Até a mi novio infiel y le enseñé a obedecer
Bruno era de esos hombres que se creen el centro del mundo por tener una novia guapa y una polla más grande que la media. Salía con Daniela desde hacía dos años: pelo rubio que parecía brillar bajo cualquier luz, una sonrisa que desarmaba y una paciencia que él jamás supo valorar. Desde fuera eran la pareja perfecta. Por dentro, él ya había decidido que aquello le quedaba pequeño.
El problema, según su lógica, era el sexo. Daniela volvía agotada del trabajo, encadenaba turnos largos y reuniones eternas, y muchas noches lo único que quería era dormir. Al principio él lo aguantaba. Pero un mes entero sin tocarla le parecía una injusticia personal, como si el cuerpo de ella le debiera algo.
—Joder —murmuraba a solas, una noche más, después de terminar él mismo lo que ella no quería empezar—. Necesito algo de verdad.
Esa misma madrugada intentó meterle mano mientras dormía. Daniela le apartó la mano sin abrir siquiera los ojos y se dio la vuelta. Él se fue a la otra punta de la cama, ofendido, convencido de que el problema era de ella.
No tardó en buscar fuera lo que decidió que en casa le faltaba. Así encontró a Lola: morena, menuda, descarada, con una boca que prometía y una forma de mirar que no pedía permiso. Bastaron un par de mensajes para entenderse. A Lola no le importaba que él tuviera pareja, y a Bruno le importaba todavía menos. Cuando supo que Daniela se iba dos días por un viaje de trabajo, no lo dudó: la casa era el escenario perfecto.
***
Pusieron música alta en cuanto entraron. Lola se desnudó con la naturalidad de quien sabe exactamente el efecto que provoca, y se subió a la cama del dormitorio del fondo, el más alejado de la puerta.
—Venga —dijo ella, apoyando los codos en el colchón y arqueando la espalda—. No te hagas el tímido ahora.
Bruno se colocó detrás. Le gustaba esa parte, la del control, la de decidir el ritmo. Empezó despacio, disfrutando de cada centímetro, de los gemidos que ella soltaba a propósito porque sabía que a él lo encendían. La música tapaba todo lo demás. Tapó, por ejemplo, el sonido de una llave girando en la cerradura.
El vuelo de Daniela se había cancelado. Cansada, fastidiada, sin avisar para no dar explicaciones, había vuelto a casa con la única idea de meterse en la cama y olvidar el día.
Cruzó el pasillo siguiendo la música. Al principio pensó que él estaría solo, viendo algo, haciéndose una paja; no le habría sorprendido ni le habría molestado demasiado, no después de tantas quejas. Entonces llegó a la puerta entreabierta y los vio. De espaldas. Él, ella, el movimiento inconfundible.
Primero fue incredulidad. Después un nudo en la garganta. Y al final, cuando el nudo se deshizo, lo que quedó fue una rabia fría, limpia, casi serena.
Hijo de la gran puta, pensó, sin mover un solo músculo de la cara.
Pudo haber gritado. Pudo haber roto algo, haberse marchado dando un portazo. Pero se quedó mirando un segundo más, y en ese segundo algo dentro de ella decidió que no iba a darle la satisfacción de un drama. Le iba a dar otra cosa.
***
Entró en silencio. Lola la vio primero y se quedó congelada, con los ojos como platos. Bruno, demasiado concentrado, tardó en notar que la chica había dejado de moverse.
—¿Qué pasa? —empezó a decir él, girándose.
No terminó la frase. Daniela ya estaba dentro de la habitación, de pie junto a la cama, con los brazos cruzados y una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—Sigue —dijo ella, mirando a Lola—. No por mí.
Lola se apartó de un salto y se cubrió con la sábana, balbuceando disculpas atropelladas. No conocía a Daniela, pero entendió enseguida quién mandaba en esa casa, y decidió en un instante de qué lado le convenía estar.
—Él me dijo que estaba soltero —soltó, medio verdad medio mentira, lo que hiciera falta para salvar el pellejo—. Te lo juro.
—Te creo —respondió Daniela, sin apartar los ojos de Bruno—. Los hombres como este mienten hasta dormidos.
Bruno intentó hablar, intentó construir una de sus explicaciones, esas que siempre le habían funcionado. Pero esta vez Daniela no estaba dispuesta a escuchar una sola palabra.
—Cállate —dijo, y la firmeza de su voz lo hizo callar de verdad—. Esta noche, por una vez, vas a escuchar tú.
***
Daniela abrió el armario y sacó algo que ambos reconocieron: las cuerdas que habían usado meses atrás, una noche de juegos, cuando todavía había confianza entre ellos. Ahora las sostenía con otra intención.
—Túmbate —ordenó.
Él dudó. Una parte de su cuerpo, la más primitiva, seguía dura a pesar de todo, y esa parte fue la que decidió obedecer antes que la cabeza. Quizá pensó que aquello terminaría en un trío inesperado, en una de sus fantasías. Se equivocaba, pero la curiosidad y la culpa lo hicieron tumbarse.
Daniela le ató las muñecas a los barrotes con nudos firmes, ajustados, comprobando cada uno. Lola, recuperada del susto y demasiado intrigada para irse, le siguió el juego y le sujetó los tobillos. En cuestión de minutos Bruno estaba abierto sobre la cama, expuesto, inmovilizado, mirando a las dos mujeres con una mezcla de excitación y alarma que crecía a partes iguales.
—Daniela, venga, podemos hablar… —intentó.
—Te he dicho que hoy hablo yo. —Se sentó en el borde del colchón, le pasó una uña por el pecho, despacio, hasta el ombligo—. ¿Sabes lo que más me jode? No que te la metieras a otra. Es que lo hicieras en mi cama, pensando que soy idiota.
Se inclinó sobre su oído y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Pues mira. Hoy vas a aprender lo que es perder el control.
***
Lo que siguió fue una lección lenta y minuciosa. Daniela tomó el mando como si llevara toda la vida esperando ese momento. Le rozaba la piel con las yemas y luego se detenía justo cuando él empezaba a disfrutar. Lo dejaba al borde y se apartaba. Cada vez que Bruno creía entender el juego, ella cambiaba las reglas.
—Mírate —dijo, recorriéndolo con la mirada—. Tan orgulloso siempre de lo que tienes entre las piernas. Y ahora estás atado a una cama suplicando con los ojos.
Lola, sentada a un lado, observaba fascinada cómo aquella mujer que había entrado destrozada se transformaba delante de ella en algo completamente distinto. Daniela la miró y le tendió la mano.
—Ven —le dijo—. Creo que tú y yo nos vamos a entender mucho mejor que él y yo.
La besó delante de Bruno, despacio, con una intención que no dejaba lugar a dudas. Fue un beso largo, hecho para que él lo viera, para que entendiera de una vez que aquello ya no iba con él. Lola respondió con un suspiro y le hundió las manos en el pelo rubio.
—¿Te gusta mirar? —le preguntó Daniela a su novio, sin separarse del todo de los labios de Lola—. Porque mirar es lo único que vas a poder hacer.
Bruno tiró de las cuerdas. No cedieron. Estaba duro, humillado y, para su propia vergüenza, más excitado de lo que jamás había estado en su vida.
***
Las dos mujeres se olvidaron de él. O fingieron olvidarlo, que para el caso era peor. Daniela tumbó a Lola sobre el mismo colchón en el que minutos antes la había encontrado con su novio, y le devolvió cada caricia con el doble de intensidad. Lola gemía de verdad ahora, sin actuar, arqueándose contra la boca de Daniela mientras Bruno asistía, atado e impotente, a un placer que ya no le pertenecía.
—Esto —jadeó Daniela, levantando un momento la cabeza para mirarlo— es lo que es hacerlo bien. Toma nota, porque no lo vas a ver muchas veces más.
Lola alcanzó el orgasmo aferrada a las sábanas, con el nombre de Daniela en la boca. Y Daniela, montada sobre ella, los ojos clavados en su novio derrotado, llegó al suyo poco después, sintiendo cómo cada oleada de placer borraba un poco más la rabia con la que había entrado por esa puerta.
Cuando terminaron, las dos se quedaron tumbadas, recuperando el aliento, ignorándolo por completo. Bruno, atado, observaba el techo y entendía, demasiado tarde, todo lo que acababa de perder.
***
Daniela se vistió sin prisa. Le soltó una sola muñeca y dejó la otra cuerda al alcance para que él se liberara solo, después.
—Cuando puedas desatarte, recoge tus cosas y vete —dijo, abrochándose la blusa frente al espejo—. No quiero gritos, no quiero explicaciones. Mañana no estás.
—Daniela… —empezó él, con la voz rota.
—Ni una palabra. —Ni siquiera se giró—. Has tenido dos años para hablar y elegiste hacerlo en silencio, a mis espaldas. Ya es tarde.
Lola, ya vestida también, se acercó a la cama antes de salir. Se inclinó sobre el oído de Bruno y sonrió.
—Gracias por presentarme a tu novia —le susurró—. Ha sido lo mejor que has hecho por mí.
Y las dos salieron juntas de la habitación, riéndose por lo bajo, dejándolo atado a medias sobre las sábanas revueltas.
***
Pasaron las semanas. Bruno se mudó a un piso compartido, mintió a sus amigos sobre el motivo de la ruptura y tardó mucho tiempo en volver a sentirse seguro de sí mismo. Cada vez que intentaba seducir a alguien, le volvía a la cabeza la imagen de aquella noche: él atado, ellas riéndose, el orgullo deshecho entre las piernas. Algo se le había roto que no tenía que ver con el cuerpo.
Daniela, en cambio, salió de aquello más entera que nunca. Descubrió que el control le sentaba bien, que lo llevaba dentro desde siempre sin saberlo. Y descubrió a Lola, que resultó ser mucho más que una venganza improvisada. La morena empezó a quedarse a dormir, después a quedarse los fines de semana, y una noche, mientras Daniela la tenía rendida y obediente bajo sus manos, le susurró al oído lo que las dos ya sabían.
—¿Quién manda aquí? —preguntó Daniela, con esa voz que había estrenado la noche de las cuerdas.
—Tú —respondió Lola, sin un segundo de duda—. Siempre tú.
Daniela sonrió contra su nuca. A veces, muy de vez en cuando, pensaba en Bruno y en su famoso orgullo. No con rabia, ya no. Con una especie de gratitud distraída, como quien recuerda al imbécil que, sin querer, le abrió la puerta exacta que necesitaba cruzar.
La infidelidad, después de todo, siempre se paga. Solo que casi nunca la paga quien uno espera.