Me arrodillé otra vez aunque no fuera castigo
El correctivo de aquellas dos semanas había quedado atrás. Habíamos vuelto a la rutina del piso compartido, al silencio cómodo de las mañanas, al ritual del café antes de que cada uno se fuera a su despacho. Yo había retomado mi trabajo de abogada y Sergio el suyo de informático, pero algo había cambiado en el equilibrio entre los dos, algo que él valoraba y que yo, sin terminar de admitirlo, también buscaba conservar.
Las dos semanas de teletrabajo forzoso, las azotainas diarias, las humillaciones sin tregua, todo aquello me había marcado más por dentro que por fuera. Las marcas en la piel se me habían ido. La docilidad, no. Y tampoco se me había ido esa humedad que se me instalaba entre los muslos cada vez que él me miraba de cierta manera, como si mi coño se hubiese acostumbrado a ponerse a punto en cuanto oía su voz de mando.
Aquel sábado por la mañana el sol entraba a raudales por las ventanas del salón. Sergio leía el periódico en el sofá mientras yo preparaba el desayuno. Le había hecho sus tostadas favoritas, las del pan negro con un hilo de aceite y tomate rallado, y el café cargado como le gustaba. Cuando aparecí con la bandeja, levantó la vista y me sonrió.
—Gracias, Naroa. Siempre tan atenta.
Me senté frente a él y desayunamos hablando de los planes del día. Sergio dejó la taza vacía sobre la mesa, se limpió los labios con la servilleta y, sin cambiar el tono, me dijo:
—Cuando termines de limpiar mi moto, vas a fregar el suelo de la cocina y el del baño sin la fregona. De rodillas, otra vez.
Lo miré sorprendida. La última vez que lo había hecho había sido durante el castigo. Llevaba semanas sin tropezar en nada y no entendía la orden.
—¿He hecho algo mal? —pregunté, con el café enfriándose entre las manos.
—No. Esto no es un castigo. Quiero que lo hagas para recordarte que mis indicaciones se siguen siempre, incluso cuando no las has provocado. Es una forma de afianzar tu actitud.
Asentí despacio. Sentí una mezcla de resignación y otra cosa que prefería no nombrar, una cosquilla en la nuca que me bajaba lentamente por la espalda hasta terminar en un latido caliente entre las piernas.
—Está bien. Lo haré.
—Sin cuestionar. ¿Entendido?
—Entendido.
Fui a buscar la bayeta y el cubo. Me arrodillé en el suelo de la cocina y respiré hondo antes de empezar. El porcelanato estaba helado bajo las rodillas y el agua tenía ese olor familiar a detergente de limón. Mientras frotaba, mi cabeza se ponía a divagar.
Pensé en cómo habíamos llegado hasta aquí. En la primera vez que lo conocí, cuando todavía me defendía con la lengua afilada y él respondía con esa calma de hierro que me desarmaba. Pensé en cómo se había ido quitando, capa a capa, todo lo que yo creía intocable de mí, y en lo poco que protestaba ya cuando me ordenaba algo.
A veces, mientras fregaba, una rabia pequeña me subía por el pecho. Sabía que él se aprovechaba. Sabía que cada orden era un examen y que yo seguía aprobándolos. Pero la rabia se diluía enseguida en una sensación rara, casi placentera, de no tener que decidir nada. De sólo seguir lo que él esperaba. Y por debajo de todo, un fuego íntimo que me costaba reconocer: el de saberme usada por alguien que, a su manera, también me cuidaba.
Las rodillas empezaron a doler. La postura era incómoda, el avance era lento, y aquel suelo de cocina parecía haberse multiplicado en metros cuadrados durante la noche. Sergio pasó por allí un par de veces, sin decir nada, sólo lanzándome miradas rápidas. Sabía que evaluaba. En una de esas pasadas se detuvo detrás de mí y con la punta del zapato me separó las rodillas un poco más, obligándome a abrir el culo hacia arriba. No dijo nada. Yo tampoco. Sólo apreté los dientes y seguí frotando, notando cómo se me marcaba la costura del pantalón contra el coño hinchado.
Cuando terminé la cocina me levanté con esfuerzo. Tenía las rodillas enrojecidas y la espalda dolorida, pero cogí el cubo y me fui al baño a continuar. Me arrodillé otra vez. Froté hasta que cada baldosa quedó como un espejo. Cuando acabé, me senté en el borde de la bañera con las manos coloradas y esperé.
Sergio entró al rato. Caminó despacio, revisando cada rincón, sin prisa. Yo lo miraba en silencio, esperando el veredicto, con el corazón un poco más rápido de lo que quería admitir.
—Está bien hecho —dijo—, pero hay un par de sitios que quiero que repases. No son fallos graves. Quiero que esté perfecto.
—Claro. Lo hago ahora mismo.
Me arrodillé de nuevo. Cada vez que la bayeta tocaba el suelo era como una promesa silenciosa, una repetición de la misma frase que ni siquiera me atrevía a pensar entera. Cuando volvió a inspeccionar, levantó el cubo y amagó con tirármelo encima. Contuve la respiración, pero no protesté. Volvió a dejarlo en el suelo y me sonrió apenas.
—Mucho mejor. Buen trabajo, cari.
—Gracias —dije. Y, casi sin pensarlo, añadí—: Lo haré siempre que quieras, amor.
No respondió. No hacía falta.
***
Cuando recogí los utensilios, en lugar de descansar, me acerqué al sofá donde él trabajaba ya con el portátil sobre las piernas. Me arrodillé a sus pies, sin mirarlo a los ojos.
—¿Puedo masajearte los pies? —pregunté en un susurro.
Levantó un instante la vista de la pantalla.
—Adelante.
Le quité los calcetines con cuidado y empecé a presionar con los pulgares las plantas, los empeines, los dedos. Sabía dónde tenía la tensión, conocía cada nudo de aquel cuerpo de memoria. Mientras lo hacía, me iba ablandando yo también. Era una forma de pedir perdón por algo que no había hecho, o tal vez de agradecer que me hubieran ordenado pedir perdón. Sentía cómo se me endurecían los pezones bajo la camiseta y cómo las bragas se me iban empapando de sólo tocarlo.
—Haces un buen trabajo —dijo al rato, sin apartar la vista de la pantalla.
—Gracias.
Cuando notó que sus pies estaban del todo relajados, cerró el portátil. Me extendió la mano.
—Vamos a dar un paseo. Hace un día precioso. Te lo has ganado.
Me cambié rápido. Me puse un mono blanco corto, ajustado, con corazoncillos diminutos estampados, uno que sabía que a él le gustaba que llevara cuando salíamos. Debajo, sólo un tanga finito que ya estaba mojado antes de salir por la puerta. Me alisé el pelo con los dedos delante del espejo y bajamos juntos.
El aire de la tarde olía a tilo y a asfalto recién regado. Caminamos por la avenida hablando de cosas pequeñas, de la madre de Sergio, que llamaría al día siguiente, de un viaje en bici que queríamos hacer pronto a los Picos de Europa. Sentía las rodillas doloridas, pero también una felicidad calmada, casi tonta.
—Estoy orgulloso de ti, Naroa —dijo de pronto.
Lo miré sorprendida. Le sonreí sin saber qué responder.
—Para mí eres como el sol —solté al cabo de un rato, con esa cursilería que se me escapaba a veces con él—. Estás muy por encima de mí, pero te necesito. Sin ti no entiendo nada.
Me acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Y tú eres como una florecilla. Te protejo, te riego, te mimo, y al mismo tiempo te exijo para que crezcas a mi gusto.
—Lo noto cada día.
—Qué ñoñita eres —se rió, y me besó.
***
Fue justo entonces cuando nos cruzamos con Mateo, un compañero del departamento de Sergio, y con Beatrice, su mujer. Beatrice era italiana, morena, joven, de esa clase de belleza que no te deja respirar al verla por primera vez. Tenía el pelo oscuro y ondulado por debajo de los hombros, los ojos grandes y de un marrón casi negro, la piel bronceada y un cuerpo esbelto que vestía con una sencillez calculada. Tetas pequeñas y firmes bajo un vestido fino, sin sujetador, y un culo redondo que se le movía a cada paso como si estuviera pidiendo guerra.
Mateo era ancho de espaldas, con una corpulencia que en otra época habría sido imponente y que ahora empezaba a ablandársele alrededor del estómago. Llevaba las camisas demasiado ajustadas, y la entrada en el pelo se le había convertido en una calva pequeña que él fingía no notar. Era simpático y un poco torpe, una de esas personas que caen bien al instante y a las que nadie toma del todo en serio.
Decidimos meternos en la terraza de un bar a tomar el vermú. Como siempre, Sergio se acomodó en una silla y yo fui a la barra a pedir las cervezas y los aperitivos. Mientras volvía con la bandeja, oí que Sergio le comentaba algo a Mateo. Beatrice jugueteaba con un mechón de pelo, despreocupada, segura de sí misma.
—Beatrice debería echar una mano también, ¿no te parece? —decía Sergio en tono casual.
Beatrice frunció el ceño.
—No veo por qué tendría. Estamos aquí para relajarnos, ¿no?
—Naroa lo hace con gusto —respondió Sergio—. No porque deba, sino porque sabe que cuidar los pequeños detalles me hace feliz. Quizás podrías probarlo. A lo mejor te sorprende lo bien que se siente.
Mateo, un poco apurado, asintió.
—A veces los gestos pequeños hacen la diferencia, cariño.
—No sé… —murmuró ella.
La conversación giró durante un rato sobre el equilibrio en las relaciones, sobre cómo ocuparse del otro no tenía por qué ser una carga. Yo bebía mi cerveza y observaba a Beatrice. La vi pasar de la incomodidad a la curiosidad, de la curiosidad a una sonrisa irónica, y de esa sonrisa a algo más turbio que ella misma no se atrevía a leer.
—Beatrice, ¿sabías que Sergio y yo hemos empezado a hacer rutas en bici de montaña? —dije, cambiando de tema para suavizar el ambiente—. Pronto iremos a los Picos.
—No tenía ni idea. Suena fantástico —contestó—. Mateo es más de sofá y fútbol.
—Sergio también, pero cuando arrancó conmigo lo enganchó. Me exige bastante en las cuestas, eso sí. No me deja bajar el ritmo.
—Me gusta cómo suena —dijo Beatrice, mirándolo a él.
Al rato les avisé de que subía a casa a preparar la comida. Le pregunté a Sergio qué le apetecía y él me respondió sin pensarlo mucho. Beatrice abrió los ojos como si acabara de oír algo escandaloso.
—No me puedo creer que le hagas la comida cada día y, encima, le preguntes qué quiere. Yo no hago eso con Mateo. Ni de lejos.
No respondí. Sergio, sin inmutarse, contestó por mí.
—Naroa lo hace porque le gusta amoldarse a mis gustos. Es feliz así. Deberías probarlo, Beatrice. Tal vez te sorprendas.
—Sí, podríamos intentarlo —apoyó Mateo.
Beatrice, escéptica, fue cediendo. Entre risas, los dos hombres consiguieron que aceptara servirles esa misma ronda. Cuando regresó con los vasos llenos, Mateo le dio un azote cariñoso en una nalga que sonó seco en la terraza.
—Gracias, cariño. Y ya que estás, hoy me prepararás esos canelones que tanto me gustan.
—Sólo por esta vez —contestó ella, divertida, pero con un brillo extraño en los ojos.
—Eso dicen todas al principio —se rió Sergio.
Yo me despedí. Antes de irme, vi cómo Beatrice se inclinaba un poco más sobre la mesa cuando le hablaba a Sergio, cómo le bailaban los pendientes mientras reía de algo que él había dicho, y cómo se le marcaban los pezones duros contra la tela del vestido. Pensé que aquella mujer, sin saberlo aún, acababa de aprender lo mismo que yo. Y que tardaría poco en volver a buscarlo.
***
Comimos los tres en casa, porque Mateo y Beatrice acabaron acompañándonos. Yo serví, despeinada por el calor, vestida todavía con el mono blanco. Sergio había bebido dos vermús y al sentarse a la mesa abrió una botella de vino. Bebió más de la cuenta. No estaba borracho, pero sí más suelto, más físico, más apoyado en el respaldo de su silla con esa mirada que yo conocía demasiado bien.
Beatrice y Mateo se fueron a media tarde. Cuando cerré la puerta, me quedé un momento apoyada contra ella, escuchando los pasos de Sergio detrás de mí. Sabía, por la forma en que respiraba, lo que iba a pasar. Ya tenía las bragas empapadas y los pezones tan duros que me dolían contra la tela del mono.
Me deslicé hasta sus pies en el salón y me dejé caer de rodillas con el mono ya bajado a la cintura. Le bromeé que el postre era plátano con crema. Él dejó escapar el aire por la nariz y me agarró la nuca con una firmeza que no admitía discusión. Le desabroché el cinturón con dedos torpes, le bajé la cremallera y le saqué la polla, que ya estaba medio dura y le palpitaba en la mano. Me la acerqué a la cara y empecé a lamerle el glande despacio, dando vueltas con la punta de la lengua, sintiéndolo crecer contra mis labios hasta ponerse gruesa y dura del todo.
La escupí bien para dejarla brillante y me la metí entera en la boca, cerrando los labios alrededor del tronco y bajando hasta que la punta me chocó contra la garganta. La saqué con un hilo de saliva colgando de la barbilla y volví a chuparle los huevos uno por uno, con cuidado, mientras le hacía una paja lenta con la mano derecha.
—Sergio —susurré, separándome un instante y frotándome la polla mojada contra la mejilla—, ¿quieres que juguemos? Cierra los ojos e imagina que soy Beatrice.
—Prefiero a Naroa.
—Lo sé. Es sólo un juego. Por si te excita.
Tardó unos segundos en contestar. Sus dedos se cerraron en mi pelo, tirándomelo hacia atrás para obligarme a mirarlo.
—No sé si funcionaría. Beatrice es demasiado rebelde. Cree que puede salirse con la suya. Necesita que la disciplinen.
El corazón me dio un vuelco. Tragué saliva.
—Soy Beatrice —murmuré, con la voz un poco quebrada—. Necesito que me disciplines. Enséñame a chuparte la polla como me merezco, Sergio.
Me dio una bofetada que me giró la cara. No fue fuerte, pero me dejó la mejilla ardiendo. La sensación me bajó al vientre como una corriente y noté cómo se me contraía el coño de golpe, chorreando dentro del tanga.
—Yo mando aquí, Beatrice —dijo, con la voz baja—. Y vas a empezar a tratarme con el respeto que merezco. Abre la boca, puta italiana.
Asentí sin apartar la mirada y abrí bien la boca, sacando la lengua para él. Me empujó la cabeza otra vez contra él, hasta el fondo, hasta que la punta de la polla me golpeó contra la campanilla y las lágrimas se me escaparon por los rabillos de los ojos. Aguanté lo que pude antes de sentir las náuseas. No me importaba. Cada vez que me ahogaba un poco, él me soltaba lo justo para dejarme respirar y volvía a empujar, follándome la boca al ritmo que le daba la gana. Yo lo miraba desde abajo, con los ojos llorosos, con la baba resbalándome por la barbilla hasta las tetas, fingiendo ser otra y sintiéndome más yo que nunca.
—Así, guarra —gruñó, empujándome más hondo—. Mira cómo la italiana no sabe chupar polla ni la mitad que mi Naroa. Aprende.
La saliva se me caía a hilos entre las tetas y el mono blanco se me manchó de babas y de las gotas que él sacaba con cada embestida. Me colé una mano entre los muslos y me toqué el clítoris por encima del tanga empapado, frotándome mientras me la tragaba entera. Estaba a punto de correrme sólo de chupársela.
Me sacó la polla de la boca de un tirón, brillante de saliva, y me la restregó por toda la cara, por los labios, por las mejillas ardiendo del bofetón, por los ojos cerrados.
—Levántate y date la vuelta, Beatrice. Enséñame ese culo italiano que traes.
Me levanté a duras penas, con las rodillas temblando, y me terminé de sacar el mono. Le di la espalda, me incliné sobre el brazo del sofá y arqueé el culo hacia atrás. Sentí cómo me bajaba el tanga de un tirón, hasta las rodillas, y cómo me abría las nalgas con las dos manos para verme entera.
—Mira cómo chorreas, cerda —dijo, pasándome dos dedos por la raja del coño, de abajo arriba, recogiéndome la humedad—. Mira cómo se le pone el coño a la italiana cuando le hablan claro.
Me metió dos dedos hasta el fondo de una sola vez y me los sacó, brillantes. Me los pasó por los labios para que se los chupara y yo los abrí y le lamí mi propio flujo sin dudarlo.
Sentí el glande empujando entre mis nalgas, buscando la entrada del coño. Cuando encontró el sitio, me la clavó de una embestida limpia hasta el fondo. El aire se me escapó de golpe con un gemido ronco. Él no se detuvo. Empezó a follarme con la mano izquierda agarrándome la cadera y la derecha tirándome del pelo, obligándome a arquear la espalda hasta que casi lo miraba por encima del hombro.
—Dime que eres Beatrice —gruñó—. Dímelo mientras te follo.
—Soy Beatrice —jadeé, con la mejilla aplastada contra el cojín—. Soy la puta de Beatrice, follame, Sergio, follame más fuerte.
Me embestía cada vez más rápido, con los huevos golpeándome contra el clítoris a cada envión. El sofá crujía. Yo me agarraba a la tela con las dos manos y le devolvía las embestidas moviendo el culo hacia atrás, empalándome yo misma en su polla. Sonaba mojado, obsceno, cada vez que salía y volvía a entrar en mi coño chorreando.
—Esto es lo que le falta a Mateo, ¿eh? —me susurró junto al oído, sin dejar de embestirme—. Una polla que te folle bien, italiana.
—Sí —gemí, sin voz—. Sí, sí, sí, córrete dentro, por favor.
Me sacó la polla de golpe y me giró de un tirón. Me tumbó de espaldas sobre el sofá, me abrió las piernas con las rodillas y me volvió a meter la verga hasta el fondo, buscando mi cara con la suya. Me miraba a los ojos mientras me follaba, y yo no podía dejar de mirarlo tampoco, con la boca abierta y los gemidos saliéndome sin control.
Me chupó un pezón, me lo mordió, me pasó la lengua por el cuello. Con la mano me buscó el clítoris y empezó a frotármelo con el pulgar mientras seguía dándome estocadas duras y hondas. Yo notaba cómo se me iba subiendo el orgasmo desde los muslos, cómo se me tensaban las piernas alrededor de sus caderas.
—Córrete, Naroa —me ordenó al oído, volviendo a mi nombre—. Córrete en mi polla ahora mismo.
Fue como si me diera permiso para explotar. Me arqueé entera, se me tensó el cuerpo y me corrí a chorros, apretándole la polla dentro con los espasmos del coño. Solté un gemido largo que se me quebró al final. Él siguió embistiendo, aprovechando cada contracción, hasta que soltó un gruñido ronco y se hundió a fondo.
—Yo también, mi amor, yo también.
Sentí cómo se le hinchaba la polla dentro y me llenaba de semen caliente, chorro a chorro, mientras me sujetaba las caderas contra las suyas para no dejar caer ni una gota. Me quedé debajo, temblando, con el corazón desbocado y su polla todavía dentro, notando cómo palpitaba y cómo el semen empezaba a escurrírseme por la raja del culo hasta el sofá.
Cuando se retiró, se apartó un poco y me miró abierta, chorreando. Me pasó dos dedos por el coño, recogió su corrida mezclada con mis jugos, y me los llevó a la boca. Los chupé despacio, mirándolo, tragándome todo lo que él había dejado.
—Buena chica —murmuró.
Nos derrumbamos en el sofá los dos. Él me pasó un brazo por los hombros y, con el vino todavía suavizándole la voz, me miró de un modo que no veía a menudo.
—Naroa, te quiero —dijo—. Y no sólo porque seas guapa, que lo eres. Te prefiero a cualquier otra mujer porque me entiendes. Sabes lo que necesito sin que te lo pida. Eres lista, eres buena, y aplicas todo eso a cada cosa que haces.
Lo escuchaba con las mejillas todavía calientes, con el sabor de él en la boca, con el semen resbalándome despacio por los muslos, con un nudo en la garganta que era nuevo y antiguo a la vez.
—Confío en ti —siguió—. Te esfuerzas por agradarme y eso me hace sentir único. Eres mi compañera perfecta.
—Yo también te quiero —contesté, con la garganta áspera de tantas cosas a la vez—. No hay nada más importante para mí que verte feliz.
Nos abrazamos. Le apoyé la cabeza en el pecho y cerré los ojos. Pensé en Beatrice volviendo a casa con Mateo, quizás haciendo aquellos canelones, quizás imaginando otras cosas. Quizás con el coño mojado como el mío, sin atreverse todavía a decírselo a nadie. Pensé que tarde o temprano volvería a buscar a Sergio, y que él se la follaría como se me acababa de follar a mí, y que yo estaría delante mirando. Y, para mi propia sorpresa, no me dolió. Me parecía casi un orden natural de las cosas, como si el mundo, también él, estuviera empezando a aprender la lección.