentes se acercaron sin necesidad de que nadie los llamara. Uno se puso detrás de ella y le acarició el culo con las dos manos, separándole las nalgas, deslizándole el pulgar por la raja. El otro se colocó a un lado y le ofreció su polla ya fuera del pantalón.
Valentina la agarró con la mano libre y empezó a masturbarlo mientras seguía chupándosela al funcionario, alternando bocas y ritmos con la coordinación de quien está haciendo tres trabajos al mismo tiempo y en ninguno afloja. El asistente de atrás le hundió dos dedos en el coño, la abrió y la penetró de pie, doblándola sobre las rodillas del jefe.
Así estuvieron un rato: el funcionario follándole la boca, el asistente follándole el coño, el otro asistente empujándole la cabeza contra la pelvis del funcionario cada vez que ella hacía ademán de tomar aire. Los cambios llegaron después. La levantaron entre los tres y la llevaron a la cama circular. La tumbaron boca arriba con el funcionario debajo, penetrándola por el coño mientras un asistente se le montaba encima y le metía la polla por el culo, los dos hombres embistiéndola a ritmos opuestos, chocando dentro de ella a través de una pared de carne fina. El tercero le arrodilló la cara y le llenó la boca con la verga, follándosela por los tres agujeros al mismo tiempo.
Valentina se dejó abrir por completo. Sentía el sudor de tres cuerpos escurriéndole por el suyo, el olor a semen y a colonia cara mezclado con el suyo propio, el crujir de la cama bajo el peso combinado. Uno se corrió en su boca y ella se lo tragó todo, lamiéndose los labios. Otro se corrió en su culo y se quedó dentro hasta que se le fue reblandeciendo. El funcionario se corrió en su coño con un gemido largo y grave, aferrándole las caderas como si temiera perderla.
La llevaron después contra el ventanal, con las luces de la ciudad al fondo, y se la turnaron los tres de pie, cada uno usándole un agujero durante lo que le duraba la erección antes de pasársela al siguiente. Valentina tenía la mejilla aplastada contra el cristal frío y el vaho de su propio jadeo empañándolo. Se corrieron sobre su espalda, sobre su culo, sobre el nacimiento de las tetas. Luego volvieron a la cama.
En algún momento, cuando el peso de los cuerpos sobre ella alcanzó ese punto de saturación donde todo se vuelve únicamente sensación, extendió la mano hacia el maletín sobre la mesilla de noche.
Sus dedos encontraron el sobre con los documentos.
Ahí estás, pensó.
Nadie lo notó. Los hombres nunca notan lo que ocurre al otro lado de su propio placer.
***
El club no tenía nombre en ninguna parte. Existía como una dirección en el teléfono de personas que no se conocían en ningún otro contexto. La convocatoria llegó por mensaje cifrado: un edificio en el barrio industrial, una hora, una instrucción de vestimenta que Valentina interpretó a su manera.
Llegó con botas altas y el resto casi nada.
La sala principal era una caverna de luz roja y olor a incienso, con una tarima central y máscaras de animales en cada cara. Valentina eligió la de zorra en el guardarropa de entrada. No fue una elección al azar.
Rodrigo estaba en la primera fila, con una máscara de lobo que le quedaba demasiado grande y los nudillos blancos de apretarlos.
El hombre con máscara de toro fue el primero en subir a la tarima. Era una mole de hombros anchos y manos que no pedían permiso. La levantó del suelo como si no pesara nada y se la colgó del cuerpo, sujetándola por los muslos con las dos manos, encajándose la polla ya erecta contra el coño abierto de par en par por el peso mismo de ella. La penetró en el aire, en vilo, con las botas altas colgándole a media pierna y las tetas rebotando entre los pectorales del toro. Cada embestida hacia arriba hacía que Valentina bajara clavándose la verga entera hasta el fondo, y el impacto llegó hasta las entrañas. La mole tenía una polla gruesa, curvada, y cada vez que se hundía sonaba un chapoteo obsceno que se escuchaba en toda la sala.
—Mírala, cómo la abre —susurró alguien entre el público.
Ella lo recibió y lo procesó sin perder de vista la sala. El toro la usó durante varios minutos así, cargándola de arriba a abajo como si fuera un juguete, hasta que la tumbó de espaldas sobre la tarima y le montó la cara, follándole la boca con los huevos golpeándole en la barbilla. Se corrió en dos partes: primero un chorro dentro de la garganta, luego la sacó y le vació el resto en las tetas, larguísimos hilos de semen que le quedaron colgando de los pezones.
Los otros llegaron de uno en uno. El del águila era más metódico: la puso a cuatro patas en el centro de la tarima y se la folló por el coño con embestidas contadas, casi cronometradas, mientras le hundía el pulgar en el culo hasta el nudillo. El del ciervo era más ansioso: no aguantó más que unos minutos antes de correrse dentro de ella con un gruñido corto, retirándose derrotado y siendo reemplazado de inmediato. El que entró sin máscara era el que más claramente quería que lo vieran: se tomó su tiempo, la giró en varias posiciones, la levantó, la volvió a tumbar, se la folló contra el suelo de la tarima con la cara hundida en su cuello, gimiendo alto para el público.
Entre uno y otro, Valentina no se limpiaba. Dejaba que el semen se le acumulara dentro y por fuera, escurriéndole por los muslos, brillándole en la boca, secándosele en las tetas. Le abrieron los tres agujeros por turnos y varias veces al mismo tiempo. En un momento tuvo a uno debajo, otro encima y otro en la boca, exactamente como en el hotel pero ahora con cien máscaras mirándola desde la sombra.
En algún momento Valentina buscó a Rodrigo entre la penumbra y lo encontró exactamente donde había calculado que estaría: inmóvil, consumido, incapaz de apartar la vista. Tenía la mano en la entrepierna del pantalón y no sabía si estaba a punto de correrse o de vomitar. Ella le sostuvo la mirada desde la tarima mientras el toro volvía a subir y descargaba un último impulso a horcajadas sobre su vientre, corriéndose sobre su ombligo y su pubis, marcándola.
Rodrigo estaba destruido. Solo que todavía no lo sabía.
Ya casi, pensó Valentina.
***
A la mañana siguiente, Valentina no se duchó. Se puso el albornoz del dormitorio principal, fue al despacho de Rodrigo, se sentó en su sillón de cuero y encendió uno de sus cigarrillos. Dejó que el humo impregnara la habitación y esperó.
Rodrigo tardó veinticinco minutos en aparecer. Entró con el pelo mojado y los ojos de alguien que ha pasado la noche entera repasando el mapa de las últimas semanas buscando el punto donde las cosas se le fueron de las manos.
Cuando la vio en el sillón se detuvo en el umbral.
—Valentina —dijo, y en esa sola palabra había algo parecido a una súplica disfrazada de reproche.
Ella no contestó de inmediato. Dejó que el silencio trabajara.
—El director de tu firma me llamó ayer por la tarde —dijo al fin—. Antes de la reunión del club. ¿Sabes lo que me dijo?
Rodrigo esperó.
—Me dijo que tu empresa no tenía los avales necesarios para el contrato. Que todo lo que habías prometido era humo. Pero que si yo quería, él podía redirigir la inversión. A mi nombre. —Hizo una pausa, exhaló el humo—. Acepté.
El color que le quedaba a Rodrigo en la cara desapareció.
—No lo hiciste.
—Firmé ayer por la tarde, antes de ir al club. La notaría cierra a las siete. Llegué a las seis y media. —Valentina se levantó del sillón y fue hacia él con calma—. La empresa ya no es tuya. Los contratos tampoco. La mansión seguimos siendo los dos, mientras yo quiera que sea así.
Rodrigo buscó las palabras durante varios segundos. No las encontró.
—¿Qué quieres? —preguntó al fin.
Valentina se detuvo a un paso de él. Le tomó la cara entre las manos con una calma que no era ternura aunque se le pareciera.
—Quiero que entiendas lo que hiciste —dijo—. Creíste que me estabas usando. Y mientras tanto yo hablaba con tu director, con el funcionario del hotel, con cada uno de los hombres que tú me pusiste delante pensando que eran tu herramienta. No lo eran. Eran la mía.
Rodrigo intentó hablar. Ella alzó un dedo.
—Puedes quedarte en esta casa si eres capaz de entender qué ha cambiado. Si no puedes, hay un taxi que puedes llamar tú mismo.
Lo dejó de pie en el despacho y fue a la cocina a preparar café. Desde allí lo escuchó no moverse, quedarse procesando, reconstruyendo el mapa de los últimos meses con la nueva información.
Valentina bebió el café mirando por la ventana. La calle estaba vacía a esa hora y el sol empezaba a calentar los adoquines húmedos de la noche anterior. Era suyo, todo eso. El silencio, la mañana, la decisión de qué venía después.
Siempre lo fue, pensó.
Solo necesitaba que él se lo demostrara.