La tarde que mi madre y yo nos volvimos sumisos
Mi matrimonio con Lucía tenía una dimensión oculta que nadie a nuestro alrededor habría imaginado.
Llevábamos seis años casados y, desde el principio, habíamos construido una dinámica de dominación y sumisión que funcionaba como ninguna otra cosa en nuestra vida en común. Era simple: ella mandaba y yo obedecía. No por debilidad, sino porque a los dos nos encendía de una manera que ningún otro juego conseguía igualar.
Lucía era alta, de complexión fuerte y una presencia que llenaba cualquier habitación. Tetas grandes, culo firme, unas piernas largas que sabía usar para inmovilizarme la cabeza cuando le apetecía sentarse encima de mi cara. Yo, en cambio, medía poco más de un metro cincuenta y tenía claro desde hacía mucho tiempo que en nuestra cama el poder nunca iba a ser mío. Me había costado un tiempo aceptarlo sin avergonzarme, pero una vez que lo hice, todo mejoró: me pasaba horas de rodillas comiéndole el coño mientras ella me tiraba del pelo y me llamaba puta, y me corría con la polla sin tocar, humillado y feliz.
El problema llegó, como suele llegar en estas cosas, con el tiempo. Lo que al principio era intenso y nuevo, con los años se había vuelto predecible. Los mismos rituales, las mismas palabras, los mismos límites. Lucía empezó a hablar de incorporar a alguien más en nuestros juegos. Yo la escuché, aunque nunca imaginé adónde quería llegar.
—He pensado en alguien —me dijo una noche, con esa calma que usaba cuando ya había tomado una decisión.
—¿Quién? —pregunté, aunque algo en su tono me advirtió que no iba a gustarme la respuesta.
—Mi madre.
Quedé en silencio. Patricia, mi suegra, era una mujer que imponía desde que la conocí: más alta que Lucía, de cabello oscuro cortado a la altura del hombro y esa manera de mirar fija que hacía que cualquier conversación se sintiera como un interrogatorio. Tenía cincuenta y dos años y se le notaban en la mejor versión posible: tetas todavía firmes que asomaban por cada escote, un culo ancho que a mí se me iban los ojos cada vez que se agachaba, unos labios pintados de rojo que llevaba yo años imaginando alrededor de mi polla sin atreverme a decírmelo del todo.
La idea de que Patricia me viera en alguna de nuestras situaciones me revolvió el estómago. Y al mismo tiempo, en algún lugar que prefería no examinar demasiado de cerca, algo se activó: la polla se me puso dura debajo del pantalón mientras Lucía me miraba fijo, sabiendo perfectamente lo que estaba pasando entre mis piernas.
***
Lo que yo no sabía en ese momento era que Lucía le contaba todo a su madre. Cada sesión, cada fantasía, cada detalle de mis gustos y mis límites. Patricia no era solo una candidata; llevaba meses siendo parte de los planes sin que yo lo supiera. Sabía cuánto medía mi polla, sabía cuántas veces por semana me hacía Lucía chuparle el coño, sabía qué palabras me hacían correrme sin tocarme.
Fue la propia Patricia quien diseñó el escenario que me tocó protagonizar.
Un sábado por la tarde, Lucía me entregó un paquete envuelto en papel de seda. Dentro había un conjunto completo de lencería: sujetador, bragas, medias con liguero, todo en raso negro.
—Son de mi madre —dijo Lucía con una sonrisa que no era del todo tranquilizadora—. Los tomé de su armario sin que lo supiera. Se pondría furiosa si te viera con ellos puestos.
—Eso espero que no ocurra —respondí, aunque los dos sabíamos que ya no controlaba del todo hacia dónde iba esto.
El plan que Lucía me explicó era el siguiente: me pondría ese conjunto, me sentaría en el sofá del salón y esperaría. Ella saldría a hacer un recado y regresaría con Patricia, que supuestamente no sabría nada de lo que encontraría al entrar.
Me costó unos minutos tomar la decisión, pero al final me puse la ropa interior de mi suegra pieza por pieza. Las bragas de raso negro me apretaban las pelotas y dejaban el bulto de la polla marcado hacia arriba, incapaz de disimular nada. El sujetador se ajustaba mal porque yo no tenía tetas que rellenarlo, pero el tacto del raso rozándome los pezones me los puso duros al instante. Las medias subieron por mis piernas centímetro a centímetro y el liguero las sujetó a la altura del muslo. La sensación de llevar algo ajeno, algo robado del cajón de la madre de mi mujer, un cajón que no debería haber tocado nunca, me tenía la polla goteando dentro de las bragas antes incluso de sentarme.
Me senté en el sofá y esperé.
***
Esperé más de una hora.
El tiempo pasa de una manera extraña cuando estás así: en ropa interior ajena, en un salón vacío, con la certeza de que algo está a punto de pasar pero sin saber exactamente qué. Me había masturbado durante casi toda la espera, sacándome la polla por encima del elástico de las bragas, escupiéndome en la mano y bombeándomela despacio, con dos dedos en la boca imaginando que eran de Patricia. Cada vez que sentía subir el orgasmo, apretaba la base de la verga y me detenía. La cabeza me hervía, tenía las pelotas hinchadas y azules, y una mancha oscura de líquido preseminal empapaba el raso negro entre mis piernas. Me chupaba mis propios dedos manchados de baba y de mi polla, manteniendo esa tensión en un punto insoportable.
Cuando escuché el ruido de la llave en la cerradura, el estómago se me contrajo. Voces de mujer en el pasillo. Más de dos voces. Lucía no venía sola, eso ya lo sabía. Pero sonaban demasiadas.
La puerta del salón se abrió.
Lucía entró primero. Detrás, Patricia, con la boca entreabierta y los ojos fijos en el conjunto que yo llevaba puesto, en la polla que se me marcaba a través del raso, en la mancha húmeda a la altura de la punta. Hasta ahí era el plan. Lo que vino después no lo era.
Porque detrás de Patricia entró Sofía, la hermana pequeña de Lucía, veintitantos años, tetas pequeñas y una boca insolente que ya me había mirado antes con curiosidad. Y detrás de Sofía entró mi madre, Rosa.
Me quedé paralizado.
—¿Qué... qué...? —fue lo único que salió de mi boca.
—Pequeño sinvergüenza —dijo Patricia, avanzando hacia mí con una calma que era peor que cualquier grito—. Estás usando mi ropa interior. Con la polla dura, además. Mira cómo has puesto mis bragas, cerdito.
No me dio tiempo a responder. En tres pasos llegó al sofá, se sentó y me puso sobre sus rodillas con una eficiencia que solo podía venir de quien había pensado en ese momento muchas veces antes. Me bajó las bragas hasta la mitad del muslo de un tirón, dejándome el culo y la polla dura al aire, restregándose contra la tela de su falda. La primera bofetada en los glúteos fue seca y precisa. La segunda, más fuerte. Para la tercera ya había dejado de contar. Sentía la palma abierta de mi suegra estamparse una y otra vez sobre mis nalgas, y cada azote me empujaba la polla contra su muslo, dejando un rastro de líquido preseminal sobre las medias que llevaba debajo de la falda.
—Se está corriendo encima mío, mira —dijo Patricia, y me metió dos dedos en la boca de un tirón—. Chupa, guarro. Chúpalos como si fueran polla.
Yo chupé. Se los chupé con la lengua entera, gimiendo alrededor de sus dedos mientras seguía azotándome con la otra mano. Mi madre, de pie junto a la puerta, miraba sin entender del todo lo que veían sus ojos.
—Todo esto es culpa tuya —le dijo Lucía, girándose hacia ella con una frialdad que no le había escuchado antes—. Lo criaste así.
***
Lo que vino después lo entendí mucho más tarde, cuando ya no quedaba nada que entender.
Las tres mujeres —Lucía, Patricia y Sofía— habían planificado todo desde semanas atrás. Mi madre no era un testigo casual: era el objetivo principal. La humillación que iban a infligirme era secundaria respecto a lo que tenían pensado hacer con ella.
Rosa tenía cincuenta y cuatro años. Era una mujer seria, reservada, que había dedicado su vida a trabajar y a criar a un hijo que ahora estaba tumbado sobre las rodillas de su suegra en raso negro, con el culo rojo de bofetadas y la polla mojando la falda de esa misma suegra. La expresión de su rostro era la de alguien que intenta decidir si lo que está viendo es real.
—Sofía, ayúdame —dijo Lucía, y las dos se acercaron a mi madre antes de que esta pudiera reaccionar.
Rosa intentó resistirse, pero Lucía y Sofía eran más jóvenes y estaban preparadas. En menos de un minuto la habían despojado de la chaqueta y la blusa, dejándola en sujetador y falda. Sofía le agarró las tetas por encima de la copa con los dos manos, apretándolas sin ninguna delicadeza.
—Mira qué tetas tiene tu madre —me dijo, girándose hacia mí—. Grandes, blandas, de mamá. ¿Nunca las habías mirado bien, hijo mío?
Cuando Sofía le bajó las bragas hasta las rodillas y Lucía la dobló sobre sus propias piernas, el sonido de las palmadas llenó el salón de una manera que me resultó imposible apartar de la cabeza. Cada azote hacía temblar el culo de mi madre, un culo blanco y ancho que yo llevaba toda la vida sin ver y que ahora tenía delante enrojeciéndose bajo la mano de mi mujer. Sofía separaba las nalgas de Rosa a cada golpe, exponiéndole el coño y el ojete a la vista de todos los que estábamos en la habitación.
—Está mojada —anunció Sofía, pasándole dos dedos entre los labios del coño y levantándolos hacia la luz, brillantes de flujo—. Mírala. La madre del cerdito ya se está poniendo cachonda con los azotes.
Yo seguía sobre las rodillas de Patricia, que me sujetaba sin esfuerzo con una mano en la nuca y con la otra me había agarrado la polla y me la bombeaba despacio, sin dejar que me corriera, mientras observaba la escena con una media sonrisa.
—Mírala bien —me dijo al oído, apretándome la verga—. Esto es lo que le espera a ella también, pero primero quiero que veas cómo la entrenamos. Y tú te vas a estar quieto con la polla dura y sin correrte hasta que yo te lo diga, ¿entendido, cerdito?
—Sí, señora —conseguí decir.
—Sí, ¿qué?
—Sí, mamá Patricia.
Me apretó la polla más fuerte y me dio un beso en la nuca que me hizo temblar entero.
***
Subieron a mi madre al dormitorio.
Patricia me ordenó que las siguiera, y lo hice. No por obediencia razonada, sino porque en ese punto ya no había otra opción que no fuera rendirse a lo que estaba pasando. Y también porque una parte de mí quería ver. Quería ver a mi madre desnuda, quería verla abierta, quería ver el coño del que había salido siendo follado delante de mí. La verdad más sucia se me estaba echando encima y no la podía frenar.
Rosa estaba tumbada en la cama, con los brazos atados a los barrotes del cabecero con dos pañuelos de seda que Lucía había sacado de algún cajón. Le habían quitado el sujetador y sus tetas caían hacia los lados, los pezones oscuros y grandes, endurecidos a pesar de todo. La falda había desaparecido en algún punto del camino y ahora estaba completamente desnuda de cintura para abajo. Tenía las piernas separadas por Sofía, que le sujetaba una rodilla con las dos manos manteniendo el coño abierto, un coño con vello espeso y oscuro, brillante entre los muslos. Miraba el techo con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo que yo no supe nombrar en ese momento, aunque ahora sé que era deseo.
Lucía fue al armario y sacó el arnés. Lo había comprado meses atrás, un modelo de correas ajustables con un dildo de silicona negra de un tamaño que a mí siempre me había parecido excesivo: casi veinte centímetros, grueso como una muñeca, con venas marcadas. Se lo puso con la eficiencia de quien ya lo ha hecho muchas veces, ajustando las correas alrededor de sus caderas y de sus muslos. La polla de silicona se le movía delante como si fuera suya.
—Por favor —dijo mi madre en voz baja cuando Lucía se colocó frente a ella entre sus piernas abiertas—. Por favor, no.
Lucía no respondió. Escupió sobre el dildo, lo untó con la mano, y luego escupió otra vez directamente sobre el coño de mi madre, restregándole la saliva por los labios con la punta de la polla postiza.
Patricia se sentó junto a la cabeza de Rosa y se inclinó sobre ella. Le dijo algo en voz demasiado baja para que yo lo oyera, mientras con una mano le acariciaba una teta despacio, en círculos, hasta que el pezón se le puso como una piedra. Lo que fuera que dijo, hizo que mi madre dejara de mirar el techo y mirara a Patricia directamente a los ojos.
Cuando Lucía empezó a empujarle el dildo dentro del coño, los primeros sonidos de Rosa fueron de resistencia. Palabras sueltas, negaciones, el cuerpo intentando mantenerse rígido. La polla de silicona entraba centímetro a centímetro, abriéndola, y yo podía ver desde la puerta cómo los labios del coño de mi madre se estiraban alrededor del negro. Sofía estaba junto a la cama con el teléfono en la mano, tomando fotos sin disimulo, primeros planos del coño de Rosa siendo penetrado, de sus tetas moviéndose con cada embestida, de su cara.
Pero la rigidez no duró.
Fue gradual, casi imperceptible al principio: un cambio en la respiración, un relajamiento en los hombros, los dedos que habían estado apretados alrededor de los pañuelos que los sujetaban y que de pronto se abrieron. Y luego, poco a poco, los sonidos empezaron a cambiar de tono. Los "no" se convirtieron en gemidos. Los gemidos en jadeos. Los jadeos en un "así, así" susurrado tan bajito que casi no se oía, pero que oí.
—Mira a tu madre —me dijo Patricia sin girarse, sabiendo que yo la miraba—. Mira cómo se abre. Mira cómo se está corriendo con la polla de mi hija dentro.
Lucía la follaba ahora sin piedad, agarrándole las caderas con las dos manos, embistiéndola con el arnés hasta que las correas le chocaban contra el clítoris. Mi madre tenía las piernas abiertas de par en par, los pies en el aire, y estaba levantando las caderas para encontrarse con cada golpe. Se corrió con un grito ahogado, temblando entera, y el coño le chorreaba flujo por los muslos hasta la sábana.
Patricia se había subido a la cama y se había colocado sobre el rostro de mi madre. Se levantó la falda hasta la cintura —no llevaba bragas, nunca las llevaba, ahora lo sabía— y le apoyó el coño sobre la boca. Rosa, que diez minutos antes no entendía lo que hacía en esa habitación, ahora sacaba la lengua sin que nadie se lo pidiera, la clavaba entre los labios de Patricia y le buscaba el clítoris con una devoción que yo nunca le había visto a nadie. Patricia se movía encima de su cara, cabalgándole la boca, con la cabeza echada hacia atrás y las tetas fuera del sujetador.
—Come, guarra, come el coño de mamá Patricia —jadeaba—. Así, así, con la lengua entera, no aflojes.
Yo estaba de pie en la puerta, con la ropa interior de Patricia puesta, la polla dura fuera de las bragas, y los ojos fijos en una escena que no debería estar viendo: mi madre atada, empalada por un arnés y comiéndole el coño a mi suegra al mismo tiempo. Y sin poder apartar la mirada. Me había empezado a tocar la polla sin darme cuenta.
—Guarrito —dijo Sofía, que me había pillado—. Ven aquí. Ponte de rodillas.
Fui. Me arrodillé junto a la cama y Sofía se bajó los pantalones y se sentó al borde del colchón, con las piernas abiertas y su coño depilado a un palmo de mi cara.
—Chúpame mientras miras a tu madre —me ordenó—. Y como te corras sin permiso, te lo vas a tragar del suelo.
Le comí el coño a mi cuñada mirando de reojo cómo su hermana seguía follándose a mi madre. Sofía se agarraba a mi pelo y me restregaba la cara contra su coño, ahogándome en su flujo, y yo le chupaba el clítoris y le metía la lengua todo lo que podía mientras mi polla goteaba sobre el parquet.
***
Las tres se turnaron durante más de dos horas.
Rosa, a quien nunca en mi vida había visto perder el control de nada, esa tarde perdió el control de todo. Los sonidos iniciales de negación se convirtieron en algo completamente diferente: gemidos largos, súplicas, "más, por favor, más". La mujer que yo conocía desapareció en algún punto del proceso y lo que quedó fue alguien que pedía más en lugar de pedir que pararan. Le hicieron correrse cuatro veces con el arnés, dos veces con la mano de Patricia dentro hasta la muñeca, una vez comiéndole el coño Sofía mientras Lucía le mordía los pezones.
A mí me obligaron a mirar todo. En algún momento Patricia me hizo subirme a la cama y me sentó a horcajadas sobre la cara de mi madre, con la polla dura apuntándole a la boca. Rosa abrió los labios sin que nadie la forzara y me la chupó, mirándome a los ojos, chupándomela como si supiera hacerlo desde siempre. Yo tenía la cabeza de mi madre entre las manos y me la follaba la boca despacio, incapaz de creer lo que veía, hasta que Patricia me agarró la nuca y me dijo:
—Córrete en su boca. Ahora.
Me corrí. Me corrí a chorros dentro de la boca de mi madre, con la polla enterrada hasta la garganta, y Sofía tomó una foto del momento exacto en que Rosa tragaba el semen sin dejar que se le escapara una gota.
Sofía siguió fotografiando todo. Las fotos servirían después como lo que todos en esa habitación sabíamos que iban a servir: garantía de silencio, instrumento de control, la cadena más larga y ligera que existe.
Cuando todo terminó, mi madre estaba agotada de una manera que iba más allá de lo físico. La desataron y la dejaron tumbada sobre la cama sin decir nada, con el coño hinchado, los muslos brillantes de flujo y semen, los pezones marcados de mordiscos. Lucía se quitó el arnés con la misma calma con la que se lo había puesto, y me lo tiró a la cara para que lo limpiara con la lengua. Patricia recogió del suelo la ropa de Rosa y la dobló sin prisa sobre la silla del escritorio.
—Bienvenidos los dos —dijo Patricia, mirándome desde el umbral—. A partir de ahora esto es lo que hay.
***
Mi madre se mudó a nuestra casa tres semanas después.
Nadie le explicó nada a nadie. No hizo falta. Las fotos existían, pero más que las fotos lo que nos mantenía a los dos en ese lugar era algo que me costó más tiempo reconocer: que lo que habíamos descubierto esa tarde era algo que ninguno de los dos quería dejar atrás.
Rosa y yo nos convertimos en los sumisos de las tres mujeres. Lucía decidía cuándo, Patricia decidía cómo, Sofía observaba y registraba todo con esa frialdad de quien sabe que el poder real no está en el cuerpo sino en la memoria.
Nos obligaron a estar juntos también. Mi madre y yo, frente a las tres, haciendo lo que se nos ordenaba: yo comiéndole el coño a Rosa mientras Patricia me montaba a mí por detrás con el arnés, mi madre montándome a mí a horcajadas con la polla dentro mientras Lucía le mordía los pezones y Sofía filmaba desde un trípode. Era la última frontera que quedaba por cruzar y la cruzamos porque no teníamos elección, o eso nos decíamos. La verdad es más complicada: la primera vez que me corrí dentro del coño de mi madre lo hice sin que nadie me lo tuviera que ordenar, y ella se corrió al mismo tiempo, apretándome contra su cuerpo, mordiéndome el hombro.
Algunas tardes, cuando Patricia me ponía de rodillas frente a ella y me hacía chuparle el coño hasta que se corría en mi cara tres o cuatro veces seguidas, o cuando escuchaba desde otra habitación los sonidos de mi madre siendo follada por el arnés de Lucía mientras Sofía le comía el coño, pensaba en cómo había llegado hasta aquí. En cuántos pasos pequeños, cada uno perfectamente razonable en su momento, me habían traído a este punto.
No encontraba el paso en el que debería haberme dado la vuelta.
Y eso, supongo, era exactamente lo que Lucía había calculado desde el principio.