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Relatos Ardientes

La sesión más dura que acepté por dinero esa noche

Ilustración del relato erótico: La sesión más dura que acepté por dinero esa noche

Todo empezó con un chat un martes por la noche. Tomás, mi marido, administra mis citas, y leí la conversación por encima de su hombro mientras él tecleaba en la cama.

—¿Está disponible Renata para hoy en la noche? —escribió el cliente.

—Sí, aquí anda. Dos mil la hora, sin tolerancia. Lo que contrates y se retira, que tiene otro compromiso —contestó Tomás.

—Es que seríamos cuatro. ¿Se puede?

—Cuatro son tres mil. Yo se la llevo y la recojo, así te lo dejo en ese precio.

—Va. Como la otra vez, ¿no? Sin límites pactados.

—Como la otra vez. Tú ya sabes las condiciones —cerró Tomás, y dejó el teléfono sobre el buró.

Me dio un vuelco en el estómago. Hugo era el hombre que más fuerte me había tratado nunca, y ahora serían cuatro. Pero ya tenía oficio en esto, creía poder manejarlo, y la paga por dos o tres horas valía la pena. Además, en una semana me iba con mis amigas a Punta Cana, y ese viaje no se pagaba solo.

***

Para quienes me leen por primera vez: prefiero contar lo que me pasa sin adornos, así que no esperen prosa fina. Vivo en el norte, soy casada, ronde los treinta. Soy morena clara, delgada, de hombros un poco anchos para mi cuerpo, busto natural y buena cadera que el gimnasio y algún retoque me redondearon sin exagerar. Me cuido, me depilo entera y me veo bien sin dejar de parecer real. Son los gajes del oficio.

Para la noche elegí un pantalón de vinil negro entubado, tan ajustado que se me marcaba por debajo una pantaleta blanca con olanes y un moñito morado al frente. Encima, una blusa beige delgada de tirantes y escote en V que dejaba asomar el encaje del sostén. Zapatillas de tacón de aguja, maquillaje en tonos oscuros para que mi cara resistiera mejor el trato que seguramente me esperaba.

Tomás revisó que llevara conmigo el plug, como habían pedido. Yo me había hecho la olvidadiza y me mandó a ponérmelo.

—¿Me vas a esperar afuera, verdad? —le pregunté ya en el coche—. Me da miedito. Siento que va a ser peor que la otra vez.

—Ahí voy a estar. Ya les dije que las condiciones son las mismas. Aparte, bien que la otra semana te vas de viaje, ni te quejes —contestó, y me apretó la rodilla.

—Me lo merezco. He trabajado mucho.

Mis papás creen que dejé de trabajar y sospechan de cómo costeo mis lujos, pero ya inventaría algo. Empezó como una fantasía de Tomás hace un par de años; le gustó, a mí me gustó más, y terminó volviéndose mi modo de vida.

***

Llegamos al motel Imperial. Tomás dio el número de habitación en la caseta, se estacionó y bajamos. La puerta se abrió y ahí estaba Hugo, igual que como lo recordaba. Intercambió un saludo seco con mi marido, pagó la primera hora y dijo que, si nos pasábamos, el resto me lo daría a mí. Se despidió de Tomás y me tomó del brazo sin saludarme siquiera, solo escaneándome de arriba abajo.

Adentro había tres hombres más. Para no enredarme, los llamaré así: Hugo, el flaco, el viejo y el grandote. El flaco se parecía a Hugo pero más joven; el viejo también tenía cierto aire de familia, mayor y de mirada pesada; el grandote era corpulento y vestía de mirrey. Olía a cigarro y a cerveza, sonaba música de banda a volumen bajo, las luces tenues. Llevaban un rato bebiendo en casa de alguno de ellos y, ya entrados en copas, decidieron contratar a alguien hasta dar conmigo.

Me sentaron en el sillón y ellos se acomodaron alrededor. Bajaron la tele. Me ofrecieron de beber y un cigarro, que rechacé con una sonrisa. Tenían curiosidad, como si llevaran rato esperándome para preguntar.

—¿Es cierto todo lo que cuenta Hugo de la otra vez? —soltó el grandote, el más interesado.

Apenas asentí. Hugo sacó el celular y les mostró un video que me había grabado meses atrás. Me oí decir un montón de tonterías mientras los cuatro miraban la pantalla con más atención que a mí misma. Me reí de lo ridícula que sonaba.

—¿Y por qué andas en esto si eres casada? —preguntó el flaco cuando Hugo guardó el teléfono.

—Empezó como un juego de mi marido. Le gustó, me gustó más a mí, me empezó a ir bien y aquí sigo. Dejé mi trabajo y tengo más tiempo, la verdad.

—¿Y aguantas lo que te hacen? —insistió el grandote.

—Es un rato nada más. No es común que me pidan lo que ustedes quieren, pero si pagan, lo hago.

—¿Y qué te gusta? —preguntó Hugo, recargado en el respaldo.

—Que me lo hagan duro. Prefiero el anal al final, así duele menos. Me gusta que me sujeten del pelo, que me impongan, sentir que el hombre manda. A veces una ni sabe lo que quiere.

—Insultarla, escupirle, aunque chille —me interrumpió Hugo, divertido.

—Pues… eso también —admití, y me dio risa la naturalidad con la que se trataban entre ellos.

—¿Te podemos grabar? —preguntó el flaco.

—Claro. Aunque con propina coopero más —bromeé.

—¿No te da miedo que nos pasemos contigo? —dijo el viejo con una sonrisa torcida—. Aquí te ponemos una chinga y nadie se entera.

—Sé que no lo van a hacer. Pórtense bien —contesté, más confiada de lo que sentía.

El viejo se levantó y se plantó frente a mí.

—A ver, ¿qué es lo que no se puede?

—Marcas donde se vean. Y menos en la cara.

—¿En la cara menos, verdad? —repitió con sorna, y antes de que terminara me soltó una cachetada que me volteó el rostro.

Dolió de verdad. Apreté los dientes y me tragué el coraje. Se hizo un silencio.

—Ah, entonces sí se puede, putita —sonrió burlón.

Solo asentí. No tenía caso pelear con uno, menos con los cuatro. Ahí entendí que esto no era un juego: en serio me iban a poner a trabajar, y estaba encerrada y vulnerable.

***

—A ver el premio que dice este que nos trajiste —ordenó el viejo, tronando los dedos.

Me levanté frente a ellos. Cuatro miradas fijas, en completo silencio. Me bajé el pantalón despacio, lo dejé enrollado en los tobillos y, al agacharme, ofrecí mi trasero. Dos manos aprovecharon para tocarlo y darle una palmada.

—Se puso más buena la cabrona —comentó Hugo, y no voy a mentir, me calentó.

Hice lo mismo con la pantaleta y me acomodé en el sillón a cuatro patas, codos en el respaldo, rodillas en el asiento, bien abierta. El manoseo no se hizo esperar: sentí los jalones del plug, que sacaban y volvían a meter mientras yo empezaba a entrar en calor.

El viejo se puso a mi lado, ya con la verga afuera.

—Vi cómo mamas. Quiero que lo hagas mejor.

Abrí la boca y me la metió de golpe. No me dio tregua; él dirigía todo, empujando mi cabeza contra él. No era enorme, pero llenaba bien mi boca y me arrancaba alguna arcada cuando forzaba de más. Las lágrimas no tardaron. Otro jugaba con el plug, lo sacaba y sentía su lengua, lo volvía a meter. Los demás se desvestían.

Hugo me tomó de las orejas y forzó el vaivén. Mi boca empezó a hacer ese sonido ronco, la saliva escurriendo por el mentón.

—Solo sabe decir «bua, bua» —se burló, y los demás rieron.

Me sentaron en el piso, terminaron de desnudarme y me dejaron solo los tacones. La nuca apoyada en el sillón, la boca apuntando hacia arriba, recibí de pie al flaco, que dejaba caer su peso hasta mi garganta. Para entonces mi cara era un poema: rímel corrido en dos surcos negros, ojos rojos, labial regado, jadeando por aire. Y apenas era el principio.

***

El flaco me grababa y me dirigía. El viejo, mientras tanto, hurgaba en mi historia con la crueldad por delante.

—¿Quién sabe que andas en esto?

—Mi marido. Un tío y un par de amigas —contesté con la voz quebrada.

—El tío seguro ya te cogió.

Asentí y me llevé otra cachetada por respuesta.

—Y tus papás, ¿saben?

—No. Les daría vergüenza.

—Ni ganas de hablarte les van a dar —se metió Hugo, sujetándome del cabello para escupirme y volver a cachetearme—. Sigues siendo la misma basura de la otra vez.

Empecé a sollozar. Dos de ellos fingieron consuelo y me abrazaron sin dejar de manosearme. Me daba rabia y, al mismo tiempo, una excitación que no terminaba de entender.

El flaco me alzó y me sentó sobre él. Me jaló la cabeza hacia atrás, sentí el tirón en el cuello y me ensartó. La tenía de buen tamaño y yo apenas estaba húmeda. El que esperaba detrás aprovechó mi posición inclinada para entrar por atrás, ya dilatada por el plug: una doble penetración. A pesar de todo, estaba ardiendo. Era exactamente la clase de entrega que me gusta, dos cuerpos dueños de mis dos agujeros a la vez. La habitación se llenó de gemidos.

El viejo sacó un marcador y me escribió algo en la frente que después leería en el espejo. Mientras me mecían sobre uno de ellos, me lanzaban preguntas y yo solo asentía a cada insulto, perdida en la propia humillación.

—Entonces te haré lo que se me dé la gana, total a nadie le importas —remató el viejo.

Asentí una vez más.

***

Me llevaron a la cama. Cada uno tomó una de mis extremidades, boca arriba, y me cubrieron la cara con una almohada para que no viera. Alguien me metió un juguete largo que vibraba, dirigido a distancia con un control. Otro me prendió pinzas con peso en los pezones, y un tercero me cruzaba la piel con un látigo de tiras suave.

—¿Te gusta, zorrita?

—Sí —jadeé—. Dame más.

Subieron la vibración y mi cuerpo empezó a sacudirse en pequeñas convulsiones. Estaba mojándome, perdiendo la cabeza.

—Di lo que eres —ordenó Hugo.

—Soy su puta, no valgo nada, no dejen de cogerme.

—Está loca esta vieja —rio el flaco.

—Ya te dije, pásense de lanza si quieren —contestó Hugo.

El látigo seguía, el vibrador no paraba, y no aguanté más. Me vine en un orgasmo feroz que nadie pudo sujetar; grité, se me fue el aire, el cuerpo arqueado hacia atrás mientras escuchaba sus risas alrededor.

***

Cuando recuperé el aliento, el flaco me ordenó esperarlos en el baño, en cuclillas. Me fui a gatas, con la palabra escrita en la cara, mientras me daban una palmada de despedida en el trasero. Ahí, sola un instante, tomé conciencia del ardor en la cara, en las nalgas, en la entrepierna; los pezones me palpitaban bajo el peso de las pinzas. Me encanta ser humillada. Si algún día dejo esto, no será pronto.

Entraron de uno en uno. El grandote me montó duro sobre la taza. El viejo llegó con un cigarro, me hizo abrir la boca y dejó caer la ceniza dentro; en cuanto salió, la escupí. Cada uno terminó como quiso, y entre uno y otro me limpiaban con insultos y caricias en el pelo, esa mezcla rara de desprecio y cuidado que tanto me pierde.

El último fue Hugo. Se agachó a mi altura y me miró un rato largo, en silencio.

—Das asco. Báñate, que todavía falto yo —dijo.

Abrí la regadera y el agua tibia me alivió. Me quité el sudor de la noche con Hugo viéndome. Estaba molida: me dolía todo, el hombro, la espalda baja, la piel irritada de los muslos. Él me señaló la taza y supe lo que quería. Junté valor, me incliné yo misma, y mientras me tomaba por atrás solo sacaba la cabeza para respirar. Curiosamente, conmigo fue el menos duro. Terminó pronto, nalgueándome sin saña.

—Qué rico se divierte uno contigo —dijo, ya recompuesto.

***

Salí del baño. Los otros tres ya estaban vestidos, viendo la tele, sin prestarme atención. No encontré mi ropa, solo mi bolsa y el teléfono.

—Mi ropa, Hugo —pedí—. ¿Cómo me vas a sacar así?

—Ya lárgate —contestó, y me mostró el mensaje que le había mandado a Tomás: «ven por ella, ya acabamos».

El viejo apareció con una correa de perro. Entre los cuatro me bajaron a la cochera y me amarraron al barandal de la escalera con candado, la llave lejos de mi alcance. Tomás tendría que entrar por mí. Me dejaron desnuda en el escalón, mojada, en tacones, con la correa al cuello, y eso sí me molestó: habían pasado el límite.

Cuando llegó mi marido y me vio, fue por una herramienta de la camioneta y les ponchó una llanta. No voy a negar que me dio gusto, aunque la sesión que me dieron ya nadie me la quitaba.

—A ver si les vuelves a dar servicio —me reclamó mientras me cubría con su chamarra—. Me trataron mal y encima cobraste poco.

—¿Te pagaron la otra hora?

—Sí, aquí la traigo. Pero hubieras visto lo que me hicieron.

—Lo vi, amor —contestó, arrancando el coche—. Me mandaron los videos.

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Comentarios (3)

Darkero_92

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Romi_84

me quede con ganas de saber mas... por favor continua con esto!!

NochesFrias

La parte donde ella cae en cuenta de que lo esta disfrutando me parecio lo mas logrado del relato. Muy bien narrado, se siente autentico.

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