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Relatos Ardientes

Esa noche le enseñé a un hombre quién manda

Ilustración del relato erótico: Esa noche le enseñé a un hombre quién manda

Voy a confesar algo que nunca digo en voz alta: me encanta el poder que tengo sobre los hombres. No me refiero al poder de gustar, eso lo tiene cualquiera. Hablo del otro, del que se siente en la boca del estómago cuando un hombre grande y seguro de sí mismo te mira y, sin saber muy bien por qué, baja la cabeza.

Tengo treinta años, un cuerpo que aprendí a usar y una sonrisa que la gente confunde con dulzura. Es un error que aprovecho. Durante años fui a las fiestas privadas del barrio alto fingiendo que solo iba por el champán y la conversación, cuando en realidad iba de caza.

Buscaba un tipo concreto: el que presume demasiado, el que llena la sala con su voz, el que está tan convencido de su propia importancia que no se imagina lo que es estar de rodillas. Esos son mis favoritos. Caen más fuerte y más bonito.

Aquella noche lo encontré en una casa enorme en las afueras, una de esas fiestas donde nadie pregunta nada y todos firman discreción en la puerta. Se llamaba Mateo. Veintiocho años, traje caro, mandíbula de anuncio y la costumbre de interrumpir a las mujeres a media frase.

—¿Y a qué te dedicas tú? —me preguntó, ya midiéndome de arriba abajo.

—A descubrir lo que la gente esconde —respondí.

Se rió como si fuera un chiste. No lo era.

Estuvimos hablando media hora. Él hablando, mejor dicho; yo asentía y dejaba caer una pregunta exacta cada tanto, de esas que hacen que un hombre se sienta el centro del universo. Mientras tanto le miraba las manos, el cuello, la forma en que se removía cuando yo me acercaba un par de centímetros de más.

—Hay un salón abajo —le dije al oído—. Un salón privado. ¿Te atreves o solo sabes hablar?

Esa última frase es una llave maestra. A un hombre así nunca le preguntas si quiere. Le preguntas si se atreve, y entonces ya no puede decir que no sin sentirse pequeño.

***

El salón de abajo era para esto, exactamente para esto. Paredes forradas, luz baja, una banqueta acolchada en el centro y, colgando de la pared, todo un repertorio de cuerdas, correas y juguetes que él miró con una mezcla de excitación y susto que me derritió por dentro.

—Reglas —dije, cerrando la puerta—. Tú obedeces. Si en algún momento es demasiado, dices «rojo» y todo se acaba al instante. ¿Entendido?

—Entendido —murmuró, y noté cómo le temblaba un poco la voz al perder, por una vez, el control de la conversación.

—De rodillas.

Dudó un segundo. Solo uno. Después bajó, primero una rodilla y luego la otra, y verlo descender así, despacio, fue mejor que cualquier cosa que hubiera pasado arriba con champán de por medio. El hombre que interrumpía a las mujeres ahora me miraba desde abajo esperando la siguiente orden.

—La ropa —dije—. Toda. Doblada y a un lado, como un niño bien educado.

Obedeció. Se desnudó delante de mí con esa torpeza nueva de quien nunca ha estado expuesto así, y yo me senté en la banqueta con las piernas cruzadas, sin tocarlo todavía, dejando que el silencio hiciera la mitad del trabajo. La anticipación es el mejor afrodisíaco que existe y yo soy muy paciente.

—Date la vuelta. Despacio.

Lo hizo. Le até las muñecas a la espalda con una cuerda suave pero firme, comprobando dos veces que no apretara de más. Esa parte la gente no la ve: cuidas al hombre que humillas. Lo cuidas precisamente porque es tuyo, porque mientras esté atado tú respondes por cada centímetro de su cuerpo.

—Mírame —ordené cuando volvió a quedar de frente.

Levantó la cabeza. Tenía los ojos brillantes, la respiración rápida, y entre las piernas la prueba evidente de que toda esa seguridad de arriba escondía justo esto: las ganas de que alguien le quitara el peso de mandar.

—Mírate —le dije, casi con ternura—. Tan grande, tan seguro. Y aquí estás, de rodillas, atado, esperando que yo decida qué hacer contigo. ¿Te gusta?

—Sí —susurró.

—«Sí, señora».

—Sí, señora —repitió, y el rubor le subió por el cuello hasta las orejas.

***

Tomé de la pared una correa fina de cuero, de las que tienen un mosquetón en la punta, y se la pasé por delante con calma para que viera bien lo que iba a hacer. Le rodeé con ella la base de todo lo que más le importaba, sin apretar, lo justo para tener un asa. Cuando di el primer tirón suave hacia mí, su cuerpo entero me siguió como si no tuviera otra opción en el mundo.

—Esto —dije, enrollando el otro extremo en mi muñeca— es lo que vamos a hacer esta noche. Tú vas a ir donde yo vaya. Vas a parar cuando yo pare. Y cada vez que se te ocurra una de tus frases ingeniosas, te muerdes la lengua. ¿Está claro?

—Sí, señora.

Lo paseé. Suena ridículo escrito, pero no hay otra forma de decirlo: lo paseé por el salón, de rodillas, llevándolo de la correa como quien lleva algo precioso y peligroso a la vez. Cada pocos pasos me detenía solo para sentir cómo se quedaba inmóvil al instante, atento a mí, pendiente del más mínimo cambio de tensión en sus manos.

Me senté de nuevo y lo dejé arrodillado entre mis piernas, lo bastante cerca para sentir su aliento en la rodilla.

—Pídeme que te toque —le dije.

—Por favor —empezó.

—No así. Pídelo bien. Quiero oír cuánto lo necesitas.

Lo que salió de su boca entonces no se parecía en nada al hombre del piso de arriba. Era un ruego largo, desordenado, lleno de «por favor, señora» y de pequeñas confesiones que probablemente no le había dicho a nadie. Lo escuché entero, sin prisa, acariciándole apenas el pelo como recompensa por cada palabra que me gustaba.

—Buen chico —dije al fin, y vi cómo esas dos palabras le hacían más efecto que cualquier caricia.

Me incorporé y di una vuelta lenta a su alrededor, dejando que el repiqueteo de mis tacones sobre el suelo marcara el ritmo. Cada vez que pasaba por detrás se quedaba quieto, sin saber si lo iba a tocar o a dejar esperando, y esa incertidumbre lo tenía más rendido que cualquier cuerda. Le pasé una uña por la espalda, despacio, de la nuca hasta la cintura, y sentí el escalofrío recorrerlo entero.

—Lo que más me gusta de los hombres como tú —murmuré— es el momento exacto en que dejáis de fingir. Arriba eras todo certezas. Aquí abajo, en cambio, no tienes ni idea de lo que va a pasar. Y te encanta.

No me contestó. No hacía falta. Su respiración entrecortada y la forma en que apretaba los puños a la espalda lo decían todo por él.

***

Le di lo que pedía con cuentagotas. Una caricia, una pausa larga. Un roce, y mi mano apartándose justo cuando empezaba a disfrutarlo. Lo llevé al borde y lo dejé ahí, temblando, atado, suplicando, mientras yo decidía, una y otra vez, que todavía no.

—¿Sabes por qué te tengo así? —le pregunté, inclinándome hasta que mis labios casi le rozaban la oreja.

—No, señora.

—Porque arriba creías que mandabas tú. Interrumpías, mirabas, decidías. Y resulta que toda esa noche, sin saberlo, estabas eligiendo esto. Estabas eligiéndome a mí.

Le di un tirón seco a la correa, no fuerte, lo justo para arrancarle un gemido ahogado, y noté cómo todo su cuerpo se tensaba al filo del placer y la rendición. El poder no está en hacer daño. El poder está en tener a alguien tan entregado que un solo movimiento de tu muñeca lo deshace entero.

—Por favor —jadeó—. Por favor, señora, no aguanto más.

—Lo sé —dije—. Por eso es tan divertido.

Lo mantuve ahí un rato más, en ese límite donde un hombre dejaría de ser quien era con tal de un segundo de alivio, y solo cuando me dio la gana, cuando ya estaba ronco de suplicar y empapado de obedecer, le concedí el final. Le aflojé la correa, le solté las manos, lo dejé desplomarse sobre la banqueta hecho un manojo de nervios agradecidos.

—Quieto —dije mientras le frotaba las muñecas para devolverles la circulación—. Respira. Ya está. Lo hiciste muy bien.

Y lo decía en serio. Cuidé de él en ese rato igual que lo había dominado antes, con la misma atención, porque ese contraste —dura primero, atenta después— es lo que hace que vuelvan, lo que hace que sueñen contigo durante semanas.

***

Volví a casa de madrugada con el cuerpo zumbando. Me tiré en la cama sin desvestirme del todo y, al cerrar los ojos, lo vi otra vez: de rodillas, mirándome desde abajo, repitiendo «sí, señora» con esa voz quebrada que ya no era de hombre seguro de nada.

Saqué el teléfono. Tenía un mensaje suyo, mandado quince minutos antes, lleno de gracias torpes y de un «¿cuándo puedo volver a verte?» que me sacó una sonrisa. Lo dejé sin responder un buen rato, no por crueldad, sino porque esa pequeña espera también era parte del juego, y porque me gustaba imaginarlo mirando la pantalla.

Pensar en él, en cómo el hombre que llenaba la sala con su voz había acabado pidiendo permiso para respirar, me encendió de nuevo. Deslicé la mano bajo el vestido sin dejar de recordar la tensión de la correa en mi muñeca, el peso de saber que durante una hora aquel cuerpo entero había sido mío, mío de verdad.

Llegué deprisa, con una intensidad que casi me asustó, y me quedé un rato tendida en la oscuridad con el corazón disparado, sonriendo al techo. No fue la noche más larga de mi vida ni la más salvaje. Pero pocas veces me he sentido tan completa, tan exactamente en mi sitio.

Al final le contesté tres palabras: «El sábado. Puntual». Y supe, por cómo se encendieron los tres puntitos al instante, que volvería a tenerlo de rodillas tantas veces como yo quisiera. Hay hombres que pasan la vida buscando a alguien que les diga qué hacer. Yo solo me dedico a encontrarlos.

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Comentarios (3)

GustavoRos

tremendo relato!!! la protagonista es un caño, me saqué el sombrero

ValeriaRo

Por fin alguien que escribe desde el lado de la que manda. Me encanto, quiero mas historias así

SantiG92

se hizo corto, quede con ganas de la segunda parte jaja. muy bueno igual

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