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Relatos Ardientes

Mi sumiso me rogó que lo aplastara

Estuvimos dos meses hablando sin ninguna prisa, mensajes sueltos, audios largos, esa clase de conversación que se va tejiendo sola y que no parece llevar a ningún sitio hasta que de pronto te das cuenta de que ya conoces a alguien. Cuando por fin decidimos vernos, elegimos un parque cerca de mi casa, neutral, tranquilo, sin compromiso. Él estaba paseando al perro, y yo aparecí como quien sale a tomar el aire. Todo muy casual, todo medido para que ninguno de los dos quedara expuesto si la cosa no funcionaba.

Se llamaba Damián, aunque a esas alturas el nombre era casi un detalle. Llevaba unos vaqueros gastados y un chaleco fino que le colgaba de los hombros, todo flaquito, como si una ráfaga de viento pudiera doblarlo. Tenía una barbita rala entre rubia y pelirroja, y unos ojos de un azul intenso que se le iluminaban cuando me miraba demasiado rato. Se lió un cigarrillo con dedos nerviosos mientras yo sacaba del bolso una lata de cerveza, y nos pusimos a hablar de todo y de nada, riéndonos por tonterías para disimular la tensión.

En algún momento soltó al perro un rato sobre el césped y luego pasamos por un sitio a recoger algo de comida rápida. La idea de irnos a su casa surgió sin que ninguno la propusiera del todo; simplemente nos encontramos caminando hacia allí, una casita rural a las afueras, con una piscina vacía y descascarillada en el patio. Nos sentamos en el fondo seco de la piscina, con las bolsas de comida entre los dos, y seguimos hablando mientras comíamos. Romper el hielo nos llevó su tiempo, pero se rompió, lentamente, como se rompe todo lo que de verdad importa.

—¿Quieres ver la casa por dentro? —me preguntó, y la pregunta venía con un temblor que él intentaba esconder.

—Enséñamela —respondí.

Recorrimos el pasillo y terminamos en una habitación que parecía pensada para algo más que dormir. Tenía un espejo enorme apoyado contra la pared, del techo al suelo, y una luz tenue que volvía la escena casi irreal. Nos quitamos la ropa sin prisa, todavía con esa cortesía de los primeros minutos, y nos metimos entre las sábanas a darnos calor, piel contra piel. No duramos mucho en esa postura tibia y educada, porque él, con la voz baja, me pidió algo que delataba todo lo que llevaba meses callando.

—¿Te importaría ponerte los tacones? —murmuró—. Me gustaría que me sacaras al menos una cabeza.

Me levanté, me calcé las sandalias de tacón que había metido en el bolso casi a propósito, y volví a la cama. Lo abracé desde arriba, lo envolví, y lo miré hacia abajo. La diferencia de altura lo cambiaba todo. Él se hizo pequeño en mis brazos, como si quisiera desaparecer dentro de mí.

—Te encanta sentirte pequeño y bajito —le dije, sin que fuera una pregunta.

—Sí, Ama —contestó, y la palabra le salió cargada de un deseo que ya no podía disimular.

***

Me senté en el borde de la cama y estiré una pierna hacia él.

—Desabróchame las sandalias —ordené.

Se arrodilló a mis pies con una obediencia inmediata, casi devota. Pero antes de tocar las hebillas tuvo un impulso que ni él controló: me agarró el pie con las dos manos y se llevó mis dedos a la boca. Empezó a chuparlos uno a uno, despacio, y luego pasó la lengua por toda la planta, de la base a la punta, como un perro que ha encontrado algo que le pertenece. Tenía los ojos cerrados y la respiración entrecortada.

Me recosté sobre los codos y lo dejé seguir un par de minutos más. No hay prisa cuando una sabe que tiene el control. Él fue subiendo por el empeine, por el tobillo, por la pantorrilla, por mis piernas que no me había depilado, porque así me lo había pedido él mismo en uno de aquellos audios largos de las madrugadas. La textura áspera contra su lengua parecía volverlo loco. Se sentía absurdamente bien ser recorrida así, lamida como un helado que se derrite, mientras sus manos curiosas buscaban cada recoveco de mi cuerpo.

—Ama. Reina. Amazona —iba susurrando entre lametones, como si rezara una letanía.

En algún momento se incorporó y se montó encima de mí, todavía con esa mezcla de hambre y reverencia. Me rozaba el cuerpo con el suyo, lentamente, y empezó con sus preguntas.

—¿Has tenido hombres más fuertes que yo? ¿Más machos? —preguntaba, y se notaba que la respuesta que buscaba no era la que lo tranquilizaría, sino la que lo hundiría más.

—Más fuertes, más grandes, con más aguante —le dije al oído—. Tú no estás aquí para competir con ellos.

Se estremeció entero. Esa frase le gustó más que cualquier caricia.

***

Cerré las piernas alrededor de su cintura y apreté. Él intentó zafarse, más por instinto que por ganas, pero estaba completamente aprisionado entre mis muslos, atrapado, forzado a moverse apenas, milímetro a milímetro, al ritmo que yo le permitiera. Lo miré desde arriba, esa carita flaca y entregada, y supe que iba a pasar sus mejores minutos exactamente donde yo decidiera ponerlo. Lo solté solo para guiarle la cabeza hacia abajo.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —dije.

Bajó sin protestar y empezó a jugar con la lengua donde más lo necesitaba, despacio, con una dedicación que parecía la única cosa para la que se sentía verdaderamente útil. Lo dejé trabajar, con una mano enredada en su pelo, marcándole el compás, frenándolo cuando iba demasiado deprisa, acercándolo cuando quería más. Cada vez que intentaba levantar la cabeza para tomar aire, yo lo mantenía donde estaba un segundo más, recordándole quién mandaba.

Cuando ya no aguanté más esa postura, lo aparté y cambié el juego. Me senté encima de él, a horcajadas, y noté cómo todo su cuerpo se tensaba de expectativa. Le toqué el pecho flaco, las costillas, mientras subía y bajaba muy despacio, rozándolo apenas, jugando con su deseo desesperado de entrar aunque fuera un poco. No se lo permití. Él tiraba de las caderas hacia arriba, buscando, y yo me retiraba justo a tiempo, sonriendo.

—No puedes conmigo —le dije, y era verdad en todos los sentidos.

Era fuerte por dentro y él era tan delicado, tan al borde de romperse, que la sola idea de aplastarlo me encendía. En una de esas me dejé caer del todo sobre él, abandonando todo mi peso encima de su cuerpo. Sentí cómo se le escapaba el aire y cómo, en lugar de quejarse, soltaba un gemido de puro alivio.

—Nos llevamos quince kilos de diferencia —susurró, casi sin voz—. Me encanta sentirme aplastado por una mujer.

—Pues quédate quieto y aguanta —le contesté, y me acomodé sobre él como quien se acomoda en su propio sillón.

***

Se le soltó la lengua entonces, como les pasa a los hombres cuando se sienten seguros en su pequeñez. Empezó a confesar fantasías que ni yo le había preguntado. Que le gustaría ser todavía más pequeño, lo bastante para que yo pudiera levantarlo en brazos. Que se moría por saber más de mis otros hombres, de los fuertes, de los que él imaginaba mejor dotados, mejor armados que él. Que su sueño era estar presente en uno de esos encuentros, no como protagonista, sino como el perrito faldero que limpia después, el llaverito de adorno que cuelga del bolso y que nunca está a la altura.

—Eso es exactamente lo que eres —le dije, acariciándole la cara con algo que casi parecía ternura—. Mi llaverito. Poca cosa.

Cerró los ojos como si le hubiera regalado el cielo.

Me pidió, me rogó, casi me suplicó que me sentara sobre su boca. Lo hice. Me acomodé sobre su cara y lo dejé ahogarse un rato en mí, sintiendo cómo me sostenía las caderas con manos temblorosas, cómo se entregaba sin pedir nada para sí. Cuando noté toda su cara empapada, cuando supe que ya no le quedaba ni una pizca de orgullo guardada, le concedí lo único que él podía permitirse esa noche.

—Ahora sí —le dije—. Hazlo tú solo, con tu mano. Eso es todo lo que mereces hoy.

Y obedeció, mientras yo seguía sentada sobre él, mirándolo terminar como lo que era, debajo de mí, por completo a mi merced.

***

Después nos quedamos un rato en silencio, él recuperando el aliento, yo desperezándome con la lentitud de quien ha conseguido justo lo que quería. El espejo enorme nos devolvía la imagen: yo de pie, todavía con los tacones, y él hecho un ovillo entre las sábanas, mirándome con una mezcla de gratitud y vergüenza que me resultó deliciosa.

Me vestí sin prisa mientras él me observaba desde la cama, incapaz de pedir que me quedara. Recogí el bolso, me ajusté la ropa y me detuve un momento en la puerta de aquella habitación que olía a matadero y a deseo cumplido.

—Así es mi llaverito —le dije, sin volverme del todo—. Nos volveremos a ver.

Y salí a la noche fresca sabiendo que esos dos meses de palabras habían valido la pena, y que él se quedaría despierto un buen rato más, pensando en cuándo volvería a tener la suerte de ser tan poca cosa para alguien como yo.

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Comentarios (5)

Klaudia_M

increible!! me tuvo pegada de principio a fin, no lo solte para nada

EloyBaires

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas!!

RubenMDZ

Me recordo a ciertas experiencias propias... esas dinamicas de poder son una cosa seria cuando las dos partes saben lo que quieren. Muy bien narrado

FedeFG

jajaja lo de los tacos me mato, no me lo esperaba. tremendo momento

LaLectora22

Hace mucho que no encontraba un relato de este genero que me atrapara tan rapido. La escena inicial ya te dice todo de los personajes sin explicar nada. Ojala haya continuacion

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