Mi mujer me dominó en la mazmorra del sex shop
Después de aquellas vacaciones, nuestra vida volvió a un ritmo tranquilo. Lucía había bajado las revoluciones con eso de probarlo todo, y yo se lo agradecía en silencio. Pero había una costumbre que ninguno de los dos quería perder: las noches de los viernes.
Eran nuestras. Cerrábamos la puerta del dormitorio, apagábamos el teléfono y dejábamos que el resto del mundo se las arreglara solo. Desde hacía unas semanas, Lucía elegía las películas, y empezó a inclinarse siempre por lo mismo: historias de dominación, de un amo que poseía a una sumisa, de órdenes acatadas y dolor que se mezclaba con el placer hasta no distinguir uno del otro.
—¿Tú querrías hacer algo así? —le pregunté una de esas noches, sin apartar la vista de la pantalla.
—Llevamos un mes sin atrevernos a nada nuevo —respondió—. Y me apetece soltarme un poco.
—Desde lo del club no te he vuelto a presionar. No quería incomodarte.
—Y te lo agradezco, de verdad. Pero esto es distinto. Esto quiero probarlo.
Entendí lo que me pedía. No era abrir la pareja otra vez, no era buscar a nadie más. Era jugar nosotros dos, llevar nuestra conexión un paso más allá de donde la habíamos dejado. Habíamos encajado de una manera que ninguno esperaba, y todavía teníamos terreno por explorar.
—¿Y qué te apetece? —insistí—. ¿Dominar o que te dominen?
—Las dos cosas. ¿Y a ti?
—Yo soy más de mandar. Pero confieso que tengo curiosidad por sentir lo otro. También las dos cosas, supongo.
Lucía sonrió, satisfecha con la respuesta.
—Podemos comprar un kit en casa, o buscar un sitio donde alquilen una sala preparada.
—Para la primera vez, mejor en casa —dijo, prudente como siempre—. Y si nos gusta, ya veremos.
—Pues vamos a por material. ¿Lo pedimos por internet o prefieres ir a una tienda?
—A una tienda. Así lo vemos en persona, lo tocamos y elegimos algo decente. Lo barato luego se rompe.
Esa noche, el sexo de después de la película fue distinto. Más visceral. Hubo manos en el cuello y tirones de pelo por ambas partes, y me di cuenta de hasta qué punto me estaba gustando ese juego. Lucía terminó con un orgasmo largo mientras yo la mantenía inmovilizada, con las muñecas sujetas a los lados de la cabeza, incapaz de moverse y sin querer hacerlo.
***
Al día siguiente busqué por la red y di con una tienda erótica en la ciudad que, además del local de arriba, tenía una sala acondicionada en el sótano. Una mazmorra de verdad, según las fotos, que se podía reservar por horas.
Hacía tiempo que no dejábamos a los niños con los abuelos, así que organizamos el sábado siguiente con calma. Comeríamos con los padres de Lucía y luego les dejaríamos a los pequeños a dormir. Así tendríamos toda la tarde y la noche para nosotros, para estrenar lo que comprásemos.
Esa semana estuvimos especialmente juguetones. Los azotes se colaron en la rutina: la paleta de madera de la cocina volaba de pronto y aterrizaba en el trasero de cualquiera de los dos, y nos reíamos como críos con cada golpe. La espera nos tenía a flor de piel.
El viernes vimos la película como quien estudia un manual. Yo imaginaba a Lucía en las posturas de las sumisas de la pantalla y notaba dibujarse una sonrisa de sádico en mi cara. Ella no se perdía detalle mientras jugaba con mi sexo y apretaba poco a poco, buscando hasta dónde aguantaba el dolor. Curiosamente, mi límite estaba más alto de lo que creía, y aquella molestia me producía un placer raro, diferente al de la excitación de siempre.
Más adelante, leyendo sobre el tema, entendí por qué. El cuerpo responde al dolor y al placer por el mismo mecanismo, segregando las mismas sustancias. Por eso hay quien entra en una especie de trance. Pero nosotros no pretendíamos hacer de aquello una forma de vida; solo queríamos probar y, si nos gustaba, convertirlo en un juego más.
***
Llegó el sábado. Comimos paella en el jardín de mis suegros, tomamos café sin prisa y luego nos escapamos a dar un paseo. La tienda estaba a unos metros de la avenida, y alargamos el camino para llegar justo cuando levantaban la persiana.
—Buenas tardes —nos saludó la dependienta.
—Buenas tardes —contestamos los dos a la vez.
Recorrimos los estantes hasta llegar a una zona de cuero, correas y artículos que ninguno de los dos sabía nombrar todavía.
—¿Os echo una mano con algo? —se acercó ella.
—Sí. Buscamos material para empezar a jugar un poco más fuerte —dije.
—¿Algo de bondage, por ejemplo? —apuntó, sonriendo al ver nuestra cara de novatos.
—Algo para inmovilizar, y alguna fusta o un látigo —añadió Lucía.
La chica bajó una caja de la pared y nos la llevó al mostrador. Le quitó la tapa y empezó a sacar el contenido: unas muñequeras de cuero para las manos y los tobillos, una correa con su collar. Lucía y yo nos miramos de reojo, cómplices, y seguimos escuchando.
—Este kit trae un flogger pequeño, este látigo de varias tiras. Es muy suave, pero para empezar sobra.
Se lo pasó por el antebrazo y el sonido me erizó la piel entera. Me tendió el mango y yo me golpeé el brazo con él.
—Hace cosquillas —dije.
Se lo pasé a Lucía e hizo lo mismo.
—Mmm —murmuró, y me clavó una mirada de pantera en celo.
—También tengo fustas y alguna paleta —continuó la dependienta.
Descolgó una fusta y se golpeó la pantorrilla. El chasquido sonó escandaloso en el silencio de la tienda. La dejó sobre el mostrador, yo la cogí y, medio en broma, le di un toque a Lucía en el trasero. Ella se echó a reír.
—Espera a que lleguemos a casa. Esa nos la quedamos.
La chica siguió sacando cosas: un rollo de cuerda de yute de varios metros, para practicar ataduras, y un antifaz.
—Esto es para privar de la vista. Al quitar un sentido, los otros se agudizan. El placer deja de ser visual y se vuelve mucho más físico.
—Nos llevamos el kit entero. Está muy completo —cerré yo la compra.
—Es el que más vendemos, justo por eso. Completo y económico. Si más adelante queréis probar otra cosa, aquí tenemos de todo.
—He leído que tenéis una sala abajo —comenté.
—Sí, en el sótano. Se puede alquilar; basta con reservarla. ¿Queréis verla?
—Nos encantaría.
Lucía estaba expectante. La idea de bajar a una mazmorra de verdad le brillaba en los ojos.
—Por cierto, me llamo Carla —se presentó la chica—. Llevo una web y doy charlas sobre todo esto, divulgación de BDSM.
—Nosotros somos Diego y Lucía.
Carla nos guió por un lateral hasta unas escaleras que descendían al sótano.
—Aquí abajo suelo organizar eventos. Nada de sexo, solo charlas. Una vez al mes hago sesión de cine y otro día talleres de iniciación. También montamos fiestas en algún local de ambiente.
—Nosotros nos movemos en el mundo liberal, hemos ido a sitios así alguna vez —le expliqué.
Llegamos abajo y me quedé sin palabras. Una cosa es verlo en una pantalla y otra muy distinta tenerlo todo al alcance de la mano y empezar a imaginar cómo lo usarías. Una cruz de San Andrés, un potro de madera, un columpio, una camilla, un diván, un cepo antiguo. En las paredes, una colección entera de fustas, varas, floggers y paletas. Aquella sala habría hecho las delicias del más despiadado de los verdugos.
—¿Está libre ahora mismo? —preguntó Lucía.
—Sí, disponible.
—Pues nos la quedamos dos horas —decidió mi mujer, sin consultarme.
Me encogí de hombros y acepté. Algo me decía que esas dos horas no se nos iban a olvidar.
—Os guardo la compra arriba. Pasadlo bien, pareja.
—Gracias, Carla.
***
Nos quedamos solos, y lo primero fue un beso largo y lascivo contra la pared de cuerdas.
—¿Quién hace de amo primero? —pregunté.
—Lo echamos a suertes. Saca una moneda. Yo voy cara.
Saqué una del bolsillo y la lancé al aire. Cara.
—Ganas tú. Mandas.
Lucía puso cara de sádica y empezó su reinado.
—Desnúdate.
—Sí, mi ama.
Me fui quitando la ropa despacio, dejando que meditara su siguiente movimiento. Ella descolgó un collar con su correa de la pared, y en cuanto estuve desnudo me lo puso al cuello. Tiró de la correa y me llevó hasta la cruz de San Andrés, donde colgaban unas muñequeras para sujetar a quien la usara. Me colocó de frente y me inmovilizó.
Me agarró del pelo y deslizó la otra mano por mi espalda hasta el trasero. La separó de mi cuerpo y la dejó caer con un golpe seco. El calor que me subió por la piel me puso más caliente de lo que ya estaba. Volvió a la pared, cogió algo que no alcancé a ver, y un instante después un objeto se deslizó por mis nalgas antes de impactar. Era la paleta. El sonido fue agudo y un gemido se me escapó sin permiso. Repitió varias veces, hasta que la piel me ardía y un picor caliente se instaló en mi trasero.
Dejó la paleta, se acercó y me tiró de la cabeza hacia atrás.
—Así me gusta. Que no te quejes. Vas a ser un buen sumiso.
Me acariciaba la piel ardida, y entre caricia y caricia metió la mano entre mis muslos.
—¿Te gustaría que te follara? —preguntó al oído.
—Sí, mi ama.
Todavía no sé por qué respondí eso. Estaba tan excitado que habría obedecido cualquier cosa. Me soltó de la cruz y me llevó al potro. Me recostó encima y ató mis muñecas y mis tobillos, dejándome a cuatro patas sobre la madera, expuesto, listo para lo que se le antojara.
Sobre una repisa había un cuenco con preservativos y otro con sobres de lubricante. Cogió uno, lo abrió y me lo aplicó con el dedo, extendiéndolo en círculos, presionando con calma hasta que la primera falange cedió y entró. El suspiro que solté la hizo reír.
—Te gusta, ¿eh? Hoy vas a disfrutar como nunca.
Metida del todo en su papel, fue de nuevo a la pared y esta vez sí vi lo que cogía: un arnés con un falo de silicona. Lo cubrió con un preservativo, lo untó de lubricante y se colocó detrás de mí. Algo frío se deslizó entre mis nalgas, arriba y abajo, tanteando, hasta que empezó a empujar contra la entrada. No parecía grande, pero insistió con paciencia hasta que el cuerpo cedió. Lo que sentí no fue molestia, sino un calor extraño que me llenó de sangre el sexo de golpe.
—¿Te gusta cómo te follo? —preguntó, moviendo las caderas.
—Sí, mi ama —contesté con los dientes apretados.
Al principio era raro, a medio camino entre el placer y el desconcierto. Pero Lucía aceleró, ganó profundidad, y de pronto cada embestida dejó de molestar y empezó a encenderme. Cuando su cuerpo chocaba contra el mío, algo se removía dentro de mí que me arrancaba un gemido. A eso le sumó algún azote, y la intensidad subió otro escalón. Me aferré a la madera con las dos manos, el cuerpo entero en tensión, convencido de que podría llegar al final sin que nadie me tocara siquiera.
Lucía notó hasta dónde me había llevado y, justo entonces, decidió parar. Salió despacio, se quitó el arnés y lo devolvió a su sitio.
—Lo has hecho muy bien. Hemos disfrutado los dos. Ahora soy yo la que te necesita.
Me liberó del potro y me condujo al diván. Se tumbó boca abajo, ofreciéndose.
—Fóllame fuerte. Y te corres dentro.
—Sí, mi ama.
La penetré y empecé a moverme con todas mis fuerzas. Estaba tan húmeda que cada embestida sonaba a chapoteo, y esa humedad me encendió tanto que llegué demasiado pronto. Pero las órdenes eran las órdenes.
—Me voy a correr, mi ama.
—Ya lo noto. Hazlo.
Me vacié entero dentro de ella con un temblor que me dobló la espalda.
—Muy bien. Así me gusta, que obedezcas. Ahora ponte de rodillas y termina lo que has empezado.
Lucía se había tomado lo de mandar muy en serio, y a mí me encantaba seguirle el juego. Me arrodillé, separé sus caderas y hundí la lengua donde me pedía. Estaba caliente, resbaladiza, todavía temblando por dentro. Lamí sin descanso, y a los pocos minutos sus caderas empezaron a moverse solas. Lejos de retirarme, la sujeté con fuerza y la llevé hasta otro orgasmo, y luego, casi sin pausa, hasta uno más.
—Mete los dedos —ordenó, con la voz ya quebrada—. Y no pares.
—Sí, mi ama.
Obedecí. Mis dedos se curvaron en su interior buscando el punto exacto mientras mi lengua subía y bajaba, y ella se deshizo de nuevo entre jadeos, agarrándose al borde del diván hasta que las piernas le fallaron. Cuando por fin se quedó quieta, soltó todo el aire de golpe y me dedicó una sonrisa cansada.
—Buen esclavo. Doy la sesión por terminada en cuanto salgamos por la puerta.
Se incorporó y me besó en los labios, despacio, sin nada del autoritarismo de hacía un minuto.
—Me ha encantado poseerte.
—Y a mí que me poseyeras —admití.
***
Nos vestimos, comprobamos que cada cosa estuviera en su sitio y subimos las escaleras. Carla seguía en el ordenador, tecleando.
—¿Qué tal, pareja? ¿Lo habéis pasado bien?
—Mejor de lo que esperábamos —contesté, mientras Lucía recogía la bolsa con nuestro flamante kit y me lanzaba una mirada que prometía repetir muy pronto.
De camino al coche, ninguno de los dos dijo gran cosa. No hacía falta. Yo todavía notaba el ardor en la piel y, sobre todo, sabía que algo había cambiado entre nosotros. Habíamos descubierto que mandar y obedecer no eran papeles fijos, sino dos caras del mismo deseo. Y que, a partir de aquella tarde, los viernes ya nunca volverían a ser iguales.