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Relatos Ardientes

La cuenta atrás que mi ama me impuso esa noche

Ilustración del relato erótico: La cuenta atrás que mi ama me impuso esa noche

Bruno había pasado años buscando a alguien que entendiera lo que de verdad lo encendía. No el sexo de manual, no la rutina tibia de las parejas que conocía. Buscaba a una mujer que disfrutara teniéndolo de rodillas, que encontrara placer en su humillación, que lo tratara como lo que él sentía que era cuando estaba excitado: un objeto pequeño y obediente. Tardó mucho. Y cuando ya casi había renunciado, apareció Vanesa.

Ella entendió enseguida lo que él necesitaba, y descubrió que dárselo la encendía a ella tanto como a él. No fue un esfuerzo ni una concesión. Era poder, y el poder le sentaba bien. Desde la primera noche supo cómo hablarle, cómo mirarlo de arriba abajo y dejarlo temblando con una sola frase.

La primera regla la impuso a la semana de estar juntos.

—No vuelves a tocarte sin mi permiso —dijo ella, sentada en el borde de la cama mientras él la miraba desde el suelo—. Eso ahora es mío. Tú decides obedecer o irte.

Bruno no se fue. Esa misma noche compró la primera jaula.

Era pequeña, de metal frío, y se cerraba con un candado del que Vanesa guardaba la única llave en una cadena alrededor del cuello. Él aprendió a vivir enjaulado durante días, a veces semanas, con la excitación acumulándose sin salida posible. Esa tensión constante lo volvía dócil. Y a ella le encantaba verlo así, suplicante por algo que sabía que no iba a darle todavía.

Había un detalle que ella había convertido en ritual. Cuando él llevaba la jaula puesta, Vanesa iba desnuda por la casa. Se paseaba delante de él sin pudor, dejándole ver lo que no podía tener, moviendo las caderas a propósito al pasar por su lado. En cambio, las pocas veces que le permitía estar libre, ella se cubría por completo. Era su forma de decirle quién mandaba: él solo merecía el cuerpo de ella cuando estaba reducido al mínimo.

—¿Ves lo que tienes y no puedes usar? —le decía, rozándole los labios con un dedo—. Esto no es para ti. Esto es para mirarlo y desearlo.

***

Encontraron juntos una pasión que ninguno de los dos había confesado antes. Leían relatos. Historias de mujeres que dominaban a sus hombres, que jugaban con ellos, que los castigaban. Había una autora que les gustaba especialmente, una tal Selva Mendoza, cuyos textos tenían exactamente el tono que los dos buscaban: frío, cruel y excitante al mismo tiempo.

Lo leían en la cama, por la noche, con el teléfono iluminándoles la cara. A veces él se excitaba tanto que tenía que pedir permiso solo para respirar tranquilo. Vanesa, en cambio, se permitía todo. Se tocaba sin pedirle nada a nadie, leyendo en voz alta los párrafos que más la encendían, mientras él la observaba apretando los puños.

—Esto es lo que tendrías que ser capaz de hacerme tú —murmuraba ella—. Pero para eso harían falta cosas que no tienes.

Bruno asentía. Le gustaba que se lo dijera. Cada humillación era un escalón más en la única dirección que lo hacía feliz.

***

Una de esas noches, Vanesa había salido. Bruno llevaba demasiado tiempo encerrado, días sin descanso, y cuando se quedó solo no resistió. Se quitó la jaula con la llave de repuesto que ella le permitía usar únicamente para la higiene, y empezó a masturbarse delante del ordenador, leyendo los relatos prohibidos. La urgencia era brutal. Hacía semanas que no terminaba y todo en él pedía liberación.

No la oyó entrar.

Cuando quiso darse cuenta, Vanesa estaba detrás de él, observándolo en silencio con los brazos cruzados. Bruno se quedó congelado, con la mano todavía sobre sí mismo, esperando el grito.

El grito no llegó.

—No pares —dijo ella, en voz baja, casi divertida—. Sigue. Quiero verte.

Él obedeció, confundido y excitado. Vanesa se acercó por la espalda, le mordió el lóbulo de la oreja y le habló al oído mientras leía en la pantalla uno de los relatos favoritos de él, el de un hombre que perdía el control y lo perdía todo. Una de sus manos bajó y lo agarró por la base, apretando justo lo suficiente para que él no pudiera terminar.

—Todavía no —susurró—. No has pedido permiso.

Bruno gemía, atrapado entre el placer y la frustración. Llevaba semanas de abstinencia y ella lo tenía al borde, sin dejarlo cruzar.

—Por favor —jadeó—. Por favor, déjame.

—¿Tú? —Vanesa soltó una carcajada suave—. ¿Crees que con esa cosa ridícula puedes pedirme algo? Los hombres de los relatos sí tienen con qué. Tú solo tienes con qué entretenerme.

—Lo sé —gimió él, sacudiéndose despacio—. Soy un inútil. Soy tuyo.

—Eso es lo único cierto que has dicho hoy.

Lo soltó un instante, lo justo para dejarlo respirar, y volvió a su oído.

—Te voy a dar una oportunidad. Una cuenta atrás. Si te corres en el segundo exacto, en el que yo diga cero, te dejaré hacerme lo que llevas semanas suplicando. Pero si te adelantas o si te retrasas, esta noche duermes en el suelo y con la jaula puesta una semana más. ¿Trato?

—Trato —dijo él sin pensarlo, porque cualquier juego en el que ella mandara le parecía perfecto.

—Muy bien. —Su mano libre empezó a moverse sobre él, marcando el ritmo—. Atento. Cinco… cuatro… ¿aguantas?… tres… dos…

Bruno apretó los dientes, conteniéndose con toda la fuerza que tenía. Pero el cuerpo llevaba demasiado tiempo al límite. En el «dos», antes del «uno», estalló. Manchó la mesa entera, salpicó el teclado, y por poco volcó el portátil con la sacudida.

El placer le duró exactamente un segundo.

—Fallaste —dijo Vanesa, y su voz ya no tenía nada de juego.

***

Lo agarró del brazo y lo tiró de la silla. Bruno cayó al suelo, todavía temblando por el orgasmo, y ella se quedó de pie sobre él, mirándolo desde arriba con una sonrisa de triunfo.

—Te di una regla muy simple. Una. Y ni esa pudiste cumplir.

—Lo siento —balbuceó él, encogido—. Llevaba mucho tiempo, no pude…

—«No pude» —repitió ella con desprecio—. Esa frase debería ser tu nombre.

Lo dejó allí, en el suelo, un rato largo. No para descansar, sino para que la vergüenza hiciera su trabajo. Bruno permaneció encogido, con la respiración entrecortada, sabiendo que cualquier cosa que ella decidiera ahora él la aceptaría. Esa certeza, la de no tener voluntad propia delante de Vanesa, era lo que más lo encendía de todo.

—Levanta la cabeza —ordenó ella.

Él la levantó. Vanesa se había quitado la ropa de cintura para abajo y se sentó en el borde del sofá, abriendo las piernas.

—Como no sirves para lo otro, vas a servir para esto. Ven aquí y demuéstrame que al menos tu lengua vale algo.

Bruno se arrastró hasta ella. La urgencia del castigo le había borrado cualquier rastro de orgullo. Empezó a lamerla despacio, con cuidado, atento a cada reacción de su cuerpo. En esto sí era bueno. Años de entrenamiento le habían enseñado a leerla, a saber cuándo acelerar y cuándo detenerse, a hacer con la boca lo que ella le repetía que jamás podría hacer de otro modo.

—Así —jadeó ella, enredando los dedos en su pelo y empujándole la cara contra sí—. Para esto sí sirves. Para esto te tengo.

Él la sostuvo, dejándola usarlo como quiso, hasta que la sintió tensarse entera y arquear la espalda contra el respaldo. Cuando terminó, lo apartó de un empujón y lo dejó de nuevo en el suelo, jadeante.

—Eso ha estado bien —concedió ella, recuperando el aliento—. Pero no cambia nada. Has fallado el trato. Una semana más con la jaula.

Bruno bajó la mirada. No protestó. En el fondo lo prefería así.

***

Esa misma noche, ya en la cama, el calor los obligó a dormir desnudos. Vanesa cogió el teléfono con una mano y siguió leyendo los relatos de Selva Mendoza, mientras con la otra se acariciaba sin prisa, ajena a él. Bruno, todavía con el cuerpo encendido pese al castigo, intentó acercarse, deslizarse contra ella.

La mano de Vanesa lo detuvo en seco, cerrándose en torno a la jaula.

—¿Ya te has olvidado del trato? —preguntó, sin levantar la vista de la pantalla.

—No… perdón… ama —tartamudeó él.

—Si tantas ganas tienes de meterme algo, ya sabes dónde está.

Él se levantó, abrió el cajón de la mesilla y sacó el arnés. Se ató a la cintura un consolador que era todo lo que él no era: grande, grueso, firme. Volvió a la cama y empezó a penetrarla con calma, mientras ella seguía leyendo y respirando cada vez más fuerte.

—Mucho mejor —murmuró Vanesa, cerrando los ojos—. Imagínate que esto fueras tú. Imagínate por un momento que sirvieras para algo.

Bruno la embistió al ritmo que ella marcaba con la cadera, dándole con un trozo de silicona el placer que él nunca podría darle por sí mismo. Y, curiosamente, eso lo excitaba más que cualquier otra cosa. Ser el instrumento, no el protagonista. Que el placer pasara a través de él pero no le perteneciera. Mientras ella gemía e imaginaba a otro, él se sentía completo en su pequeñez.

Cuando Vanesa terminó por segunda vez esa noche, soltó el teléfono, le dio una palmada distraída en la mejilla y se giró para dormir.

—Buen chico —dijo, y fue lo último que dijo.

Bruno se quedó despierto un rato más, con la jaula apretándole y el deseo intacto. Sabía que no iba a poder terminar, que tendría que esperar otra semana, quizá más. Y en lugar de frustrarlo, esa idea lo reconfortaba. Se acurrucó cerca de ella, escuchando su respiración tranquila, pensando ya en qué nueva humillación le tendría preparada al día siguiente.

A su manera, los dos habían encontrado exactamente lo que buscaban. Ella, alguien a quien mandar sin límites. Él, alguien que disfrutara mandándolo. Cada noche era una pequeña negociación de poder en la que ambos ganaban perdiendo el uno frente al otro.

Eran, después de todo, la pareja perfecta.

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Comentarios (3)

NochiAzul

que relato!!! me tuvo en vilo de principio a fin

Mateo_BA

la tension que se siente en cada parrafo es increible, lograste transmitir esa mezcla de miedo y excitacion de una manera muy autentica. muy bien escrito

Manu_Lector

Por favor seguí con esto! quede con muchísimas ganas de saber cómo termino todo

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