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Relatos Ardientes

Mi marido sumiso y la noche que todo cambió

Marisa terminaba de maquillarse. Sentada frente al tocador del dormitorio, se rizaba las pestañas con cuidado mientras su marido se dejaba caer en la cama detrás de ella con un resoplido.

—No entiendo por qué, si tú quedas con Nadia, yo tengo que quedar con Bruno —dijo Gus.

—Porque quiero que os hagáis amigos. Ya te lo he dicho.

—No sé de qué hablar con ese tío. Además, siempre parece que intenta intimidarme.

—Ja, ja, ja. Qué tontito eres. Bruno es así, habla más alto y le gusta ser el líder del grupo, pero es muy buen hombre. Ya verás cómo después de esta noche os lleváis mejor.

De repente se colocó detrás de mí y me agarró los pechos con las dos manos.

—Ah, ¿qué haces? —dije con una sonrisa.

—Así que Bruno es el líder, ¿no?

—Sí, mmm. ¿No ves lo grande y fuerte que es? —respondí dejándome hacer.

—Bruno está muy bueno —dijo con una voz rara, metiendo las manos por los bordes del sujetador y agarrándome los pechos desnudos.

Miré hacia abajo para ver cómo se derramaban entre sus dedos y suspiré.

—¿Ah, sí? ¿Está bueno Bruno?

—Ya lo sabes —respondió mientras me estiraba un pezón.

—Tú sí que estás bueno.

Me levanté liberándome de sus manos, me quité el sujetador y me di la vuelta. Mi marido estaba celoso de Bruno, y con motivo. Con treinta y cinco años, Gus estaba blando y fofo. Bruno, de su misma edad, parecía un Aquiles reencarnado. Me acerqué a mi marido, le agarré la cabeza y la llevé a mis pechos. Gus empezó a mamar mientras se sacaba la polla del pantalón. Emergió dura y recta, y empezó a masturbarse mientras me chupaba los pezones.

Miré hacia el lado y nos vi en el espejo. Yo, con treinta y tres años, con mi cara bonita tras el maquillaje, el pelo negro y largo recogido en una coleta, los labios entreabiertos de placer. Mis enormes pechos sacudiéndose por las chupadas de mi marido, mi barriga rozando la suya y mi culo grande, la parte de mi cuerpo que más odio.

Entonces pensé en Nadia, mi mejor amiga. O, más bien, la persona que deseaba con todas mis fuerzas que fuera mi mejor amiga. Rubia, con el pelo corto, preciosa, con unos pechos firmes, la cintura estrecha y un culo increíble. Su culo me encanta. Se lo miro mucho más de lo que lo miraría cualquier mujer heterosexual.

Gus salió hacia el baño a terminar la paja. Vi su culo blanco salir de la habitación. Éramos una pareja de gordos. Más bien, una pareja de gordos acomplejados, sin amistades reales más allá del compañerismo del trabajo.

Ahora sí tengo una amiga, pensé mientras apagaba la luz del tocador y empezaba a vestirme. Y todo va a seguir saliendo bien.

***

Hace dos meses fue la primera vez que salimos con Nadia y Bruno. Ella entró a trabajar en el laboratorio hace seis meses; yo llevo cinco años. Por supuesto, en cuanto Nadia cruzó la puerta con su aspecto, ya era más popular que yo. Me tocó ser su tutora durante los primeros tres meses y, a pesar de lo intimidada que me sentía y de lo superior que era a mí, física y socialmente, empezamos a llevarnos bien.

Todo cambió. Cada día esperaba que llegara la hora de ir a trabajar para estar con ella. Parecía un crío babeando detrás de la chica guapa del instituto. Memorizaba sus gestos sin darme cuenta: la manera en que se mordía el bolígrafo cuando leía un resultado, cómo se recogía un mechón detrás de la oreja, el perfume que dejaba al pasar entre las mesas. Volvía a casa repitiéndome sus frases, sus chistes, esa risa suya que sonaba un poco descarada.

Y el día que ella sugirió que cenáramos las dos parejas juntas fue el mejor día de mi vida desde mi boda. Estuve toda la tarde probándome ropa frente al espejo, descartando vestidos por demasiado sosos o demasiado evidentes, hasta que Gus me preguntó, desde el sofá, si íbamos a una cena o a una entrevista de trabajo.

La cena fue muy bien para nosotras: charlando y riendo. Para Gus y Bruno fue algo peor. No tenían nada en común. Bruno es entrenador en un gimnasio del barrio y Gus es técnico de sistemas. A Bruno le gusta hablar de pesas y de deportes; a Gus, de ordenadores y videojuegos. Al final estuvieron más pendientes de nosotras y de meterse en nuestra conversación cuando podían.

Y luego fuimos a bailar. Ellos dos eran un espectáculo. La química que tenían esos dos cuerpazos bailando resultaba casi obscena. Nuestro baile era yo moviéndome alrededor de mi marido mientras él me agarraba de la cintura e intentaba tragarse la vergüenza que le daba bailar.

Tras unos temas volvimos a la barra del local. Bruno me dijo que bailaba muy bien y se burló imitando la forma de moverse de mi marido. Yo me desternillaba para caerles bien a los dos, mientras Gus, malhumorado, soltaba un par de excusas. Y entonces fue cuando Bruno me propuso un último baile antes de irnos. Lo acepté sin mirar a mi marido.

Joder, menudo cambio. Me llevaba con una seguridad y una firmeza maravillosas, y yo, con una sonrisa fija en la boca, lo miraba a los ojos y bailaba con él. Le agarré los brazos musculosos, le puse una mano en el pecho para comprobar la dureza de sus pectorales y me rocé todo lo que pude.

Él no se quedaba atrás. Me tenía bien sujeta de la cintura y no paraba de mirarme el escote. Cada vez hacía que nos moviéramos más entre la gente, y entonces fue cuando me agarró del culo. No fue una caricia disimulada: me lo agarró fuerte con una mano, pegando mi cuerpo al suyo y mirando fijamente mis pechos aplastados contra él. Le sonreí incómoda, como una tonta, y me separé.

Bruno me cogió de la mano, me hizo girar y se pegó bien por detrás, cruzando los brazos sobre mi cintura. Se me erizó la piel al notar la dureza de su polla contra el culo. El muy cabrón se acomodó para colocarla entre mis nalgas, y supe que Nadia no mentía: su marido la tenía enorme.

Sin ser consciente del todo, o quizá sí, empecé a menear el culo recorriéndolo. La notaba crecer y no me creía que yo, la gorda, fuera capaz de excitar a semejante macho, y menos teniendo a la mujer que tenía. Noté su aliento caliente en el cuello, sus dedos clavándose un poco más en mi cintura, y por un segundo cerré los ojos y me dejé ir, fingiendo que aquello era solo el roce de la pista llena.

Busqué a Nadia entre la gente. La encontré apoyada en la barra, con la copa en la mano, mirándonos. No había celos en su cara. Había otra cosa: una media sonrisa, como quien observa un experimento que está saliendo justo como esperaba. Levantó la copa unos centímetros, hacia mí, y volvió a beber. Aparté la vista, con las mejillas ardiendo.

La canción se acabó. Volvimos con nuestras parejas y cada uno se marchó a su casa. Yo estaba cachonda como una perra. Mientras Gus conducía, yo le tocaba la pierna y me removía en el asiento recordando la polla de Bruno contra mi culo.

***

Cuando llegamos a casa empezamos a enrollarnos y a desnudarnos poco a poco. Y entonces llegó el bajón de ver el cuerpo de mi marido tan blando en comparación con el de Bruno. Seguimos besándonos mientras yo intentaba mantenerme excitada concentrándome en el recuerdo de los brazos y la polla de Bruno, pero no servía de nada.

Quiero a mi marido y me gusta follar con él, aunque en los últimos dos años nuestra relación sexual había cambiado. Esa noche, sin embargo, necesitaba otra cosa. Le dije que se tumbara en la cama y me subí encima, colocando mi coño sobre su cara. Gus se agarró a mi culo y empezó a lamerme mientras yo gemía y me lo frotaba contra él, imaginándome follada brutalmente por Bruno. Me corrí en la cara de mi marido con un grito.

Después me senté en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas abiertas. Gus se acomodó entre ellas, recostando su espalda en mi pecho. Le tapé la boca y la nariz con la mano y le hice una paja mientras lo asfixiaba un poco. Le vuelve loco. Lo dejo justo en el borde, lo suelto para que respire, y lo vuelvo a apretar cuando empieza a suplicar con la mirada. Esa es la única forma en la que mi marido se siente entero últimamente: cuando soy yo quien decide cuándo respira y cuándo se corre.

Desde ese día hemos salido varias veces con Nadia y Bruno.

***

Y hoy salía yo con Nadia. Solas. Me encantaba salir con ella a solas, tan divertida y desinhibida. Me había dicho que me pusiera lo más sexy que pudiera, lo que para mí significaba llevar un escote exageradamente indecente. Gus se quedó embobado mirándome las tetas, así que misión cumplida. Salimos hacia el piso de ellos. Gus, con mala cara.

—Pero cariño, ¿tan malo fue la otra vez? —Ellos ya habían quedado una vez que nosotras teníamos guardia en el laboratorio.

—No es eso. Es que somos muy distintos y me aburro. Además, siempre está hablando de cómo se folla a Nadia, de cómo se la mete por el culo y demás. Joder, que ya tenemos una edad para esas tonterías.

Sonreí mientras pensaba en lo mucho que le gustaba a Nadia hablar de sexo y, sobre todo, de la polla de Bruno.

—Bueno, pues cuenta tú cómo me follas a mí. Si te acuerdas… —le dije sonriendo con malicia.

—Muy graciosa. Pues bien que te gusta lo que te hago, guapa.

—Más bien lo que te hago yo a ti —le respondí agarrándole la polla por encima del pantalón y empezando a apretar.

—Mmmmm.

—¿Ves cómo te gusta? Mi maridito sumiso. —Y le di un beso en la mejilla soltándole la polla a la vez.

Llegamos al piso de Nadia y Bruno. Saludos y besos de rigor. Unas cuantas burlas a los chicos para que no se aburrieran demasiado, y salimos las dos juntas.

Ese fue el día en que todo empezó a cambiar.

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Comentarios (6)

CristinaOk

increible!!! me dejo sin palabras, de verdad

Manu_Lector

Por favor tiene que haber una segunda parte, esto se hizo cortísimo

Tomas_P

Que forma tan elegante de narrar algo así. Me gusto mucho, se nota que hay mucho detras de cada frase.

CarlaDeNoche

Me recordo a algo que vivi hace tiempo. Gracias por poner en palabras lo que a veces no se puede explicar.

PatricioM

Lo que mas me atrapó es esa tension entre lo que siente y lo que muestra. Muy bien construido. Espero que sigas escribiendo.

SofiaBaires

el titulo ya me engancho y despues no pude parar jaja

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