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Relatos Ardientes

Tres minutos para entregarse a su padre y hermano

Daniela había planeado el fin de semana con su Amo durante tres semanas. Listas de juguetes, límites duros, palabras de seguridad, horarios precisos. Lo que no había hecho era revisar a quién enviaba la última captura de pantalla.

Esteban, su padre, abrió WhatsApp el viernes a las cinco y media. La imagen le ocupó la pantalla entera del teléfono: una lista de castigos detallada que su hija había mandado por error al chat familiar en lugar de al chat privado con el hombre al que llamaba «mi Amo». Las palabras eran tan precisas, tan crudas, que durante un minuto entero no supo si reír o llamar a un psicólogo. Después se acordó de la caja con candados y arneses que tenía guardada en el sótano desde hacía treinta años, y entendió que el universo a veces se ríe de uno por motivos personales.

Lo siguiente que hizo fue llamar a Mateo, su hijo menor.

—Ven a casa —le dijo—. Hay que hablar de tu hermana.

Mateo apareció veinte minutos más tarde. Tenía veinticinco años, un metro setenta y ocho, ojos negros y una sonrisa que su padre ya conocía bien. Cuando Esteban le mostró la captura, Mateo levantó la vista despacio.

—Papá —dijo—. Yo también soy Amo.

Hubo un silencio largo. El padre asintió una vez, sin apartar los ojos del hijo, y por primera vez en treinta años de practicar lo mismo en secreto, los dos hombres de la familia se vieron de verdad.

—Tu hermana baja en tres minutos —dijo Esteban, y le pasó el teléfono—. Hay que reescribir esa lista.

***

Daniela estaba en su cuarto, sentada frente al espejo, terminando de ponerse el delineador. Había recibido el mensaje de su padre hacía exactamente dos minutos y cincuenta segundos: «Baja al salón. Desnuda. Tienes tres minutos.» Lo había leído tres veces. Lo había bloqueado. Lo había desbloqueado. Y al final había decidido que era una broma cruel de un padre que no sabía cómo reaccionar después de leer la captura, así que iba a bajar vestida, con el top corto y la falda que le gustaba, y todo iba a quedar en una pelea incómoda y un mes sin Navidad familiar.

A los tres minutos exactos, los dos hombres entraron sin llamar.

—¿Qué hacen? —dijo ella, sin levantarse del taburete—. Ha sido una confusión, papá. La captura era para…

Esteban la levantó del asiento agarrándola del pelo. No fue un tirón teatral; fue un movimiento medido, profesional, de alguien que sabía exactamente cuánta presión aplicar para sacar a una mujer de su silla sin arrancarle un mechón. Con la otra mano le rasgó el top. Como Daniela no llevaba sujetador, sus pechos quedaron al descubierto, dos pechos grandes y firmes que hasta entonces ningún hombre de su sangre debía haber visto.

—¡Pero qué haces, papá! —gritó—. ¡Te volviste loco!

—Ni papá ni nada —respondió Esteban, y la bofetada le giró la cara con un sonido seco—. Este fin de semana somos tus Amos. Mándale el mensaje a tu Amo y avísale que se cancela. Y vas sumando: tres castigos por no bajar desnuda, por no avisar a tiempo y por intentar mentirme.

Daniela tenía la marca de los dedos de su padre en la mejilla. Le ardía la cara. Le ardía algo más, también, pero esa parte se la guardaba.

Tomó el teléfono. Tecleó despacio. «Lo cancela.» Pulsó enviar.

***

—Quítate el resto —dijo Mateo desde la puerta—. Despacio, putita. Quiero verte bien.

Ella obedeció. La falda al suelo, las medias enrolladas, la ropa interior que se quedó pegada por la humedad antes de caer. Quedó frente a ellos como había quedado frente al espejo cinco minutos antes, solo que ahora con dos pares de ojos encima en lugar de uno. Un metro setenta, veintiocho años, dos o tres kilos de más bien repartidos, piernas largas, glúteos altos, pechos redondos. Tenía el sexo depilado, un piercing en el ombligo y una mariposa pequeña tatuada en el pubis.

—Lindo tatuaje —dijo Esteban—. Lindo piercing. El lunes te hacemos otro. ¿Verdad, hijo?

—Otro abajo —contestó Mateo—. Y uñas más cortas. Quítate todo lo que tengas puesto que no sea piel.

Daniela se sacó los aros, la cadena fina, el reloj, los anillos. Cada objeto que dejaba sobre la cómoda era una capa más de ella misma que se iba: la profesional, la novia, la hija. Cuando terminó, no quedó nada que la separara de lo que era ahora.

—La lista que mandaste es muy larga —dijo el padre—. Vamos a tener que hacer varias cosas a la vez. Mateo, anota: sex shop, farmacia, ferretería, verdulería, tienda de animales. Yo armo el listado. Mientras tú vas, tu hermana y yo empezamos.

—Yo empiezo —dijo Mateo—. Tú vas, papá. Llevo diez años pensando en este momento. Me toca primero.

Esteban lo miró. Después miró a su hija, que seguía desnuda en el medio del cuarto, con la respiración acelerada y los pezones erguidos a pesar del miedo. Sonrió.

—Está bien —dijo—. Empiezas tú. Yo ato.

***

La silla era de las viejas, de madera maciza, la que estaba en el escritorio del cuarto. Esteban la giró hacia el centro de la habitación. Mateo le indicó a su hermana que se sentara, las piernas bien abiertas, la espalda recta. El padre le ató los tobillos a las patas traseras y las muñecas al respaldo con cinta adhesiva ancha que sacó del bolsillo del pantalón. Cuando terminó, los pechos de Daniela quedaron expuestos hacia adelante, ofrecidos, y el sexo completamente abierto.

—Qué pechos —murmuró Mateo, casi sin voz—. Saliste a mamá.

Se acercó. Le metió dos dedos dentro, profundo, sin aviso. Daniela apretó los dientes y no dijo nada. Estaba húmeda, tan húmeda que los dedos entraron sin resistencia. Mateo los movió, hurgó cada milímetro, presionó con la yema. Entró un tercer dedo. Después un cuarto. Era un sexo entrenado.

—Te excita —dijo Mateo, sin pregunta—. Ser la putita de tu padre y tu hermano te pone como nada. Lo vamos a aprovechar.

Le tomó un pezón entre el pulgar y el índice y lo retorció con saña. Ella ahogó un grito en la garganta.

—Aaay —se le escapó, mínimo.

—Eso no te lo permití —dijo él. Le agarró el otro pezón y repitió la maniobra, esta vez más fuerte. El segundo gemido se le escapó igual.

Mateo la soltó. Dio dos pasos atrás. Sacó el teléfono y abrió el cronómetro.

—Te voy a explicar el primer castigo —dijo—. Te voy a retorcer los dos pezones a la vez como si quisiera arrancártelos. Tú no vas a hacer ruido. No vas a gritar, no vas a quejarte, no vas a apretar los dientes. Cuando ya no aguantes, vas a decir, con la voz tranquila y la sonrisa de una influencer anunciando crema hidratante: «Eso estuvo muy bien, mi Amo. Gracias.» Si no aguantas un minuto, repetimos con dos. Si no me gusta tu sonrisa, también. Si me parece que la voz te tembló, también.

Daniela tragó saliva. Asintió.

—No te oí —dijo Mateo.

—Sí, mi Amo.

—Sí, qué.

—Sí, lo entendí, mi Amo. Gracias por explicarme.

Mateo asintió. Apretó el botón del cronómetro y, en el mismo segundo, agarró los dos pezones de su hermana entre el pulgar y el índice y empezó a torcer.

***

No hay manera elegante de contar un minuto cuando el dolor es ese. Mateo trabajaba con la frialdad de quien lleva diez años siendo Amo y otros quince queriendo serlo. Giraba en sentido horario y antihorario, apretaba como quien estruja una uva sin querer reventarla, tiraba hacia arriba y hacia los lados con sacudidas cortas, brutales. Su hermana se retorcía en la silla. Sudaba. Tenía la mandíbula apretada, los labios tan pegados que se le habían puesto blancos, los ojos abiertos pero sin enfocar. Cada vez que él endurecía la presión, ella sentía que algo se le rompía por dentro. No los pezones —los pezones aguantaban—, sino la última pared que separaba a la Daniela de antes de la Daniela que se rendía.

A los cuarenta y cinco segundos, Esteban silbó por lo bajo.

—Está aguantando —murmuró el padre.

—La estoy mirando, papá.

A los cincuenta segundos, los flujos de Daniela empezaron a caer en gotas pequeñas sobre el asiento de madera. El sexo le brillaba. El padre se acercó, le pasó dos dedos por dentro de los muslos sin tocar más arriba, y se chupó los dedos delante de ella. Mateo siguió torciendo.

Cincuenta y tres. Cincuenta y siete. Sesenta.

—Tiempo —dijo Mateo, sin soltar.

Daniela tomó aire por la nariz. Levantó la cabeza. Ensayó la sonrisa.

—Eso estuvo muy bien, mi Amo —dijo, con la voz más calma que pudo—. Gracias.

Hubo un silencio. Mateo soltó los pezones, despacio, como quien deja una herramienta en su lugar. Los pezones quedaron colorados, hinchados, casi morados. Daniela siguió sonriendo, porque sabía que la prueba todavía no había terminado.

Mateo miró a su padre. Esteban asintió.

—Aprobada —dijo el hermano.

***

El charco bajo la silla era prueba suficiente de que ella lo había gozado. El bulto en el pantalón de Mateo y la mancha húmeda en la entrepierna de Esteban eran prueba suficiente de que ellos también. Diez años de fantasear en silencio cada uno por su lado se habían concentrado en sesenta segundos, y los tres todavía no habían llegado al primer castigo de la lista oficial.

—Suéltala —dijo Esteban—. Que se duche. Que se peine. Que se cambie. Cinco minutos.

—¿Para qué? —preguntó Mateo, sin entender.

—Para volver a empezar —respondió el padre—. Ya hizo el examen de entrada. Ahora empieza el fin de semana.

Daniela sonrió, todavía atada a la silla, todavía con la marca roja en la cara y los pezones latiendo. Y por dentro, sin dejar que se le notara en la voz ni en los ojos, pensó: papá no tiene idea de lo que acaba de firmar.

Continuará.

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Comentarios (5)

NandoBA

Dios mío que comienzo tan tenso!!! Increible.

SergioMX_ok

Los 180 segundos como gancho me parecio genial. Se nota que saben construir tension antes de entrar en materia.

PatriRosa

quede con ganas de mas, por favor una segunda parte!!

RodriS_22

Tremendo, se me hizo cortisimo. Sigan publicando asi de buenos.

Marta_noc

La tension del principio esta muy bien lograda. Me enganche desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final.

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