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Relatos Ardientes

La tarde que mi marido se atrevió a someterme

En aquella casa mandaba la zapatilla de Marisol, y todo el barrio lo intuía sin terminar de saberlo. Ella llevaba las riendas con mano firme desde el primer día de casados, y Damián, su marido, caminaba más derecho que una vela por la cuenta que le traía. Si llegaba tarde, si dejaba un plato sin fregar, si se desmandaba con cualquier tontería, ella lo sentaba en sus rodillas como a un crío y le calentaba el trasero hasta dejárselo encendido.

Lo había aprendido de su madre, que gobernaba su propia casa con esa misma autoridad de hierro. Para Marisol no era crueldad ni capricho: era el orden natural de las cosas. Y, aunque costara creerlo, aquel matrimonio funcionaba como una balsa de aceite.

Damián, por su parte, no se quejaba. Había algo en ceder, en dejarse mandar, que lo apaciguaba después de una jornada larga. Le gustaba la firmeza de su mujer, su forma de no andarse con remilgos. Lo que ninguno de los dos confesaba en voz alta era que, de vez en cuando, ella soñaba con estar exactamente al revés.

***

Todo cambió un martes por la mañana, cuando Damián volvió antes de tiempo del trabajo. Un compañero le había cubierto el turno y él aprovechó para regresar a casa sin avisar. Cruzó el patio trasero sin hacer ruido y, al acercarse a la ventana de la cocina, oyó la voz de su mujer y la de Lorena, su amiga de toda la vida, que solía pasar a desayunar los martes.

Se quedó quieto, escondido junto al muro, sin saber muy bien por qué. Y entonces escuchó algo que jamás habría imaginado.

—Te voy a contar una cosa, Lorena, pero queda entre nosotras —dijo Marisol bajando la voz—. A veces, solo a veces, echo de menos que sea Damián quien me dé a mí una buena tunda.

—¿En serio? —se rió la amiga—. Pensaba que lo tuyo era repartir, no recibir.

—Y lo es, ya lo sabes. Pero desde hace un tiempo no dejo de pensar en cómo sería estar al otro lado. Que me agarre por mi cuenta, que me domine, que me ponga sobre sus rodillas como a una niña y, cuando me rebele, que me doblegue a base de azotes. Que me deje el culo como un pimiento morrón y después me empotre sin contemplaciones. —Suspiró—. Me da calor solo de pensarlo.

—No dejas de sorprenderme, mujer.

—Pues te juro que lo voy a conseguir. Lo voy a sacar de sus casillas hasta que se harte y me ponga firme. Como me llamo Marisol.

Damián sintió que la cara le ardía. Apoyó la espalda contra la pared, con el corazón disparado, y dejó que las palabras de su mujer se le metieran muy adentro. Así que era eso. Esa mujer que lo llevaba a base de zapatilla, que mandaba en todo, deseaba en secreto exactamente lo contrario.

Esperó a que Lorena se despidiera y entró en casa como si acabara de llegar. Pero algo en él ya no era lo mismo. Toda la tarde anduvo dándole vueltas a la idea, y cuanto más la imaginaba sometida bajo su mano, más se le encendía la sangre.

Si eso es lo que quiere, eso es lo que va a tener.

***

Al día siguiente, durante la comida, Damián decidió empezar a tantear el terreno. Comían el uno frente al otro, y él soltó la frase como quien comenta el tiempo.

—Han contado hoy en el taller que la semana pasada un hombre del pueblo de al lado pilló a su mujer con otro en la cama.

Lo dijo con calma, observándola por encima del borde del vaso. Marisol levantó la vista, más curiosa que otra cosa.

—¿Ah, sí? ¿Y quién era? ¿Dónde fue?

—No han dicho nombres. Pero yo me he puesto a pensar en qué haría si eso me pasara a mí. Y creo que lo tengo claro.

—¿Y qué harías? —preguntó ella, sirviéndose agua.

—Lo primero, darte una paliza que te ibas a acordar.

El vaso se le quedó a Marisol a medio camino de la boca. Damián lo vio con toda claridad: el rubor que le subió por el cuello, el ligero temblor de los dedos, el modo en que se removió en la silla. Pero su mujer era buena actriz, y enseguida recompuso el gesto.

—¿Cómo dices? —respondió, alzando una ceja—. ¿Tú, a mí, una paliza? ¿Es que quieres que saque la zapatilla a media tarde?

Por mucho que intentara recuperar el mando, Damián ya sabía la verdad. Por primera vez en años la había visto vulnerable, descolocada. Y guardaba un as en la manga que pensaba usar cuanto antes.

—Yo de ti tendría cuidadito —insistió él, sin apartar los ojos—. Porque si algún día te pillo con alguien, te pongo el culo como un mapa, Marisol. Que quede claro.

—¿Pero qué mosca te ha picado hoy con los engaños? —Se levantó de golpe, llevándose los platos al fregadero. Quería esconder la cara, y los dos lo sabían.

***

Marisol abrió el grifo y se puso a fregar de espaldas, como si aquello pudiera devolverle el control. Llevaba un vestido estampado en tonos azules, un delantal de cuadritos rosas y unas zapatillas abiertas por detrás. Damián la miró un buen rato, con un calentón de mucho cuidado, y luego se levantó despacio.

Se acercó por detrás, sin prisa, hasta pegarse a su cuerpo. Ella sintió la presión del bulto contra el trasero y un escalofrío le recorrió la espalda. El agua seguía corriendo, pero las manos se le habían detenido sobre los platos.

Damián le apartó el pelo del cuello con la nariz y empezó a besarla justo debajo de la oreja. Con la mano izquierda le abarcó un pecho por encima del vestido; con la derecha le recorrió el vientre, despacio, marcando territorio. Entonces le susurró al oído, con una voz que ella no le conocía.

—¿Has sido mala, Marisol?

La pregunta la atravesó como una corriente. El corazón se le aceleró de golpe. Que la tratara así, como a una niña pillada en falta, era precisamente la fantasía que guardaba bajo siete llaves. La mayor parte del tiempo era una mujer firme, responsable, la que mandaba sin pestañear. Pero de vez en cuando necesitaba justo lo contrario: sentirse pequeña, sorprendida, atrapada. Y no conocía mejor manera que unos buenos azotes seguidos de unos buenos mimos.

Tragó saliva. Y, casi sin proponérselo, le salió una voz aniñada, temblorosa.

—Un poquito.

Damián ya la tenía donde quería. La sentía derretirse entre sus brazos, y supo que debía ir poco a poco para no romper el hechizo.

—¿Y tú sabes lo que les pasa a las niñas malas?

—No… no lo sé —siguió ella el juego, con la respiración entrecortada.

—Pues les pasa esto.

La palmada resonó en toda la cocina. Cayó seca y firme sobre la nalga derecha, por encima de la tela, y Marisol soltó un gemido ahogado, mitad protesta, mitad placer.

—Has sido mala —repitió él.

—No… —murmuró ella, sin demasiada convicción.

Otra palmada, ahora acompañada de un pellizco en el pezón. Marisol sintió que las bragas se le humedecían, que las piernas se le aflojaban. Lejos de apartarse, sacó el trasero buscando la mano de su marido, ofreciéndose.

—¿Se me miente a mí, Marisol? —La voz de Damián se había vuelto ronca.

—No… —Y la palabra le salió rota, deshecha de puro deseo.

—Pues toma, para que aprendas.

Una tanda de azotes cayó sobre su trasero, rápidos y precisos, uno detrás de otro. Cada palmada la encendía más, la doblegaba un poco más contra el borde del fregadero. Aunque sus labios decían que no, su cuerpo entero pedía a gritos que continuara, y él lo entendió perfectamente.

***

Entonces Damián dio un paso atrás y empezó a desabrocharse el cinturón. El característico tintineo de la hebilla hizo que a Marisol casi se le cortara la respiración. Conocía ese sonido al revés, pero nunca lo había oído desde aquel lado, y la diferencia le pareció enloquecedora.

Él sacó el cinto de las presillas con un tirón seco, lo dobló en dos y lo restalló una vez en el aire. Marisol se estremeció entera.

—Amor mío, con la correa no… —suplicó, y sin embargo arqueó la espalda, ofreciendo el blanco.

—A ti te voy a enseñar yo a portarte —dijo él.

El cuero cayó sobre el vestido con un chasquido. Ella gritó, pero el grito se le mezcló con un jadeo que no dejaba lugar a dudas. Aquello no era dolor a secas: era el dolor exacto que había estado buscando, el que la encendía como ninguna otra cosa.

Damián, viéndola así de entregada, le subió el vestido por encima de la cintura y le bajó las bragas de un tirón. Las encontró empapadas, y eso disipó las pocas dudas que pudieran quedarle. Le acarició las nalgas enrojecidas con la palma abierta, casi con ternura, antes de volver a la carga.

—¿Me quieres, Marisol? —preguntó, restallando el cinto.

—Más que a nada en el mundo —gimió ella entre lágrimas que no eran de pena.

—¿De verdad me quieres?

—Que sí, mi amor, te quiero más que a mi vida… pero ya no más con la correa, por favor.

Él dejó caer el cinturón al suelo. La cocina entera olía a deseo. Marisol estaba doblada sobre el fregadero, el trasero encendido, el cuerpo tembloroso, y por primera vez en su vida matrimonial se sentía completamente a merced de su marido. Era exactamente lo que había soñado.

***

—Ahora te voy a hacer mía, como la mujer que eres —le dijo Damián, pegándose de nuevo a su espalda—. ¿Está claro?

—Sí, cariño —jadeó ella—. Pero por delante, por favor.

Él había pensado tomarla así, por el coño, como siempre. Pero aquella súplica, ese «por delante no» dicho con la voz quebrada, le sonó a justo lo contrario. La conocía demasiado bien. Sabía leer entre líneas a su mujer, y aquello era una invitación disfrazada de protesta.

—Hoy no —respondió, deslizando los dedos por la raja húmeda hasta más arriba—. Hoy te voy a tomar a mi gusto. Hoy vas a ser solo mía, Marisol.

—Como tú digas, mi amor —cedió ella, y en su voz no quedaba ni rastro de la mujer que mandaba con la zapatilla—. Seré tuya.

Aquellas palabras, dichas con un abandono que él no le conocía, terminaron de enardecerlo. Se humedeció con la propia excitación de ella y la penetró por detrás, despacio pero con determinación. Marisol contuvo el aliento, notó el ardor de la primera embestida y soltó un grito largo que se le clavó a él en el pecho.

Pero era una mujer recia, en esto como en todo. Aunque se le saltaron las lágrimas, no quería detenerse por nada del mundo. Damián, intuyéndolo, bajó el ritmo y empezó a colmarla de mimos: besos en la nuca, caricias en los pezones, susurros calientes contra su oreja. Y poco a poco el dolor se transformó en otra cosa, en un placer denso y profundo que la fue arrastrando.

—Así… sigue así, amor mío —jadeaba ella—. Me duele, pero no pares, no pares. Hazme tuya, hazme tuya del todo.

Se habían desplazado del fregadero hasta el poyo de la cocina, buscando comodidad de manera instintiva. Damián la sujetaba por las caderas y empujaba con un ritmo cada vez más firme, mientras Marisol se aferraba al borde de mármol y le pedía más, una y otra vez, con la voz deshecha. Cuando él se vació por fin, los dos quedaron derrengados, sin aliento, pegados el uno al otro como náufragos.

***

El panorama después de la batalla era todo un cuadro: el cinturón tirado en el suelo, una zapatilla de Marisol caída a un par de metros, las bragas enredadas en uno de sus tobillos, un trapo de cocina por el medio. Damián, con los pantalones por las rodillas, tardó un buen rato en recuperar el resuello.

Fue ella la primera en recomponerse. Se levantó, se subió las bragas, recogió la zapatilla extraviada y, sin decir palabra, desapareció en el baño. Damián se quedó esperando, con una mezcla de orgullo y de temor que no sabía descifrar. ¿Se habría pasado de la raya? ¿O habría dado, por fin, en el clavo?

A los pocos minutos Marisol reapareció, peinada, con la cara lavada y una calma nueva en el gesto. Se plantó delante de él, lo miró de arriba abajo y le soltó:

—¿Tú has visto el culo que me has dejado con la correa?

—Cariño, yo… —empezó él, sin saber por dónde tirar.

—Ya te cogeré yo por mi cuenta, no te preocupes. —Pero una sonrisa traviesa le bailaba en la comisura de los labios.

—Amor mío… ¿te ha gustado? —se atrevió a preguntar.

—Sí que me ha gustado. —Levantó la barbilla, recuperando su porte de siempre, y sacó un par de centímetros la zapatilla del pie para enseñársela—. Pero no creas ni por un momento que te vas a librar de esta. Que mande hoy tú no significa que mande siempre.

—Ya lo sé, mi amor —contestó él, y por dentro sonrió.

—Pues hala, vete a trabajar, que llegas tarde. Y cuando vuelvas, prepárate. Esta noche te vas a acostar caliente. Pero caliente de verdad.

Se despidieron con un beso largo, intenso, de los que no admiten dudas. Y al salir, Marisol le estampó una palmada a mano abierta en el trasero que resonó en toda la casa.

—No me seas zalamero —le dijo, guiñándole un ojo—, que por mucho que me endulces no te vas a librar.

—Te adoro —respondió Damián desde la puerta.

Y los dos se quedaron con una sonrisa que ni el resto de la tarde ni la cena ni la noche entera consiguieron borrarles. Porque habían descubierto, casi sin querer, que entre ellos cabían las dos cosas: su mano firme y su rendición. Y eso, lejos de romper nada, los había unido más que nunca.

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Comentarios (5)

RaulBdsmFan

Exactamente lo que buscaba leer hoy. Increible relato, de los mejores que lei esta semana!!!

Valentina_BA

Me atrape en cada parrafo. Esa tension de quien lleva el control... se siente tan real. Espero que sigas escribiendo.

nervioso_lector

Por favor una segunda parte, me quede queriendo mas

MartinaC_ok

Que buen giro el del marido. No me lo esperaba y eso lo hace todavia mas interesante. Muy bien escrito!

NachoBdsmBs

Hay algo muy honesto en como esta narrado. No es lo tipico del genero, se nota un tono personal que lo diferencia. Me gusto mucho, ojala haya mas.

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