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Relatos Ardientes

El verano en que sometí a mi vecina recién enviudada

Llegué extenuada, abrí la puerta y entré directa a la cocina. Asalté la nevera, di un trago largo a una botella de zumo y después me metí en la ducha, donde dejé que el agua tibia me deshiciera los músculos. Cada mañana corro siete kilómetros por el paseo marítimo para mantenerme en forma, y a mis treinta y dos años el esfuerzo todavía rinde.

Me llamo Nadine. Soy francesa, aunque de sangre española por parte de mi abuelo, que me dejó este chalet en la Costa Brava donde veraneo todos los años. Trabajo de psicóloga con adolescentes difíciles, chicos que no encajan en ningún sistema. Sé escuchar, sé esperar y sé exactamente qué decir para que alguien baje la guardia. En mi vida pública soy correcta hasta el aburrimiento. En la privada soy otra cosa: una mujer que ha probado casi todo y que disfruta moviendo a la gente como fichas sobre un tablero.

El ruido de un motor me anunció una llegada. Me asomé al balcón, que tiene unas vistas privilegiadas, rodeado de pinos y con el mar al fondo. Un Audi gris aparcó en el chalet de al lado. Eran los vecinos de Valencia, siempre simpáticos. Primero salió Marc, un chaval de unos veinte años, el típico niño de ciudad que parece arrastrar los pies por la vida. Luego salió Núria, y ella sí que me sorprendió: más gruesa, más dejada, con una expresión apagada que no recordaba. Los saludé con la mano. Él me devolvió el gesto; ella apenas inclinó la cabeza. No vi a su marido por ninguna parte.

Al día siguiente bajé temprano a la playa. Ya me había dado un baño —el agua estaba fría pero perfecta— cuando vi llegar a Marc solo. Le hice una seña y extendió su toalla junto a la mía. Siempre habíamos tenido buena relación. Fue así, con la arena entre los dedos y el rumor de las olas de fondo, como me enteró de que su padre había muerto en un accidente de tráfico hacía pocos meses. Charlamos un buen rato. Le ofrecí mi atención de psicóloga y dejé que se desahogara.

El día siguiente Núria bajó con él. Nos fundimos en un abrazo y ella soltó unas cuantas lágrimas. Me contó que iba a terapia y que tomaba medicación para dormir. Después de escucharla largamente, pareció más liviana. Un baño y unas cervezas en el chiringuito la volvieron sociable. Por la noche coincidimos en el restaurante al que acude toda la urbanización. Nos atendió un camarero que yo ya tenía fichado: alto, moreno, delgado, con una sonrisa de las que desarman. El típico seductor de turistas. A mí me había tirado los tejos el primer día, y una mirada gélida bastó para espantarlo. Por eso aquella noche centró toda su atención en Núria.

***

Volvimos a coincidir en la arena al día siguiente, y otra vez salimos a cenar. Núria se retiró pronto, pero Marc y yo nos quedamos en el chiringuito hasta que apagaron las luces. Volvimos caminando y nos acercamos a su chalet. Había luz en la habitación del primer piso y se filtraban unos sonidos tenues. A medida que avanzábamos, los gemidos de Núria se hicieron inconfundibles.

Le hice un gesto a Marc con el dedo y tiré de su brazo. El jardín estaba rodeado de setos altos. Nos escondimos detrás de uno, justo en el ángulo desde el que la ventana de su madre quedaba en primer plano. Ella estaba en la cama, contoneando las caderas, metiéndose un vibrador entre gemidos cada vez menos tímidos. La luz era débil pero suficiente. Vi perfectamente su mano sujetando el juguete, el anillo de casada todavía en el dedo, los labios abiertos con dos dedos de la otra mano mientras se penetraba despacio.

Puse la palma en la espalda de Marc y nos miramos. Por un instante pensé que la incomodidad lo haría salir corriendo, pero reaccionó al revés. Sus ojos se volvieron ávidos, fijos, incapaces de perder un solo detalle. Perfecto, pensé. Núria sacó el vibrador, brillante de humedad, y volvió a hundirlo hasta el fondo. Su pecho subía y bajaba, su abdomen se contraía, la respiración se le quebraba. Las piernas empezaron a temblarle. Arqueó la espalda, giró la cabeza contra la almohada y un alarido rompió el silencio del jardín. Se quedó quieta unos segundos, con las manos en la cara y el cuerpo deshecho.

Lo que vino después me dejó marcada toda la noche: se llevó el vibrador a la boca y lo chupó despacio, sin pudor, saboreándose. Después se levantó, lo limpió en el baño, lo guardó en un cajón y salió al jardín a fumar. Cada calada iluminaba la brasa a pocos metros de nosotros. Por suerte nos daba la espalda. Cuando por fin volvió a entrar y apagó la luz, esperé un poco, sujeté a Marc del brazo y me lo llevé a mi casa.

***

Entramos en la cocina. Abrí el refrigerador y le tendí una cerveza que aceptó sin pensarlo. Yo abrí otra y me senté frente a él.

—Lo que has visto es normal —dije, para romper el hielo—. Es una mujer y tiene necesidades.

—Nunca la había visto así —murmuró, todavía agitado.

—La vida sigue, Marc. Tendrás que aceptar ciertas cosas.

—¿Qué cosas? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Que tarde o temprano conocerá a alguien. Y se acostará con él.

—Ya lo sé —contestó, bajando la mirada.

Miré su entrepierna. El pantalón delataba una buena erección, y ahí afloró mi lado más perverso. Me acerqué y le pasé la mano por encima de la tela. Él soltó un soplido y dio un respingo.

—¿Te ha gustado verla así? —pregunté sin rodeos.

Asintió con la cabeza, mirándome con vergüenza, como si yo fuera a juzgarlo. No lo hice, y eso lo tranquilizó.

—¿Quieres que te la haga? —susurré—. Y te corres como ella.

Se puso rojo hasta las orejas y volvió a asentir.

—Pero esto queda entre nosotros —dije, clavándole la mirada.

—Sí —respondió, casi sin voz.

Me acerqué y le desabroché el pantalón. Salió disparada, de tamaño normal pero muy gruesa, con las venas marcadas. La envolví con la mano y empecé a moverla despacio, descubriéndole el glande. Él suspiraba, agitado, y mis movimientos se fueron volviendo más firmes.

—¿Te gustaría ver a tu madre con un hombre? —le solté al oído, morbosa.

—Sí —balbuceó, levantando las caderas de la silla.

—Tu madre es una mujer que necesita que la usen. ¿Lo entiendes?

Me miraba temblando, la respiración rota, asintiendo a todo.

—No quiero verla triste —dijo de pronto—. Que alguien la haga feliz.

—¿Me dejas encargarme de eso? ¿Que la conviertan en lo que de verdad quiere ser?

Marc no aguantó más. Se corrió en un arco que salpicó el suelo de la cocina mientras yo le estrujaba el tronco hasta la última gota. Aflojé la mano poco a poco, hasta que quedó flácida y temblando. Nos quedamos en silencio. Le hice un gesto para que se marchara, fregué el suelo y subí a mi cama a terminar yo también, pensando en cómo aprovechar el regalo que el destino acababa de dejarme en la puerta de al lado.

***

Por la mañana, Núria y Marc tendieron sus toallas junto a la mía. Él me lanzó una mirada cómplice y se fue al agua, dejándonos solas. Miré a Núria por primera vez no como a una vecina, sino como a una mujer. La descarga de la noche anterior le había sentado de maravilla; se le notaba en la cara, igual que a su hijo, igual que a mí.

La observé con calma. Practicaba el topless: pechos pequeños de pezones puntiagudos, una barriga blanda, muslos gruesos, las uñas de los pies pintadas de un marrón claro. Una especie de gordita rondando los cuarenta, con unos ojos grises que eran, de lejos, lo más atractivo de ella. Empezamos hablando de tonterías mientras dejaba que cogiera confianza. Después fui directa.

—¿Has pensado en rehacer tu vida? —solté con una sonrisa.

—¿A qué te refieres, a casarme otra vez?

—No hace falta casarse. Hablo de tener… algo.

—No quiero ninguna relación seria —contestó—. ¿Qué diría mi hijo?

—No me has entendido —bajé la voz—. Hablo de que alguien te empotre.

—Buf —resopló, levantando la cabeza, metiéndose de lleno en la conversación—. A veces me dan unas ganas… y me tengo que conformar con un juguete.

Solté una risa sin dejarle saber que ya la había visto con mis propios ojos.

—Me refiero a follar de verdad —insistí en un susurro.

Giró la cabeza para asegurarse de que nadie escuchaba y volvió a sonreír, esta vez pícara.

—¡Ese cuerpo tuyo todavía está para que lo disfruten! —le aseguré.

—Pero si yo… —se enterró en la toalla, riéndose por lo bajo.

—¿Viste al camarero del otro día? Te comió con la mirada. Ese es el que tiene que llevarte a la cama.

—¡Pero si es muy joven! —protestó, con una risa que la delataba.

Le sostuve la mirada. Vi cómo se sentía halagada de que un chico se fijara en ella, cómo le brillaban los ojos. Aquello alimentó mi morbo. Desde ese instante decidí que iba a convencer a mi vecina de entregar su cuerpo, de dejarse usar, de descubrir hasta dónde llegaba su propio deseo.

—Esta noche cenamos fuera. Si te vuelve a mirar, y lo hará, lo vas a provocar tú. Del resto me encargo yo… y de tu hijo también.

Se quedó mirándome. Por un segundo pensé que se negaría. Tenía la vista perdida en el mar, pero al final se recuperó y asintió, sin más.

***

Aquella tarde fui sola al restaurante. Localicé las mesas que atendía el camarero, me senté en una de ellas y pedí una caña. Me la sirvió con una eficiencia impecable.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, educada.

—Karim —respondió, intrigado.

—Tú eres el conquistador de la zona —solté en tono cómplice.

Él se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa que lo delataba.

—Tráeme la cuenta.

Volvió enseguida con el platillo, el gancho y el ticket. Dejé un billete de cinco a la vista y, debajo del plato, le enseñé uno de cien. Karim recogió la mesa y el dinero desapareció en su mano con una habilidad de años.

—¿Te acuerdas de la mujer con la que vine la otra noche?

Asintió.

—Quiero que te la lleves a la cama. Que la trates como ella necesita: con ganas, sin prisa y sin compasión. Que salga de ahí convertida en otra.

—¿Solo eso? —preguntó, mirando de reojo si alguien nos observaba.

—Solo eso. Hazlo bien y habrá más.

Karim asintió y se marchó hacia la cocina. Yo me levanté, dejé la caña a medias y caminé de vuelta al chalet con una idea muy clara en la cabeza: tenía toda la noche por delante para preparar a Núria. Para enseñarle, paso a paso, a obedecer.

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Comentarios (4)

DomMadrid

Que bueno!!! Me enganche desde la primera linea y no pude soltar el telefono hasta el final.

CrisCba87

De los mejores relatos que lei aca. La tension que construye desde el principio es increible.

Susana_R

Muy bien narrado, se siente real y no burdo. Sigue escribiendo!

SebaMD

empece a leerlo pensando que seria uno mas y termino sorprendiendome jaja tremendo

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