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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el aula olvidada del subsuelo

Empecé los talleres en la facultad de letras cuando tenía veintisiete años. No era profesora, solo una voluntaria con demasiadas ganas de cambiar el mundo. Mi amigo Gerónimo, del centro de estudiantes, me consiguió un aula chica en el subsuelo donde dictaba un taller de mediación cultural los miércoles a la tarde.

Al principio venían dos o tres personas. Me alcanzaba para sentirme útil, para creer que estaba haciendo algo bueno con mis horas libres. Después llegaron ellos.

Cinco chicos, todos en sus primeros años de carrera, todos demasiado entusiastas. Lucas, Bruno, Iván, Nicolás y Tomás. En pocas semanas el taller pasó de tres asistentes a más de veinte, y me reasignaron a un aula más amplia, también en el subsuelo. Ellos se ofrecieron como ayudantes y yo acepté sin pensarlo demasiado.

—Sos lo mejor que le pasó a este taller —me decía Iván, el más callado, mientras cebaba el primer mate de la tarde.

Yo me dejaba querer.

***

Aquella tarde de junio llovía con una intensidad que vaciaba las calles. Cuando llegué al aula solo había diez personas más mis cinco ayudantes. Faltaba la mitad. Lo achaqué a la lluvia y a los finales.

—Parece que vamos a ser pocos hoy —dije con tono ligero, dejando la mochila sobre el escritorio.

—La lluvia le saca las ganas a cualquiera —respondió Bruno, sirviendo el primer mate—. Yo vine porque me gusta estar acá. La paso bien.

Sonreí sin darle importancia. Acomodé los apuntes, encendí la computadora vieja del aula y, justo cuando iba a empezar, la alarma de incendio empezó a sonar. Un chillido agudo, repetido, que nos puso a todos en pie de un salto.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, más sorprendida que asustada.

—Yo me sé el protocolo —dijo Iván enseguida—. Seguime, hay una salida por el pasillo del fondo.

Me extrañó que el pasillo no fuera hacia la calle, pero confié. Iván abrió la puerta de un aula que claramente no se usaba: mesas y sillas apiladas hasta el techo, ventanas tapadas con afiches viejos, un olor a humedad que se metía en la garganta.

—¿Estás seguro de que es por acá? —pregunté, mirando alrededor.

—Es justamente por eso —dijo él con una seguridad que no le conocía—. Esta aula está aislada del edificio principal. Si pasara algo arriba, acá no nos llega nada. Cuando termine la alarma podemos salir tranquilos.

Saqué el celular. Sin señal. Habían pasado quince minutos desde que sonó la alarma y nadie venía a buscarnos. El aula olía a polvo y a algo más, algo que no supe nombrar en ese momento.

—Dios, no tengo señal para avisar a Mateo —murmuré.

—No te calentés —dijo Tomás riéndose—. En cinco minutos salimos de esta cueva.

Yo estaba como casi siempre vestía: jean ajustado, remera blanca larga hasta las caderas, zapatos con cinco centímetros de taco. El pelo recogido en un rodete alto. Apenas un poco de base.

—¿Hace cuánto que estás con tu novio? —preguntó Nicolás, sin levantar la vista del celular.

—¿En serio vamos a charlar de eso? —reí, nerviosa.

—Si no querés, no contestes. Es tu intimidad.

—No, está todo bien. Con Mateo salimos desde el último año del secundario. Casi diez años ya.

—¿Y es celoso? —tiró Lucas con una sonrisa que no me terminó de gustar—. Porque si yo tuviera una novia como vos, no la dejaría encerrada con cinco tipos en un aula del subsuelo.

Solté una carcajada para disimular. Me transpiraban las palmas.

—Sí, es bastante celoso. Si supiera dónde estoy ahora me arma una escena. Pero ya estamos acostumbrados. Yo tampoco soy una santa, le doy motivos a veces.

Lo dije sin pensar. Solté esa frase como quien deja caer una llave en el suelo y no se da cuenta hasta minutos después. Cuando levanté la vista, Iván estaba parado contra la pared con el celular apuntándome.

—¿Estás filmando? —pregunté, todavía sonriendo.

—Mirá lo que pesqué —dijo él, dándole vuelta a la pantalla para que los otros vieran—. La encargada del taller confesando que engaña a su novio. Si esto cae en las manos equivocadas, hay tercera guerra mundial.

Algo en mi pecho se cerró.

—Bueno, ya pasó la alarma. Volvamos al aula.

—¿Volver? —Bruno se rió bajo—. Esto era un simulacro. Lo avisaron la semana pasada, cuando faltaste. Dura dos horas. Charla informativa incluida.

Miré las puertas. Miré los rostros. Cinco chicos que durante meses me habían sonreído, ayudado, escuchado. Cinco chicos que ahora me miraban distinto.

***

—Ahora no hay nadie en el edificio —dijo Tomás, acercándose con las manos en los bolsillos—. Estamos solos. Y vamos a hacer justicia por todas las veces que viniste con esa calza apretada levantando ese culo, o con la pollerita de jean que nos provocaba a todos, o con los trajecitos que nos hacían imaginarte arrodillada mirándonos a los ojos. Sos una provocadora, Carolina.

Sentí frío.

—Si me visto así es porque me gusta. No tengo la culpa de que ustedes no se sepan controlar.

—¿Y si tu novio se hace del video? —preguntó Iván desde la sombra, todavía con el celular en la mano—. ¿También va a ser nuestro problema?

Se acercó despacio, mostrándome la pantalla. Había varios clips. Yo riéndome. Yo confesando. Yo, en cualquier interpretación posible, pareciendo culpable.

—Sos amiga de Gerónimo —siguió Iván—. Pero tengo entendido que él es más amigo de Mateo que tuyo. Si le mando esto a Gerónimo, ¿cuánto tarda en sacarte del taller y arruinarte el noviazgo? A menos que el video desaparezca. Que se borre. Que pase como si nunca hubiera existido.

—No tengo plata —solté con la voz quebrada—. Lo único que cobro es por las clases particulares de inglés.

—No queremos plata —dijo Iván con una calma que me erizó la piel—. Solo queremos equilibrar la balanza. Vos misma dijiste que no eras tan santa. Decí que sí a todo lo que te propongamos y el video se borra. Es así de simple.

***

Las piernas me temblaban. Pensé en Mateo, en el taller, en todo lo que perdería si ese video salía. Pensé también, durante una fracción de segundo que después me costaría perdonarme, en Bruno y en Tomás. En cómo a veces los miraba más de lo necesario.

Asentí sin hablar.

Nicolás fue el primero. Se acercó y me besó la boca sin pedir permiso. Le dejé hacer. Las manos de él en mis caderas, los demás riéndose y sacando fotos, comentarios sucios que me llegaban como si vinieran de muy lejos.

—Sabíamos que eras así.

—Desde el primer día estabas esperando esto.

—Mirá cómo nos pone esta mina.

Nicolás me apoyó contra el escritorio, me levantó la remera y me besó el cuello con una lentitud que no esperaba. Yo cerré los ojos. No está pasando, me voy a despertar en cualquier momento. Pero la boca de él en mi piel era real, y mi propio cuerpo respondiendo era todavía más real.

—Arrodillate —me ordenó él, bajándose el cierre del pantalón—. Quiero que me la chupes mirándome a los ojos.

Lo hice. Me arrodillé en el piso polvoriento, lo tomé con las dos manos, lo miré desde abajo. Los otros se desabrocharon también. Empezaron a turnarse para ponerse delante de mí, uno tras otro, con esa coreografía que parecía ensayada.

—Apurate, que el simulacro termina en una hora —dijo Lucas, agarrándome del brazo y levantándome—. Quiero hacerte mía más de una vez.

Me dio vuelta sobre el escritorio. Apoyó la palma de su mano en mi nuca y me empujó hasta que los codos se hundieron en una capa de polvo. Me bajó el jean hasta los muslos, me corrió la bombacha a un costado.

—Levantá el culo —dijo él al oído—. No te hagas la desentendida. Sabés perfectamente cómo va esto.

***

No voy a contar cada detalle de esa tarde. No por pudor, sino porque hay imágenes que se me quedaron grabadas y otras que el cerebro borró por compasión. Recuerdo el escritorio corriéndose contra la pared con cada embestida de Lucas. Recuerdo a Bruno apoyándose en mi cara mientras yo intentaba no ahogarme.

Recuerdo, sobre todo, mi propia voz pidiéndoles que pararan. Y recuerdo que en algún momento dejé de pedirlo.

—Eso me va a hacer acabar —dijo Bruno con la voz ronca—. Si seguís haciendo esos quejiditos te lleno la garganta.

Iván filmaba todo con el celular en alto. Tomás esperaba su turno con una sonrisa que no se le borró en ningún momento. Nicolás se vino dentro de mí sin avisar, depositando el calor entre embestidas que me sacudían el cuerpo entero.

—Para estar toda la tarde acá —murmuró él, retirándose despacio—. Toda la tarde y toda la noche.

Iván fue el último en pasar. Se puso detrás de mí, me abrió las nalgas, esparció lo que quedaba de los demás por mi piel.

—El culo no —imploré—. Eso lo conservo para Mateo.

—Mateo tardó demasiado —dijo él con una calma que era casi peor que la violencia—. Yo te lo hubiera hecho la segunda semana.

Quince minutos. Quince minutos que fueron años. Después se turnaron otra vez. Y otra. Y otra. En algún momento sacaron de mi propia cartera un desodorante en aerosol y lo usaron como si fuera otra cosa más para meterme. Cuatro chicos haciendo de mí su muñeca, su revancha por algo que yo no sabía que les debía.

Cuando terminaron, se quedaron sin energía y sin saliva. Me dejaron vestirme en silencio. Iván me mostró la pantalla y borró el video delante mío, archivo por archivo. Salimos del aula olvidada y la facultad funcionaba con normalidad. Nadie había escuchado nada. Nadie había venido a buscarnos.

***

Suspendí el taller dos meses. Le dije a Mateo que estaba cansada, que necesitaba un parate. Él no preguntó demasiado, y eso fue casi lo peor.

Cuando volví, ellos seguían anotados. Lo supe en cuanto entré al aula. Esperé que el grupo se fuera, que el reloj marcara las ocho, que el subsuelo se vaciara. Iván y Nicolás se quedaron.

Me arrinconaron contra la pizarra y me mostraron las fotos en la pantalla del celular.

—Tenemos copias —dijo Iván con una serenidad que ya no me sorprendía—. Siempre las íbamos a tener.

Esa tarde había ido con la pollerita de jean. La que les calentaba. La que ya no fingía nada. Nos quedamos hasta el amanecer en el aula del fondo. Ellos llevaron un consolador. Yo llevé una botella de agua y la promesa muda de que sería la última vez.

No fue la última vez. Pero sí fue el último día del taller en la facultad de letras. Después me dediqué a otras cosas, a otros lugares, a otros hombres. Y siempre, por hache o por be, terminé en alguna situación parecida.

Me dije muchas veces que era una víctima. También me dije, en las noches en que no podía dormir, que había una parte de mí que esperaba el simulacro desde el primer día. Las dos cosas pueden ser ciertas. Lo aprendí con los años, cuando dejé de pelearme con esa parte mía y empecé a buscarla.

A Mateo nunca se lo conté. Hace tres años que no estamos juntos.

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Comentarios (7)

ElBeto77

tremendo relato!!! me quede sin palabras

Mili_BA

Por favor necesito la segunda parte, no puede terminar asi!! Me engancho demasiado

Gustavo_R

La tension que construis desde la primera linea es increible. No pude parar de leer hasta el final

roxana_uy

me quede con ganas de mas, se hizo muy corto

Luciana_F

Muy buena ambientacion, el subsuelo le da un toque que te mete dentro de la historia. Espero la continuacion!

Sebas22

excelente!!! sigue escribiendo asi

Lucas_cba

La trampa del celular no me la esperaba para nada. Muy bien pensado todo

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