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Relatos Ardientes

Provocó a su ex y terminó de rodillas ante ella

Ilustración del relato erótico: Provocó a su ex y terminó de rodillas ante ella

La relación de Rubén con Lucía había terminado hacía un par de meses, y aunque ninguno de los dos había hecho una escena al separarse, tampoco quedaron como para llamarse amigos. El problema era el contrato del alquiler: faltaban semanas para que venciera y el precio de cualquier otro piso era imposible. Así que decidieron aguantar, cada uno en su cuarto, compartiendo cocina y baño con la cortesía tensa de dos personas que se soportan por obligación.

Esa tarde de julio, Brenda había venido a visitar a Lucía. Era una de sus mejores amigas, y a Rubén siempre le había gustado más de lo que jamás se atrevió a admitir. Pelirroja, de piernas largas y una manera de reírse que le tensaba algo en el estómago. Las dos charlaban en el salón, esquivando con cuidado cualquier tema que pasara cerca de la ruptura porque él rondaba por el pasillo.

Desde la puerta entreabierta de su habitación, Rubén las observaba sin que ellas lo notaran. La risa de Brenda le llegaba amortiguada por el pasillo y cada vez que se inclinaba hacia delante para coger su copa, la camiseta se le ajustaba de una forma que a él le secaba la boca. No iba a negarlo: más de una noche, cuando todavía estaba con Lucía, se había imaginado a Brenda mientras se masturbaba en silencio, conteniendo la respiración para que no lo oyeran al otro lado de la pared.

Joder, qué buena está.

El calor apretaba y el aire acondicionado del salón no llegaba hasta su cuarto. Llevaba semanas sin desahogarse, sin ganas, con esa frustración acumulada que vuelve a un hombre estúpido. Y entonces se le ocurrió una idea que le pareció brillante: hacerse el distraído, salir en calzoncillos como si nada, dejar que Brenda lo viera. Una provocación barata, infantil, pero la sangre no le subía precisamente a la cabeza.

Cruzó el pasillo hacia la cocina con la espalda recta y el bóxer ajustado, fingiendo buscar algo en la nevera. Notó las dos miradas clavándose en él.

—¿Te parece bonito? No estoy sola —le soltó Lucía desde el sofá, con la voz afilada.

—Es mi casa. Voy como me da la gana —respondió él, encogiéndose de hombros.

—Eres idiota —masculló ella.

—Cállate, pesada —le salió del alma, más venenoso de lo que pretendía.

Lucía se quedó un segundo en silencio, con los labios apretados. Brenda arqueó una ceja, divertida, como quien presencia algo que va a poner interesante.

—¿Eres un…! —empezó Lucía, y se mordió el resto.

Rubén volvió a la cocina sintiéndose ganador. Se sirvió un vaso de agua y bebió despacio, dándose aires. Oyó pasos acercándose por el pasillo. Sabía que era Lucía viniendo a echarle la bronca y se preparó para no ceder ni un centímetro.

—¿Y ahora qué cojones quie…?

No pudo terminar la frase. No era Lucía quien estaba frente a él, sino Brenda, y antes de que reaccionara la pelirroja había alargado la mano y le había agarrado los testículos por encima de la tela con una precisión que no admitía dudas.

***

El vaso resbaló de su mano y se hizo añicos contra el suelo. Rubén solo alcanzó a soltar un quejido ahogado, doblándose por la cintura. Brenda no aflojó. Apretaba y tiraba hacia abajo, despacio, midiendo cada movimiento, disfrutando de la cara descompuesta del hombre que segundos antes se las daba de gallito.

—¿Cómo me has llamado? —preguntó Lucía, que había aparecido en el umbral con los brazos cruzados.

—No… le he dicho nada a tu amiga —jadeó él.

—A ella no. A mí —corrigió Lucía, acercándose—. Llevas semanas tratándome como a una mierda. Hoy se acabó.

Brenda tiró un poco más fuerte y Rubén cayó de rodillas sobre las baldosas, esquivando los cristales por puro instinto. La humillación de estar arrodillado, en calzoncillos, sujeto por donde más duele, le ardía más que el dolor mismo.

—Suéltame —suplicó—. Por favor.

Ella lo soltó. Rubén respiró, aliviado apenas un instante, justo el que tardó Lucía en adelantarse y plantarle un rodillazo seco en el centro. El mundo se le puso blanco. Se desplomó de lado, encogido, las manos buscando protegerse demasiado tarde.

—Date la vuelta —ordenó Brenda.

Él ni siquiera pensó en desobedecer. Entre las dos le cruzaron los brazos a la espalda y le ataron las muñecas con el cordón de una bata que colgaba detrás de la puerta. No opuso resistencia. No podía.

—Vamos a ver qué tan hombre eres —dijo Brenda, agachándose junto a él.

De un tirón le bajó el bóxer hasta las rodillas. Rubén sintió el aire frío de la cocina sobre la piel y, peor aún, las dos miradas recorriéndolo. El dolor lo había encogido por completo; su pene, asustado y replegado, no tenía nada que ver con el alarde de hacía un momento.

—¿Y esto? —Brenda soltó una carcajada—. Con razón te dejó. ¿De verdad pensabas satisfacer a alguien con esa cosita?

—No es… es por el dolor —balbuceó él, rojo de vergüenza.

—Claro, lo que tú digas.

***

Lucía sacó el móvil del bolsillo. Rubén entendió lo que venía y empezó a revolverse.

—No, por favor, eso no.

—¿Ahora pides por favor? —Lucía sonrió sin una pizca de compasión y disparó la primera foto. El flash le golpeó la cara—. Mira qué bien sales.

Cada súplica suya provocaba otra carcajada, y cada carcajada otra foto. Lucía le apoyó el pie descalzo sobre el muslo y fue subiendo la presión poco a poco, manteniéndolo clavado contra el suelo. Rubén apretaba los dientes, convencido de que iba a reventar bajo aquel talón.

—Hielo —gimió de pronto—. Por favor, necesito hielo.

Brenda y Lucía se miraron. La pelirroja se encogió de hombros.

—Bueno. Está bien.

Por un segundo Rubén creyó que se apiadaban de él. Brenda abrió el congelador y sacó una bolsa de cubitos. Pero en lugar de dársela, le separó las piernas sin que él pudiera evitarlo. Lucía entendió la idea antes de que la dijera y la cara se le iluminó.

—No lo hagas —rogó él, leyéndolo todo en sus ojos—. Por favor, no.

Brenda hizo un nudo en la boca de la bolsa, la sostuvo por el extremo y la balanceó como quien prueba el peso de una honda. Solo que la piedra eran los cubitos de hielo. El golpe le cayó seco y directo entre las piernas. Rubén soltó un aullido que se le quebró en mitad de la garganta, su cuerpo se sacudió en una convulsión y, antes de poder gritar de nuevo, todo se volvió negro.

***

Despertó un buen rato después, dolorido hasta el último hueso, tumbado en su propia cama. Seguía con las muñecas atadas a la espalda. Le costaba enfocar, pero un sonido rítmico lo obligó a girar la cabeza hacia la puerta.

Lucía estaba a cuatro patas sobre la alfombra y Brenda, detrás de ella, la penetraba con un arnés que él no había visto antes. Las dos lo ignoraban como si fuera un mueble. Solo cuando notó que estaba despierto, Brenda detuvo el movimiento de sus caderas y volvió la cabeza con una sonrisa.

—Hola, polla pequeña —canturreó—. ¿Cómo van esos huevos?

Rubén bajó la vista. Los tenía rojos, hinchados, enormes; el resto de él, flácido y ridículo en contraste. Por mucho que su orgullo quisiera reaccionar, el dolor le impedía siquiera la sombra de una erección.

—Mira, ni se le levanta —se rió Lucía sin dejar de moverse contra su amiga—. Y eso que tiene espectáculo gratis.

La humillación lo empujó a un último arranque de dignidad. Apretó los dientes e intentó incorporarse en el borde de la cama, con las manos inútiles a la espalda. Perdió el equilibrio enseguida y cayó al suelo de costado, con tan mala suerte que las piernas se le abrieron y todo el peso del aterrizaje le golpeó de lleno entre los muslos contra el parqué.

El grito que se le escapó hizo que las dos estallaran en carcajadas. Brenda tuvo que apoyarse en la pared para no caerse de la risa.

—Quédate quietecito —le aconsejó Lucía cuando recuperó el aliento—. Es por tu bien.

***

Las semanas que quedaban de contrato fueron las más largas y silenciosas de su vida. Lucía le dejó claras las reglas con una frialdad que no admitía réplica: ni un insulto más, ni una sola contestación, obediencia total en cada cosa que le pidiera. De lo contrario, las fotos de aquella tarde acabarían en el móvil de todos sus conocidos.

Rubén bajó la cabeza y obedeció. Lavaba los platos cuando se lo ordenaban, callaba cuando le hablaban con desprecio, agachaba la mirada cuando Brenda venía de visita y lo saludaba con un guiño burlón que le recordaba exactamente quién mandaba. El gallito que se paseaba en calzoncillos había desaparecido por completo, reemplazado por un hombre que pedía permiso hasta para usar el baño.

Lo más extraño era que, con el paso de los días, esa sumisión dejó de pesarle como un castigo. Había algo casi tranquilizador en no tener que demostrar nada, en obedecer una orden y saber que con eso bastaba. Por las noches, a solas en su cuarto, se descubría reviviendo aquella tarde con una mezcla confusa de vergüenza y deseo, y entendía que una parte de él, una que jamás admitiría en voz alta, había disfrutado de cada segundo en el suelo de aquella cocina.

Cuando por fin venció el alquiler, cada uno tomó su camino y no volvieron a verse. Rubén rehízo su vida, encontró otro piso, hasta empezó a salir con alguien nuevo. Pero nunca, por más años que pasaran, logró borrar la vergüenza de aquella tarde de verano en la que su ex y su amiga le enseñaron, a su manera, que no todas las provocaciones salen gratis.

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Comentarios (4)

TobiasEros

increible, de esos relatos que te enganchan desde la primera linea y no podes parar. Tremendo 🔥

Camila_82

jajaja el que se la da de vivo siempre termina pagandola. Me encanto como termino la historia

NocheRiv_07

buenisimo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad

LuciaNocturna

Me recordo a algo que me paso hace unos años. El poder tiene sus vueltas jaja. Muy buen relato, se siente real

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