El extranjero que doblegó a los culpables
Selim se servía un té rojo que él mismo había hervido, y un instante después me había puesto otro a mí. El vapor subía recto entre los dos, como si la habitación entera estuviera conteniendo el aliento. Afuera ya era de noche cerrada.
—Esto es cultura para algunos —dijo, mirando la taza—. Y una herramienta de control para otros.
—¿De control? —pregunté.
—Mientras la gente toma cerveza o vino, yo tomo té. Así no pierdo mi centro ni mi voluntad. El alcohol, y lo que esos cerdos le dieron a tu madre, sirve para lo mismo: someter la voluntad de alguien por la vía química. Es un atajo de cobardes.
Lo decía sin levantar la voz, con la calma de quien ha repetido esa idea mil veces y la ha comprobado otras tantas.
—En mi caso —siguió— prefiero doblegar la voluntad de frente. Sin drogas. Esa es el arma más poderosa que un ser humano puede tener. ¿Por qué crees que una mujer como tu madre termina necesitando que alguien la domine?
—La verdad es que no lo sé.
Selim dejó la taza sobre el platillo con un tintineo limpio. Me observaba como si me estuviera midiendo, calculando cuánto era capaz de entender un muchacho que esa misma tarde había descubierto a su madre rota en su propia cama.
—Pocos lo saben —dijo—. Por eso pocos mandan de verdad. El resto solo obedece y cree que decide.
—El día a día. La necesidad de escapar de una realidad que te aprieta el cuello y no te suelta. Vale para hombres y para mujeres, pero hoy hablamos de ella. Vivimos con tanta presión, con tanto estrés acumulado, que algunos escapan por la vía rápida.
—¿Te refieres a quitarse la vida?
—A veces. Otras, el cuerpo se rompe solo, o la cabeza. Y entonces aparece una mujer agotada de su propia vida, que conoce a alguien que parece estar por encima de todo eso, que controla la situación con tanta seguridad que para ella se vuelve casi un mito. Y se rinde. Sucumbe a su encanto, a su mando, a su dominio. Para ella es una forma de evadirse.
—¿Y eso le pasó a mi madre contigo?
—En parte sí. Aunque en su caso también estaba tu padre.
Apoyé la taza sin beber. Quería oírlo entero.
—Ese hombre necesitaba justificar su poca hombría —continuó Selim—. Al principio la sobreprotegía, la sujetaba del brazo cada vez que pasábamos cerca de un macho de verdad. Creía que la guardaba, y lo único que hacía era anunciar a gritos su propia debilidad. La gente como yo eso lo ve a la legua.
—¿Ves las señales?
—Siempre. Y toparme con un miserable como él solo me dio más ganas de poseer a esa mujer, que además, dicho sea de paso, es preciosa. Tú lo sabes mejor que nadie.
***
Mientras hablaba, fue colocando a los dos tipos contra la mesa, cada uno enfrente del otro. Eran los mismos que esa tarde habían entrado en casa con sonrisas amables y otras intenciones.
Selim había hecho trizas una sábana blanca y la había trenzado hasta convertirla en cuerdas firmes. Con una de ellas ató el cuello de uno al cuello del otro, de manera que si cualquiera intentaba levantarse, tiraría del cuello de su compañero y lo ahogaría. Las muñecas iban a la espalda. Los pies, sujetos a las patas de la mesa. La espalda al aire, el trasero expuesto.
La escena parecía sacada de un grabado del marqués de Sade. Una postura de tortura en la que ellos serían el espectáculo y nosotros el público.
A mi padre lo había sentado aparte, en una silla, las manos atadas detrás del respaldo y los tobillos a las patas. Iba a ser el testigo mudo del castigo que aquel hombre tenía preparado para sus invitados.
Selim entró un momento a la cocina y volvió con dos pepinos en la mano.
Habíamos esperado largo rato a propósito, hasta que la droga que ellos mismos habían traído empezara a soltarles el cuerpo. Según él, la gracia estaba en que sufrieran conscientes, en que recibieran despiertos el mismo trato que le habían dado a mi madre.
Me asomé un instante al dormitorio. Ella seguía dormida, frágil, insegura, perdida. Verla así me apretó el pecho con una desazón que no esperaba.
Mi lugar no es el de Selim, ni el de mi padre, ni desde luego el de esos dos.
Lo entendí ahí, mirándola: yo tenía que estar por encima de todo aquello. Ser el eslabón distinto del resto. El hombre que ve a la mujer por lo que de verdad es, y no por lo que cada uno de esos individuos había querido hacer con ella. Joven, hermosa, completamente desubicada en la vida. Sensual incluso dormida.
Comprendí que tarde o temprano yo tendría que cambiar. Y quizá ayudarla a ella a cambiar también, marcarle un rumbo. Quizá no esa noche, ni la siguiente, pero algún día.
Cerré la puerta del dormitorio con cuidado, como si un ruido pudiera romperla. En el pasillo, el aire olía a té y a algo más espeso que prefería no nombrar. Respiré hondo una vez. Después volví al salón, donde Selim me esperaba con esa paciencia suya que daba más miedo que cualquier grito.
La voz de Selim me sacó del pensamiento.
—Vamos, muchacho. Empieza la hora de la risa.
***
Cuando volví al salón, ya se había asegurado de que los dos tuvieran la boca tapada. Ni un grito iba a salir limpio de allí.
—Dime, imbécil —le dijo al primero—. ¿Quieres que te lubrique el pepino?
El hombre giró apenas la cabeza hacia atrás e hizo un gesto afirmativo, desesperado. Selim me miró sonriente y escupió sobre la fruta rugosa, sin ninguna delicadeza, casi con burla.
El individuo intentaba torcer la cara hacia un lado, como queriendo ver qué ocurría a su espalda. Selim acercó la boca a su trasero y soltó otro escupitajo, violento y cargado. Luego apoyó el pepino entre los dos cachetes y, despacio, lo vi desaparecer dentro de él.
El alarido salió ahogado por la mordaza. Fue, claramente, una buena idea taparles la boca.
El segundo, el de enfrente, estaba aterrado. Miraba a su compañero con una expresión de pánico que dejaba claro qué pasaría en cuanto le tocara el turno. El primero, con aquella cosa dura alojada dentro, le devolvía una mueca de horror y dolor imposible de describir.
El de enfrente no aguantó. Trató de incorporarse para escapar y, al hacerlo, tiró de la cuerda y estranguló todavía más a su amigo. Selim observaba la escena divertido.
—Mira esto —dijo, casi riendo—. Son colegas. Manada. Cuando vienen juntos a forzar a una mujer son muy valientes. Ahora fíjate en sus caras. A cada uno le importaría una mierda el otro con tal de salir corriendo.
Le dio un golpe seco en la nuca al que intentaba huir, para que volviera a su sitio y dejara de asfixiar al compañero.
—Y a ti, por gilipollas, a ti no te lubrico nada.
Se agachó, abrió de un tirón uno de los cachetes y apoyó el segundo pepino, apenas más pequeño que el anterior, contra su entrada. Sin el menor miramiento empezó a empujar, con fuerza, porque allí no había escupitajo ni nada que ablandara el paso y el cuerpo se resistía.
Mi padre presenciaba todo aterrado. Horrorizado, gimoteaba de vez en cuando contra la mordaza.
Y a mí, la verdad, no me importaba en absoluto. Aquel hombre había perdido cada gramo de mi respeto. Para mí era ya un desconocido que se había colado en mi casa con una intención retorcida y estaba pagando por ello.
De algún modo, ese momento estaba despertando en mí algo que no conocía. Empezaba a desprenderme de todos los moldes que había cargado desde niño.
El dolor del segundo debía de ser brutal. Pero yo miraba a Selim y veía, con un escalofrío, cómo disfrutaba. Era como si para él hacer justicia lo justificara absolutamente todo. Y lo peor es que yo empezaba a justificarlo también. Aquellos dos, que tanto daño le habían hecho a mi madre, no me arrancaban ni una pizca de empatía.
***
De repente Selim sacó el teléfono y empezó a fotografiar a los dos. El brillo de su mirada era indescriptible, como si estuviera en otra realidad, lejos de aquella sala.
—Ahora te toca a ti, poco hombre.
Se acercó a mi padre. El otro, asustado, empezó a balbucear palabras sueltas, todavía mareado por la droga. Selim le tapó la boca igual que a los demás.
—No quiero escucharte, pedazo de mierda. Entregaste a tu propia mujer a dos bastardos. ¿A cambio de qué? ¿De treinta euros? ¿De cincuenta?
Tomó una de las cuerdas de sábana y rodeó con ella el sexo de mi padre. Le agarró la cabeza y se la bajó hasta casi pegarle la barbilla al pecho; entonces tensó la cuerda y la enganchó al cuello, dejando entre una cosa y la otra una tensión exacta. Si levantaba la cabeza, se haría daño a sí mismo.
Imaginativo, había que reconocérselo, como nadie.
—En tres minutos —explicó— le empezarán los calambres en el cuello. A partir de ahí no podrá evitar levantar la cabeza, y cuanto más la levante, peor para él. —Soltó una risa lenta y maliciosa—. Justicia poética.
Aquel hombre había destapado en mi casa un tarro que ya no se cerraría nunca.
***
Con aquel cuadro montado en el salón, Selim se acercó al dormitorio a ver cómo seguía ella.
—Ha despertado —dijo.
Lo miré y me adelanté. Entré yo primero.
La encontré avergonzada, dolorida, con los ojos esquivos.
—Mamá…
—Yo… —intentó decir.
—No digas nada. Ya está todo solucionado. Lo sé, lo he visto casi todo. Yo llamé a Selim. Él ha hecho justicia por ti.
Un instante después él entró también. Sin ningún cuidado retiró la sábana y dejó al descubierto el cuerpo de mi madre delante de mí. Le separó las piernas con una naturalidad que helaba.
Vi en su cara un pudor pequeño, un parpadeo de vergüenza. Le sonreí para tranquilizarla.
—Ayúdame a sujetarle las piernas —me pidió Selim—. Voy a limpiarle otra vez la herida y a ponerle crema.
Ella observaba avergonzada cómo aquel hombre le atendía el sexo con total frialdad clínica, mientras yo, a su lado, le sostenía las piernas, le rozaba la piel, la miraba, la admiraba. Por un momento volví a sentirme en una extraña comunión con ella, como si entre los dos hubiera algo que nadie más podía entender.
Poco a poco se relajó.
—¿Y los hombres que llegaron? —preguntó en voz baja.
—Tranquila. Están ahí fuera, recibiendo lo suyo.
Un destello de alivio, casi de paz, cruzó su rostro. Y yo, al verlo, me sentí extrañamente en paz también, aunque sabía que nada en esa casa volvería a ser lo de antes.