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Relatos Ardientes

La universitaria que soñaba con ser sumisa

Ilustración del relato erótico: La universitaria que soñaba con ser sumisa

Camila tenía veinte años y una manera de encogerse cuando alguien la miraba demasiado tiempo. Era menuda, de vientre plano y hombros estrechos, con los ojos castaños siempre a medio camino entre la curiosidad y la disculpa. Estudiaba segundo año de biología y se sentaba en la última fila, donde nadie esperaba nada de ella. Nadie, salvo Tobías.

Tobías tenía veinticuatro y ocupaba el espacio de un modo que ella no sabía hacer. Era moreno, de brazos trabajados en el gimnasio al que iba casi todos los días, y tenía esa calma de quien nunca tiene prisa por conseguir lo que quiere. Llevaban dos semanas saliendo cuando él la invitó a su departamento a ver una película.

Esa noche, a mitad de la película, Camila apoyó la cabeza en su hombro. Él la rodeó con el brazo, ella levantó la cara y se besaron. Fue un beso lento, hasta que, sin pensarlo, ella le mordió el labio inferior.

—Perdón —se quedó callada, las mejillas ardiendo—. Yo nunca…

—¿Nunca qué? —preguntó él, separándose apenas para mirarla—. ¿Nunca habías besado a nadie?

Camila negó con la cabeza, mordiéndose ahora ella el labio.

—No tienes nada de qué avergonzarte —dijo él, volviendo a abrazarla—. Pero entonces tengo una duda. ¿Tampoco has hecho nada más?

—¿Que si soy virgen? —La voz le salió más cortante de lo que quería—. Sí, todavía lo soy.

—Disculpa, no quise preguntarlo así. Solo me sorprende. No es tan común.

—Olvídalo —murmuró ella, apartando la mirada hacia la pantalla.

—Puedes contármelo. No juzgo a nadie.

Camila se quedó un momento en silencio, calculando si valía la pena. Después, en voz muy baja, soltó la frase que llevaba años sin decirle a nadie.

—No soy virgen porque no quiera. Es que tengo unos gustos un poco raros.

—¿Ah, sí? —Tobías la miró a los ojos, genuinamente intrigado—. ¿Cuáles?

Ella sacó el teléfono. Con el pulso temblando, abrió el historial y se lo puso delante. Eran páginas de bdsm, una detrás de otra, una lista entera que confesaba por sí sola todo lo que ella no sabía decir.

—Interesante —dijo él, sin reírse, sin escandalizarse—. ¿Quieres que yo también te muestre algo?

—Está bien —respondió Camila, más curiosa que asustada.

***

La llevó a su habitación y abrió el último cajón de la cómoda. Adentro había un pequeño estuche con esposas forradas, un antifaz, cuerdas de algodón y una fusta corta, todo evidentemente nuevo, todavía con el orden de lo que se ha comprado pero no se ha usado.

—Hace un tiempo que me interesa este mundo —dijo. No era del todo cierto: la idea de mandar, de tener a alguien entregado a él, lo acompañaba desde mucho antes de que tuviera con quién compartirla.

—No imaginé que también te gustara —dijo Camila, casi en shock. Lo que ella misma no sabía todavía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Tobías la tomó de la cintura y acercó su boca a la de ella, despacio, pero no la besó. Esperó. La obligó, sin una palabra, a ser ella quien cerrara la distancia. Cuando lo hizo, el beso fue distinto, más hondo, y él ya tenía una mano firme en su trasero cuando Camila se apartó de golpe.

—Perdón, me puse nerviosa.

—No te preocupes. Si quieres, vamos despacio. Algo más suave por ahora. Otro día, si te animas, preparamos tu primera vez con calma, para que no sea brusca.

Se quitó la playera y la guió hasta la cama. La recostó contra su pecho, le sacó la blusa y empezó a acariciarle los pechos con una lentitud deliberada, como si tuviera toda la noche. Camila respondió con un gemido apenas audible. Él le desabrochó el sostén y siguió, jugando con sus pezones, observando cada reacción.

Ella se masturbaba a veces, casi siempre con esos videos en los que mujeres de su edad aparecían atadas y a merced de alguien. Y ahora era real: el chico que le gustaba, que además compartía exactamente eso, le acariciaba el cuerpo. Sintió que se humedecía como nunca, que algo le palpitaba entre las piernas, y supo que él se daba cuenta porque sus muslos no dejaban de moverse.

Tobías le pellizcó los pezones, tirando apenas hacia arriba, y después dibujó círculos lentos con la yema de los dedos. Bajó la mano, le quitó el pantalón con ayuda de ella y la tocó por encima de la ropa interior, sobre la tela ya empapada, trazando el mismo movimiento circular.

—¿Te gusta? ¿Lo estás disfrutando? —preguntó él, la voz cargada.

Camila levantó apenas la cabeza, buscó sus ojos y asintió.

Entonces él deslizó la mano bajo la ropa interior y empezó a estimularla más rápido. Ella gimió más alto, se arqueó, sintió que estaba a punto. Y justo ahí, un segundo antes, Tobías retiró la mano y se llevó los dedos a la boca.

—Suficiente por hoy —dijo con calma—. Ya tendremos tiempo. Mejor durmamos.

Camila se quedó mirándolo, incrédula, todavía temblando. Había leído mil veces sobre la negación del orgasmo, había visto cómo se les negaba el placer a las sumisas en sus videos. Nunca pensó que lo viviría en carne propia, y mucho menos que sería él quien lo hiciera.

***

Al día siguiente fueron juntos a la facultad y no hablaron del tema. A la hora del almuerzo Camila se fue con sus amigas y Tobías se quedó terminando una presentación. Cuando la cerró, abrió un documento aparte y anotó, con frialdad de quien planifica, lo que había pasado la noche anterior. Se propuso una idea que lo encendía más que cualquier otra: descubrir hasta dónde estaba dispuesta a entregarse, convertirla, con su consentimiento, en su sumisa, en alguien que le perteneciera dentro de las reglas que pactaran.

Esa misma tarde, ya terminadas las clases, se sentaron en un banco del patio casi vacío.

—¿Te gustó lo de anoche? —preguntó él.

Camila se sonrojó. En público era todavía más tímida.

—No me esperaba que no me dejaras terminar. Lo había leído, lo había visto, pero una cosa es leerlo y otra que te pase. Y menos contigo.

—Tu historial era largo —dijo Tobías con media sonrisa—. Dime la verdad: ¿no tienes ganas ahora mismo de que se repita? Tu cuerpo lo quiere otra vez. Tú lo quieres. ¿O no?

Ella asintió, con la cara roja, mirando de reojo a las dos parejas que ocupaban los bancos cercanos.

—Entonces creo que deberíamos hablarlo en serio —dijo él—. Te propongo algo. Ninguno de los dos es de esta ciudad, los dos vivimos solos. Múdate conmigo. Así nos resulta más fácil explorar esto sin horarios ni excusas.

Camila lo pensó un momento que se le hizo largo. Pero ya sabía la respuesta. Quería exactamente eso: alguien que la guiara, que pusiera las reglas, que la corrigiera cuando se equivocara. Aceptó.

—Antes de nada, dime tus límites —siguió él, ahora muy serio—. Sé que eres virgen, pero has leído suficiente. ¿Qué cosas no quieres? ¿Qué no tolerarías?

—La verdad, no tengo muchos —dijo ella, bajando la voz hasta casi nada—. Para serte honesta, mi fantasía más grande es que me azoten. Que me castiguen y después me hagan caminar, marcada, como si exhibieran lo que me hicieron.

A Tobías se le tensó todo el cuerpo. Era más sumisa, más entregada de lo que había calculado.

—Lo de exhibirte lo dejamos para cuando confíes plena en mí —dijo—. Pero nada que te lastime de verdad. Nada de marcas que no se borren. Eso queda fuera, siempre. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió ella, y por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien la entendía.

***

Ya instalados, esa misma semana, Tobías repitió lo de la primera noche. Camila, en un arranque de valentía, le pidió que le quitara la virginidad de una vez. Él dijo que no.

—Quiero que tu primera vez sea algo especial —explicó—. Quiero prepararla. Hacerla a mi manera.

—¿Y cuál es tu manera? —se atrevió ella.

—Tengo una fantasía. Una que me obsesiona. —Hizo una pausa—. Una escena de entrega total. Te ato a una cruz, de las que se usan para esto, una cruz de aspas. Te dejo expuesta, sin poder moverte, completamente a mi merced. Te castigo despacio. Y, mientras estás ahí, atada y temblando, te hago mía por primera vez.

A Camila se le aceleró el pulso de tal forma que, si Tobías no hubiera dejado de tocarla en ese instante, se habría corrido solo con las palabras.

—¿Me quieres atar a una cruz? —repitió, con un hilo de voz.

—Sin clavos ni dolor real —aclaró él, leyéndole la cara—. Correas, cuero, nada que te marque. Tú inmovilizada, yo decidiendo cada cosa que te pasa. Y una palabra de seguridad que, si la dices, lo detiene todo en el acto. Esa palabra está por encima de mí, ¿entiendes? Siempre.

Ella no decía nada. Nunca se lo había planteado en esos términos, tan literal, tan ritual. Y, sin embargo, sintió que se mojaba aún más. Ante su silencio, Tobías volvió a acariciarla, una mano en el sexo y la otra en los pezones, y, como la primera noche, la dejó al borde sin permitirle terminar.

—Por favor —rogó ella, en un acto de sumisión que la sorprendió a sí misma—. Déjame correrme.

Tobías rozó apenas su clítoris, sin la fuerza suficiente, prolongando la tortura.

—Por favor —insistió Camila, rendida—. Déjame terminar. Después haz lo que quieras conmigo.

—Te voy a tener en esa cruz —respondió él, los labios pegados a su oído—. Pero será dentro de tres semanas. Lo voy a preparar con calma. Mientras tanto, cada día va a ser así: voy a tocarte, voy a llevarte al borde y no te voy a dejar caer. Y voy a azotar despacio esa piel tan blanca, como entrenamiento, para que cuando llegue el día estés lista.

Camila cerró los ojos. Tres semanas de deseo contenido, de orgasmos negados, de una espera diseñada para enloquecerla. No le quedó más que rendirse a la idea, y descubrió que rendirse era, justamente, lo que más la encendía.

—Sí, amo —susurró.

Y aceptó su destino, sabiendo que cada noche de esas tres semanas la acercaría, paso a paso, al lugar donde siempre había querido estar.

Continuará…

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Comentarios (4)

Crespo_Noir

buenisimo!!! me enganchó desde la primera linea, de esas historias que no podes soltar

SandraMorales

Esperando la segunda parte, se me hizo muy corto jaja

Rodrigo88

Me gustó cómo arranca sin apuro. Se nota que hay algo mas por contar y eso es lo mejor.

Esteban_Cba

Hay algo muy autentico en esta historia que llega directo. Muy buen relato, gracias.

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