Me entregué atada a los amos del club secreto
Drusila se quedó conmigo hasta casi el amanecer, y solo entonces se levantó para marcharse. Prefería viajar de noche, decía, aunque con una sudadera, gafas oscuras y protector solar podía moverse de día sin demasiado riesgo. Antes de irse me acarició la mejilla con sus dedos fríos y me prometió que volvería en cuanto me hubiera recuperado.
—Cuando estés bien del todo —murmuró—, te llevaré a conocer un sitio. Quiero presentarte.
Tardé una semana en sanar. Sus mordiscos no eran como los de las películas: no clavaba los colmillos para succionar, sino para abrir pequeñas heridas y beber de lo que brotaba después. Mis pezones habían quedado sensibles, agrietados, y amamantar a mi bebé esos días fue un suplicio dulce y doloroso a la vez. Mordía un trapo para no gritar cada vez que el niño se prendía al pecho. Por suerte, su saliva ayudó a cicatrizar más rápido de lo que esperaba.
Drusila reapareció un viernes por la noche, con dos botellas de ese vino oscuro que solía traerme y una sonrisa que prometía cosas. Comprobó que estaba recuperada, pero esta vez no se alimentó de mí. Me hizo acompañarla hasta el cuarto de la caldera, donde habíamos estado juntas por primera vez.
Frente a frente, dejó caer el vestido al suelo. Su cuerpo era una contradicción imposible: pechos firmes, piel tersa, ni rastro del paso del tiempo que sus ojos antiguos delataban. Apoyó las manos en las caderas, provocándome, y yo sentí la calentura subir desde el vientre.
—Acércate —pidió.
Me deshice del camisón y nuestros cuerpos se unieron en un abrazo. Su piel estaba fría como el mármol, pero flexible, viva de un modo extraño. Su boca recorrió mi garganta sin morder, solo lamiendo, y la incertidumbre de no saber si lo haría me erizaba cada centímetro de piel.
—Me embriaga el aroma de tu piel —susurró contra mi cuello—. Hueles a leche, a calor. Es una pena tener que reservarte.
No quería que se reservara nada.
Sus labios bajaron hasta mis pechos y se entretuvieron allí, saltando de un pezón al otro, apretándolos con los labios, rozándolos apenas con los colmillos sin llegar a perforar. Ya no sabía si era su boca la que buscaba mis pezones o si eran ellos los que se ofrecían tiesos a su boca.
—No pares —le pedí, con la voz quebrada—. Estoy a punto.
Ella tampoco aguantaba: lo delataban los hilos húmedos que le corrían por la cara interna de los muslos. Cuando llegué al clímax, la sujeté de los pechos y le devolví el juego, lamiendo el contorno de sus aréolas antes de atrapar sus pezones entre los dientes. Bajé una mano hasta su sexo, hundí los dedos y dibujé círculos sobre su clítoris con el pulgar.
Drusila se estremeció. Aprendí entonces que los suyos también sienten dolor, y que el dolor y el placer se les confunden igual que a nosotras. Sus gemidos se volvieron convulsiones, y terminó con un orgasmo escandaloso, aferrada a mis hombros.
—Cielo —jadeó después—, hacía siglos que no tenía uno así.
Recogió su vestido del suelo y se vistió despacio, sin dejar de mirarme.
—El próximo viernes paso a buscarte. Ponte guapa.
***
La semana se me hizo eterna. Bebí del vino, di de mamar a mi bebé y me sorprendí imaginando una y otra vez lo que vendría. Ese viernes dejé a los niños con sus abuelos, con leche suficiente en los tarros, y les dije que saldría con una amiga sin hora de regreso.
A media tarde ya estaba arreglada con ropa interior nueva de encaje y un traje hueso de falda corta y chaqueta sin blusa, pensado para insinuar más de lo que mostraba. Pero cuando Drusila bajó del coche, supe que me había equivocado de registro.
Llevaba un body de cuero negro, ceñido con cordones que le elevaban el pecho, botas altas pegadas a las piernas como una segunda piel y guantes que le trepaban más allá de los codos. Comparada con ella, yo parecía vestida para una cena de oficina.
—Estás preciosa —dijo—, pero he traído algo más acorde con la ocasión.
Me tendió un top de cuero con cremallera al frente y unas braguitas que se cerraban a los costados. En un momento estuve desnuda delante de ella, y con su ayuda me enfundé las prendas. Completó el conjunto una correa de tela roja al cuello y dos muñequeras de cuero con mosquetones.
—La correa roja es importante —advirtió mientras me la ajustaba—. Mientras la lleves, solo yo puedo tocarte. Nadie más.
Tragué saliva. Menos mal que ya era de noche y su coche estaba dentro del jardín, porque salir así vestida a la vista de los vecinos habría sido impensable.
***
Condujimos casi una hora hasta un polígono industrial. Frente a una nave enorme, una puerta metálica lateral estaba flanqueada por dos hombres tan corpulentos que parecían cuatro. Reconocieron a Drusila y nos dejaron pasar, no sin clavar la mirada en mi escote.
El interior conservaba el aspecto de una vieja distribuidora de carnes: raíles en el techo, ganchos corredizos, suelo de cemento. La atmósfera me encogió el estómago antes de entender por qué.
Cruzamos una puerta corredera y llegamos a una sala donde varias mujeres aguardaban sujetas a la pared, de cara al muro, con correas verdes al cuello. Otras esperaban en una especie de vitrina, con números colgados de sus cintas. No pregunté nada; Drusila me había enseñado que en estos sitios el silencio era la regla.
—Las correas verdes están disponibles —explicó de todos modos, leyéndome la cara—. Se ofrecen, se subastan, se alquilan. La tuya es roja. Recuérdalo.
Avanzamos entre corrillos de gente que conversaba en voz baja. En la sala siguiente, Drusila me alzó los brazos y los enganchó a un raíl del techo, dejándome colgada de las muñequeras, y me empujó por la guía hacia la estancia contigua.
Lo que vi me heló la sangre. Una mujer colgaba boca abajo, rodeada de figuras que se inclinaban sobre ella. Comprendí, con un nudo en la garganta, lo que significaba la correa negra que yacía en el suelo a sus pies.
—Tranquila —me dijo Drusila al oído—. Con la roja, nadie te toca sin mi permiso. Te traigo para que veas lo que hay detrás de la fachada, y lo que te jugarías sin la protección adecuada.
—Bájame —supliqué, temblando—. Por favor.
El miedo me corría por las piernas. Drusila chasqueó la lengua, casi divertida, y me empujó por la guía a través de aquella zona prohibida para quienes no eran como ella.
—Por aquí no puedes caminar —dijo—. Es solo para nosotros. Aguanta un poco más.
La siguiente sala estaba llena de cruces de San Andrés, aspas en forma de T, cadenas que pendían del techo. No hizo falta preguntar para qué servían. Una mujer rubia, de pechos enormes y cruzados por marcas rojas, estaba sujeta a una cruz, los senos apresados entre dos barrotes que los proyectaban hacia delante.
Oí silbar el látigo y el chasquido al impactar. No pude apartar la mirada de aquella escena cruel, mitad horror, mitad fascinación culpable.
—No te preocupes —murmuró Drusila—. Está todo controlado. Aquí nadie pasa de cierto límite, salvo que su correa lo permita. A algunos les gusta que la presa haya sido castigada antes. Dicen que la sangre sabe distinto después.
Noté cómo me miraban los que azotaban a las mujeres atadas, con el deseo evidente de ponerme las manos encima. La correa roja era lo único que me separaba de ellos.
—Esta es la última sala dura —anunció Drusila—. A partir de aquí son reservados de placer, para quienes tienen a sus elegidas en exclusiva. Podría cambiarte la correa por una verde y dejar que otros te probaran… —hizo una pausa, saboreando mi pánico—. Pero no. Te tengo reservada una sorpresa que te va a encantar.
Me bajó del gancho y me condujo a pie hasta un asiento de cuero, donde me dejó posar el cuerpo desnudo rodeada de los presentes, que me devoraban con los ojos. Mis pechos estaban tensos, doloridos, llenos de leche sin vaciar, y cualquiera de ellos habría dado lo que fuera por aliviarlos. No podían. Yo tampoco podía pedirlo.
***
Cuando Drusila reapareció, entendí la sorpresa: no venía sola. La acompañaban dos viejos conocidos.
—¡Hola, hermosa! —exclamó Tibor, abrazándome—. No te imaginas lo que te hemos echado de menos.
—Tibor… Aldric —murmuré, reconociéndolos—. Hace tanto.
Aldric me dio una vuelta despacio, admirando mi cuerpo desnudo.
—Drusila nos ha dicho que estás amamantando —dijo, con una sonrisa hambrienta—. Eso le va a gustar mucho a alguien.
—Vamos a un sitio más íntimo —propuso Tibor—. Aquí no te quitan ojo de encima.
Nos metimos en uno de los reservados. Apenas cruzamos la puerta, ambos empezaron a despojarse de la ropa hasta quedar desnudos como yo. Drusila salió un momento y regresó acompañada de un joven rubio, de cuerpo atlético y ojos azules que brillaban como brasas al posarse sobre mí.
—Esta es la otra sorpresa —dijo ella—. Adrián.
Al sonreír, el muchacho mostró una dentadura perfecta, sin colmillos. No era de los suyos; era humano, alguien que se entregaba a ellos. Lo noté al estrecharle la mano: su piel estaba caliente, viva, distinta de la frialdad de los demás.
Tibor y Aldric no se dieron por enterados. Me tenían atrapada entre los dos, uno por delante y otro por detrás, recorriéndome con la boca, buscando dónde morder. Mientras tanto, Drusila desnudó a Adrián y lo montó allí mismo, hundiéndolo en su sexo a la vez que pasaba la lengua por su garganta.
—Creía que el chico era para mí —protesté entre jadeos.
Ella no contestó, ocupada como estaba, pero algo en su mirada me dijo que la verdadera sorpresa aún no había llegado.
Sentí los colmillos de Tibor presionar la cara interna de mi muslo, abriendo una herida fina de la que bebió, mientras Aldric me mordía la nalga y lamía lo que brotaba. Era una mezcla insoportable de dolor y excitación; sabía que pasaría días sin poder sentarme bien, y aun así no quería que parasen.
Cuando Drusila y Adrián terminaron, me hicieron limpiar con la boca lo que había quedado. Después Tibor se sentó en el suelo y me empaló sobre su sexo, mientras Aldric me penetraba por detrás. No contentos con tomarme por delante y por detrás a la vez, dejaron que Adrián se prendiera a mi pecho derecho, vaciándolo de leche, mientras Drusila atrapaba el izquierdo y, sin conformarse con mamar, clavaba apenas los colmillos en el pezón para beber leche y sangre mezcladas.
Sudaba de puro placer. Sujeté con las manos las cabezas de Drusila y Adrián para que no apartaran la boca de mis pezones, mientras me mecía entre los dos cuerpos que me llenaban. Así llegué al primero de muchos orgasmos de aquella noche larga, en la que entendí que jamás querría volver a salir de allí.
Mi historia en el club no terminó esa madrugada. Pero esa es otra confesión, para otra noche.