Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi fantasía en el depósito del híper se me fue de las manos

Por entonces hacía pocos meses que había entrado a trabajar en una distribuidora de insumos para peluquerías. Estaba en el área administrativa, ocho horas sentada frente a una pantalla, facturando pedidos y conteniendo el aburrimiento como podía. No era el empleo de mis sueños, pero pagaba el alquiler y me dejaba las tardes libres.

Con Damián, mi novio, veníamos en una de esas rachas que se repetían cada tanto. Él es terco hasta la médula: decide que algo se hace de una manera y no hay forma de moverlo un milímetro. Esa testarudez me saca de quicio y me pone en modo combativo, así que terminábamos sin hablarnos durante semanas, cada uno esperando que el otro cediera primero.

Habían pasado casi cuatro meses desde el último cortocircuito. Cuatro meses sin sexo. Yo, que estaba acostumbrada a un mañanero casi diario, había bajado a masturbarme día por medio en la ducha, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Era una tortura lenta. Tenía el cuerpo encendido todo el tiempo, como si me hubieran dejado el motor en marcha sin nadie al volante.

Esa tarde salí de la oficina y paré, como siempre, en el hipermercado que me queda de paso al departamento. Llevaba un vestido primaveral, corto, que me llegaba apenas cinco centímetros por encima de la rodilla. El problema —o la ventaja— es que tengo la cola redonda y respingada, así que por detrás el ruedo me trepa un par de dedos más y deja poco a la imaginación.

Agarré el changuito y empecé a recorrer las góndolas buscando lo de la semana, y de paso espiando cualquier cosa que me tentara llevarme.

En una de las idas y vueltas me crucé con un hombre que me cortó la respiración. Alto, de ojos marrones muy oscuros pero brillantes, la cabeza afeitada al ras y un cuerpo atlético, de esos que se entrenan en serio: pectorales marcados bajo la remera, brazos trabajados, todo proporcionado. Para colmo dejaba a su paso un perfume amaderado que me clavaba en la misma góndola que él.

Fingí que no llegaba al estante de arriba para alcanzar un paquete de arroz integral. Él se dio cuenta, se acercó y me lo bajó sin que se lo pidiera.

—Gracias —le dije con una sonrisa—. Soy un poco cortita.

—No hay problema, para eso estamos —me sonrió, y siguió su camino como buscando algo.

Fue un cruce de dos frases, pero me dejó vibrando. Sentí un cosquilleo entre las piernas y pensé que, si existía la más mínima posibilidad de tenerlo en mi cama esa noche, no la iba a desperdiciar.

Seguí mi recorrido y cada tanto nos encontrábamos de nuevo, y con los encuentros venían las miradas. Eso me prendía cada vez más. Empecé a buscarlo con disimulo, alargando vueltas innecesarias, hasta que se me despertó adentro una loba que tenía dormida hacía demasiado.

***

Quedamos uno al lado del otro en la góndola de fideos. A él se le resbaló de la mano un paquete de tallarines y yo me agaché a recogerlo a toda velocidad, dejando la cola bien parada en el camino. Sentí su mirada clavada en mí, pesada, descarada. Eso me dio la vía libre que necesitaba.

—¿Nunca tuviste la fantasía de hacerlo en el depósito de un híper, con la adrenalina de que en cualquier momento te descubran? —se lo solté con la voz más felina que me salió. No tenía nada que perder.

—Perdón… no sabría ni qué responderte —dijo con los ojos bien abiertos—. Es una pregunta que pone en jaque a cualquiera.

Donde terminaba la góndola de las gaseosas había una abertura que daba a los depósitos. Desde donde estaba alcanzaba a ver pilas de tarimas de madera y, lo más importante, a nadie entrando ni saliendo.

—¿Qué te parece si nos colamos por esa abertura del fondo? Veo solo tarimas y ni un alma —insistí, con la entrepierna ya empezando a transpirar—. Sé que te gusto. Sentí tu mirada en mi cola más de una vez, y hasta sé que te la imaginaste paradita para vos solo.

—La verdad es que nunca nadie me encaró así —dijo, y la tela del pantalón empezó a tensarse a la altura de la bragueta—. Es sospechoso, pero excitante. Tiene que ser rápido, no tengo mucho tiempo. Sos muy linda y ese vestido te queda demasiado bien. Vamos, pero sin vueltas: entramos y salimos.

Caminamos casi corriendo y nos metimos por la abertura. Era un galpón de tarimas apiladas en columnas, separadas por pasillos de poco más de un metro, con olor a madera vieja y humedad. La luz entraba a medias por unos tragaluces sucios.

Me amasó los pechos por encima del vestido, me comió la boca con ganas y me giró para que apoyara las manos contra la pared, entre dos columnas. Me levantó el ruedo, yo arqueé la espalda ofreciéndome, y cuando él sacaba la billetera para buscar un preservativo, escuchamos un grito que nos heló la sangre.

***

—¿Qué están haciendo acá? ¡No pueden estar en zona restringida!

Aparecieron dos hombres de seguridad. Uno grandote, alto, de espaldas anchas; el otro más bajo y mayor, con cara de pocos amigos. Se acercaron hasta donde estábamos. El alto me midió de arriba abajo sin disimulo; el bajo le clavó al muchacho una mirada desafiante.

—Nos van a tener que acompañar a la oficina —dijo el alto, sin un solo gesto en la cara—. Les vamos a labrar un acta por cruzar a una zona prohibida y después llamamos a la policía para que vayan a declarar a la comisaría.

—Yo soy casado, esto sería un escándalo en mi casa —balbuceó el muchacho—. Mejor me voy, acá no pasó nada.

Y salió corriendo, dejando hasta el changuito abandonado en el pasillo. Cobarde, pensé. Los dos guardias se miraron, pero no hicieron nada por detenerlo. Yo no tenía escapatoria: estaba acorralada entre las tarimas.

Me invitaron a la oficina y yo, ilusa y todavía desbordada por la situación, acepté. Cuando estábamos llegando, al guardia bajo le sonó el celular y se quedó atrás para atender. Entré con el grandote, que me señaló una silla frente a un escritorio metálico.

—Bueno, voy a labrar el acta por infracción de zona restringida. Me toma unos minutos y después pido un patrullero para que te vengan a buscar —dijo, abriendo ventanas en la computadora.

—¿Es necesario todo esto? —probé con voz lastimosa—. Fue una travesura. Si me deja ir, le juro que hago como que nunca pasó.

—Necesito saber qué hacían entre las tarimas. ¿Se querían robar algo? —ahora sonaba un poco más amistoso.

—¿Robar? No, no íbamos a robar nada —contesté desesperada.

—¿Entonces? Si no iban a robar, ¿qué hacías con él? —entrelazó los dedos y se apoyó en el escritorio.

—Solo queríamos cumplir una fantasía —admití, muerta de vergüenza.

Se recostó en la silla, me miró de costado y se quedó pensando. Por un momento el silencio me perforó el pecho.

—Es complicado. Si te dejo ir como si nada, el problema lo tengo yo, hasta me pueden echar. Tendría que poner en el acta que infringiste la zona restringida para tener relaciones con tu novio, y vas a quedar marcada.

—No era mi novio —se me escapó, y me dio todavía más vergüenza—. Lo conocí recién, acá adentro.

—Bueno. Esto quizás no te guste, pero tenés dos salidas —dijo, y cruzó las piernas mirándome fijo—. Una es la exposición y declarar todo de nuevo en la comisaría. La otra es cumplir tu fantasía conmigo. Si elegís la segunda, acá no pasó nada y yo veo cómo dibujo el parte. Si voy a arriesgar el trabajo, que por lo menos valga la pena. Sos muy hermosa, sin contar esa colita parada que tenés.

Pensé en Damián. Habíamos cortado, sí, pero la posibilidad de volver seguía abierta y no quería perderla. Si se entera de este enredo, lo pierdo para siempre. Y, sin embargo, el cuerpo me pedía otra cosa.

—Elijo la segunda —dije, poniéndome de pie—. Pero rápido. Me quiero ir a casa.

***

—Qué vestidito te pusiste hoy, bien de provocadora —dijo, parándose y frotándose el bulto por encima del pantalón—. Te encanta que te miren el culo para después masturbarse pensando en vos, ¿no?

Se acercó y me besó mientras me amasaba los pechos. Yo era un nudo de nervios, adrenalina y excitación, todo revuelto. Me dobló sobre el escritorio, me levantó el vestido y me corrió la tanga hacia un costado.

Empezó a frotarme con los dedos, que se había humedecido en la boca. Yo temblaba, y ya no sabía si era de placer, de miedo o de saber que me iba a dejar coger por un desconocido al que ni siquiera había elegido. El otro, el del híper, me gustaba de verdad; este no lo habría mirado dos veces. Pero prefería esto a dar explicaciones en una comisaría.

Sacó un preservativo del cajón, se lo puso, me agarró de las caderas y con el pie me fue separando las piernas. Sin previo aviso me la enterró entera de una sola embestida. Sentí su pelvis chocar contra mis nalgas y un gemido se me escapó sin permiso.

—Despacio —le pedí con la voz entrecortada—, todavía no estoy tan mojada.

—Acá no estás para pedir, estás para complacer —me cortó—. Así que callate y portate bien, que con esta concha tengo para rato.

Me cogía con fuerza, casi con bronca. Me agarró del pelo para que arqueara más la espalda y entrar más hondo. Los pechos se me salieron del vestido y rebotaban contra el escritorio; los tacos me chirriaban en el piso cada vez que él empujaba. Por más que no era así como yo había imaginado la tarde, sentirme tratada de ese modo me prendía de una forma que me daba hasta un poco de vergüenza reconocer.

En un momento sentí que se hinchaba, me tiró del pelo hacia atrás y acabó con un temblor largo, sin sacarla, dejándolo todo dentro del preservativo pero bien adentro de mí.

—Qué buena cogida —jadeó—. Me encanta agarrar putitas así en el laburo.

***

Me solté del pelo y caí rendida sobre el escritorio, con los ojos cerrados. Me ardía un poco de lo fuerte que había sido. Me quedé unos segundos así, hasta que sentí de nuevo unas manos en las caderas y unos dedos recorriéndome la raja.

—Te dije que ahí no —protesté, abriendo los ojos para incorporarme y decírselo en la cara.

No me dio tiempo a nada. Yo estaba lubricada y, de un solo empujón, sentí la cabeza forzar la entrada y después, con otro envión, el resto.

—¡No, por ahí te dije que no! —grité, resignada, mientras con el pie me corría los míos para abrirme más.

—Uf, nunca pensé cogerme un culo tan rico —dijo una voz, y recién ahí me di cuenta de que no era la misma.

Giré la cabeza y no podía creer lo que veía.

—¿Qué hacés vos? ¿Me la metiste sin que supiera que eras vos? —le grité, helada.

Era el otro guardia, el más bajo. Mientras su compañero me cogía, había entrado en la oficina sin que yo lo notara y había esperado su turno, masturbándose, listo para reemplazarlo apenas el primero terminara.

—Ya te dije que acá no decidís nada —habló el alto, parado a un costado, acariciándose otra vez—. Agradecé que te la hago fácil. Puedo llamar a varios del depósito que estarían más que contentos de pasar por acá. Yo ahora no escribo nada, pero si no te portás bien con mi compañero, lo escribe él. Así que decidí: ¿te dejás o labramos el acta?

No tenía margen. Me sentí invadida, usada, y aun así una parte oscura de mí encontraba algo en todo eso, en sentirme reducida a un objeto por dos tipos que jamás habrían tenido una oportunidad conmigo en otra circunstancia.

El bajo escupía sobre mis nalgas para deslizarse mejor, y lo lograba. Me hablaba mientras me embestía:

—Y pensar que en casa me espera mi mujer, que sí es una dama. Después están las como vos, que andan por la vida calentando a los tipos sin dejarles ni una chance. Hoy hice justicia.

La tenía más corta que el otro, pero ancha, y cada envión me arrancaba una lágrima. Sentí que se hinchaba y, para terminar de una vez, levanté más la cola y le seguí el juego mirándolo por encima del hombro.

—Dale, así me gusta, no te frenes —le dije, y no terminé la frase que ya me había llenado.

Recién entonces caí en la cuenta de que el muy canalla lo había hecho sin preservativo.

***

Eso me hizo enojar, pero el alto levantó el teléfono antes de que pudiera reclamar.

—Tengo una acá en la oficina que entrega todo. Vénganse un par que tengan ganas —dijo, y colgó mirándome la cara de pánico—. Tranquila, no llamé a nadie. Pero si seguís quejándote, lo hago realidad. Andá juntando tus cosas antes de que me arrepienta.

Por un instante me sentí pésimo. Y, en el fondo, supe que algo de todo aquello era lo que había salido a buscar esa tarde. Quizás no de esa manera, pero al final había sido una cogida como hacía meses no tenía. Me bajé el vestido, me acomodé la tanga y caminé hacia la puerta.

—¿No te olvidás de algo? ¿Te vas así nomás? —me frenó.

Cerré los ojos, me di vuelta y lo vi recostado en la silla, la verga dura otra vez, como recién empezada.

—¿Y cómo querés que me vaya? —pregunté, ya resignada.

—Un beso de despedida y listo —dijo, y se señaló la entrepierna.

No quise perder más tiempo. Me agaché, levanté bien la cola tal como me lo pidió y se la llevé a la boca. Tenía buena medida, y para mi propia sorpresa empecé a disfrutarlo.

—No me equivoqué con vos —se rió—. Podrías haberme insultado e irte, y elegiste chupármela.

—Tan puta es que no solo te la chupa a vos —dijo el bajo desde atrás—, también me regala la concha.

Abrí los ojos sorprendida y quise soltarlo, pero el alto me empujó la nuca contra su pelvis, hundiéndomela en la garganta. Mientras yo luchaba por respirar, el otro me levantó el vestido, me corrió la tanga y entró de nuevo. Sentí enseguida que era el mismo camino de antes.

—Ese es mi culo —dijo, y yo no podía ni protestar con la boca llena.

Así estuve un rato, una verga adelante y otra atrás, hasta que sentí el líquido caliente derramándose dentro otra vez, y casi al mismo tiempo la garganta llenándose con la del que tenía sentado.

—Ahora sí, la salida es toda tuya —me dijo, todavía agitado—. Espero haber cumplido tu fantasía.

***

Salí del depósito con una sensación cruzada. Había logrado mi objetivo de acostarme con un desconocido, aunque no del modo que tenía en la cabeza cuando entré al híper. Y, por más raro que suene, me había gustado que me trataran así, porque a mí el sexo me gusta también cuando se pone crudo y se sale de control.

Mi cola, mis pechos, mi metro sesenta y ocho subido a unos tacos altos siempre me meten en situaciones que terminan con alguien adentro mío. Y lo más loco de todo es que no lo sufro. Me encanta.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

NocheRara_99

Que locura... me dejo sin palabras. Tremendo.

Darkero_92

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como termina.

LunaK_86

Me recordó a una situación que viví hace unos años, aunque mucho más tranquila jaja. Muy bueno el relato!

SilencioLetor

Lo que me gusta es que no es explicito pero igual transmite todo. Eso es escribir bien.

Mauro_cba

El deposito del hiper nunca va a volver a parecerme lo mismo despues de leer esto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.