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Relatos Ardientes

Lo que pasó en mi primera fiesta de BDSM

La humedad entre mis muslos me delataba antes incluso de cerrar la puerta de casa. Llevaba todo el día así, distraída, pensando en lo que iba a hacer esa noche. Me miré una última vez en el espejo del recibidor y tiré del borde del vestido de satén rojo que apenas me cubría las nalgas. Sobre la repisa, la invitación de terciopelo negro con letras doradas parecía mirarme de vuelta.

El camino hasta el recinto, en las afueras, fue tranquilo. Tranquilo para todo, menos para mi cabeza, que iba inventando los mil escenarios posibles. Ya no había vuelta atrás. Cuando el hombre de la entrada revisó mi nombre en la lista y me tendió un pequeño antifaz, supe que la curiosidad me había ganado del todo.

Joder. Fue lo primero que pensé al cruzar el pasillo de ingreso. El aire acondicionado me heló los pezones, que ya se marcaban bajo la tela fina. Las botas de tacón alto hacían que mis caderas se balancearan más de la cuenta, y ese balanceo me recordaba, a cada paso, lo mojada que estaba.

Idiota, me dije. Deberías estar acostumbrada a esto. Pero no lo estaba. Era mi primera fiesta de BDSM y la curiosidad me devoraba por dentro. Todo lo que siempre había querido ver y conocer estaba ahí, al alcance de la mano. Solo tenía que correr la cortina que tenía delante y entrar.

Aun con las manos temblando, lo hice. Lo primero que me llegó fue el olor: cuerpos, cuero y lubricante con un dejo dulzón. Empecé a pasearme despacio, con paso firme aunque por dentro me deshacía. Miraba las escenas públicas, a la gente que me sonreía al pasar, a los dominantes que me comían con los ojos. Un cordero caminando entre lobos, y los lobos lo sabían.

Me pasé una mano por la cara, con cuidado de no arruinar el maquillaje, y me reí de mí misma. Empezaba a sentirme abrumada. Si vas a hacer esto, al menos hazlo con estilo, murmuré mientras me retocaba el labial. El pelo lacio me caía sobre los hombros hasta rozarme la cintura, y me imaginé a alguien agarrándolo con fuerza por detrás. Dios, Vera, contrólate.

Pero no podía. Mi cabeza ya viajaba sola. La imagen de Daddy Cuervo me perseguía desde que oí hablar de él. Era uno de los organizadores de aquel evento y de casi todos los demás, uno de los dominantes más respetados del ambiente. Ojos de un azul profundo, mandíbula cuadrada, un cuerpo que hacía que mis bragas se derritieran de solo imaginarlo. Casi nunca mostraba la cara; él y el resto de los anfitriones se movían entre las sombras de la zona reservada.

Avancé hacia el centro del salón, sintiendo cómo el aire me azotaba las piernas desnudas. El lugar era enorme, con luces tenues y una música electrónica que hacía vibrar el suelo. Había gente por todas partes: algunos vestidos de cuero, otros con máscaras, otros simplemente desnudos. Un hombre con un collar de cuero al cuello me recorrió de arriba abajo y silbó.

—Bonita. ¿Buscas algo en particular? —preguntó.

Le sonreí, coqueta y nerviosa a partes iguales, y seguí caminando. Cada paso me hundía más en aquel ambiente. Creía que iba a poder con todo, pero de pronto necesité un momento a solas. El problema era que ahí no había dónde. Tuve la brillante idea de buscar la zona de habitaciones, sin pensar que en esas fiestas están siempre ocupadas. La cantidad de gemidos que se filtraba por las puertas me lo confirmó. Ya casi sin esperanza, al fondo del pasillo, apenas iluminada, encontré una vacía.

***

La habitación estaba a oscuras cuando entré, así que palpé la pared hasta dar con el interruptor. Una luz suave y roja lo bañó todo, salvo por un reflector que apuntaba a una silla extraña, robusta, de aspecto casi tecnológico. Era lo más llamativo del cuarto. Después me fijé en el resto: una cama enorme con vigas de madera en las cuatro esquinas y argollas para atar. A su lado colgaban látigos y fustas de todos los tamaños. En una pared, una cruz de San Andrés; enfrente, una vitrina gigantesca repleta de juguetes. Esposas, vibradores de mil formas, controles remotos, plugs, bolas chinas. Más atrás, separado de la habitación solo por un cristal, un baño amplio.

Mierda. La respiración se me aceleró. Sentía el clítoris latir con cada paso, las bragas empapadas, la necesidad urgente de tocarme y correrme de una vez. Era demasiada estimulación de golpe. Me acerqué a una mesa cubierta de consoladores y me quedé mirando uno negro, grueso, con una forma que prometía lo imposible. Había leído su nombre en algún foro y la frase que lo acompañaba: «te va a comer viva». Tragué saliva.

No aguantaba más. Necesitaba correrme o, al menos, sentarme antes de que las piernas me fallaran. Temblando, me acerqué a la silla del centro, esa que parecía llamarme. Me dejé caer en ella, me abaniqué con las manos y apoyé los brazos en los reposabrazos. Mala idea.

Apenas lo hice, se oyó un «clic» seco y de la silla brotaron grilletes que me sujetaron las muñecas, los tobillos y la cintura. Entré en pánico, tirando de los brazos, pero era inútil. Estaba atrapada por completo. La puta madre, pensé, esto solo me pasa a mí. Ahora tendría que esperar a que alguien me encontrara. Tan ocupada estaba buscando una salida que no noté que el dueño de la habitación había entrado y me observaba desde la penumbra.

—A menos que conozcas la combinación de la computadora y sepas cómo llegar a ella, moverte solo va a lastimarte —dijo una voz grave, profunda, mientras un hombre avanzaba hacia la luz.

Mierda. Era Daddy Cuervo.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una postura tan dominante que sentí las rodillas temblar pese a estar sentada. Un reloj de pulsera le brillaba bajo la luz roja, y en el cuello se le marcaba una vena cada vez que tragaba. Joder, joder, joder.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, acercándose con pasos lentos, calculados.

Asentí, incapaz de articular palabra. El vestido se me pegaba al cuerpo.

—Bien. Porque me encanta que las chicas curiosas como tú vengan a jugar. —Su voz era un susurro que me bajó por la columna mientras rodeaba la silla como un depredador—. Pero dime una cosa: ¿qué buscabas exactamente al meterte en mi habitación privada?

—Yo… no sabía que era suya —respondí, casi sin voz—. Estaba abrumada ahí fuera y solo quería un rato a solas. Era la única vacía.

Sentí sus manos posarse sobre mis hombros y acariciarlos despacio.

—Suele estar libre —dijo, riendo bajo— cuando no encuentro una sumisa con la que jugar.

Todo mi cuerpo temblaba bajo su tacto. Me sentía excitada hasta el límite, estimulada, casi drogada.

—Veo que ya probaste mi silla nueva. —Señaló los grilletes—. ¿Qué te parece hasta ahora? —susurró pegado a mi oído.

—Una tecnología impresionante —fue lo único que logré decir, como si hablar me costara un mundo. Necesitaba agua, aire, cualquier cosa. Solo conseguía respirar su perfume, endemoniadamente exquisito.

—No te había visto nunca por aquí. ¿Nueva? —preguntó, separándose y agachándose frente a mí.

—Yo… sí. Es mi primera fiesta. Soy Vera —respondí. Me picó la curiosidad de preguntarle su nombre, pero habría sido hipócrita: ya sabía perfectamente quién era.

—Con ese carácter, te vas a ganar más de un azote con el tiempo —dijo, riendo y mirándome con atención—. ¿Y tu amo, Vera? ¿Dónde anda?

—No tengo. Ya le dije, soy nueva en esto —respondí.

—Y viniste a tener tu primera sesión —insistió, recorriéndome con la mirada.

—No estaba en mis planes… —Pero no me dejó terminar.

—Pero te gustaría —completó él—. Puedo dártela ahora, para que veas cómo son. Ya estás en mi silla; sería un desperdicio dejarte ir. —Hizo una pausa—. Si lo deseas, pones tú las condiciones.

—Yo… —La garganta se me secó. ¿Quería hacerlo? Por supuesto que sí. ¿Era sensato? No. Apenas lo conocía—. Si acepto, ¿qué haríamos? —pregunté.

—Acepta y lo verás, pequeña curiosa. —Se acercó a mi cara—. Tienes ante ti buena parte de mi colección. Dime cuál te llama más la atención y me aseguraré de usar ese al final, para que te corras con él. A menos que prefieras correrte en mi polla; tampoco me quejaría.

Casi me ahogo con mi propia saliva. Mientras hablaba, me giró la cabeza hacia la estantería de juguetes y siguió susurrándome al oído, los labios casi rozándome la piel.

—Ahh… —Se me escapó un gemido, y a él una risa breve mientras me observaba—. Acepto.

—No, pequeña —dijo, clavándome la mirada—. Se dice «sí, Daddy».

Con una sonrisa oscura se apartó de mí, dejándome ahogada en aquella silla. Después volvió a acercarse, me tomó del pelo y tiró hacia atrás para obligarme a mirarlo desde abajo.

—Después de esta noche, vas a ser tú la que me pida que te folle hasta que no puedas caminar. —Bajó la voz hasta convertirla en una promesa—. Y créeme, pequeña, vas a pedirlo.

Tragué saliva, atrapada por los grilletes y por sus ojos, y supe que mi curiosidad acababa de meterme en el lugar exacto donde, en el fondo, siempre había querido estar.

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Comentarios (6)

Florencia_S

increible relato!!! quede sin palabras

Fede_nocturno

Muy bien contado, se siente el nerviosismo desde el primer parrafo. Ganas de leer como sigue todo.

CatoMRP

y que paso despues?? no podes dejarnos asi jaja

VeroNocturna

Me recorde de mi primera vez en algo asi, la descripcion de estar parada mirando sin animarse... demasiado real. Excelente.

SebaCba99

Buenisimo, sigan subiendo este tipo de relatos

Lorenita_MDP

Que bueno encontrar un relato de este tema tan bien escrito. Esperando la segunda parte sin falta!

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