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Relatos Ardientes

El castigo que la justiciera guardaba para los abusivos

Mariana acababa de cumplir los veintidós y llevaba una doble vida que nadie habría sospechado. De día estudiaba diseño y servía cafés en una cafetería del centro. De noche, o cuando hacía falta, se ponía un antifaz negro, unas botas altas y un traje ajustado de vigilante, y salía a poner las cosas en su sitio. Tenía el pelo largo y oscuro, una figura que detenía conversaciones, y un único defecto que ella prefería llamar virtud: no soportaba a los hombres que se creían con derecho a todo.

Su especialidad era muy concreta. No volaba, no trepaba paredes ni disparaba telarañas. Lo suyo eran las pelotas ajenas, y las castigaba con una creatividad que rozaba el arte.

Todo había empezado dos años antes, casi por accidente. Un tipo la había seguido hasta el portal una noche, convencido de que un «no» bien dicho era en realidad un «insiste un poco más». Mariana le había roto la nariz con el codo y, ya que estaba, le había dejado una marca permanente en el orgullo con la rodilla. Aquella noche descubrió dos cosas: que tenía buen instinto y que disfrutaba demasiado. Desde entonces, el antifaz dormía en el cajón de la mesilla, listo para cuando alguien gritara pidiendo auxilio.

Esa tarde, el grito le llegó desde el ala vieja de la facultad, esa que cerraban temprano y olía a tiza húmeda. Una voz de mujer, rota, pidiendo que parara. Mariana no necesitó más. Se ajustó el antifaz, comprobó el cierre de las botas y echó a correr por el pasillo desierto.

La puerta del aula 14 estaba entreabierta. Dentro, un profesor de mediana edad —camisa por fuera del pantalón, calva sudorosa— tenía acorralada contra el escritorio a una chica que forcejeaba.

—Por favor, basta —sollozaba ella.

—Tú lo estabas pidiendo desde el primer día —gruñó él, hurgándose el cinturón.

—El único que va a pedir algo aquí esta noche eres tú —dijo Mariana desde la puerta.

El hombre se giró de golpe, rojo de furia.

—¿Quién cojones eres tú? ¿Y qué haces con ese antifaz ridículo?

—He venido a soltar a esa chica. Y a darte clase de algo que claramente nunca aprendiste. —Avanzó un paso—. Apártate de ella. Ahora.

El profesor empujó a la estudiante a un lado y se encaró con Mariana, sacando pecho como si el tamaño asustara a alguien.

—Te voy a enseñar yo a ti, mocosa.

—Eso espero —respondió ella con una sonrisa—. Aprendo rápido.

El hombre se lanzó hacia delante con la torpeza de quien nunca ha peleado contra alguien que se defiende. Mariana ni se inmutó. Se deslizó por debajo de su brazo, giró sobre sí misma y, cuando lo tuvo de espaldas, lanzó el pie hacia arriba con una precisión de relojero.

—¡Patada localizadora de gónadas! —anunció.

El impacto fue seco. El profesor soltó un alarido agudo, de esos que no salen de la garganta sino de algún lugar mucho más sensible, y se dobló hacia delante abrazándose la entrepierna. Mariana aprovechó el momento para engancharle el brazo, hacerle una llave que había practicado mil veces y tirarlo de bruces contra el frío suelo de baldosas.

—¿Sabes cuál es el problema de los hombres como tú? —dijo ella, sentándose con calma sobre su espalda mientras él gemía—. Que confundís el miedo de los demás con permiso. Y yo he venido a corregir ese pequeño error de comprensión lectora.

—Suéltame… zorra… —jadeó él contra las baldosas.

—Mala respuesta. —Mariana le sujetó las muñecas con un par de esposas que sacó del cinturón y lo dejó boca abajo, indefenso—. ¿Quieres que te explique el temario o prefieres el examen práctico directamente?

La estudiante, que se había refugiado contra la pared, se acercó despacio, frotándose las muñecas enrojecidas. Era guapa, de ojos grandes y todavía húmedos, pero en su mirada empezaba a asomar algo distinto al miedo.

—¿Estás bien? —le preguntó Mariana.

—El cerdo este me ha hecho daño —dijo ella, mirando al hombre con un rencor recién estrenado.

—Eso tiene remedio. —Mariana metió la mano en una funda lateral del traje y extrajo, con la solemnidad de quien desenvaina una espada, un consolador de un tamaño considerable—. Te presento a mi colaboradora en estos casos. La llamo la justiciera de goma. Nunca me ha fallado.

La chica abrió mucho los ojos. Después, lentamente, una sonrisa.

—¿Puedo?

—Es todo tuyo. Yo solo superviso.

El profesor, que había seguido la conversación con creciente terror, empezó a retorcerse sobre el suelo.

—No, no, no, espera, esto no, esto es ilegal, esto…

—¿Ilegal? —Mariana le apretó la nuca contra el suelo con dos dedos—. Mira quién habla de leyes. —Con la otra mano le bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón seco, dejándole el trasero al aire bajo la luz fría de los fluorescentes—. Quietecito. Cuanto más te muevas, peor para ti.

—¡Agarrador de huevos! —exclamó ella entonces, deslizando la mano por debajo de él y cerrando los dedos alrededor de sus testículos con firmeza calculada. El hombre se quedó rígido, sin atreverse ni a respirar—. ¿Ves? Ya aprendes. Esto es lo que yo llamo motivación negativa.

La estudiante se arrodilló detrás del profesor con el consolador en la mano. Había encontrado, sobre el escritorio, un bote de crema de manos olvidado, y lo usó con generosidad sobre la goma y sobre el objetivo.

—Por todas las veces que miraste donde no debías —murmuró ella.

—Despacio la primera vez —aconsejó Mariana, sin soltar su agarre—. Que aprenda a recibir lo que tantas veces dio sin pedir permiso.

El profesor aulló cuando la goma se abrió paso. Fue un sonido ridículo, agudo, completamente opuesto a la voz grave con la que había amenazado minutos antes. Mariana mantenía la presión justa en sus testículos, ni demasiada para hacer un destrozo, ni demasiado poca como para que el hombre olvidara dónde estaba la verdadera correa.

—Más despacio te follaron a ti la dignidad —comentó Mariana, divertida—. Y eso fue gratis.

La estudiante fue cogiendo ritmo, embistiendo con una rabia que se transformaba en desahogo, en algo parecido a la justicia. El profesor lloraba, balbuceaba disculpas, prometía cosas que nadie pensaba creerle. Cada vez que intentaba revolverse, Mariana apretaba un poco la mano, y él volvía a quedarse quieto como un alumno en el primer día de curso.

—Repite conmigo —le ordenó ella, inclinándose sobre su oído—. «No volveré a tocar a nadie que no me lo pida.»

—No… no volveré a tocar… a nadie… —gimió él entre embestida y embestida.

—«Que no me lo pida.»

—¡Que no me lo pida! —chilló, cuando la chica cambió de ángulo.

—Mucho mejor. ¿Ves qué bien se te da estudiar cuando hay incentivos?

Cuando la estudiante terminó, dejó la justiciera de goma a un lado, agotada y extrañamente serena, como quien por fin se quita un peso de encima. Le temblaban un poco las manos, pero sonreía.

—Me siento… mejor —admitió.

—Es lo que tiene devolver lo prestado —dijo Mariana, soltando por fin los testículos del hombre, que se quedó hecho un ovillo en el suelo, hipando.

—¿Te despides tú o me despido yo? —le ofreció a la chica.

—¿Despedirme cómo?

—Con una patada de cortesía. Es la tradición de la casa.

La estudiante se puso en pie, se descalzó un zapato, tomó impulso y le plantó al profesor un golpe limpio entre las piernas. El hombre puso los ojos en blanco, soltó un último gemido lastimero y se desmayó allí mismo, con el pantalón por los tobillos.

—Perfecto remate —aplaudió Mariana—. Tienes futuro en esto.

Antes de marcharse, sacó del cinturón un pequeño aparato de metal y plástico, y se lo colocó al profesor en la entrepierna con cuidado quirúrgico.

—Y esto, querido, es mi obra maestra. Lo llamo la jaula del arrepentimiento. Cada vez que tu cuerpo tenga una idea que no debería… —dio un golpecito al artilugio—, un recordatorio eléctrico te ayudará a pensarlo dos veces. Considéralo educación continua.

—Gracias… esto… ¿cómo te llamo? —preguntó la chica.

Mariana se irguió, ajustó su antifaz y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.

—La Valkiria. Pero entre nosotras, llámame cuando quieras.

***

De vuelta en su pequeño apartamento, Mariana colgó el traje en el armario, guardó la justiciera de goma en su estuche y se preparó una infusión con la satisfacción del trabajo bien hecho. La tranquilidad le duró exactamente lo que tarda en enfriarse un té.

Otro grito. Esta vez venía del parque que había bajo su ventana, ese de los senderos mal iluminados donde los problemas crecían como las malas hierbas.

Se asomó. A la luz anaranjada de una farola, distinguió a un tipo con un abrigo largo abierto de par en par, exhibiéndose ante una mujer que retrocedía espantada.

—El clásico de los clásicos —suspiró Mariana, apurando el último trago—. Hay gente que no aprende ni queriendo.

Se cambió a toda prisa, comprobó que ninguna cámara del rellano la pillara y se ajustó las botas con un gesto que ya era pura rutina. Sonrió ante el espejo mientras se colocaba el antifaz.

—Parece que esas pelotas también necesitan una clase particular —murmuró—. Y yo, por suerte, doy clases a domicilio.

Mientras bajaba, repasó mentalmente su pequeño catálogo de lecciones, como un cirujano que elige el bisturí antes de entrar al quirófano. El exhibicionista del parque era principiante: bastaría con un susto memorable, una mano firme en el lugar exacto y, quizá, si se ponía pesado, una sesión exprés con la jaula del arrepentimiento. No todos merecían el tratamiento completo. Pero todos, sin excepción, salían entendiendo que el cuerpo ajeno no era un escaparate de oferta.

Bajó las escaleras de dos en dos, con el corazón ligero y los nudillos listos. Porque la ciudad estaba llena de hombres convencidos de que nadie iba a pararles los pies, y ella había hecho de desengañarlos su profesión favorita. Algunos aprendían a la primera. Otros necesitaban repetir curso. Y para todos ellos, sin distinción, existía la Valkiria.

Y así, entre patadas justicieras y jaulas del arrepentimiento, transcurría un día más en la vida secreta de la Valkiria.

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Comentarios (6)

Ramiro_Mza

Muy bueno! La premisa me atrapo desde la primera linea. Espero que haya mas entregas de esta justiciera

SombrasEnRed

Increible, nunca habia leido algo con ese giro. Bravo

CarlaK_08

No sé si reir o ponerme colorada jajaja. Que personaje! El antifaz y las botas son un detalle que no olvidaré

Peligrosa_7

Esto es exactamente lo que necesitaba leer hoy. Gracias!

Fer_1992

Segunda parte por favor!!! Me quede con ganas de saber que paso despues. Relato genial

VeraLunares

Me encanto el enfoque, tiene algo de superheroe pero con mucho morbo. Originalísimo dentro de la categoria

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