Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi vecina me pilló oliendo su ropa y tomó el control

El baño compartido del rellano olía a humedad y a jabón de los baratos. En esos edificios viejos de Valencia, donde cada planta tiene un cuartito común al final del pasillo, la gente deja cosas olvidadas sin pensar quién va a verlas después. Yo nunca había prestado atención a eso. Hasta esa noche.

Había bajado solo a lavarme las manos. Acababa de cambiar una bombilla fundida en mi piso y tenía los dedos manchados de polvo gris. No buscaba nada. Abrí el armarito de debajo del lavabo para sacar una pastilla de jabón y entonces lo vi: un tanga negro de encaje, tirado de cualquier manera sobre el borde del cesto de la ropa sucia.

No era la primera prenda suya que veía. Nadia vivía en el 2ºC. Veintipocos, siempre con auriculares puestos, ropa ceñida y una forma de cruzar el pasillo que parecía un desafío al edificio entero. Nos saludábamos con un gesto seco, nada más. Para ella yo era un mueble del rellano.

Pero esta vez la tela estaba húmeda. Muy húmeda. Arrugada, con una marca oscura y brillante en el centro que no dejaba lugar a dudas de lo que era ni de cuándo se la había quitado.

Me quedé inmóvil, con el corazón latiéndome en la garganta.

Miré hacia la puerta entreabierta. Nadie. El descansillo estaba en silencio, solo el zumbido lejano de una nevera y el tic de una tubería al enfriarse.

Solo un segundo. Lo huelo un segundo y lo dejo donde estaba.

Lo levanté con dos dedos, como si quemara. El encaje era suave, todavía tibio en el centro. Me acerqué la tela a la cara y respiré despacio.

Dulce y salado al mismo tiempo, con un fondo cálido que se me metió directo en la cabeza y bajó hasta las ingles. Se me empalmó casi al instante, una erección que me tensó el vaquero de golpe. Cerré los ojos y volví a inhalar, más hondo, sin pensar ya en la puerta ni en el ridículo ni en nada.

No oí los pasos.

—¿Te gusta cómo huelo, vecino?

Su voz sonó tranquila, casi divertida. Pegué un respingo tan brusco que el tanga se me cayó de las manos y aterrizó sobre mis zapatillas. Nadia estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una ceja levantada. Llevaba solo una camiseta gris larga que apenas le tapaba las caderas y unos calcetines blancos hasta media pantorrilla. Nada más.

Intenté hablar. Me salió un balbuceo ronco que no significaba nada.

—Tranquilo —dijo ella, entrando y cerrando la puerta con el talón—. No voy a gritar. Pero quiero que me expliques qué haces oliendo mi ropa interior usada.

Tragué saliva. La tenía tan dura que me dolía contra la costura del pantalón. Me ardía la cara.

—No… no sé… lo siento… fue un impulso, no quería…

—Un impulso —repitió, saboreando la palabra. Se acercó sin prisa, recogió el tanga del suelo y lo sostuvo a la altura de mi cara, balanceándolo de un dedo—. ¿Y siempre sigues tus impulsos así, escondido en un baño que no es tuyo?

No supe qué contestar. Bajé la vista. Ese gesto, lo entendí después, fue el que lo decidió todo.

—Mírame cuando te hablo —dijo, y había algo nuevo en su tono, más bajo, más firme—. ¿Se te ha puesto dura oliéndome?

Asentí, rojo hasta las orejas.

—Dilo. Con palabras.

—Sí —murmuré—. Se me ha puesto dura.

Sonrió de lado. Una sonrisa lenta, satisfecha, la de alguien que acaba de encontrar un juguete que no esperaba.

—Quítate los pantalones.

—¿Qué?

—Los pantalones. Y la ropa interior. No me hagas repetirlo.

Dudé dos segundos enteros. Pensé en marcharme, en disculparme, en fingir que nada de aquello estaba pasando. Pero el cuerpo decidió por mí. Me desabroché el vaquero y lo dejé caer, después los calzoncillos. La polla saltó tiesa, con la punta brillante.

Nadia me miró de arriba abajo, con la calma de quien evalúa una compra.

—De rodillas.

Me dejé caer sobre las baldosas frías. El frío me subió por las espinillas y me devolvió un poco de lucidez, pero ya era tarde para querer otra cosa. Ella dio un paso y se colocó delante de mí, tan cerca que su olor —el de verdad, no el de la tela— me llegó directo.

—¿Sabes qué es lo más patético? —dijo, mirándome desde arriba—. Que llevas meses cruzándote conmigo en el portal y ni una vez has tenido el valor de decirme nada. Y mírate ahora.

—Lo siento —repetí, porque era lo único que sabía decir.

—No quiero que lo sientas. Quiero que obedezcas. Es distinto. —Levantó el borde de la camiseta lo justo para que viera que no llevaba nada debajo—. Huele. De cerca esta vez. Y despacio.

Acerqué la nariz. El olor era mucho más intenso ahí, crudo, sin la barrera del encaje. Respiré hondo y un escalofrío me recorrió la espalda entera. Ella me observaba, atenta a cada reacción, como si fuera a tomar nota.

—Bien —dijo en voz baja—. Ahora la lengua.

Saqué la lengua casi sin decidirlo. El primer contacto fue eléctrico, salado y caliente. La pasé despacio, de abajo arriba, recogiendo su sabor, y ella soltó un suspiro corto y me agarró el pelo con una mano. No para guiarme con cariño. Para mandar.

—Más adentro. Quiero notarla dentro.

Obedecí. Hundí la lengua todo lo que pude mientras ella se mecía contra mi boca, marcando el ritmo, sin dejarme adelantarme ni un segundo. Cada vez que intentaba apretar más fuerte, ella tiraba del pelo para frenarme.

—Despacio. No tienes prisa. Tú no tienes prisa nunca, ¿entiendes? La prisa la pongo yo.

Asentí con la boca pegada a ella. Algo se me había soltado por dentro, una tensión que llevaba años sin saber que tenía. Obedecer era fácil. Obedecer era un alivio.

—El clítoris ahora. Con los labios. Suave primero.

Lo atrapé con cuidado y ella se estremeció, clavándome las uñas en el cuero cabelludo.

—Así… ahora un poco más fuerte… no, no aceleres… te he dicho que no aceleres.

La obedecí al milímetro, corrigiendo cada vez que su mano apretaba o aflojaba en mi pelo. Aprendí su idioma en cuestión de minutos: un tirón significaba más, un empujón significaba para, el silencio significaba sigue exactamente así. Sentí los muslos tensándose alrededor de mi cabeza, su respiración volviéndose corta y entrecortada.

—No pares —dijo, y por primera vez había una grieta en su control, la voz más ronca—. Justo… justo ahí…

Cuando se corrió fue rápido y silencioso, mordiéndose el labio para no hacer ruido en aquel rellano de paredes finas. Tembló entera, se restregó contra mi cara un par de veces más y luego me apartó tirándome del pelo hacia atrás.

Me quedé arrodillado, con la cara mojada y la polla goteando, palpitando sin que nadie la hubiera tocado todavía.

—Ahora te toca a ti —dijo, recuperando el aliento y la sonrisa al mismo tiempo—. Pero solo cuando yo lo diga. Eso lo tienes claro, ¿verdad?

—Sí —jadeé.

—Sí, ¿qué?

Dudé. Ella esperó, paciente, disfrutando de mi desconcierto.

—Sí… lo tengo claro.

—Mejor.

Se agachó frente a mí, tan cerca que casi nos rozábamos. Cogió el tanga usado del borde del lavabo y, antes de que pudiera reaccionar, me lo metió en la boca.

—Chúpalo. Quiero que lo saborees mientras decido qué hago contigo.

Gemí con la tela dentro. El sabor me llenó la boca, mezclado con el de ella que todavía tenía en los labios. Nadia me rodeó la polla con la mano, apretó fuerte y empezó a moverla con una lentitud deliberada, casi cruel. Cada vez que mis caderas intentaban empujar hacia arriba, paraba en seco.

—No. Aquí no mandas tú. Yo decido cuándo te corres, y ahora mismo no me apetece.

Asentí con los ojos vidriosos, la boca llena, las caderas temblando del esfuerzo de quedarme quieto. Ella me llevó al borde y me dejó ahí, suspendido, retirando la mano justo cuando creía que iba a estallar. Una vez. Dos. Tres. Cada parada me arrancaba un gemido ahogado contra el encaje.

—¿Lo ves? —murmuró, con la boca pegada a mi oído—. Esto es lo que pasa cuando te portas como un crío que hurga donde no debe. Aprendes a esperar.

Para entonces yo ya no era yo. Era solo lo que ella quisiera que fuese.

—Pídemelo —susurró por fin, acelerando un poco la mano—. Pero hazlo bien.

Intenté hablar y solo salió un sonido sofocado.

—Escúpelo y pídemelo como Dios manda.

Escupí el tanga, que cayó sobre mi muslo.

—Por favor… déjame correrme… por favor, Nadia.

Ella ladeó la cabeza, fingiendo pensárselo.

—Otra vez. Y dime por qué te lo mereces.

—Por favor… he obedecido… he hecho todo lo que me has pedido… déjame, por favor.

Sonrió. Esa sonrisa que ya empezaba a conocer.

—Buen chico.

Apretó más fuerte y movió la mano rápido, concentrándose justo en la punta, donde más me dolía la sensibilidad. Me tensé entero, se me cortó la respiración y me corrí con una violencia que casi me dobla hacia delante. Chorros gruesos y calientes le salpicaron la mano, el suelo, el borde de su camiseta. Ella no se detuvo hasta que empecé a temblar de pura sensibilidad, exprimiéndome hasta la última contracción.

Cuando terminó, se limpió la mano con tranquilidad en mi camiseta, que seguía tirada en el suelo junto a mis rodillas.

—Cada vez que te cruces conmigo en el rellano —dijo, poniéndose de pie— vas a acordarte de esto. De que te puse de rodillas con dos palabras.

Asentí, todavía sin aire.

—Y si te portas bien —añadió, con la mano ya en el pomo de la puerta—, puede que algún día te deje oler algo más reciente. Pero eso lo decido yo. Siempre lo decido yo.

Abrió la puerta. El aire frío del pasillo entró de golpe.

—Limpia el suelo antes de salir. No quiero que el portero venga a darme la matraca.

Salió descalza, sin mirar atrás, con el tanga colgando todavía de un dedo. Sus calcetines blancos no hicieron ningún ruido en las escaleras.

Me quedé arrodillado sobre las baldosas, jadeando, con su sabor aún en la boca y el corazón golpeándome los oídos. Tardé un rato largo en levantarme, en vestirme, en limpiar el suelo con papel como me había ordenado.

Subí a mi piso con las piernas flojas. Esa noche no dormí. No paraba de repasar cada orden, cada tirón de pelo, cada pausa calculada con la que me había tenido en su mano.

A la mañana siguiente me la crucé en el portal. Auriculares puestos, ropa ceñida, esa forma suya de caminar. No me dijo nada. Solo me miró un segundo de más y curvó apenas los labios antes de seguir su camino.

Fue suficiente. Supe que no iba a poder pasar por ese baño compartido sin empalmarme nunca más. Y que, en el fondo, estaba esperando la próxima vez que ella decidiera que tocaba.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

ValentinCba

de los mejores que lei en mucho tiempo, tremendo!!

LuciaMdz_25

Por favor segunda parte ya!! Quedé con ganas de saber que pasó despues jajaja

andres_leyendo

Me enganchó desde la primera linea. El excerpt ya lo decia todo y el relato cumple con creces. Muy bien narrado.

Maru_09

Me recordó a una situacion que viví hace tiempo... no tan extrema pero algo de eso había. jaja excelente relato!

DiegoCba88

El giro cuando ella toma el control es lo que hace que esto sea realmente bueno. La tensión psicológica mejor que cualquier otra cosa. Bravo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.